martes 18 de septiembre de 2007

EL VIENTRE DE LA BALLENA

EL VIENTRE DE LA BALLENA
(Drama en dos actos y cinco cuadros)
de : SARA STRASSBERG – DAYAN


"El vientre de la ballena" junto a "El rescoldo", traducida al hebreo por Tal Nitzan, fue premiada para su publicación en 1987 por ACUM
(Asociación de Compositores y Autores de Israel) y publicada en 1900 por la Editorial Reshafim de Tel Aviv)

PERSONAJES:

ROVIRA
LOPECITO
LILIANA
PILOTO-VIEJO
VIEJA

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ACTO 1

CUADRO 1: En un lugar extraño, grisáceo, que da al vacío de un lado y se prolonga hacia el otro más allá del escenario. A un costado, se amontonan en desorden objetos, maderas y otros restos irreconocibles. Caído de bruces se encuentra un hombre; a su lado, un sombrero de copa. Más allá, junto al borde que da al vacío, un hombrecito de apariencia humilde, correctamente vestido, parece estar tratando de enganchar algo con un palo, una cuerda y un alambre. A su lado, una valija. El hombre caído gime y empieza a incorporarse. Mira a su alrededor, perplejo. Está descalzo, viste los restos de un smoking, se ve parte de la pechera almidonada de la camisa con un moñito al cuello; sus pantalones están rotos. El hombrecito escucha su gemido y se vuelve.

HOMBRECITO: Ah, ¿ya despertó? Me alegro. Creí que no iba a lograrlo. (El otro lo mira sin decir nada.) ¿Cómo se siente? (El otro no contesta. Le mira los pies.) Debe de tener frío, claro. Espere, tiene que abrigarse, si no, se va a enfermar. A ver… (Abre su valija, busca un tiempo, saca algunos objetos y, por fin, un par de medias gruesas de colores chillones.) Tome, no son muy finas, pero… (El otro, como atontado, se las pone. El hombrecito ordena los objetos de la valija; se le escapa una pelota de fútbol que el otro ataja, automáticamente. Va a buscarla.) Ah, perdone. (La guarda.) Era de mi hijo…, siempre la llevo conmigo. Por suerte, pude traer también la valija. (Mira al otro con curiosidad.) ¿Usted no pudo traer nada? (El otro lo mira, extrañado y, de pronto, toma el sombrero de copa y lo rodea con sus brazos.) ¡Ah, ya veo! (Pausa) ¿Quiere un cigarrillo? (Le ofrece. El otro niega con la cabeza.) Qué cosa, ¿no? (Se sienta donde puede.) ¿Quién hubiera creído que iba a ser de este modo? ¿Usted se lo imaginaba así?
HOMBRE: ¿Así?…, ¿qué?
HOMBRECITO: Esto, claro. Yo, no. (Dobla con cuidado una blusa de mujer; la señala.) Se la llevaba a una señora, una vecina, muy buena clienta; me la había pedido especialmente en este color. Imagínese que me tuve que ir hasta Buenos Aires para conseguírsela. Soy viajante, ¿sabe?, y uno tiene que cumplir con los clientes buenos, hacer cualquier cosa para darles el gusto. (Fuma tranquilo.) Yo estaba en el camino, volviendo al pueblo, cuando me agarró esto. ¡Qué cosa! (Durante un tiempo calla. Como para sí.) ¡De modo que es así! ¡Quién lo iba a decir!
HOMBRE: (Enojándose.) ¿Qué es así?
HOMBRECITO: El asunto.
HOMBRE: Ah, el asunto. (Pausa larga).
HOMBRECITO: ¿Sabe cómo creía yo que iba a ser? A veces trataba de imaginármelo y me parecía…,usted nunca se lo imaginó?
HOMBRE: (Seco.) Yo nunca imagino nada.
HOMBRECITO: Yo cerraba los ojos y veía una gran mancha negra que iba creciendo y de repente se abría y saltaban fuegos rojos, verdes y amarillos que lo tragaban todo.
HOMBRE: ¿Una mancha negra…, y fuegos rojos?
HOMBRECITO: Sí. Otras veces, era como estar dentro de un enorme globo transparente y que todos estábamos ahí, tratando de respirar, y el aire se iba acabando, y se veían unas gotitas de agua pegadas en la pared del globo, cada vez más gotitas, hasta que al final estallaba y ya no sentíamos nada más.
HOMBRE: ¿Un globo transparente…, y gotitas, eh?
HOMBRECITO: La cosa es cuánto resistiremos.
HOMBRE: ¿Cuánto resistiremos?
HOMBRECITO: Sí.
HOMBRE: (Estallando.) Pero, ¿me quiere usted decir qué diablos significa esto?, ¿qué es este lugar?, ¿por qué estamos aquí?, ¿quién es usted?, ¿y dónde está toda la gente?
HOMBRECITO: (Sorprendido, interrumpe su tarea de ordenar la valija.) ¿Es que usted…, no lo sabe?
HOMBRE: Yo sólo sé, mi estimado señor… viajante, o lo que sea, que yo estaba hablando en la fiesta de inauguración de la última sucursal de mi empresa, recién habían descubierto mi retrato, y yo había empezado a pronunciar mi discurso cuando, de repente, todo se puso oscuro…, y ahora, me despierto en no sé qué extraño lugar de la tierra, con alguien que dice cosas que no entiendo.
HOMBRECITO: (Triste, niega con la cabeza.) No.
HOMBRE: ¿Qué, no?
HOMBRECITO: Este no es un lugar de la tierra.
HOMBRE: ¿Qué?
HOMBRECITO: Ya no hay tierra.
HOMBRE: ¡Usted está loco!
HOMBRECITO: Yo tampoco podía creerlo al principio, después comprendí.
HOMBRE: ¿Usted quiere decir…?
HOMBRECITO: (Se miran intensamente.) Sí.
HOMBRE: ¡No puede ser! Esto debe ser algún desierto o… (Se levanta y corre hacia un lado, casi cae al vacío).
HOMBRECITO: ¡Cuidado! Un paso más y… (El otro corre hacia el otro lado y tropieza con los objetos.) Es muy difícil pasar, y no creo que valga la pena. Todo parece igual a esto. Además, fíjese. (Toca el material.) Esto no es tierra, es como una nube…, algo así.
HOMBRE: (Volviendo.) Pero, ¿entonces…?
HOMBRECITO: No sé. Debe de haber estallado alguna de esas cosas…, y después, vaya usted a saber. (Cierra la valija y se levanta; el otro se le enfrenta).
HOMBRE: Usted quiere decir…, no, vamos…, encima hacer bromas…, ya me doy cuenta…, esto es un secuestro, ¿no?, y usted debe ser el guardián. (Ríe.) Claro, ya veo; pero no, le aseguro que no les va a resultar, amigo; tenía previsto algo así, no van a ver un centavo mío. Mis empleados tienen órdenes precisas para un caso así, ¿me entiende?
HOMBRECITO: No, le aseguro que no es un secuestro. Ojalá lo fuera.
HOMBRE: Pero, ¿usted quiere decir en serio que…, que la tierra se terminó?
HOMBRECITO: Mire, yo no entiendo de esas cosas, señor…, pero me imagino que algo debe de haber salido mal, y entonces…
HOMBRE: (Estupefacto.) ¿Y nosotros? (El hombrecito se encoge de hombros.) ¿Estamos vivos?
HOMBRECITO: (Duda.) No sé. Quizá sí…, aunque quizás…, ¿quién puede saberlo?
HOMBRE: No, no puede ser. Debe de ser una equivocación.
HOMBRECITO: Si, seguramente alguien se equivocó. En fin, qué le vamos a hacer; yo siempre digo que hay que aguantar lo que venga y seguir tirando, señor… señor…
HOMBRE: Rovira, Claudio Rovira.
HOMBRECITO: (Le da la mano, contento.) Yo soy López, pero todos me dicen Lopecito; a sus órdenes. (Recoge el palo y la cuerda y los arregla; va a sentarse para seguir con su ocupación, pero el otro se lo impide).
ROVIRA: (Rogando.) Señor López…, Lopecito…, escúcheme, no más bromas, ¿me entiende? Nos vamos a arreglar, se lo aseguro. Lo que le dije antes no es cierto; les daré dinero, todo lo que quieran, soy muy rico, pidan lo que se les antoje. No me importa pagar, pero basta de juegos; vea, soy un hombre de negocios, no puedo perder el tiempo así, cada minuto mío es importante. (Ve que el otro niega con la cabeza.) ¿No?
HOMBRECITO: (Compadecido.) No es un secuestro. En serio. Usted dice que tiene dinero, está bien. Pero entonces, ¿para qué me iban a secuestrar a mí? Yo no tengo dónde caerme muerto. (Se da cuenta de lo que dijo y ríe.) Qué frase más tonta, ¿no? Mire, señor… Rovira; lo mejor es… esperar. Además, no podemos hacer otra cosa, ¿no? En una de esas, sí es un secuestro o algo así. Pero, ¿qué podemos hacer hasta que las cosas se aclaren? Sólo tratar de instalarnos un poco mejor. Tendríamos que hacer un refugio; no sé, algo para protegernos; y cuidarnos de esas grietas que cada vez son más grandes, ¿las vio? (Le muestra.) para no caernos; no creo que nos falte trabajo. (El otro lo mira, desconsolado.) Yo creo que habría que pensar que estamos arriba de una balsa, en el mar, como si fuéramos náufragos, o algo así, esperando que vengan a buscarnos, ¿entiende?
ROVIRA: ¿Y no hay…, no hay nadie más?
LOPECITO: (Niega con la cabeza.) Yo sólo lo encontré a usted. Estaba ahí lejos, flotando, menos mal que lo pude alcanzar con esto. (Muestra la cuerda.) Y lo traje hasta aquí. (Ríe forzadamente.) La verdad es que casi lo dejo ir cuando lo Vd.; estaba todo azul. Suerte que probé de reanimarlo, ¿no? (Toma la cuerda.) Voy a ver si puedo enganchar alguna otra cosa que nos sirva; hay cantidades de objetos flotando por todos lados. Si quiere, busque algún palo; por ese lado hay unos cuantos…, y ayúdeme. (Algo cae sobre él, se aparta de un salto.) Y cuídese de estas cosas; caen en cualquier momento; ¡mientras no nos den en la cabeza! (Ríe.) Sería gracioso haberse salvado de aquello, para caer en…, bueno, usted me entiende, ¿no? ¡Sería gracioso!
ROVIRA: (Ríe histéricamente.) Sería gracioso, claro. ¡Muy gracioso! (Tose; está temblando de frío; Lopecito se da cuenta).
LOPECITO: Pero usted se va a enfermar si sigue así…, vamos a ver. (Abre nuevamente la valija y busca.) Menos mal que nosotros llevamos de todo en nuestro trabajo. A ver…, a ver…, no, zapatos no me quedan, ¡qué lástima! (Le mira los pies y se acerca para comparar sus pies con los del otro).
ROVIRA: ¿Qué hace?
LOPECITO: No, son más grandes. Si no, le daba los míos, pero le van a quedar chicos, ¿sabe? (Saca de la valija la blusa de mujer.) ¿Por qué no se pone esto?, no será muy elegante, pero lo abrigará. Tome.
ROVIRA: (Furioso, tira la blusa.) ¡No, no quiero! ¡No aguanto más! ¿Usted sabe quién soy yo?, ¡no me pueden hacer esto a mí!, ¡no me pueden tratar de este modo! ¡No lo acepto! ¡Soy Claudio Rovira! ¡Soy Claudio Rovira! (El otro lo mira, indiferente, y levanta serenamente la blusa.) ¿No oyó nunca mi nombre? (El otro niega despaciosamente con la cabeza.) ¡No puede ser! ¿De dónde es usted?
LOPECITO: Bueno, yo soy un poco de todos lados; y hago un poco de todo. Últimamente, vivía en la Argentina, América del Sur, ¿sabe? (El otro asiente).
ROVIRA: ¡¿A mí me va a decir?! Yo soy de Buenos Aires.
LOPECITO: ¡No diga!, ¡mire qué coincidencia!, yo estoy viviendo ahora en un pueblito, a tres horas de Buenos Aires. (Se sienta y recuerda, feliz.) Un pueblito tranquilo…, poca gente…, un cielo muy azul…, y un río. (Cierra los ojos, evocando.) Cuando uno va a pescar, se ve a los peces saltando entre las piedras, tan transparente es el agua…, y el sol, ¡se lo ve tan hermoso!
ROVIRA: (Furioso.) Déjese de idioteces, ¿quiere?, ¡qué me importa a mí de sus peces, de su río, o de su sol! ¡Usted es un desgraciado, claro, un pobre diablo!; ¿cómo puede entender que un hombre como yo no puede soportar esto!, que… (Se sobresalta.) ¿Cuánto tiempo hace que estamos aquí?
LOPECITO: No sé. Mi reloj se rompió. ¿Y el suyo?
ROVIRA: (Muestra su muñeca vacía.) Se debe de haber caído.
LOPECITO: Y aquí la luz no cambia, ya me fijé…, vaya a saber si es de noche o de día si no se ve nunca el sol.
ROVIRA: Hay que hacer un reloj, no se puede estar así. ¡Nos volveremos locos!
LOPECITO: Como usted quiera, señor Rovira. (Se levanta y toma la cuerda).
ROVIRA: ¿Dónde va?
LOPECITO: Ya le dije, a ver si encuentro algo que nos venga bien.
ROVIRA: Señor López…
LOPECITO: Dígame Lopecito, como todo el mundo.
ROVIRA: No me gustan esas familiaridades. (Se para.) Espere, voy con usted. (Se escucha un ruido muy fuerte; los dos se asustan.) ¿Qué es eso?
LOPECITO: Ya pasó antes, cuando cayeron esas cajas que hay por ahí.
ROVIRA: (Gritando.) ¡Esto se mueve!
LOPECITO: (Toma la valija.) ¡Quizás empieza otra vez! (El otro se le acerca más. APAGÓN; ruido de algo que cae y, de a poco, nuevamente luz. En el centro ha caído un paracaidista con su equipo completo. Rovira y Lopecito, muy asustados todavía, se le acercan con precaución. El paracaidista se quita el equipo y, sonriente, se encara con ellos).
PILOTO: ¡Hola! (Como no le contestan, asustados, prueba en varios idiomas, inglés, ruso, holandés, chino, japonés, hasta volver al castellano.) ¡Hola!
LOPECITO: ¡Hola!
PILOTO: (Muy emocionado, les estrecha las manos.) Me alegro mucho de encontrarlos. Son los primeros, ¿saben? (Toca con un pie una parte del lugar que da al vacío y que se desprende.) ¡Caramba, qué frágil es esto! (Se acerca al abismo y, echándose de bruces, saca un prismático y otea el horizonte.) Nada por aquí. (Va al otro lado y hace lo mismo.) Nada por allá. ¿Por dónde estará? (Rovira y Lopecito se le acercan y se acuestan a su lado, sin decir nada y lo acompañan).
LOPECITO: ¿Qué busca?
PILOTO: ¿Qué busco? ¡La tierra, claro!
LOPECITO: (A Rovira.) ¿Ve? ¿No le decía yo? ¿De modo que esto no es la tierra, no?
PILOTO: (Se levanta y lo mira.) ¿Esto, la tierra? ¡No, claro que no! ¿Cómo iba a ser esto la tierra? ¡Tendría gracia! (Ríe estrepitosamente; los otros ríen también).
ROVIRA: ¡Cómo iba a ser esto la tierra! ¡Imposible! ¡Imposible!
LOPECITO: ¡Completamente imposible! ¡Qué ocurrencia!
PILOTO: (De pronto, serio.) ¿Ustedes creen que esto podría de veras ser lo que queda de la tierra? (Todos se miran un tiempo, atemorizados, hasta que él reacciona.) No, eso es absurdo. No debemos ni siquiera suponerlo. (En tono de discurso.) No se debe perder nunca la esperanza, amigos míos. La tierra debe de estar allá abajo, en algún lugar. Hay que buscarla, localizarla y volver allá. Eso es todo. Sí, amigos. En algún lugar, allá abajo, está la tierra. No nos iban a hacer un juego así, ¿no? Hay que tener confianza en nuestros dirigentes; son todos unos cráneos; eso es lo que les digo siempre a los muchachos de mi avión, cada vez que tenemos una misión difícil. Confianza, amigos, hay que tener confianza, mucha confianza.
ROVIRA: ¿Usted es aviador?
PILOTO: Claro, amigo; ¿qué iba a ser, minero? Pero miren que son graciosos ustedes dos, ¿eh? Tienen humor, eso me gusta. Lo importante es no perder la cabeza en situaciones así; es lo que siempre decimos los instructores.
ROVIRA: Pero, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le pasó?
LOPECITO: Nosotros estábamos allá abajo cuando pasó…, no sabemos qué.
PILOTO: Comprendo, comprendo.No, yo estaba arriba. Cumplíamos una misión. Teníamos que descargar no sé qué clase de material, algo nuevo, y lo hicimos y ya volvíamos cuando de repente todo saltó; yo piloteaba el avión, el asiento se desprendió, y aquí me tienen, buscando llegar a tierra. (Ríe).
LOPECITO: ¿Y la radio?, ¿no estaban en comunicación con la base?
PILOTO: Estábamos, pero se cortó. (Muestra la radio.) Aquí está el aparato, está lo más bien, ya lo revisé. Bueno, voy a seguir buscando. (Se coloca el equipo y el paracaídas).
ROVIRA: ¿Quiere decir que se va?
LOPECITO: ¿Y nos deja?
PILOTO: Claro, es necesario. Alguien tiene que ver lo que ha pasado. (Comprende lo asustados que están.) No se preocupen. Apenas llegue a tierra avisaré sobre la situación de ustedes y vendrán a rescatarlos. Esperen que tome nota del lugar por la frecuencia…, a ver… (Hace unas anotaciones.) No se preocupen. Instálense lo mejor que puedan y traten de aguantar. ¡Arriba esos ánimos, caramba! ¡Todo tiene arreglo! Y hay que ser hombres, ¿no? (Silba alegremente mientras se ajusta el equipo).
ROVIRA: (De pronto, amenazador, se acerca al piloto.) No.
PILOTO: ¿Cómo?
ROVIRA: No puede dejarnos.
PILOTO: Lo siento, es preciso. Comprenda, señor, soy un oficial responsable, y debo velar también por la seguridad de ustedes. Yo los sacaré de aquí, se lo aseguro.
ROVIRA: No puede dejarme así, no puede dejarme así, no… (Va a lanzarse sobre el piloto, pero Lopecito lo toma de atrás, por los brazos, y le impide moverse).
LOPECITO: No haga eso, señor Rovira; debemos dejarlo ir; es nuestra única esperanza de salvación.
ROVIRA: Antes lo mataré. (Forcejea con Lopecito.)Déjeme ir; déjeme, gusano, si no, lo mato; le juro que lo mato; ¡suélteme, suélteme, pequeña rata! (Lucha con él).
LOPECITO: (Al piloto.) Váyase, por favor.
PILOTO: Gracias, señor; me alegro que usted comprende. ¡Explíquele a su amigo!
ROVIRA: ¡Este gusano no es mi amigo! (Sigue forcejeando).
PILOTO: (A Rovira.) Le aseguro que no los abandonaré. (Va a tirarse cuando se le ocurre algo; toma el aparato de radio y le quita una parte.) Tomen esto, es el receptor. Les iré avisando de todo lo que encuentro mientras bajo, así se sentirán mejor. Lamentablemente, no podrán comunicarse conmigo, pero… por lo menos, recibirán mis mensajes. (A Lopecito.) ¿Entiende, señor?
LOPECITO: Sí, gracias. (El piloto les hace una venia y, tomando aire, salta. Lopecito suelta a Rovira que se vuelve, furioso, y toma a Lopecito por el cuello. Lopecito no se resiste).
ROVIRA: Usted se atrevió a sujetarme; ¿cómo tuvo el coraje de hacerlo?, ¿cómo se atrevió a…? (El otro emite sonidos ahogados y va cayendo.) Lo mataré, lo… (De pronto, recuerda.) No… (Lopecito se desmaya.) ¡Si lo mato, me quedaré solo! ¡No! (Lo suelta; Lopecito cae al suelo y Rovira empieza a sacudirlo.) No, no puede morirse, ¿me oyó? ¡Le ordeno que no se muera! Señor López, Lopecito…, Lopecito…, no se muera, ¡por favor! (Después de un tiempo, Lopecito empieza a recuperarse).
LOPECITO: (Débil.) Lo siento. No quería molestarlo. (Rovira se levanta, fingiendo indiferencia).
ROVIRA: Está bien. Después de todo… (Lopecito se levanta, frotándose el cuello.) ¿Qué haremos?
LOPECITO: El piloto dijo que hay que esperar que él avise, ¿no? Esperaremos, entonces.
ROVIRA: No puedo estar así, sin hacer nada.
LOPECITO: ¿Y por qué no hace algo?
ROVIRA: ¿Qué?
LOPECITO: (Duda y luego.) Bueno, ¿por qué no trata de hacerse un par de zapatos? (Señala los objetos.) Por ahí debe de haber alguna tela, cuero o algo así; no sé, si no le parece, no lo haga. (El otro se ríe.) ¿Qué le pasa?
ROVIRA: Es gracioso. ¿Sabe?, mi padre era zapatero, yo empecé a trabajar con él a los siete años. Sí, tiene razón, me voy a hacer un par de zapatos. (Va hacia el montón de objetos y empieza a buscar).
LOPECITO: Así que su padre… Es curioso. (Toma nuevamente el palo y la cuerda.) Tolstoi tenía un cuento muy hermoso sobre un zapatero.
ROVIRA: ¿Cómo dice?
LOPECITO: Digo que Tolstoi tenía un cuento sobre un zapatero.
ROVIRA: ¿Tolstoi?
LOPECITO: ¿No oyó hablar del conde Tolstoi? Fue un gran escritor ruso.
ROVIRA: ¿Un ruso? No, no me interesa nada de los rusos. Me acuerdo, sí. ¿No fue el extremista ése que le dio todo a los pobres? (Lopecito asiente, sonriendo.) ¡Ruso tenía que ser, claro! (Sigue revisando los objetos.) ¡Ellos tienen la culpa de todo!
LOPECITO: Vamos…
ROVIRA: (Amenazador.) No los defienda, o…
LOPECITO: No, si no los defiendo, señor Rovira. Yo no me meto en esas cosas.
ROVIRA: Ah, eso me parece mejor. Pero debe de tener sus ideas, claro. Todos los pobres tienen ideas.
LOPECITO: Yo no tengo ideas ya. ¡Para lo que pueden servir aquí! (PAUSA) Sólo sé que alguien metió la pata esta vez, y la verdad es que no me importa quién fue. No me importa nada quién fue. (Se interrumpe ante las exclamaciones de admiración de Rovira que ha descubierto algunos objetos nuevos.) ¿Qué pasa?
ROVIRA: ¡Mire! ¡Una heladera…! ¡Y cuántas cosas más! ¡Un mundo de cosas! ¡Mire! (Lopecito se acerca, emocionado).
LOPECITO: ¿Una heladera? ¡Comida! ¡Estamos salvados! (Se abrazan, alborozados, entre los restos. APAGÓN).

CUADRO 2:
En el mismo lugar, abarrotado de objetos y artefactos eléctricos de todo tipo: televisores, lavarropas, un gran reloj cú-cú, etc. Rovira, con la blusa puesta, está sentado ante una especie de banco de zapatero, arreglando el reloj. Por distintos lados, carteles que dicen: no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy; querer es poder, etc. De vez en cuando se escuchan ruidos extraños; objetos que caen, partes que se desmoronan y otras que se agregan en escena. A un lado, en un rinconcito de clima distinto, Lopecito está sentado en un antiguo sillón hamaca, con la valija sobre las rodillas. Parece dormido. En el centro, el receptor de radio.
LOPECITO: (Abre los ojos y mira el receptor.) ¿Llamaron?
ROVIRA: No.
LOPECITO: Me pareció oír el sonido de la chicharra.
ROVIRA: Es el hambre que le hace zumbar los oídos.
LOPECITO: Sí, claro. (Sin levantarse, pone en marcha un viejo tocadiscos que tiene a su lado; se escucha el comienzo de la Segunda Sinfonía de Beethoven. Lopecito se adormece plácidamente. Rovira, disgustado, murmura algo ininteligible. Después de un tiempo, hace funcionar un grabador; se escucha la transmisión de un partido de fútbol. El disco de Beethoven se interrumpe, se repite, está rayado. Lopecito se despierta y, automáticamente, pone otra vez el disco que vuelve a empezar. Rovira sube el volumen del grabador).
VOZ del GRABADOR: … Sebastián se abre paso hacia el arco… … … ¡Goooooool!
ROVIRA: (Coreando.) ¡Goooool! (La voz empieza a pasar una propaganda. Lopecito despierta y escucha, después de poner nuevamente el principio de la Sinfonía).
VOZ: ¡Para sus vacaciones, no se olvide, planee su viaje con la debida anticipación y no deje de consultarnos! ¡Tin Agencia, la mejor agencia! ¡Los mejores planes! ¡La mejor financiación! (Vuelven a trasmitir el partido. Rovira escucha con interés pero, de pronto, la música de Beethoven se hace mucho más fuerte y Rovira, furioso, va hasta el combinado, toma el disco, lo tira y lo rompe. El ruido hace que Lopecito se despierte. Se levanta, triste, y recoge los pedazos del disco).
LOPECITO: No debió hacerlo, señor Rovira. Era el único que teníamos de Beethoven.
ROVIRA: ¡Usted…, usted y su Beethoven pueden irse a…!(Lopecito, meneando tristemente la cabeza, lleva los pedazos del disco hasta el vacío y los tira).
LOPECITO: No hay que ponerse así. (Vuelve a sentarse. Termina la transmisión del partido; otra tanda publicitaria. Rovira, que sigue trabajando, la corea. Se interrumpe la trasmisión).
ROVIRA: (Contento, señalando el reloj.) Ya está.
LOPECITO: ¿Funciona?
ROVIRA: Por lo menos, ahora está marchando, ¿no? (Pausa.) ¡No entiendo cómo puede estar sin hacer nada, habiendo tanto para ordenar!
LOPECITO: ¿Y para qué vamos a ordenar si se desordena solo? Todo lo que levantamos se cayó; ¿cuántas veces lo probamos? Y entonces, ¿para qué seguir? Además, no estoy sin hacer nada. Estaba recordando, mejor dicho, tratando de recordar algunos poemas.
ROVIRA: ¿Poemas? ¡Bah!
LOPECITO: (Recita partes de poemas de Lorca, Machado y Vallejo, mezcladas entre ellas.) “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
De algún pan que en la puerta del horno se nos quema…
Y el hombre… ¡Pobre… pobre! Vuelve los ojos… …
Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
Se emboza, como un charco de culpa, en la mirada.”… ¡Lástima que no los recuerdo bien, se me mezclan un poco! ¡Qué buenos son!
ROVIRA: ¡Poemas! ¡Esas son cosas de mujeres! ¿Qué hombre tiene tiempo para eso?, un hombre tiene que trabajar, hacerse una posición, no perder el tiempo.
LOPECITO: Eso mismo pienso yo. No se debe perder el tiempo, ni un minuto. Hay que vivir de veras cada segundo. Sólo así habrá valido la pena todo esto.
ROVIRA: ¿Qué?
LOPECITO: El estar vivo, claro.
ROVIRA: (Lo mira un tiempo, desconcertado.) Vamos, a usted, ¿quién lo entiende? Ahora me sale con que cree que no hay que perder el tiempo, usted, un vago, ¡al fin de cuentas! ¡Vamos! (Lopecito se echa a reír; después, pensativo).
LOPECITO: Mi mujer y yo estábamos empleados en una firma importante. Teníamos buenos puestos, estábamos bien ubicados, un buen sueldo, una linda casa a pagar en muchos años. Una mañana, cuando íbamos a trabajar, recuerdo que era un lunes porque habíamos tenido un mal fin de semana – había llovido tanto que no pudimos salir. Esa mañana íbamos en el subte lleno. Yo me puse a mirar a la gente; todos parecían tan tristes y malhumorados, tan… vacíos, que me sorprendí; miré a Diana, mi mujer, y Vd. que también ella me estaba mirando. Pensé que también ella tenía la misma expresión y que también yo debía de tenerla. No dijimos nada. Al mediodía nos encontramos en el comedor de la empresa; comíamos ahí para no perder tiempo, ¿sabe?
ROVIRA: Claro, yo hice lo mismo en mis oficinas. Resulta mucho mejor que la gente no salga, rinde más.
LOPECITO: De repente, Diana me tomó de la mano y, en lugar de ir a comer, salimos a la calle. Cuando salimos, nos dio en la cara el sol, un sol rojo, enorme, que parecía recién pintado en un cielo muy azul. Diana me miró, parecía tan feliz…, se rió, también yo me reí, y nos dimos cuenta. No volvimos a la empresa. Nos fuimos a pasear, fue un día de fiesta. Después, tratamos de entender lo que pasaba. Y Diana dijo que no podíamos seguir perdiendo el tiempo, ¿comprende?
ROVIRA: ¿Perdiendo el tiempo, si trabajaban y estaban bien ubicados? No, no comprendo.
LOPECITO: Ella dijo que debíamos empezar a vivir de veras, haciendo que cada minuto fuera vivo. (Al ver que Rovira no entiende.) Hay minutos muertos y minutos vivos, me explicó. Los minutos vivos son esos en que uno… es feliz, o que está triste, muy triste, pero le pasa algo… algo vivo. (El otro no entiende.) Cuando uno está con un amigo…, cuando hace algo que le gusta…, cuando ve algo hermoso…, o significativo. Por ejemplo, una vez entramos con Diana a un cementerio en un pueblito chileno, y vimos a una anciana que lloraba ante una tumba. Nos paramos cerca y la miramos. Ella se dio vuelta, nos vio y, de pronto, se acercó a nosotros y nos besó. Todavía puedo sentir su mejilla húmeda contra la mía; ese fue un minuto así, ¿entiende? (El otro menea la cabeza, desconcertado.) Cuando comprendimos eso, nos fuimos con Diana a conocer el mundo. Hicimos de todo. (Ríe.) No se puede imaginar todo lo que pasamos; después nació nuestro chico…, y después la nena. (Se acuerda y abre la valija.) ¿Quiere ver las fotos? Mire. (Le muestra una foto.) Darío, el día que empezó a caminar.
ROVIRA: Lindo pibe. (Se ve la imagen proyectada al fondo).
LOPECITO: (Le muestra otra foto.) Esta es de un viaje que hicimos al Perú; es en el mercado. Era un día de fiesta, ¿ve las ropas? Esa es Diana, ahí, al fondo, con el chico. ¿Ve esos bultos?, ahí teníamos la carpa todavía a medio armar. (Le pasa otra foto.) La nena. (Se proyecta.) ¿Vio qué rubia? Cuando nació tenía el pelito muy negro, después cambió. (Le pasa otra foto, proyección.) Este es el jardín de la casita que nos dieron, cuando nos empleamos para cuidar una escuela. La escuela estaba al otro lado, ¿ve?, ese es el techo. Más allá, había un fondo de tierra sin cultivar, donde crecían unos arbustos silvestres que florecían antes de la primavera, con unas flores rojas, pequeñitas. A veces, con los chicos, nos pasábamos horas echados boca abajo ahí, sobre la tierra, mirando a las hormigas.
ROVIRA: ¿A las hormigas?
LOPECITO: Sí. (Pausa.) Ese día, yo me había lastimado la mano con una tijera de podar; la nena lloró mucho cuando me vio la mano así; me la tomó y apoyó su mejilla sobre la herida; todavía puedo sentir el calor de sus lágrimas cayendo sobre mi mano. (Triste, luego se recupera.) Fuimos felices, muy felices.
ROVIRA: ¿Feliz usted?, vamos, no me haga reír. ¿Qué sabe de la felicidad? Yo fui feliz. Lo tuve todo. Lo tengo todo. Yo…, yo soy un triunfador, ¿entiende? En lo mío, nadie me gana. Usted es un pobre diablo. ¿Qué es lo que consiguió en la vida? ¿Qué es lo que tiene?
LOPECITO: Tengo recuerdos.
ROVIRA: Eso no vale nada.
LOPECITO: ¿Usted tuvo minutos así, como yo digo? ¿Minutos de vida?
ROVIRA: ¿Minutos? Horas, también. (Saca del bolsillo del pantalón un sobre.) ¿Quiere ver fotos? Yo también tengo. Mire. (Con desprecio.) Minutos. (Se proyecta la foto.) Yo en mi auto de carrera. (Otra foto.) Mi chalet de fin de semana. (Otra foto.) Yo en la fiesta de inauguración de mi firma en Mendoza. (Otra foto.) Yo en la pileta de mi casa. (Otra foto).
LOPECITO: ¿Su mujer?
ROVIRA: Mi secretaria. (Otra foto.) El frente de mi empresa en Buenos Aires. (Enojado, guarda las fotos.) ¡Minutos! ¡Horas! ¡Días! ¡Años de felicidad! ¿Y por qué?, por no perder el tiempo, ¡claro! ¡No se llega a ser el mejor así nomás, si no se trabaja, y duro!
LOPECITO: Diana siempre decía que el tiempo perdido es el que no se vivió de veras; ése es el que nunca se puede recuperar. (Se sienta, guarda las fotos, nostálgico. Rovira se pasea, enojado. Se para cerca de una de las heladeras).
ROVIRA: ¿Usted sabe lo que cuesta esta heladera, señor López? Una verdadera fortuna. Es un último modelo, realmente fabuloso. Fíjese: (Descripción de la heladera, con los accesorios más inútiles.) ¡Fabulosa!
LOPECITO: Sí, claro; fabulosa.
ROVIRA: (Se sienta, pensativo.) Nos llevó tres años llegar a tener una heladerita que era la cuarta parte de ésta; y que se descomponía cada dos por tres. Pero Clara era feliz.
LOPECITO: ¿Clara?
ROVIRA: Mi mujer. (Pausa.) Qué bichos raros son las mujeres, ¿no? Mientras estuvimos mal, ella estaba contenta; y después, cuando las cosas empezaron a marchar mejor, todo se fue a la mierda. Ella empezó a volverse fina, ¿sabe? Yo hacía dinero y ella se volvía culta. Y me empezó a despreciar. Que por qué no leía libros, que cómo me vestía, que… Era linda, muy linda. Durante un tiempo aguantamos; hacíamos… un simple intercambio; al final ni eso; le daban ataques…, una especie de asma cuando me acercaba a ella; y se acabó.
LOPECITO: ¿Tuvieron hijos?
ROVIRA: No.
LOPECITO: Lo siento.
ROVIRA: ¿Lo siente?, ¿y por qué?, ¿qué importa? ¡Yo hago lo que se me antoja; mujeres, tengo todas las que quiero; y todo, todo! (Ante la mirada de Lopecito, recuerda.) Tengo que volver; no puedo seguir aquí. ¡No puedo soportar esto!
LOPECITO: Volverá; no se preocupe.
ROVIRA: (Extrañado.) ¿Por qué?
LOPECITO: ¿Qué?
ROVIRA: Usted no parece preocupado por esto; ¿es que no le importa volver?
LOPECITO: No es eso; es que…, bueno, yo sé que siempre me las arreglo de algún modo; y que al final las cosas salen bien. El mundo cambia; y debe ser para mejor, (Pausa.) porque peor no podíamos estar.
ROVIRA: No es cierto; nada cambia. ¡No puede ser; no quiero que sea así! (El reloj da unas campanadas; sale el cú-cú).
LOPECITO: ¿Y eso?
ROVIRA: (Se acerca al reloj y lo para.) ¡Este reloj loco!, ahora da las horas cuando se le ocurre.
LOPECITO: (Cierra los ojos, sonríe.) Es bueno; casi, casi como si estuviéramos allá, ¿no?
ROVIRA: (De pronto.) ¿Usted entiende de sueños?
LOPECITO: ¿Sueños? No, la verdad es que no; sueño muy poco; y cuando sueño, después no recuerdo nada. ¿Por qué?
ROVIRA: Yo me analicé cuatro años. Y siempre pasaba lo mismo. Vea. Usted es el analista, ¿estamos? (Se ubica delante de Lopecito.) Ahora, pregúnteme: ¿soñó algo?
LOPECITO: ¿Soñó algo?
ROVIRA: Sí. Ahora diga: cuénteme.
LOPECITO: Cuénteme.
ROVIRA: Es el mismo sueño de siempre. Era de mañana, muy temprano. Yo salía de mi casa, iba a tomar un tren. Ya en el camino, miraba a mis compañeros de viaje y veía que no tenían cara; después llegábamos a un lugar y todos bajaban, yo también. Caminábamos un tiempo, hasta llegar a unas puertas muy altas de acero; todos entraban, yo no…, cuando llegaba a las puertas, ya las habían cerrado, llamaba y no me dejaban entrar. Diga: siga contando.
LOPECITO: Siga contando.
ROVIRA: A la noche, las puertas se abrían y salía toda la gente; yo iba con ellos a tomar el tren. No podía hablar con ninguno, no tenían cara. Y volvía a mi casa. Me despertaba gritando. (Se levanta).
LOPECITO: Y el analista, ¿qué le dijo?
ROVIRA: Que debía tratar de entenderlo; hablaba y hablaba, yo no le entendía nada; después hablaba de mi madre dominante; de los celos de mi hermano; al final me enojé y no fui más. Qué sueño estúpido, ¿no le parece?
LOPECITO: Bueno, una pesadilla, nomás. (Se levanta y va hasta el montón de objetos a un lado.) Tendríamos que ordenar algo, es cierto. (Empieza a trasladar algunos objetos de un lado a otro. De pronto, sin mirar a Rovira.) ¿Usted sabe lo que es vivir sólo por no tener el valor de matarse?
ROVIRA:¿El valor? Matarse es una cobardía.
LOPECITO: No, es al revés. Hay que tener mucho valor para poder pasar por cobarde. A mí me pasó…, después del accidente. (Pausa.) Fue tan… tan absurdo. Yo volvía a casa, Diana y los chicos se adelantaron para encontrarme, tenían que cruzar las vías del tren; yo los Vd. de lejos, y ellos a mí…, la nena se soltó de pronto de la mano de Diana y empezó a correr; y Diana y Darío corrieron atrás de ella, yo gritaba. Nadie pudo entender cómo pasó, cómo no escucharon mis gritos, cómo no los vio el maquinista. De repente, me encontré con los tres entre mis brazos, y ya no se podía hacer nada. (Arroja algunos objetos al vacío después de revisarlos.) Uno no sabe nada de nada hasta que pasa algo así, señor Rovira, ¿sabe?, hasta que se queda así, solo, cuando uno grita pidiendo ayuda y nadie le contesta. Y entonces es, si se tiene algo adentro, cuando uno se puede despertar de pronto, ponerse frente al cielo, sentir la tierra debajo, y decirse, simplemente: vivo. A mí me pasó. Un día me decidí; quería terminar de una vez. Fui al río; era muy temprano, a la mañana; no podía dormir. Hacía frío. Me senté a la orilla, el agua me tocaba los pies, crecía, y pensé que si me quedaba ahí, muy quieto, como el agua subía, poco a poco, iba a conseguirlo. Me quedé sin moverme. Al principio, lloraba; después, sentí alegría pensando que todo iba a terminar muy pronto. Y, en eso, empecé a reír; y después otra vez a llorar; reía y lloraba, como enloquecido.
ROVIRA: ¿Por qué? ¿Qué pasó?
LOPECITO: Enfrente, lejos, y sin embargo me parecía que muy cerca, estaba saliendo el sol. Un sol rojo, enorme, que aparecía sobre el agua. Lo sentí en mi cara. Miré el agua, y me Vd. a mí mismo, con medio cuerpo tapado ya por el agua. Me levanté y salí de ahí. No pude hacerlo. Era el mismo sol, ¿entiende?, el sol de Diana y mío; y yo estaba vivo, y podía recordar, recordarla a ella, a los chicos, recordar todos esos minutos nuestros, esos minutos vivos. No tenía derecho a hacerlo, ¿comprende? (Después de un tiempo, ante un objeto que encontró.) ¡Oh, no!
ROVIRA: ¿Qué pasa?
LOPECITO: No puede ser. (Sigue sacando objetos.) Ayúdeme, por favor. (El otro lo hace).
ROVIRA: ¿Qué pasa? ¿Por qué tanto lío? (Lopecito extiende algunos pedazos de telas que encontró.) Son unos cuadros viejos, nomás; ¿por qué tanto problema?
LOPECITO: Yo no sé mucho de esto, pero… deben de ser los originales. Mire. (Consternado.) Se terminó; entonces es cierto, se terminó de veras.
ROVIRA: ¿Qué le pasa? ¿Se ha vuelto loco?
LOPECITO: (Señalando una tela.) ¿No lo reconoce?
ROVIRA: No.
LOPECITO: Puedo jurar que es parte de La Gioconda, y esto…, es de un cuadro de Van Gogh. Puedo jurarlo. ¡Es espantoso! ¡Espantoso!
ROVIRA: (Tranquilizado.) Pero mire que usted sí que es un ejemplar único, ¿eh? Ponerse así por un cuadro viejo; ¡por una mujer pintada! Si por lo menos, fuera una mujer de veras, eso sí que sería otra cosa, pero por esto… (Se escucha una especie de gemido.) ¿Y eso?
LOPECITO: ¡Una voz!
ROVIRA: Por aquí debe de haber alguien. (Otra vez el gemido.) Vamos a ver… (Se abre paso entre los objetos.) Huellas, es por este lado. (Desaparece entre los objetos abarrotados; Lopecito va a seguirlo pero, antes de poder hacerlo, vuelve Rovira con una mujer en brazos; es bonita y está descalza y con la ropa rota).
LILI: (Se desprende de mal modo.) ¡Suélteme! ¡No! ¡Déjeme! (Rovira la suelta. Lopecito se le acerca).
LOPECITO: Cálmese, señorita.
LILI: (Sorprendida, a Rovira.) ¡Oh…, usted!
ROVIRA: ¿Me conoce?
LILI: (Lo mira un tiempo y luego, ante su extraña apariencia, empieza a reír.) ¡Lo que parece! ¡Mire lo que parece!
LOPECITO: ¿Se siente bien? ¿Hace mucho que estaba ahí?
LILI: No sé cuánto hace que me estoy arrastrando entre todas esas cosas; hay de todo por ahí; y caen más cada vez; ¡es horrible!
LOPECITO: (Se quita el saco y se lo da.) Tome.
LILI: Gracias. (Se lo pone).
ROVIRA: ¿Por qué se sorprendió al verme, usted me conoce?
LILI: (Va a decir algo, pero se contiene, y luego.) Trabajé en una de sus oficinas, hace tiempo; pero usted no me recuerda, ¿no?
ROVIRA: No, no puedo recordar a todas mis empleadas, ¿no es cierto?
LILI: Claro, el gran jefe no recuerda a todos sus empleados. Es pretender demasiado. Pero, qué bien instalados que están aquí, heladera…, lavarropas…, sólo les falta el aire acondicionado, ¿no?
ROVIRA: Y usted, ¿de quién se está riendo? ¿No se da cuenta de que estamos…? (Suena la chicharra del receptor; Rovira y Lopecito se le acercan).
VOZ: Llamando a los amigos…; espero que me pueden escuchar…; todavía no he llegado a la tierra, pero no pierdo la esperanza de encontrarla en cualquier momento. No desesperen. Animo. ¡Todo se arreglará! ¿Saben?, he compuesto una canción, espero que pronto la cantarán conmigo; nos ayudará a conservar nuestro buen humor. (Canta.) “La próxima vez…, la próxima vez…, cuando estemos en la tierra…, qué felices seremos…, la próxima vez”. (Sigue hablando.) ¡Hasta la próxima, amigos!
LILI: De modo que estamos…, ¡qué bueno!
ROVIRA: ¿No le importa?
LILI: ¿Y por qué me va a importar? ¿Qué quiere, que lo tome a la tremenda? (Se asusta a medida que comprende la situación.) Total, no hay tanta diferencia entre vivir…, como vivíamos allá…, o esto, ¿no? Es sólo terminar antes, nada más.
LOPECITO: ¡Vamos, una chica como usted no puede hablar así! Usted tiene… (Ella, de pronto, se aleja un poco de ellos; se la escucha llorar).
ROVIRA: (Extrañado, a Lopecito.) Y ahora, ¿qué le pasa?
LOPECITO: Se debe estar dando cuenta de la situación.
ROVIRA: No, las mujeres nunca se dan cuenta de nada.
LOPECITO: Quizás piensa en lo peligroso que es.
ROVIRA: Las mujeres no piensan. Y las que piensan… no sirven, para lo que tienen que servir. Y ésta sirve. Las conozco muy bien. Esta sirve. (La mira, interesado; Lili se está calmando.) No está mal, ¿eh? (Lopecito asiente, con una mirada expresiva.) La verdad es que…
LOPECITO: ¿Qué?
ROVIRA: Hay que pensarlo bien.Quizás…, se puede pensar, claro…, que quizá somos los únicos sobrevivientes, y que tendríamos que empezar todo de nuevo, ¿no?
LOPECITO: Como Adán y Eva, ¿no? (Rovira asiente, pensativo; Lopecito se ríe).
ROVIRA: ¿Qué le pasa? ¿Por qué se ríe?
LOPECITO: Usted está empezando a imaginar cosas. (Como el otro no entiende.) Usted me dijo una vez que nunca imaginaba nada, que sólo sabía hacer cosas. Y ahora…
ROVIRA: ¡No diga tonterías! Yo hablo de un problema serio; tendríamos una grave responsabilidad entonces, ¿no?
LOPECITO: ¡Claro, ya lo creo! ¡Una gran responsabilidad, es cierto! (Los dos miran fijamente a Lili que siente la mirada y se vuelve hacia ellos).
ROVIRA: ¡Una responsabilidad moral!
LOPECITO: ¡Claro!
LILI: Espero que no se están haciendo ideas raras, ¿no? (Ellos la siguen mirando. Enojada.) Soy frígida, ¿saben?
LOPECITO: (Condescendiente.) Bueno, nadie es perfecto.
ROVIRA: (Molesto, pero aceptando.) Claro, nadie es perfecto. (APAGON).

CUADRO III: El mismo lugar. Hay más objetos amontonados por todas partes. A un lado, una especie de extraño armatoste, mezcla de barrilete y paraguas, conectado a un motorcito. Liliana está limpiando el polvo de una serie de objetos con un vistoso plumerito; se ha improvisado una túnica con algunas telas; parece más fresca y bonita. Entran, corriendo al trote, Rovira y Lopecito. Rovira marca el ritmo. Lopecito se deja caer sobre su sillón, agotado. En su rincón, tiene colgados los trozos de la Gioconda; partes de los Girasoles y, junto al sillón, hay pedazos mal ensamblados de algunas esculturas griegas conocidas.
LOPECITO: No puedo más.
LILI: Descansen, entonces.
ROVIRA: (Hace ejercicios de gimnasia, resopla.) Hay que mantenerse en línea, amigo López; eso es muy importante, mantenerse en línea.
LOPECITO: No sé. Hacer gimnasia…, con el estómago vacío…, no sé. Si por lo menos uno no sintiera hambre, sería más fácil aguantar, pero así… (Se oyen ruidos; caen objetos; se abren grietas; una, tan cerca de Rovira, que casi cae en ella).
LILI: (Señalando el lugar.) Quisiera saber qué vamos a hacer con todo esto. Pronto no vamos a tener dónde estar. Algo habría que hacer.
LOPECITO: No sé. Arreglamos una parte y se nos cae encima otra; o se hunde todo, no sé.
ROVIRA: La señorita Liliana tiene razón, señor López. Hay que seguir adelante. No hay que darse por vencidos. (El cartel que dice: Querer es poder, se hunde con estrépito. Miran hacia el lugar un tiempo).
LILI: (Señalando las sandalias de Rovira.) ¡Qué bien le quedaron, señor Rovira! ¿Son las sandalias nuevas?
ROVIRA: Sí, ¿le gustan? Qué modelo, ¿no? Creo que nunca volveré a usar otros zapatos. (Ante las miradas de los otros.) Digo, que en la tierra, me los haré fabricar de esta misma forma. Será un buen recuerdo de este viaje al infierno.
LILI: Un viaje al infierno. (Pensativa.) Sí, claro. (A Lopecito, que está mirando con atención una pequeña maceta.) Y, ¿creció algo?
LOPECITO: Creo que…, sí, mire, ¡está empezando a brotar! ¡Miren! (Los otros se acercan).
ROVIRA: Yo no veo nada. Es una fantasía suya.
LILI: Yo sí veo. Es como un puntito verde, ¿no?
LOPECITO: Sí. ¡Ya verán qué hermosa será la planta que va a salir! ¡Ya verán!
LILI: ¡Si por lo menos supiéramos de qué es…!
ROVIRA: Ahí no hay nada. Es sólo un poco de polvo sucio.
LOPECITO: (Enojado.) ¡No es polvo, es tierra! ¡Es tierra negra, viviente, y adentro tiene algo…, algo que va a crecer, ya verá! ¡Será una planta hermosa, que dará flores rojas, muy chiquitas y muy rojas!
LILI: A mí me gustaría que sean jazmines blancos, muy blancos. En casa de mi abuela había unos jazmines así; en el verano, cuando todas las plantas florecían, se sentía el perfume de muy lejos; ya desde la esquina de la cuadra se lo podía sentir. ¡Todo era tan lindo entonces!, cuando vivía mi padre…, y todos estábamos todavía juntos.
ROVIRA: (Disgustado.) ¡Otra más con poemitas! Bah, mirar una maceta con dos gramos de polvo y soñar con jazmines o con florcitas rojas; ven visiones, no hay caso. (Se acerca al armatoste y pone en marcha el motorcito que emite un fuerte zumbido; Lopecito pone a un lado la maceta con gran cuidado y, con Liliana, se acercan al aparato).
LOPECITO: Y, ¿cómo va eso?
ROVIRA: Falta poco.
LILI: ¡Si llega a funcionar, va a ser sensacional!
ROVIRA: Tiene que funcionar. Será el mejor paracaídas que se haya inventado hasta el momento. Ya verán, lo patentaré. Sí, ¿sabe qué haremos, señor López? Cuando volvamos allá, montaré una fábrica para producir estos paracaídas, y usted vendrá a trabajar conmigo. Nos haremos multimillonarios.
LOPECITO: ¿Trabajar?, ¿yo?
ROVIRA: Sí, en la distribución; en lo que más le guste, ya le encontraremos algo.
LOPECITO: Ya sé; yo los venderé; le aseguro que soy un buen viajante; será un éxito. ¿Se imaginan? (Se pone en pose de propaganda.) Paracaídas Rovira; ¡pruébelo una vez y no dejará de usarlo! (Rovira se pone a su lado, también en pose).
ROVIRA: Sea prevenido; en cualquier momento, pasa lo que menos se espera, por eso, use siempre, de día y de noche: (Los tres juntos.) ¡Paracaídas Rovira! (Los tres se ríen; luego, Rovira, serio). Bueno, ahora déjenme trabajar; todavía falta terminarlo.
LOPECITO: (Se sienta y talla unas maderas con un cuchillo. A Liliana.) ¿Sabe jugar al ajedrez, señorita Liliana?
LILI: No.
LOPECITO: Espere que termine con esto y le voy a enseñar. Me faltan sólo los caballos y las torres. Ya verá cómo le va a gustar. Con Diana siempre… Bueno, es un juego muy lindo. (Se escucha un sonido extraño; los objetos del fondo se corren; ellos se asustan.) ¿Qué pasa ahora?
LILI: ¡Otra vez debe estar por caerse algo!
ROVIRA: Si no nos caemos nosotros antes. ¡Agárrense bien! (Juegos de luces sobre todo el lugar que se mueve; por fin, se ve que se ha adelantado en el centro una especie de gran caja cerrada por delante por una especie de biombo y con paneles a los costados.) ¿Y ésto? (Se escuchan sonidos extraños; como una música alegre que se va haciendo cada vez más clara).
LILI: Es música.
LOPECITO: Yo oigo voces. ¡Gente, hay gente adentro!
ROVIRA: Vengan; ¡saquemos todo esto! (Despejan el lugar alrededor de la caja; al correr el biombo queda al descubierto una pequeña sala perfectamente arreglada; en el centro, una mesa dispuesta para la cena; una mujer vieja está sirviendo la mesa; su marido mira televisión. No parecen darse cuenta de que pasa algo raro; es una confortable escena hogareña.) ¡Miren eso! (Rovira, seguido por los otros, se acercan lentamente, asombrados y contentos).
VIEJA: (Al viejo.) ¿Cuándo vas a terminar con eso? La cena está lista.
VIEJO: Ya va.
LILI: ¡Qué idioma extraño! ¿Qué será?
ROVIRA: No lo entiendo, inglés no es.
LOPECITO: Francés tampoco.
ROVIRA: Alemán tampoco. (La vieja lo ve; le sonríe.) Hola.
VIEJA: (Al viejo.) Mirá, tenemos gente a cenar. Deben ser amigos de los chicos.
VIEJO: (Sin mirar.) ¿Sí? Está bien. (Se escucha propaganda por televisión, un aviso absurdo).
LOPECITO: Debe de ser algún idioma africano, o indígena, qué sé yo.
ROVIRA: ¿Le parece que tienen cara de africanos, o de indígenas? No…; esto suena…, esto suena… Ya sé, deben ser del Tercer Mundo.
LOPECITO: ¿Cómo? (Va a protestar, pero desiste.) ¿Qué importa? Parecen amables.
LILI: (La vieja está haciéndoles señas para que entren.) Nos invita a pasar. (Entra.) Gracias. (Lopecito y Rovira también entran. Los tres se quedan mirando la mesa servida).
VIEJA: Siéntense, por favor. (Antes de que pueda completar la frase, ya están sentados y comiendo.) Sírvanse, sin cumplidos.
ROVIRA: (A López, señalando una botella de vino.) ¿Me la alcanza, por favor? (Se sirve y les sirve a ellos).
LILI: ¡Qué lindo es este lugar! ¡Es…, como tener una casa de veras!
LOPECITO: ¡Sí, es como estar en casa otra vez!
VIEJA: (Al viejo.) ¡Qué raro, no saben hablar nuestro idioma! ¿De dónde serán? (El viejo no contesta; pone un videocasete.) Qué amigos raros tienen los chicos, ¿eh? ¡Y qué modales! Los jóvenes están cada vez peor educados. Deben ser mochileros, como los del otro día; ¿no te parece? (El viejo mira una película romántica.) Podrías contestarme, ¿no? Mirá qué manera de tratarme, y delante de gente ajena. ¿No te da vergüenza? Toda la vida lo mismo. Soy una pobre esclava que sólo sirve para cuidar la casa; preparar la comida y atender a los chicos; y vos, ni una palabra. Una esclava, eso es lo que soy, claro; siempre fue así, no sé para qué me casé, y tuve hijos, para lo desagradecidos que son.
VIEJO: ¡Sssshhh! (Come, sin apartar la vista del aparato).
LOPECITO: (Los mira, enternecido.) ¡Cómo se quieren!
ROVIRA: Sí, parece que sí. ¡Cosas raras!
LILI: ¡Qué romántico! ¡A su edad!
VIEJA: ¡Casi no los veo desde que se casaron; sólo cuando vienen por obligación en una fecha de cumpleaños; o porque es el día de la madre, o el aniversario de alguna tontería! (Gritando.) ¡No valen nada, lo mismo que el padre!
LILI: (Emocionada, lloriquea. Los tres están empezando a emborracharse.) ¡Qué hermoso!
LOPECITO: ¿Qué le pasa?
ROVIRA: ¿Se siente mal?
LILI: No, no es eso. Es que…, ¿no se dan cuenta?, formamos casi, casi, una familia. ¿No es hermoso?
ROVIRA: (Alzando su vaso.) ¡Por Liliana, la flor de nuestro paraíso!
LOPECITO: ¡Por Liliana!
VIEJA: (Contenta, se sirve vino, a Lopecito.) ¿Texi?
LOPECITO: (Contento, le contesta.) ¡Cola!
VIEJA: ¡Texi! ¡Texi!
LOPECITO: ¡Cola! ¡Cola! (Juntos.) ¡Texi-Cola! (Solo.) ¡Qué bien! Nos entendemos, ¿han visto? ¡Ya nos entendemos!
VIEJO: (Alza su vaso, mecánicamente, antes de beber.) ¡Texi!
ROVIRA: (A Lopecito.) ¿Vio que eran civilizados? ¿No le decía yo?
VIEJA: (Contenta, todos terminaron de comer. Ella saca el mantel.) Voy a arreglar un poco la casa. ¡Está tan sucia! (Se asoma a una ventana y sacude el mantel sobre el vacío. Se queda mirando hacia afuera un tiempo.) ¡Qué oscuro está. Se nota que es invierno, ¿no?
VIEJO: Sssshhh. (Se ve en la televisión un noticiero, interrumpido por partes de dibujos animados y de publicidad. Noticias de actualidad política; notas de modas; deportes; guerra biológica; armas químicas; asaltos; secuestros; guerrillas, etc.).
VIEJA: (Sin mirar el noticiero.) Cualquier día, si siguen así, van a terminar por dar vuelta al mundo. Como si no tuvieran otra cosa que hacer, ¡qué gente! ¡Y todos esos tipos raros y guerrilleros, y qué sé yo!
VIEJO: ¡Sssshhhh!, no hay que meterse en política.
VIEJA: ¿Bah!, ¡y a quién le importa, que se hunda todo, total! (Corte publicitario; dibujos animados. Los otros tres están cada vez más borrachos. Se escucha la chicharra del receptor que sigue afuera; los tres salen, la vieja se asoma y observa).
VOZ: Amigos míos…, sé que me están escuchando, deben de estar escuchando; lamentablemente, todavía no puedo darles noticias favorables, todavía no he visto la tierra, estoy girando, girando continuamente; he pasado por varios puntos que parecían firmes pero luego han desaparecido; sólo puedo decirles que no pierdo la esperanza de llegar; y que ustedes tampoco deben perderla. Animo, amigos. Ah, antes de que me olvide, no dejen de festejar la fecha; hoy es el 31 de diciembre, y faltan apenas seis minutos para la medianoche. Feliz Año Nuevo, amigos míos; y no se olviden, con esperanza y con alegría, ¡Feliz Año! ¡Felicidades! (Se corta la transmisión).
LILI: ¡Año Nuevo! ¡Ya había olvidado todo eso!
LOPECITO: ¿Qué año será?
ROVIRA: ¿Y eso qué importa? Hay que festejarlo, el amigo tiene razón. Propongo que nos emborrachemos.
LOPECITO: Yo creo que hay algo mejor.
ROVIRA: ¿Qué?
LOPECITO: Quédese aquí. (A Liliana.) Usted venga conmigo.
ROVIRA: ¿Adónde?
LOPECITO: Enseguida venimos. (Sale, seguido por Liliana. Rovira, indeciso, no sabe qué hacer; luego entra otra vez en la pieza. La vieja le sirve un café. Rovira, sin saber qué decir, señala las fotografías que hay sobre una mesita).
ROVIRA: (Para sí.) ¡Otra con el álbum de familia! ¡Parece que vienen en serie ahora! (A la vieja, sonriente.) ¿Sus hijos?
VIEJA: (Asiente, contenta, le acerca las fotografías.) Mi hijo mayor; es médico; ¡es tan bueno! Lástima que está siempre muy ocupado; claro, tiene varios chicos; y su trabajo. Pero me quiere mucho, ¿sabe? (Rovira no entiende, bebe otra copa.) Este es el menor; vive aquí nomás. Es un muchacho muy brillante; ¡hay muy pocos como él! ¡Estoy tan orgullosa de ellos! ¡Soy muy feliz, muy feliz!
ROVIRA: (Medio borracho, saca sus fotos y se las muestra.) ¡Mi chalet! ¡Mi oficina! Este edificio se lo saqué de las manos a un competidor; ¡nadie supo cómo! Fue una estafa, una porquería, pero se lo saqué, ¡y ahora es mío! (La vieja mira las fotos, sin entender, y le sonríe por cortesía.) ¿Qué pasa? ¿No le gustan? ¿Qué se cree, que no tengo también fotos de las otras? Yo tengo todo lo que quiero, ¡qué se cree! ¡Ya va a ver! (Sale y va hasta la valija de Lopecito, la abre y toma sus fotos. Vuelve a la sala y le empieza a mostrar a la vieja.) Este es mi chico, ¿ve? Darío, se llama. Darío, ¿entiende? ¡Y esta es mi nena! ¡Mire qué rubia es! ¡Y esta es mi mujer! ¿Entiende?, ¡mi mujer! ¡Y estos son minutos míos, de mi vida! ¡Minutos de veras! ¡Míos, míos!
VIEJA: (Sonriente.) ¿Familia?
ROVIRA: ¿Familia? ¡Claro, familia, mía! ¡Mía! ¡Y qué felices fuimos! Clara era tan buena; recorrimos todo el mundo, ¿sabe? A ella le gustaba la música: Beethoven, Mozart, todos esos. Y los libros; los leíamos juntos. Y soñábamos. No hay que perder el tiempo, me decía ella. No hay que perder el tiempo. (Se adormece, lucha contra la borrachera.) Hay que hacer lo que a uno le gusta; no es necesario tener tantas cosas; era una neurótica, dijo el analista; yo no podía vivir con ella; no se adaptaba a nuestra sociedad, ni a nuestros valores, tuve que dejarla, claro. No se puede vivir con una mujer así. (PAUSA) Se le ocurría que uno debe de ser feliz; ¡qué ocurrencia! Como si a mí no me hubiera gustado eso, cuidar el jardín, atender un negocito chico, yo mismo; pero no se puede; hay que luchar, si no te comen, te tragan vivo, eso le decía yo, hay que ser el mejor, pero ella no lo entendía. ¡Familia! ¡Bah! (Se adormece; la vieja arregla la mesa. Se sobresaltan por el sonido repentino de un cornetín y un tambor improvisado. Se asoman y ven llegar a Liliana y Lopecito, disfrazados con ropas de alegres colores; sombreros de papel e instrumentos; llevan varias cajas y cantan una alegre canción improvisada de Año Nuevo. Por fin, exhaustos, se detienen al entrar a la sala).
LILI: ¡Feliz Año Nuevo!
LOPECITO: ¡Felicidades! (A Rovira, dándole un paquetito.) Para usted, señor Rovira. (A la vieja.) Para usted, señora. (La vieja, contenta, empieza a abrir el paquete).
LILI: (Al viejo.) Y esto es para usted.
VIEJO: ¡Sssshhh! (Mientras mira la televisión, abre el paquetito).
ROVIRA: ¡Una máquina de afeitar! ¡Qué bueno!
LILI: ¿Le gusta? (Rovira la mira, emocionado).
VIEJA: (En su paquete encuentra una licuadora.) ¡Oh, qué lindo! (El viejo saca de su paquete una pipa y tabaco y la enciende).
LILI: La verdad es que era difícil elegir, entre tanto como tenemos allá afuera. ( A Rovira.) ¿Dónde va, señor Rovira?
ROVIRA: Ya vuelvo. (Sale).
LOPECITO: ¿Habrá quedado vino? (Encuentra una botella; bebe. Rovira vuelve. Algo avergonzado, le da un paquetito a Liliana y otro a Lopecito).
ROVIRA: (A Liliana.) Esto es para usted. (A Lopecito) Y ésto, para usted. No pensé en el año nuevo, sólo que… Bueno, no es nada, ¿no?
LILI: (Saca unas sandalias.) ¡Oh!, ¿y las hizo para mí?
ROVIRA: ¡Claro!
LILI: Y yo que creí que se estaba haciendo tantos pares sólo para usted; qué mala fui al pensar así, perdóneme. (Rovira sonríe, incómodo.) ¿Sabe? Usted no es tan…, tan…
ROVIRA: ¿Qué?
LILI: Nada. Nada.
LOPECITO: (Abre el paquetito.) Semillas. Semillas de veras. ¡Qué bueno! ¿De qué son?
ROVIRA: No sé; las encontré por ahí hace tiempo; pensaba tirarlas, pero…
LOPECITO: Las plantaré; ya verá, será bueno verlas brotar y crecer. Gracias, señor Rovira.
ROVIRA: Bueno, hay que terminar este vino, que por algo es Año Nuevo, ¿no? (Solemne, a la vieja.) Feliz Año Nuevo, señora. (Como ella no comprende.) Texi, Texi.
VIEJA: Cola, Cola.
ROVIRA: (Al viejo.) Feliz Año Nuevo, señor.
VIEJO: ¡Silencio! (Toma su copa y bebe).
ROVIRA: (A Liliana.) Feliz Año, Liliana. (Se va acercando a ella).
LILI: (Borracha.) ¿Ustedes son religiosos?, ¿en serio?
LOPECITO: No, yo no. (Rovira niega con la cabeza).
LILI: Yo, sí. ¿Saben?, en una casa donde trabajé…, fue la primera en que trabajé… en serio, la encargada había puesto un cartel muy grande a la entrada…, muy grande…, ¿saben qué decía el cartel?: Dios es Amor.
ROVIRA: (Se le acerca más.) Felicidades, Liliana.
LILI: Me volví religiosa, como todas. Viva Tata Dios, me decía cada vez que recibía a un cliente. (Rovira la abraza. Liliana alza su copa en un brindis.) ¡Feliz Año Nuevo, Tata Dios! ¡Y gracias por todo! (Dan unos pasos de baile, siguiendo la música del televisor; lo mismo hace Lopecito con la vieja. Al fin, Rovira y Liliana van hacia un lado. Lopecito brinda con la vieja).
LOPECITO: Texi.
VIEJA: Cola. (Se sientan en un sofá y se besan. Después de un tiempo, al viejo que ha tomado un diario y lee, ensimismado.) ¿Podrías decir algo edificante para estos chicos, no?, como lo hacés siempre. Aunque no lo entiendan, ya sabés que después de comer es sano hablar de moral.
VIEJO: (Mientras trata de poner otra vez en marcha el televisor, al tiempo que Lopecito y la vieja se abrazan por un lado; y Rovira y Liliana por el otro.) Es fundamental que no olvidemos el respeto debido a nuestras instituciones en los tiempos que corren; y de todas nuestras instituciones, la más sagrada es la familia. ¿Cómo haremos para conseguir que la familia siga siendo uno de los pilares de nuestra comunidad? ¡Un sólo camino: la virtud! Como padres y madres de familia, nos toca educar a nuestros hijos en la práctica de las más nobles virtudes ciudadanas: la fortaleza, la templanza, la moderación, el justo medio; sobre todo eso: el justo medio. No lo olvidéis, hijos míos; ¡hay que fijarse y tratar de encontrar siempre el justo medio! (Otra vez la serie de dibujos animados, la voz del Pato Donald con el cuac-cuac).
VIEJA: Muy bueno, querido. Otro más. Algo de la Biblia, es lo más instructivo.
VIEJO: Cuando el Señor le dijo a Jonás que avisara a Nínive que iba a ser destruida por sus pecados, Jonás no quiso hacerlo. Le pareció que no valía la pena salvarla; el mundo era una porquería; la gente era una porquería; no merecían salvarse. Y se lo dijo al Señor.
LOPECITO: Me pregunto que estará diciendo. Parece como si estuviera contando algo muy solemne.
ROVIRA: A mí me suena a chiste verde.
LOPECITO: No, delante de la vieja no iba a contar chistes verdes, no es del tipo.
ROVIRA: No sé, quizás.
LILI: Dios es Amor, ¿no es fabuloso?
ROVIRA: Fabuloso.
LILI: ¿En qué estás pensando?
ROVIRA: Instalaré una gran fábrica de paracaídas; la central estará en Buenos Aires; con sucursales en todo el mundo. Tendré que pensar bien en cómo evitar la competencia; ya lo resolveré. Seré el tipo más rico del mundo. Te compraré un Cadillac rojo, ya verás. ¡Es fabuloso, fabuloso!
LOPECITO: (De pronto, mirando a Rovira.) Somos unos mentirosos. Lo odio, odio a todos los que son como él. Ellos arruinaron la tierra. No merecen vivir. Lo odio. Me gustaría matarlo. (Se acerca a Rovira y le grita.) ¡Me gustaría matarlo!
ROVIRA: (Soñando.) ¡Será fabuloso!
VIEJA: (Al viejo.) Y después, ¿qué pasó? ¿Cuál es la moraleja?
VIEJO: Entonces el Señor le dijo que se comiera una ballena; y Jonás lo hizo. Y el Señor destruyó a Nínive. Durante siete días la destruyó. Y al octavo miró su obra y dijo: era justo. Y descansó.
VIEJA: ¿Y la moraleja?
VIEJO: No la recuerdo; ah, sí; parece que Jonás mientras tanto se había arrepentido y le había pedido al Señor que salvara a Nínive, que pensara en los justos que vivían ahí; y el Señor le contestó que no valía la pena; que todos eran responsables de tanta podredumbre; y que lo mejor sería destruir todo y volver a empezar de nuevo; parece que le dijo que, en realidad, todo estaba podrido, hasta los justos. Por eso lo mejor era terminar la historia de una vez. Y lo hizo. (El televisor se descompone; el sonido del cuac-cuac se superpone a las últimas frases del viejo y se va haciendo cada vez más alto, hasta llegar a un último chillido y luego, silencio. Apagón).


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S E G U N D O A C T O

CUADRO IV: En el otro extremo; un lugar casi vacío. Rovira está acostado, dormido. A su lado, muy feliz, Liliana, mirándolo. A un costado funciona un aparato para baños de sol.

LILI: (Para sí, mirando a Rovira.) Una vez juré que te odiaría siempre. Es extraño. Ahora estoy aquí, y… (Pausa.) ¿Cómo no te iba a odiar? El gran señor Rovira pasó un día por la oficina, sin mirar a nadie. Después, el jefe de la sección me llamó y me preguntó si quería ir esa noche a cenar al departamento del señor Rovira; debía estar a las ocho en punto, el señor Rovira no soportaba a gente impuntual; debía decir sí o no. Ni lo pensé. El señor Rovira era el ídolo de todas las empleadas; y me elegía a mí para ir a cenar con él. Y fui. Te sorprendiste al principio; quizás porque yo estaba muy asustada. Y me preguntaste si era la primera vez. Y yo, por vergüenza, me reí y te dije que no. (Pausa.) Eso duró…, tres semanas, exactamente. Cuando fui al departamento esa noche, tu mucamo me dijo que no estabas, y que no debía ir más. Juré que no te lo iba a perdonar; y que me lo pagarías de algún modo. Y ahora…, la vida es algo muy raro. Ni siquiera me interesa contártelo. Ya no me importa. Es como si se tratara de dos personas distintas. (Le acaricia suavemente la frente. Rovira despierta, la mira y, después de un tiempo).
ROVIRA: Hola.
LILI: Hola.
ROVIRA: (Señala el aparato.) ¿No será demasiado tiempo?
LILI: No creo. Además, ya tenemos la piel acostumbrada. (El la rodea con sus brazos. Ella le acaricia la frente.) ¡Qué arrugas más hondas tenés; como si te las hubieran hecho con un cuchillo! ¡No tenés que pensar tanto!
ROVIRA: ¡Qué linda estás!
LILI: (Se recuesta, feliz.) ¿Sabés? A veces, me parece como si hubiera vuelto al pueblo, al campo. Sólo falta oír algún relincho allá lejos…, o ver las vacas pastando por algún lado. Sí, es como haber vuelto allá, como si nunca hubiera conocido la ciudad. ¡Ojalá hubiera sido así!
ROVIRA: ¿No te gusta la ciudad?
LILI: (Se estremece.) La odio; cambia a la gente; los envenena; dejan de saber hablar, reír, cantar. Es como lo de los pájaros encantados del cuento de la abuela.
ROVIRA: ¿Pájaros encantados? ¿Qué es eso?
LILI: Era un cuento sobre unos pájaros que un brujo encantó de tal manera que vivían en una jaula abierta pero no querían salir, y si se los dejaba libres, caían al suelo porque no sabían volar, mejor dicho, no se atrevían, y volvían enseguida a la jaula; y si se les quitaba la jaula de la vista, se fabricaban ellos mismos otra con cualquier material que encontraban. Y después, sus hijos nacían ya así, con la marca de la jaula encima. Eso es lo que les pasa a los que viven en la ciudad, ¿entendés?, viven dentro de la jaula, aunque no se la vea.
ROVIRA: Todo eso es una tontería. ¡Pájaros encantados! ¿Quién puede creer en algo así? ¿Sabés?, yo nunca estuve en el campo.
LILI: ¿No?, eso no puede ser.
ROVIRA: A veces me tomé vacaciones en alguna estancia, pero siempre era con el tiempo contado; tanto para inspeccionar tal parte; tanto para ver los equipos; no, eso no era estar en el campo; aunque recién ahora me doy cuenta.
LILI: Es la marca de la jaula, ¿no ves? (Después de un tiempo, serena.) Voy a tener un hijo.
ROVIRA: ¿Cómo? (Sorprendido y alegre.) ¿Querés decir que…? Pero, Liliana, ¿estás segura? (Ella asiente con la cabeza.) ¡Eso es… bárbaro! ¡Fabuloso! (Ella sonríe; se escucha el sonido de una flauta que se acerca).
LILI: Viene Lopecito. (Señala de pronto a lo lejos.) ¡Mirá, algo cae allá! ¡Pronto, un deseo! (Cierra los ojos y murmura algo; también Rovira lo hace).
ROVIRA: ¿Qué pediste?
LILI: No se puede decir; es un secreto, ¿no?
ROVIRA: Decímelo.
LILI: Y vos, ¿qué pediste?
ROVIRA: Volver allá pronto, muy pronto. ¿Y vos?
LILI: (Triste, se aparta un poco.) Yo pedí seguir siempre así, aquí. (Se miran un tiempo; entra Lopecito).
LOPECITO: ¡Hola! ¿Qué tal el picnic?
ROVIRA: (Se levanta.) Muy bueno, señor López.
LOPECITO: ¡Y miren el sol que se han mandado! Me parece muy bien.
LILI: (Riendo.) ¿Quiere comer algo?
LOPECITO: No, la verdad es que no tengo ganas; ¡después del almuerzo que nos preparó la señora Texi!
LILI: ¡La verdad es que es muy buena!
ROVIRA: ¡Con el señor López, sobre todo!
LOPECITO: Vamos, la cuestión es qué vamos a hacer cuando se terminen las provisiones. Ya va quedando poco otra vez.
LILI: Mejor es no pensar en eso. (Lopecito saca la maceta que traía escondida; se ve ahora una planta hermosa.) ¡No! ¡No es posible!
LOPECITO: ¿Qué le parece? (A Rovira, que se acerca, interesado.) ¿Y usted, que decía que no podía crecer nada, eh? ¿Qué me dice?
LILI: ¡Es una planta preciosa!
ROVIRA: ¡Qué raro que haya salido!, ¿no? Bueno, voy a terminar de ajustar el paracaídas y me pondré a seguir con los otros; así podremos salir de aquí lo antes posible; todo este lugar se mueve que da gusto; si seguimos así, podremos estar teniendo que saltar en cualquier momento. (Sale).
LILI: (A Lopecito, de pronto.) Tengo miedo, señor López.
LOPECITO: (Se sienta a su lado.) Vamos, usted es una chica valiente; no tiene que ponerse así.
LILI: Es que, por primera vez, desde hace mucho, mucho tiempo, me siento tan bien. ¿Sabe?, voy a tener un hijo, señor López.
LOPECITO: ¿Un hijo?, Liliana, ¡eso es estupendo! (La besa).
LILI: Por eso tengo miedo; pienso en todo lo que nos puede pasar todavía; si pudiéramos seguir así, simplemente así, ¡sería tan feliz!, pero…
LOPECITO: Comprendo. (Vuelve Rovira con el paracaídas plegado; empieza a desplegarlo y ajustarlo. Lopecito saca su cuchillo y una pieza de madera y la talla).
ROVIRA: Y ese ajedrez, ¿cómo anda?
LOPECITO: Es la última pieza. Después jugamos, ¿quiere?
ROVIRA: Está bien. (Liliana, de pronto, deja escapar un gemido y esconde la cara entre las manos. Alarmado.) Liliana, ¿qué te pasa?
LOPECITO: ¿Se siente mal?
LILI: ¡No! ¡No! (Se levanta y los enfrenta.) ¡No entiendo cómo pueden seguir así! Estamos portándonos como chicos que juegan al borde de un volcán, esperando que estalle, y sin hacer nada. ¡Estamos fingiendo que somos personas normales, pasando un día de campo en algún lugar del mundo, y ni siquiera sabemos si existe todavía el mundo! ¡Es como si nos estuviéramos volviendo como el señor y la señora Texi, que todavía no se dieron cuenta de nada!
LOPECITO: Quizás por eso siguen siendo felices.
LILI: ¡Si eso es felicidad, se la regalo!
ROVIRA: Yo no sé por qué hablás así, Liliana. Sí estamos haciendo algo para salir; pronto tendré terminados los otros paracaídas, y podremos salir, y buscar la tierra.
LILI: (Ríe.) ¿Y si no hay ya tierra? ¿Y si pasa algo antes? ¿Y si…? (Rovira le tapa la boca con su mano).
ROVIRA: No hay que pensar en eso.
LOPECITO: Claro que no.
LILI: Pero, ¿cómo pueden ser así?, no lo entiendo, esto es espantoso, y ustedes… lo más tranquilos.
LOPECITO: Bueno, ahora no hay mucho para hacer; quizás lo malo fue que nos quedamos tan tranquilos… antes.
LILI: (Sin entender.) ¿Antes?
ROVIRA: ¿Qué quiere decir?
LOPECITO: (Saca algunos recortes de diarios.) Hace un tiempo encontré estos pedazos de diarios y estuve leyéndolos, son de los últimos días que pasamos allá. Escuchen esto: “Gracias al ingenio de los científicos, la bomba atómica es ya un invento pasado de moda; la guerra del futuro será sin duda la guerra bacteriológica. Así será posible envenenar a poblaciones enteras, simplemente con esparcir un virus en el país que interese; el mal no será pasajero sino que se trasmitirá por herencia”.
LILI: Eso es espantoso.
LOPECITO: ¿No escuchó hablar del tema?
LILI: No en forma clara. Algo se decía de eso, pero siempre creí que eran sólo amenazas para asustarse entre países, qué se yo. Nunca entendí nada de política.
LOPECITO: (Sigue leyendo.) “Hay actualmente almacenados ciertos tipos de virus en los grandes laboratorios: el de la fiebre amarilla; el de la encefalitis; el de la fiebre tifoidea…”.
ROVIRA: ¡Basta ya con todo eso! ¿Qué quiere decirnos con esas tonterías?
LOPECITO: (Se aparta y sigue leyendo.) “Es fácil hacer saltar el casco polar mediante una explosión nuclear; las marejadas que seguirán, provocarán una serie de catástrofes en los países elegidos como blanco. (Rovira se le acerca, amenazador; Liliana está temblando, Lopecito sigue leyendo, tratando de evitar que Rovira le quite el diario que lee.) Se puede mezclar cierta cantidad de gas incapacitante en el agua potable que beben los habitantes de la sociedad en cuestión y volverlos así imbéciles”. (Rovira logra arrancarle las hojas del diario y las tira al vacío).
ROVIRA: ¡Basta ya con eso!
LOPECITO: Lo que se preguntaba el periodista que escribió este artículo, al final, era si este tipo de guerra iba a dejar sobrevivientes; interesante, ¿no? (Sereno, a Rovira.) ¿Por qué le molesta que se hable del tema?, usted sabía que se estaban haciendo estos programas, ¿no es cierto?
ROVIRA: Claro, ¿quién no lo sabía?
LILI: Muchos, muchos no lo sabíamos, no lo creíamos.
ROVIRA: Pero todo eso no se iba a usar. ¡Eran sólo medios de defensa en el sentido psicológico!
LOPECITO: ¿Y no se usaban ya? ¿Está seguro de lo que dice?
ROVIRA: Bueno, creo que sólo se experimentaba, nada más.
LOPECITO: Claro, claro. (Se sienta, triste.) Ahí lo tiene; al final, nadie lo tomaba en serio. Todos sentados tranquilos, leyendo estos diarios como si hubieran sido noticias sin importancia; y ustedes, los grandes ejecutivos, cuidando de aumentar su fortuna, sin preocuparse por el tema.
LILI: ¡Qué espantoso! Pensar que… que estábamos viviendo con todo esto a nuestro lado; y sin saberlo, o sin pensarlo.
LOPECITO: Por eso es que yo le decía, qué idiotas que fuimos antes, cuando nos quedamos tan tranquilos, como si todo esto no tuviera nada que ver con nosotros.
ROVIRA: Es que no era asunto nuestro, ¿usted no entiende?
LOPECITO: (Con sorna.) ¿De veras?
ROVIRA: (Enojándose.) Y dígame: ¿dónde estaban los que sí sabían: los cultos, los intelectuales, qué fue lo que hicieron para evitar problemas, dígamelo? ¡Usted también es un tipo educado, ¿no? ¿Qué hicieron ustedes, sabihondos? ¿Por qué no evitaron todo esto? ¿Qué hicieron?
LOPECITO: (Después de un tiempo.) Nada. Hubo quienes hicieron manifestaciones y gritaron que había que hacer algo; pero no los escucharon. Y hubo también quienes escribieron poemas y canciones sobre el tema y sobre el fin del mundo, pero de hecho no movían un dedo para evitarlo; quizás porque tampoco lo tomaban en serio, no sé. O quizás, porque no se veía que la destrucción de una parte sería la destrucción de todo. Sí, hubo quizás quienes soñaron con una catástrofe que terminara con lo que estaba podrido, sin comprender que iba a saltar todo.
LILI: ¿Cómo dice? No lo entiendo.
ROVIRA: Ahí lo tiene; otra vez hace literatura; sólo frases para acusar a otros, nada más.
LOPECITO: Una vez leí algo que dijo alguien en una conferencia científica internacional; hablaba sobre lo que podía pasar, y dijo que había que comprender que todos éramos como hermanos siameses; y que nadie se iba a salvar si el otro moría; y que había que pensar en eso en vez de seguir acumulando armas como ésas, pero no lo tomaron en serio, que yo sepa.
LILI: ¡Qué tontos fuimos! Claro que…, yo nunca pensé sobre el tema, no me importaba demasiado, además…, siempre me había ido tan mal…, pero los que tenían familia, hijos, ¿cómo no se preocuparon? No lo entiendo.
ROVIRA: Yo no tenía tiempo para pensar en esas cosas; ahora me da rabia no haberlo hecho. Y me dan rabia otras cosas, muchas otras cosas. ¿Sabe, señor López?, creo que fui un imbécil. (Lopecito lo mira, serio, y retoma su trabajo.) Me gusta eso.
LOPECITO: ¿Qué?
ROVIRA: Lo que más me gusta de usted es que no es hipócrita. Yo digo que fui un imbécil y usted se calla, como diciendo: Y…, si usted lo dice.
LOPECITO: Discúlpeme, yo…; no quise decir eso, es que…
ROVIRA: Ya sé. (Le palmea amistosamente en la espalda).
LILI: Estaba pensando…, que entonces nosotros somos los sobrevivientes; quizás los únicos, ¿eso es importante, no?
LOPECITO: ¿Los sobrevivientes? No, yo creo que somos los sobremurientes; lo nuestro allá no era vivir de veras; no sabíamos vivir.
ROVIRA: (Seguro y confiado.) La próxima vez, cuando volvamos a la tierra, todo será distinto, ya verán; no me van a agarrar otra vez desprevenido, todo será distinto.
LOPECITO: Claro, tendrá su paracaídas preparado.
ROVIRA: ¿Cómo?
LOPECITO: Nada. Nada. (A Liliana.) Y usted, Liliana, si pudiera volver, ¿qué es lo que haría?
LILI: Volvería a mi pueblo, como quería mi abuela. Ella me escribió antes de morir. Me pidió que volviera; me dijo que la ciudad también me había encantado a mí; pero que podía librarme de la jaula si lo quería de veras, si era fuerte. No volví entonces. Ahora volvería; todo sería distinto, muy distinto. (Se escuchan unos ruidos fuertes; se sobresaltan y escuchan; después de un tiempo, los ruidos cesan).
LOPECITO: El vientre de la ballena.
LILI: ¿Qué dice?
ROVIRA: Está loco, no hay caso.
LOPECITO: Fuimos unos Jonases masoquistas, unos Jonases suicidas en el vientre de la ballena, y no lo sabíamos. La destrucción o la salvación dependían de nosotros, y no nos preocupamos por entender. (Mira a los otros.) ¿No se acuerdan de la historia de Jonás y la ballena? (Ellos niegan con la cabeza.) El viejo Texi habla siempre de un Jonás, después de comer; es la única palabra que le entiendo, por eso me hizo recordar la historia. Es de la Biblia. Pasó una vez que Dios, enojado, ordenó a Jonás que avisara a Nínive, una ciudad pecadora y corrompida que, a menos que cambiara de conducta, sería destruida. Pero Jonás no lo hizo, porque creía que Nínive debía ser destruida; no habló y huyó en un barco, y Dios desencadenó entonces una terrible tempestad.
LILI: ¿Y qué le pasó a Jonás?
ROVIRA: ¡Esto es lo único que nos faltaba: historias de la Biblia! (Sigue trabajando.) ¡Estamos cada vez mejor!
LOPECITO: (A Liliana.) Los marineros, para calmar a Dios, arrojaron a Jonás al mar; pero Dios hizo que fuera tragado por una ballena; y en el vientre de la ballena pasó tres días y tres noches, y se arrepintió por haber pretendido ser el juez de sus hermanos. Dios lo ayudó a salir y llegar a Nínive y, gracias a su prédica, la ciudad fue salvada del castigo. No recuerdo bien toda la historia, pero lo que siempre me interesó fue qué le pasó a Jonás mientras estaba en el vientre de la ballena. Creo que comprendió que había que tratar de salvar la ciudad, a pesar de todo lo malo que había en ella. (Pausa.) ¿Saben?, creo que también nosotros estábamos al final viviendo ahí mismo, en el vientre de la ballena, sin saberlo; todo dependía de nosotros; nosotros debíamos tratar de salvar la ciudad, y no lo hicimos.(Pausa.) Sí, si pudiera volver, yo sabría qué hacer ahora allá, en el vientre de la ballena.
LILI: ¿Qué haría?
LOPECITO: Pelearía para hacer cambiar a Nínive, para mejorarla, ¡y para salvarnos todos, claro! (Se vuelven a escuchar los ruidos mucho más fuertes y alarmantes; los tres se levantan, asustados).
LILI: ¿Qué será?
LOPECITO: ¡Es más fuerte que las otras veces!
ROVIRA: ¡Esto se está moviendo! ¡Cuidado! (Ayuda a Liliana a sostenerse. Se escuchan gemidos de lejos).
LILI: Es la señora Texi; sí…, ¡viene de ese lado!
LOPECITO: ¡Vamos! ¡Algo está pasando! (Ayudándose entre ellos y evitando las grietas que se abren peligrosamente por todos lados, van saliendo hacia el fondo. APAGÓN).

CUADRO V: El lugar está en la oscuridad; se ven algunas figuras que se acercan; se escuchan sus voces.

ROVIRA: ¡Señora Texi…!
LILI: ¡Señora Texi…; señor Texi…!
LOPECITO: Texi, Texi… (Se escuchan algunos sonidos ahogados y, por fin, la voz de la vieja).
VIEJA: Cola… Cola…
ROVIRA: ¡Por aquí! (Saca unos fósforos; los encienden; Lopecito encuentra una lámpara antigua y la enciende, así logran ver el lugar. Todo se está moviendo; la mayor parte de los objetos se han caído y queda poco terreno firme; por todos lados, grandes huecos; a un lado, todavía está el sillón hamaca, con la valija y el receptor. En un hueco, se ve a medias al Viejo que está leyendo el diario; cerca, en otro hoyo, la Vieja, limpiando un plato. Los otros tres se miran horrorizados).
LILI: ¡Se está cayendo todo!
LOPECITO: ¡Miren, la casa… se hundió; y todas las cosas…, cuidado!
ROVIRA: La casa…, la heladera…; todo.
LOPECITO: Y ahora, ¿qué vamos a hacer?
LILI: Nos arreglaremos, ya verán…; ¡nos arreglaremos!
VIEJA: Texi…, Texi…
LOPECITO: (Corre hacia los viejos.) ¡Pronto, hay que sacarlos!
ROVIRA: ¡Una cuerda! ¿Dónde diablos estarán las cuerdas? (Buscan entre los objetos que todavía se mantienen).
VIEJA: (Al viejo, contenta.) Esta noche estuviste roncando mucho, ¿sabés? ¡No tenés que fumar tanto!
VIEJO: ¡Ssshhh! ¡Déjame leer!
VIEJA: Con esta luz, sería mejor que no leas. ¿Qué habrá pasado?
VIEJO: Un cortocircuito, nomás. Ya lo deben estar arreglando.
LILI: (Asomada a los huecos, viendo cómo se hunden.) Pero, ¿cómo es posible que no se den cuenta todavía? ¡Es espantoso!
ROVIRA: (Se acerca, desanimado; seguido por Lopecito.) No hay cuerdas. (Liliana lo mira, él se encoge de hombros.) No podemos ayudarlos; todo está cediendo.
LOPECITO: (Mirando.) Por lo menos, no sufren. (Alguno de los objetos grandes que todavía quedaban, cae con gran estruendo. Se estremecen).
VIEJA: (Saca el plumero; sólo se la ve hasta la cintura; limpia a su alrededor todo lo que puede.) ¡Cuánto polvo!, ¡parece mentira; no entienden que no se puede vivir en medio de tanta mugre! ¡Si seguimos así, nos agarraremos una infección, ya verás!
VIEJO: ¡Ssshhh! (Se escuchan sonidos del televisor que no se ve; quizás el cuac-cuac).
VIEJA: ¿Qué pasa?
VIEJO: (Contento.) ¡Creo que el televisor está andando otra vez! ¡Qué bueno! ¿No te dije que no había de qué preocuparse? ¡Cualquier problema que haya, te lo arreglan desde la central! ¿No te lo dije? (Se va hundiendo).
LOPECITO: Se hunden.
ROVIRA: ¿Y si probamos con unos palos? (Miran alrededor, buscando.) No, no quedan.
LILI: Hagan algo, por favor.
LOPECITO: Creo que no podemos hacer nada, Liliana. Pobre señora. (Se inclina hacia la vieja; ya sólo se le ve la cabeza. Con ternura.) Texi…, Texi…
VIEJA: (Al viejo, ya casi no se lo ve.) No te olvides de taparte bien los pies esta noche; hace frío; y quizás así no vas a roncar. (Sonido vago del viejo. A Lopecito, sonriente.) Cola.
LOPECITO: Texi.
VIEJA: Cola. (Se hunde.)
LILI: (Mirando por el hueco.) No la veo. (Se mira, desesperada, con Lopecito que, de pronto, se estremece.) ¿Qué le pasa?
LOPECITO: (A Rovira.) ¡El paracaídas! ¿Dónde está?
ROVIRA: ¡Lo dejé allá! (Sale corriendo y Lopecito detrás de él. Liliana se inclina hacia el pozo del viejo).
LILI: Señor Texi…, ¿sabe?, voy a tener un hijo. ¿Me oye? Un hijo.
VIEJO: ¡Sssshhh! (Desaparece; se escucha un tiempo el sonido de la televisión. Liliana, con dificultad, va hasta la valija y la levanta; todo el lugar se está hundiendo; ella se sienta en el centro, con la valija al lado; sacude varias veces el receptor de radio y se queda mirándolo. Mientras tanto, al otro lado, se ilumina la zona anterior a un nivel más alto; Lopecito y Rovira están peleando furiosamente entre ellos; por fin, Lopecito saca su cuchillo; Rovira retrocede).
LOPECITO: Será para Liliana, ¿entendido?
ROVIRA: ¿Y se cree que me va a convencer con eso? (Lopecito asiente.) Está bien. Usted gana. Vamos a llevárselo. (Lopecito levanta el paracaídas; cuando está distraído, Rovira lo ataca y le saca el cuchillo.) ¿Usted se creía que iba a ser más fuerte? A mí nadie me da órdenes, señor López, ¿entiende? Nadie.
LOPECITO: (Desanimado.) No debí confiarme; soy un tonto. Está bien, máteme ahora. Y tírese, ¿qué más quiere? Hágalo.
ROVIRA: (Recoge el paracaídas.) Vamos.
LOPECITO: ¿Para qué? Póngaselo y tírese, así estará a salvo.
ROVIRA: (Amenazante.) ¡Vamos, le dije, gusano tonto! (Dificultosamente, avanzan entre apagones que crean la impresión de un camino largo y sinuoso hasta volver cerca de Liliana que, al verlos, reacciona, sorprendida).
LILI: ¿Volvieron?, ¡qué bueno!
ROVIRA: ¿Y qué creías?, ¿que no íbamos a volver? Vamos. (Se arrodilla a su lado y le coloca el paracaídas. Lopecito lo mira, asombrado.) El brazo por aquí…; a ver…, y esta correa…, sí, así es. En el momento en que saltes, tendrás que tirar de este alambrecito, ¿entendés?
LILI: Pero, es que…
ROVIRA: No tengas miedo; va a funcionar; lo probé varias veces.
LILI: No puedo irme y dejarlos; no puedo hacer eso. (Trata de sacarse el paracaídas, pero Rovira se lo impide).
ROVIRA: ¡Tenés que hacerlo! (Ella niega con la cabeza, llora).
LOPECITO: (Se le acerca y le toma las manos.)Tiene que hacerlo, Liliana; usted sabe por qué. Usted lo sabe, ¿no es cierto? (La obliga a mirarlo. Ella termina por asentir).
LILI: Sí, pero… (Un sector de la escena se derrumba con estrépito; se corren un poco).
LOPECITO: (Se sienta donde puede.) Esto se está poniendo feo, señor Rovira. (Saca cigarrillos y le ofrece.) ¿Quiere?
ROVIRA: (Se sienta cerca.) Gracias.
LOPECITO: (Tratando de orientarse en la penumbra.) ¿Ustedes ven mi valija por algún lado?
ROVIRA: (Que estaba cerca, se la alcanza; él la toma.) Aquí la tiene.
LOPECITO: (A Rovira.) Lamento haberme portado como un tonto antes; no sé qué me pasó.
ROVIRA: Los dos nos portamos como unos tontos. ¿Qué se creía que era yo, un imbécil que no iba a saber qué hacer? (Se miran fijamente. Enojado.) Esto es un juego sucio; pensar que ya nos habíamos arreglado tan bien aquí; estábamos bien instalados; nos arreglábamos para comer algo; esperábamos noticias de un momento al otro.
LOPECITO: Podíamos hacer planes para el regreso…
ROVIRA: Y ahora… (Liliana se sienta a su lado y lo abraza.) Ahora que estaba empezando a entender algunas cosas… (Enojado.) ¡No pueden hacerme esto a mí! ¡No pueden! No lo perdonaré jamás, ¿me entienden? ¡Ya verán! (Se escucha otro ruido muy fuerte).
LOPECITO: (Señala.) Se cayó la otra parte. Mejor nos corremos más para este lado. (Lo hacen).
ROVIRA: ¡Y ese maldito receptor que sigue mudo! (Está a punto de arrojarlo, pero Lopecito se lo impide).
LOPECITO: ¡No! ¡No haga eso! ¡Todavía pueden localizarnos, en cualquier momento! ¡Déjelo! (Arregla con cuidado la macetita que ha traído y, con ternura, se la da a Liliana.) Cuídela bien, ¿eh?
LILI: Se lo prometo. Mire…, hay un brote nuevo…, ¿lo vio?
LOPECITO: A ver; ¡sí, qué bueno! (Se sienta y toma su valija.) Me pregunto si…, si esto demorará mucho.
ROVIRA: No creo, va bastante rápido ahora. (A Liliana.) ¿Por qué no saltás ya? (Ella niega con la cabeza, llora).
LOPECITO: Quizás, cuando caigamos, encontraremos otro lugar como éste, ¿quién les dice que no puede ser, y que esto sea sólo un cambio de sitio, y podremos arreglarnos allá así como lo hicimos aquí? (A Liliana.) Usted sólo se adelanta para esperarnos, ¿entiende?
ROVIRA: Quizás encontraremos allá a la señora y al señor Texi, y podremos celebrar otra fiestecita juntos, sería lindo, ¿no?, volveríamos a ser felices juntos, como una verdadera familia, ¿no?
LILI: (Lo mira, extrañada.) ¿Volver a ser felices?, ¿lo decís en serio?
ROVIRA: (La mira intensamente.) Sí.
LOPECITO: Y la próxima fiesta importante, debería ser ya allá abajo, en la tierra, ¿no les parece?, reunirnos todos para festejar, por ejemplo, el próximo año nuevo; ¿qué me dicen?
ROVIRA: Por mí, está bien.
LILI: Está bien, pero, ¿dónde nos encontramos?
LOPECITO: Creo que… (Trata de levantarse, pero no puede.) No puedo levantarme.
ROVIRA: Yo empiezo a hundirme. ¡Saltá ya, Liliana, o no podrás hacerlo!
LILI: (Se prepara, al borde del vacío.) ¿Dónde nos encontramos? ¡Pronto!
LOPECITO: Ya sé; al pie del obelisco, en Buenos Aires. ¿De acuerdo?
ROVIRA: De acuerdo.
LILI: Ahí estaré. Aunque sea lejos del pueblo.
ROVIRA: ¿Del pueblo? ¿Es que pensás de veras ir allá?
LILI: Sí. Mi hijo…, no llevará la marca.
ROVIRA: ¿Qué marca?, ¿de qué estás hablando?
LILI: La marca de la jaula; él será libre; se criará lejos de todas las jaulas.
ROVIRA: No podés hacerme eso; ¡él tiene que ocupar mi lugar!
LILI: No, él será feliz.
LOPECITO: Salte ya, Liliana, o será tarde. (Ella lo besa rápidamente y abraza a Rovira; después, ayudada por los dos, salta. Miran hacia abajo, siguiéndola con la mirada.) Va bien; se abrió perfectamente; ¿la ve?
ROVIRA: Sí; ese paracaídas es algo extraordinario, ¿no le decía yo? (Se escucha un tiempo la voz de Liliana que canta suavemente. Pausa.) ¿Cómo está, señor López?
LOPECITO: Estoy bien.
ROVIRA: La lámpara se está apagando.
LOPECITO: Debe estar por caer. Se mueve.
ROVIRA: ¿No puede alcanzarla?
LOPECITO: No puedo mover los brazos. ¿Y usted?
ROVIRA: Sólo la mano derecha. (Se van hundiendo, a ambos lados de la valija, sobre la cual está el receptor.) Trate de sacar una mano; así lo sostendré. (Lopecito, con gran esfuerzo, lo consigue; Rovira aferra su mano, por encima de la valija.) ¿En qué piensa?
LOPECITO: Estaba tratando de recordar el sol; y la cara de Diana, la última vez…, sonreía…; también la chiquita sonreía.
ROVIRA: Usted…, y sus recuerdos; ¡qué manía! (Pausa.) Minutos de vida; era eso, ¿verdad? (Lopecito murmura su asentimiento.) Yo también estaba recordando…; esa vez, cuando me agarró la fiebre y, al despertar, lo Vd. a usted, cuidándome; o cuando usted se cayó a un pozo, y yo no lo podía sacar…, y recé, ¿sabe?, nunca se lo dije…, pero recé para poder salvarlo, y cuando lo saqué…, lloré. ¿Me oye?, ¡no afloje, caramba! ¡No puede aflojar ahora! (Pausa.) Y la noche de la fiesta, cuando bailamos con Liliana; y cuando todos nos emborrachamos, hasta el señor Texi se emborrachó, y bailó, ¡cómo nos reímos! Y antes, cuando nos peleamos, yo pensaba: ¡qué tonto, cree que quiero el paracaídas para mí! ¿Sabe, señor López?, si pudiera empezar de nuevo, allá abajo, ahora todo sería distinto, en serio. ¿Se cree que yo estaba contento?, no, lo que más hubiera querido era tener una zapatería chiquita, que la pudiera atender sólo, pero no podía hacer eso, ser un fracasado como mi padre que no logró nada en su vida. Clara no lo pudo entender; pero yo tenía que triunfar, ¿comprende? (Se va cansando.) Señor López; haga un poco de fuerza, ¿me oye? No puede aflojar así. No puede hacerme eso.
LOPECITO: (Suave.) Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé…; “serán los potros de bárbaros atilas…, o los heraldos negros que…”. Yo no sé.
ROVIRA: Un poco más, señor López. ¡Vamos!
LOPECITO: Lo siento. No puedo. No puedo más.
ROVIRA: ¿Sabe?, antes tuve un sueño. Era como el de siempre, pero era distinto; yo tomaba el tren con los otros, pero ahora tenían cara, los veía sonreír, me hablaban, y cuando nos bajábamos, yo entraba con ellos, y trabajábamos juntos todo el día, y cuando salíamos, volvíamos todos a nuestras casas. Y yo me sentía feliz, muy feliz. Miraba la cara de alguien que tenía al lado, y era su cara, señor López; y alguien me daba la mano, y era Liliana. ¡No, señor López, no haga eso; no puede soltarse…, no! (La mano de Lopecito se suelta; Rovira, haciendo un gran esfuerzo, se trepa un poco y mira hacia abajo.) Señor López, dígame, ¿cómo es su primer nombre? Muchas veces se lo quise preguntar, pero lo olvidaba; ¿cómo es? Señor López… Lopecito… (Llora, apoyado en la valija.) Lopecito… ¿No se olvidará de la cita, verdad? ¿No se olvidará? (Se oscurece más la luz de la lámpara. Rovira va desapareciendo. De pronto, se escucha la voz del receptor).
VOZ: ¡Amigos míos! ¡Por fin! ¡Ahora veo algo! ¡Y me estoy acercando a toda velocidad! ¡En cuanto llegue volveré a comunicarme con ustedes! ¡Esto es fabuloso! ¡Sí! ¡Es la tierra! ¡Ya sabía yo que la volvería a encontrar! ¡Ya lo sabía! ¡Qué hermosa! ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Pronto iremos por ustedes! ¡Vayan pensando en lo que van a hacer cuando lleguen! ¡Hasta la vista, amigos! (Empieza a cantar la canción: “La próxima vez; qué felices seremos en la tierra, la próxima vez”. En el escenario la luz se apaga completamente, sobre la valija y el sombrero de copa. Después de un tiempo, se puede escuchar las voces de los cinco personajes que corean la canción junto a la voz del receptor y, al hacerse luz, se ve a los cinco que cantan alegremente la canción, subidos en una especie de columpio que se balancea de un lado al otro y, por fin, desaparece hacia un costado).


F I N


© Todos los derechos reservados.

lunes 17 de septiembre de 2007

CORPUS

Autor: Roxana Aramburú
Contacto: lobiaramburu@yahoo.com.ar

"...¿Soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?..."

ESCENA I
Marta y Norma, próximas a los 50 años, están en un gimnasio-spa (*). Marta sobre la bicicleta fija, empieza a pedalear, se baja y busca una toalla. Se la pone en el cuello, se mira en el espejo para ver cómo le queda. Se sube, vuelve a bajarse y cambia la toalla, prueba el color contra su cara en el espejo. Vuelve a la bicicleta, pedalea frenéticamente. Se baja y golpea la tapa de una cápsula de relajación o flotario donde se encuentra Norma.lobiaramburu@yahoo.com.ar
MARTA: - ¿Te falta mucho? (Frase ininteligible de Norma) Abrí, que no se entiende.
NORMA: - (Grita desde el interior) No puedo interrumpir en cualquier momento. Después te cuento.
Marta mira el reloj, aburrida. Se acuerda de la bicicleta, se sube otra vez, pedalea rápidamente. Siente algo en la pierna, un principio de calambre; baja, saca de un bolso una banana. La empieza a pelar, se ve en el espejo, advierte que está sola e intenta una pose sexy, pero ve algo que la preocupa: un rollo. Trata de disimularlo estirando el cuerpo. Finalmente da la espalda al espejo y se mete la banana entera en la boca. Se abre la tapa del flotario. Se asoma Norma con dos rodajas de pepino en los ojos y una máscara. Marta masticando con dificultad, intenta hablarle.
MARTA: - Me fui hasta Mar del Plata y volví. En bici.
NORMA: - Ah, lo mío fue un viaje astral. Las cosas que experimenté...
MARTA: - (Mirando el interior de la cápsula) Yo creo que ahí me tienen que entrar con anestesia general.
NORMA: - Yo estoy acostumbradísima. Ya llevo hechas tres resonancias y una T.A.C.
MARTA: - Sacate los anteojitos, por favor.
NORMA: - (Se saca las rodajas) Qué increíble, funciona... mirá como quedaron. Hechos un pergamino.
MARTA: - ¿Ves mejor, ahora?
NORMA: - (Prueba con ambos ojos) No.
Marta sube a la bicicleta y pedalea. Norma sale de la cápsula, se pone una bata y se quita la máscara con un algodón.
MARTA: - Qué satisfacción pensar en que fui hasta la playa... ¡y sin moverme de acá! ¿No es hermoso?
NORMA: - Yo, en bicicleta... ¡Ah!, por la ruta andaba. Pero me molestaba el olor a bosta. Hay mucha contaminación. Y lo peor, son los zorrinos.
MARTA: - Ni lo digas. El año pasado fui a la playa. Tomé un lechero.
NORMA: - Esta crema es buena. Te deja lisita, lisita.
MARTA: - (Sin dejar de pedalear) ¡Qué lindos pueblos! En uno había una plaza preciosa, y enfrente una iglesia y un edificio que me parece era la municipalidad... y la policía. Me bajé para ir al baño. ¡Qué lindo! ¡Cómo caminé! ¡Esa plaza, qué hermosa! Seis horas caminé. Me quedó la cartera, nomás.
NORMA: - ¿Conocés Vedia?
MARTA: - (La mira) Vedia... No. No sé cómo se llamaba ahí. ¡Pero qué lindo! Sabés que allá la gente se dedica mucho al campo.
NORMA: - Vedia y Teodelina. (Se empieza a cambiar la ropa atrás de un biombo por calzas y zapatillas deportivas. Habla desde ahí hasta que sale) Colonia Morgan.
MARTA: - Yo conocí uno. Sembraba, me dijo. Con la cosechadora iba y plantaba, ¡qué lindo! Seis horas. Todavía debo tener el teléfono. ¿Cómo se llamaba?
NORMA: - Vedia.
MARTA: - No, no era Vedia. Era como con pe, o con efe... lo tendría que buscar....
NORMA: - (Recuerda y nombra) Vedia... Vedia.
MARTA: - ...y por ahí lo llamo. Un hombre buenísimo.
NORMA: - ¿Hay teléfono ahora en el campo?
MARTA: - Me contó la historia del Cristo que hay en la entrada. Hermoso. Con los brazos así, parece que te quiere agarrar.
NORMA: - Hasta luz debe haber.
MARTA: - Me la contó más veces...
NORMA: - Yo ya no puedo viajar en micro. Tengo que tomar un antiemético y un relajante muscular.
MARTA: - ¿Cómo era la cara? Le hubiera sacado una foto por lo menos, cuando le saqué a las vacas. Eran con cuernos, ¡pero vacas! Qué hermoso... charlamos mucho.
NORMA: - Y si me da el tiempo un antidepresivo.
MARTA: - Me contó de las papas, de los choclos, los girasoles... ¡qué linda la verdura! ¡Qué paz!
NORMA: - Y un antiflatulento. La última vez que viajé me dieron lasagna de espinaca y flan con dulce de leche. Todo junto en la misma bandeja.
MARTA: - ¡Qué necesidad de enamorarse que tenía ese hombre! Tan solo, allá, en las pampas.
NORMA: - Sería Vedia, entonces.
MARTA: - Me parece que no fue el año pasado... Uy, qué calor. Me tendría que haber puesto el jogging, cuando me puse las calzas. Vos estuviste bien, estás fresquita.
NORMA: - No. Estoy asada. ¿O me subió la presión?
MARTA: - Sí, estás coloradita. Tomátela, no dejes pasar. Te ponés nerviosa de nada.
NORMA: - De todo. Dame algo para la nuca.
MARTA: - Frío. Te doy una toalla mojada, no, esperá... ésta te combina más. ¡Qué linda te queda! Tomate la presión, dale. Yo también me la tomo, por las dudas. Dónde habré puesto el número. (Saca de una gaveta un tensiómetro. Intenta tomarle la presión a Norma, que está sentada.)
NORMA: - Dame, dame a mí, que vos no sabés.
MARTA: - Me enseñaste.
NORMA: - Sí, pero esto es serio, ¿entendés? Siempre hay que dejar al que sabe. (Muestra su destreza) Uy, tengo alta la mínima. 11.7
MARTA: - ¿Eso no estaba bien?
NORMA: - No. Tengo alta la mínima, madre, no me discutas.
MARTA: - A ver yo... tomame a mí.
NORMA: - Dejame descansar un poco.
MARTA: - ¿Vas a tomar algo?
NORMA: - Pasame el pastillero... un poco de silencio me viene bien.
Norma cierra los ojos y se tira hacia atrás en la silla. Marta busca dentro de la cartera de Norma el pastillero, pero se distrae mirando cosas que extrae y admira, como piezas únicas.
MARTA: - Vos descansá que te cuento del paisano.
NORMA: - ¿Qué paisano?
MARTA: - El de Vedia.
NORMA: - ¿Cómo de Vedia?
MARTA: - Bueno, para que te ubiques.
NORMA: - Dejá que me relaje. ¿Y la pastilla?
MARTA: - Acá está.
La mete en la boca de Norma y ésta la traga sin agua. Marta trata de tomarse la presión, pero no puede. Desiste. Le toca la ropa a Norma, que sigue con los ojos cerrados.
NORMA: - ¿Qué hacés?
MARTA: - Nada, me pareció linda la tela. Perdoname.
NORMA: - Andá a hacer abdominales.
MARTA: - Ya hice tres series de quince.
NORMA: - Eso es poco.
MARTA: - Tendría que haber hecho lagartijas, cuando me puse con los abdominales, ¿no?
NORMA: - Hacé ahora.
MARTA: - (Agarrándose un rollo) Estoy más panzona, decí la verdad... esto no me baja, yo no sé cómo hacés vos. Estás cada vez mejor.
NORMA: - (Sonríe levemente) Bueno, tampoco es para tanto...
MARTA: - Estás re linda, ¿quién puede decir la edad que tenés?
NORMA: - (Se arranca la toalla que tiene en la cabeza y se incorpora repentinamente) ¡Nadie! ¿Escuchaste?, ¡nadie! Vos tampoco podés decir cuántos tengo.
MARTA: - Está bien.
NORMA: - (Severa, la señala con el dedo) Va nuestra amistad en esto.
MARTA: - Ya sé, ya me lo dijiste... pero acá estamos solas.
NORMA: - No importa. El que quiere escuchar, escucha. Andá a saber si acá al lado no apoyan un vaso contra la pared. Ay...
MARTA: - ¿Qué, qué te pasa?
NORMA: - Me duele la cabeza.
MARTA: - ¿Querés un tecito?
NORMA: - Bueno. De cedrón. El de tilo me da taquicardia.
MARTA: - (Saca agua caliente de un dispenser) A mí la yerba despalada me da.
NORMA: - (Se pone la toalla en la nuca) Pero ojo, a mí me da porque tengo PVM.
MARTA: - ¿¿¿Y eso???
NORMA: - Prolapso de válvula mitral.
MARTA: - Aia.
NORMA: - Chichilo dice que no es nada, que es un "hallazgo" nomás. Pero yo no le creo.
MARTA: - Y, lo mejor es consultar a otro. Siempre Chichilo, siempre Chichilo... Una segunda opinión.
NORMA: - Voy por la quinta. ¿Me hacés unos masajes? Tengo un nudo acá atrás.
MARTA: - (La masajea) ¡Qué firmes tenés los músculos! Ni parece que tuvieras problemas cardíacos.
NORMA: - ¿Viste? Hago dorsales.
MARTA: - A mí me da miedo ese aparato. No sé, pasarte ese fierro por ahí atrás... me parece que me descoyunto. Debo tener dos bolsas abajo de las paletas.
NORMA: - Omóplato se dice.
MARTA: - No está hirviendo... ¿lo hago igual?
NORMA: - El agua del té tiene que hervir. Antes usaba un termómetro para controlar el agua del mate.
MARTA: - El paisano la probaba con el dedo. Tenía unos dedos así de gruesos, si vieras.
NORMA: - ¡Qué cochino! ¿Después de la quinta?
MARTA: - ¿De la quinta qué?
NORMA: - Bueno, ¿cómo le decía? ¿Huerta?
MARTA: - Ah, no... No estaba trabajando.
NORMA: - ¿Y tomaste mate con él? (Marta la mira sin contestar) Por ahí es por eso que te da taquicardia la yerba... te acordás.
MARTA: - (Sin dejar de mirarla, como perdida) Te gusta cargadito, ¿no?
NORMA: - Sí.
MARTA: - (Va a preparar el té) Viste cómo te conozco los gustos...
NORMA: - Mi tía tomaba té y temblaba de pies a cabeza.
MARTA: - Ah, yo eso lo vi en una película. ¿Y de qué era el té?
NORMA: - Té de té.
MARTA: - Qué raro... ¿y vos no heredaste eso?
NORMA: - Por desgracia, no.
MARTA: - (Sorprendida) ¿Por desgracia, no?
NORMA: - ¿Dije eso?
MARTA: - No, a lo mejor me pareció a mí.
NORMA: - Me parece que estás perdiendo un poco el oído. ¿Consultaste?
MARTA: - ¿Sabés qué cosa no escucho? Los silbatos.
NORMA: - ¡Estás perdiendo el registro de agudos!
MARTA: - Ya me pasó dos veces. Mirando un partido por televisión -nada- y con el que pasea perros.
NORMA: - (Entusiasmada) ¿Venía para acá?
MARTA: - No, lo vi desde la ventana... ahora tiene otro perro más. Es un Lassie.
NORMA: - Se llaman Collie. ¿O a los ovejeros les decís Rin-tin-tín? Ay, yo pensé que venía al gimnasio...
MARTA: - Uno de esos rintintines tenía el paisano. No sabés qué lindo.
NORMA: - A algún gimnasio debe ir. ¡Tiene un lomo!
MARTA: - En esa época yo escuchaba mejor, ¡cómo ladraba ese perro! ¿No me habrá dejado sorda él? O el paisano... te hablaba como si estuvieras lejos, del otro lado del alambrado. Ah, mirá lo que sé hacer. Parate allá y hablame.
NORMA: - (Va al extremo opuesto y desde ahí le habla) Qué bíceps tiene el pendejo.
MARTA: - Más bajo, moviendo los labios... vas a ver cómo te los leo.
Norma mueve los labios y Marta lee.
MARTA: - Qué cuádri... qué cuadrillé!
NORMA: - Cuádriceps.
Repiten el procedimiento.
MARTA: - ¡Glúteos!
NORMA: - (Sorprendida) Sí... ¿Dónde aprendiste?
MARTA: - (Misteriosa) Ah... Dale, otra más.
Otro intento.
MARTA: - ¿Eh? ¡No vale inventar palabras!
NORMA: - Já- já. Esternocleidomastoideo. ¡Te maté!
MARTA: - ¿Qué te costaba dejarme probar? Decir algo más fácil, ¿de dónde sacaste eso?
NORMA: - (Se sube a la cinta y camina) Ay, madre, madre... del hospital. Ahora me siento mejor.
MARTA: - (Se sienta en una camilla y se pone pesas en los tobillos) Ah, sí... el hospital.
NORMA: - (Inspira como si fuera por un bosque) El olor de la resina, después de la lluvia... los helechos, los musgos...
MARTA: - ¡Qué lindos los bosques del sur! Nunca fui. Muy lejos.
NORMA: - Mis mejores años pasé ahí.
MARTA: - ¿Viviste allá?
NORMA: - En el hospital. Olor a alcohol, a pervinox, a lavandina, a farmacia... Uf... Aprendí un montón de cosas.
MARTA: - Sí... los médicos siempre te enseñan algo.
NORMA: - Yo podría haber sido médico, ¿sabés?
MARTA: - Médica.
NORMA: - Médico.
MARTA: - ¿Y por qué no fuiste?
NORMA: - El amor. Pero me recibí de decoración de interiores. No sabés cómo te ponía el consultorio. Daban ganas de enfermarse.
MARTA: - ¿Para tanto?
NORMA: - Te juro. ¿Sabés por qué quería ir al pediatra, yo? Porque el doctor tenía un Pinocho. Y si estaba muy enferma me dejaba que tirara del piolín, y Pinocho se movía.
MARTA: - Se moría. (Canta) “Y viendo que Pinocho se moría”.
NORMA: - (Bajando de la cinta) Leeme los labios: movía.
MARTA: - Ah, sí... dijiste movía. Pero Pinocho se moría.
NORMA: - Este se movía. Era una marioneta. Punto.
MARTA: - A mí me da frío acordarme del médico. Te hacía sacar la ropa y te apoyaba ese coso helado en la espalda.
NORMA: - Estetoscopio, animal. Antes hacía más frío.
MARTA: - Y más calor. Andá a salir a la siesta en enero...
NORMA: - ¿Y cómo llovía? Yo me acuerdo de las tormentas. Ahora no sé si llovió ayer.
MARTA: - (Sorprendida) ¿Ayer llovió?
NORMA: - No sé. De acá mucho no se ve. Te conviene usar mancuernas a la vez.
MARTA: - Allá llovió.
NORMA: - ¿Dónde? (Acondiciona una máquina) Me falta peso, acá.
MARTA: - En el pueblo. Se largó. Por eso me llevó a su casa. Sonaba con todo en el techo de chapa.
NORMA: - Mmmm. Qué romántico.
MARTA: - El paisano -qué buen tipo, no vas a creer- estaba preocupado por el granizo, "la piedra", le decía. Miraba para el campo y se le llenaban los ojos de lágrimas, che, mirando el choclo.
NORMA: - ¿Estás segura que no venía? El de los perros.
MARTA: - Duró poco, un par de horas.
NORMA: - ¿Después paró?
MARTA: - (Distraída) ¿Eh? Ah... sí. Después no llovió más.
NORMA: - ¿Pero qué otro gimnasio hay cerca? Para mí, es de acá.
MARTA: - No me gustaría vivir tan lejos. Es más, creo que no voy a volver a viajar.
NORMA: - Yo no sé si te conté, que no puedo viajar más. Después de la operación, me prohibieron. Y no puedo pasar el trapo.
MARTA: - A mí lo que me hace mal es salir de vacaciones. Vuelvo con ideas, no sé... No, mejor quedarse, si ¿qué hay para ver, más lejos? Lo mismo que acá. Es todo igual, sí. Todo lo mismo.
NORMA: - A Vedia yo no fui más. Tampoco como pollo.
MARTA: - No entiendo.
NORMA: - Por el eviscerador. (Con un gesto de asco) El forense.
MARTA: - ¿Qué? Dale otra vez que te leo.
NORMA: - (Descompuesta) No, era una pavada. Una pavada.
Ambas hacen ejercicios en aparatos. Se escucha solamente el chirriar de las máquinas.
MARTA: - Debe ser tarde, no se escucha gente afuera.
NORMA: - Tengo sueño. Hoy fue un día agotador.
MARTA: - Sí, te pasaste de rutina, ¿por qué no descansás?
NORMA: - Estaba pensando... ¿y vos?
MARTA: - No, yo no puedo dormir. (Abandona su rutina) Te envidio como te quedás así, planchada en dos segundos.
NORMA: - Porque me tomo una pastilla, tomate una y listo.
MARTA: - No me hacen efecto. Es otra cosa.
NORMA: - (Deja su rutina) Tomate dos.
MARTA: - Me duermo, pero me despierto enseguida. A los diez minutos estoy con los ojos abiertos.
NORMA: - ¿Probaste tres?
MARTA: - No. Yo sé qué me pasa, me despierto de golpe porque sueño que me estoy muriendo, así, dormida, me voy muriendo.
NORMA: - A mí me pasaba cuando era chica. Me dieron un jarabe y sanseacabó.
MARTA: - A mí me agarró de grande. Es tan... estúpido, ¿no?, pero me pasa. Alguien me hunde la cabeza en el agua. Me muero, me muero y salgo del fondo, boqueando.
NORMA: - Por eso estás así de ojerosa. No descansás. ¡Metete en el flotario!
MARTA: - Ni mamada. Me tendrían que obligar.
NORMA: - (La goza) ¿Tanto miedo te da?
MARTA: - (Disimula su terror) No.
NORMA: - Uy, yo me tomo un protector hepático. Me cayó mal el té.
MARTA: - ¿El té?
NORMA: - Son los agroquímicos... no te das cuenta pero se te acumulan y si llegan a la dosis letal, te morís. Te llegás a hacer una corrida electroforética, vos, que estuviste en el campo... ¿no pulverizaba el paisano?
MARTA: - ¿Qué? ¿Corrida qué?
NORMA: - ¿No le echaba veneno al choclo?
MARTA: - No, yo no lo vi... vos decís... que... ¿quería envenenarme? Pero... ¿por qué? Si yo no le iba a contar a nadie...
NORMA: - No, zonza. Por las plagas agrícolas. Los bichos.
MARTA: - (Presta atención repentinamente) ¿Escuchaste?
NORMA: - No.
MARTA: - Como un silbido.
NORMA: - ¿No era que no los escuchabas?
MARTA: - Por eso me llamó la atención. ¿Lo escuchás?
NORMA: - ¿No será mi soplo? A veces en el silencio total...
MARTA: - Norma, ¿cómo voy a escuchar un soplo? Pará un poco. Es otra cosa.
NORMA: - (Repentinamente desinteresada, se tira en una camilla) Debe ser la pérdida de gas de la caldera.
MARTA: - Sí... tenés razón. A veces se escucha ese mismo ruidito en las duchas.
NORMA: - Un día va a ocurrir una desgracia. Acordate lo que te digo. Haceme el favor, poné derecha esa zapatilla.
MARTA: - (Moviendo la zapatilla) ¿Así? ¿Más acá? Me voy para el baño turco. ¿Te apago la luz?
NORMA: - Bueno. Dejame la linterna cerca, que ayer la cortaron.
MARTA: - (La arropa con una manta) ¿Tenés hambre?
NORMA: - No, tengo el estómago revuelto. Poneme una almohada abajo de las rodillas, así puedo bajar bien la cintura.
MARTA: - (La acomoda) ¿Estás cómoda? Hasta mañana.
Apagón.

ESCENA II
Marta entra envuelta en una salida de baño. Norma renquea ligeramente.
MARTA: - Che, ¿qué pasa con la música?
NORMA: - No sé, hace unos días que no la ponen. ¿Todavía se escuchaba el chuifffff?
MARTA: - Sí. Anoche tampoco pude dormir.
NORMA: - Te va a hacer mal.
MARTA: - Encima pusieron una radio a todo volumen. ¿Me das algo, a ver si puedo?
NORMA: - (Le da un frasco) Tomate esto. Tarda en hacer efecto, pero te produce un R.E.M. espectacular.
MARTA: - Es desesperante. Me levanté quinientas veces, te miraba cómo dormías... vos no parecés enferma cuando dormís.
NORMA: - No estoy enferma. Bueno, sí, un poco sí.
MARTA: - (Se toma un par de pastillas) A mí me impresiona mi cuerpo, me imagino cómo soy por dentro y se me aflojan las piernas. Por eso nunca siento nada. Salvo esta tortura del sueño.
NORMA: - Tendrías que ver a un psiquiatra.
MARTA: - Roncás.
NORMA: - ¿Yo?
MARTA: - Sí.
NORMA: - No puede ser.
MARTA: - Sí, puede.
NORMA: - Pero, ¿cómo es el ronquido?
MARTA: - Raro. Qué sé yo... por ahí venís con todo y de golpe...
NORMA: - ¿De golpe qué?
MARTA: - Parás en seco.
NORMA: - (Asustadísima) Me bajó la presión.
MARTA: - ¿Otra vez?
NORMA: - Es el PVM. Se me está agravando. Ya sabía, ya sabía...
MARTA: - Ojalá yo roncara.
NORMA: - Dame las gotas.
MARTA: - ¿Y si tomás sal?
NORMA: - ¡Qué sal! Dámelas.
Marta le da la cartera. Norma busca y toma un chorro de un gotero.
NORMA: - Igual, mejor. Ya había sacado turno. Así mato dos pájaros de un tiro: el que te saca el E.C.G. es una bomba.
Norma saca una agenda y despliega gran actividad.
MARTA: - ¿Estás bien?
NORMA: - Bárbaro. ¿Qué son esas cajas?
MARTA: - (Con vergüenza) Ah, pasa que ayer, cuando dormías... me pedí una pizza.
NORMA: - Sos una chancha. ¿Y las llaves?
MARTA: - La pasó entre los barrotes.
NORMA: - ¿Estaba bueno el repartidor?
MARTA: - Y... estaba oscuro.
NORMA: - Mejor que no lo viste. Una vez me enamoré de uno, un pendejo. Pedí pizza una semana seguida. Ya lo tenía, ya lo tenía, hasta que descubrí que había engordado dos kilos. La corté de cuajo.
MARTA: - ¡Qué consecuente que sos, Norma! Yo no sé cómo hacés. Una sola vez estuve flaca.
NORMA: - ¡Me acuerdo! Fue cuando te largaron. Estabas divina. Una cinturita...
MARTA: - Quince kilos menos tenía.
NORMA: - Tendrías que haber aprovechado esa oportunidad. Hay cosas que no se dan dos veces en la vida.
MARTA: - Eran otras épocas, qué querés... más movimiento.
NORMA: - Te abandonaste. Eso no se hace.
Norma canta.
MARTA: - ¿Hay sol?
NORMA: - No sé. ¿Te creés que me importa el sol? Trabajé años en un subsuelo. Le veía los pies a los que pasaban. De vez en cuando algún chico se agachaba y espiaba, así veía una cara.
MARTA: - ¡Qué lindos los chicos! Yo quisiera tener uno. Para quedármelo. (Intencionada) ¿Y vos?
NORMA: - No.
MARTA: - ¿Cómo no?
NORMA: - (Se toma otro tipo de pastilla) No.
MARTA: - (Por las pastillas) Ay, yo ésas las dejo al lado del cepillo de dientes. Es infalible, no te olvidás.
NORMA: - ¿Para qué tomás si querés un hijo? Pasame mi rutina. Es facilísimo tener uno.
MARTA: - Bueno, pero sola no.
NORMA: - Sola no vas a poder. Aunque te lo inyecten, un tipo va a haber.
MARTA: - (Le pasa una planilla) Ah, vos de eso debés saber, ¿no?
NORMA: - Si yo nunca trabajé en el servicio de ginecología. (Leyendo) Che, esto está cada vez peor... se les va la mano.
MARTA: - No, lo digo por... (Norma la mira. Se corta) ¿Vos sabés si... los cosos esos... se contagian?
NORMA: - ¿Qué cosos?
MARTA: - Esos quistes... gordos, que se ven de afuera.
NORMA: - ¿Tenés un quiste? ¿Dónde?
MARTA: - No, yo no, el paisano... tenía uno que le sobresalía.
NORMA: - ¿De dónde, Marta? Era hidatidosis... ¡sí! Todo cierra: el campo, el perro, la quinta... ¡Equinococcus granulosus! (Festeja el descubrimiento) De cajón.
MARTA: - ¿Se va a morir? ¿Y me contagió?
NORMA: - (Contenta) ¿Cómo era de grande?
MARTA: - Y... se confundía con el ...¿cómo se dice? Testículo. Era como un... huevo, pero de ñandú. ¿Es contagioso?
NORMA: - Ay, Marta... tendría una orquitis. Esa gente hace mucha fuerza.
MARTA: - ¿Me contagió?
NORMA: - No, no. Yo pensé que era un quiste hidatídico, qué lástima. Pero, ¿no era que habías ido a tomar mate?
MARTA: - Y... sí.
NORMA: - (Se pone en una máquina, hace mucha fuerza levantando las pesas) Qué mateada, ¿eh? ¡Y con lluvia! ¿Cómo se llamaba, el paisano?
MARTA: - No... no me acuerdo.
NORMA: - Vos te prendés con cualquiera. ¿Qué te pasa?
MARTA: - (Enojada y disimulando) Nada. Que se me olvidan los nombres.
NORMA: - ¿Por qué pusiste esa cara?
MARTA: - No sé. ¿Qué cara?
NORMA: - Vamos, Marta, te molestaste.
MARTA: - Y sí. Todo lo que te cuento, te da risa.
NORMA: - Ah, bueno, bueno... Siempre venís con una nueva, por eso.
MARTA: - No, siempre no. Hoy. Vos peor, que nunca contás nada.
NORMA: - Yo cuento lo que quiero.
MARTA: - Mmmm.
Pausa.
NORMA: - Bueno, ¿lo pasaste bien? Con el paisano, digo.
MARTA: - ¿En qué sentido?
NORMA: - Sexo. ¿De qué hablamos?
MARTA: - Yo no sé de qué hablás vos.
NORMA: - No te preocupes, che, algo casual está bien, de vez en cuando.
MARTA: - Vos te preocupás. Debés tener miedo de que se me gaste.
NORMA: - Eh, pará la mano, ¿yo qué te hice?
MARTA: - (Se sube a una bicicleta) Hoy me voy más cerca. A Magdalena. Me gusta. ¿A vos te gusta Magdalena?
NORMA: - No me acuerdo mucho.
MARTA: - Qué no te vas a acordar si Chichilo tenía casa allá.
NORMA: - (Extrañada) Sí... cerca del regimiento.
MARTA: - Un chalet... tenía tejas verdes, ¿no? y una de esas plantas que tienen la campanilla anaranjada. Hermosa la planta.
NORMA: - ¿Cómo sabés?
MARTA: - No sé, Norma. (Acentuando deliberadamente el disimulo) ¿Habré visto una foto?
Marta se pone a pedalear, ignorando a Norma, que se queda mirándola con un pie apenas apoyado.
MARTA: - ¿Qué hacés parada así? Parecés una cigüeña.
NORMA: - Me doblé el pie.
MARTA: - ¿Hoy?
NORMA: - Hace un rato. Me quise asomar porque escuché los perros, pero me caí del step.
MARTA: - Tené cuidado, que ya te quebraste una vez. ¿Estaba?
NORMA: - No alcancé a verlo.
MARTA: - Se corta demasiado el pelo. Me encanta cómo le queda la camperita. Hermosa le queda.
NORMA: - Es una chaqueta. ¿Cuántos años tendrá?
MARTA: - Veinticinco.
NORMA: - ¡Eh! Parece más.
MARTA: - No, parece menos. ¿Te molesta?
NORMA: - Sí, podría tener treinta, aunque sea.
MARTA: - El pie, te digo.
NORMA: - Me tomé un desinflamatorio.
MARTA: - (Dejando la bicicleta) Ay, yo no tengo ganas de nada hoy...
NORMA: - (Toma un centímetro y se mide la cadera, la cintura, el pecho) No te conviene aflojar... después va a ser peor.
Pausa.
MARTA: - ¿Sería del otro?
NORMA: - ¿Qué?
MARTA: - La agenda.
NORMA: - ¿De qué otro hablás?
MARTA: - Del profesor de antes. El que desapareció de un día para otro.
NORMA: - ¿Cuál, Marta?
MARTA: - El que tenía el bigote así. Raro.
NORMA: - ¡Qué sé yo! Ya no está más. (Se pesa) Muy bien, muy bien.
MARTA: - No me digas que la tiraste.
NORMA: - Vení, pesate.
MARTA: - No, que ayer comí pizza. (Asustada) ¿La tiraste?
NORMA: - No. La prendí fuego.
MARTA: - Tendría que haberla guardado yo, en lugar de dártela... (Reaccionando) ¿¡También quemaste el cartel de “Tiempo y Esfuerzo”!?
NORMA: - No. Se me mojó con el chorro de la botellita.
MARTA: - ¿Sabés que nos pueden hacer un agujero? No jodás.
NORMA: - ¿Qué me decís a mí? Si nos joden es por vos, que te estás tirando a chanta.
MARTA: - No, nada que ver.
NORMA: - Ah, ¿no? ¿Y la pizza de ayer? ¿Y tu rutina? Acá se viene a sufrir, querida. Si no colaborás, te mandan a otro lado. Tenelo claro.
Entra un papel por debajo de la puerta del baño turco. Se enciende una luz roja. Se miran.
NORMA: - Agarralo, Marta. Es para mí.
MARTA: - ¿Qué sabés?
NORMA: - Clavado. Fijate.
MARTA: - (Lo toma y lee) Tenés razón. ¿No podés hacerlo sola?
NORMA: - Tenés que supervisarme. (Palmea, contenta) ¡Por fin! ¡Estaba esperando este momento hacía un montón!
Marta la mira sin comprender su alegría. Norma baila, salta, se ríe.
MARTA: - Cuidado con el pie.
NORMA: - ¿Qué pie? (Para bruscamente) ¿Qué dice?
MARTA: - Colocarse la faja de goma y el traje plástico.
NORMA: - (Buscando) ¿Qué más me pongo?
MARTA: - No dice nada más.
NORMA: - (Se viste) Ah, yo le agrego el enterito de lana...
MARTA: - ¿No te sacás las calzas?
NORMA: - No, van abajo.
MARTA: - No dice nada de un enterito.
NORMA: - No importa, cuanto más sudás, mejor es. ¿Y ahora?
MARTA: - Caminata en cinta.
Se sube a la cinta y empieza a correr mientras se termina de vestir.
MARTA: - Norma, caminando.
NORMA: - Yo corro, es mejor.
MARTA: - Acá dice que camines.
NORMA: - ¿Pusiste el cronómetro?
MARTA: - Sí, pero tenés que caminar.
NORMA: - Qué me importa.
MARTA: - Haceme caso. Después se la agarran conmigo.
NORMA: - No pasa nada, cagona.
Marta no sabe qué hacer. Norma corre cada vez más rápido. Marta se sube a la cinta para que frene un poco.
NORMA: - ¡Buenísimo! Cuanto más peso, mejor. Y vos tenés de sobra. Aquella vez que te tuvimos que subir a la camilla... ¡qué joder, parecía que pesabas doscientos veinte kilos! Tras que sos gorda, medio inconsciente. Lo único que decías era “...agua, agua...”. Nunca vi una mina tan floja. Una cosa de nada... con ese kilaje estabas para soportar una sesión mucho más larga. ¡Y no sabés Chichilo! Se le salió la hernia... casi se le estrangula.
Marta se baja y desconecta la cinta.
NORMA: - ¿Qué hacés, enferma? Enchufame la máquina.
MARTA: - No me hacés caso.
NORMA: - Estoy superando la propuesta, ¿qué te calienta?
MARTA: - Soy tu supervisora. Tenés que respetarme.
NORMA: - Vos sos una plasta. No me podés decir a mí lo que tengo que hacer.
MARTA: - Hago lo que dice el papel. No lo inventé yo.
NORMA: - ¡Más vale!
MARTA: - ¿Querés reventar?
NORMA: - No seas exagerada. (La luz parpadea) Dale, metele que se me va el tiempo.
MARTA: - (Lee) ¿Eh? No, esto no. Es una animalada.
NORMA: - ¿El qué? Decime, madre.
MARTA: - No.
NORMA: - ¿Quién te entiende? Ahora te hago caso.
MARTA: - No me importa. Estás bajo mi responsabilidad.
NORMA: - ¡Marta, no me hagas esto! ¡Tengo que hacer todo!
MARTA: - ¿Quién lo dice?
NORMA: - ¡Si dejo algo sin hacer, andá a saber las consecuencias!
MARTA: - Te va a bajar la presión.
NORMA: - No importa. ¿Qué es?
MARTA: - Baño turco. A full.
NORMA: - (Contentísima) Pasame las gotas que entro.
MARTA: - ¿Estás loca?
NORMA: - Te abre los poros y salen todas las toxinas, dale, apurate.
MARTA: - (Agarra la cartera de Norma) Ni en pedo.
NORMA: - Vení para acá. Vos no podés hablar, no tenés conducta.
MARTA: - Estás por hacer una cagada.
NORMA: - Vos no sos nadie, Marta, no existís. Sos una pobre mina. ¡Dame el gotero!
MARTA: - (Incrédula) ¿Qué... qué me dijiste?
NORMA: - Si es cierto. Mirate. ¿Cómo pensás que hice estas piernas? Las tuyas parecen dos maceteros. Estás destruída. Tocame acá (Por los bíceps) Los tengo de piedra.
MARTA: - (Va a tocarla y se arrepiente) ¿Sabés qué? (Con una seña hacia la pelvis) ¡Agarramelá!
Se mete en el baño turco con la cartera. Traba la puerta y empieza a tragar pastillas.
NORMA: - ¡Marta! ¡Abrime, estúpida! Sacá la traba... ¡Marta! ¡Dejá mis pastillas! (Golpea la puerta, la patea) Me cago en vos. ¡Abrime! Me arruinaste todo, imbécil. Abrí, te digo.
MARTA: - (Abriendo un poco) Pedime perdón.
NORMA: - Dame las pastillas. Tengo una taquicardia terrible.
MARTA: - Es el calor. ¿Qué te dije? Te hizo mal.
NORMA: - No, no es el calor. Me hiciste agarrar un disgusto. Es tu culpa.
MARTA: - Pedime. Pedime perdón.
NORMA: - ¡Qué malasangre! ¿Tanto te cuesta colaborar?
MARTA: - (Le da el frasco) Bueno, está bien. Te perdono.
NORMA: - ¿Una sola dejaste, madre? (La traga)
MARTA: - No quedaban muchas. Tenés que conseguir más.
NORMA: - ¿Ves? Se apagó. Después no protestes. (Entre dientes) La puta que te parió.
MARTA: - Te vi, Norma. Te leí los labios.
Norma empieza a sacarse lo que se puso antes. Entra un papel por debajo de la puerta. Se prende la luz nuevamente. Norma lo toma.
MARTA: - ¿Otra vez?
NORMA: - Rutina nueva. Para vos.
MARTA: - ¿Por qué? ¿Yo qué hice?
NORMA: - Encima preguntás. Sos incorregible, Marta. Hubieras pensado antes. Ahora es tarde, no tenés alternativa.
Marta se levanta y va hacia la puerta del baño turco. Norma la agarra antes de que llegue.
NORMA: - ¿A dónde vas?
MARTA: - Quiero ver quién vino.
NORMA: - ¿Para qué querés saber? Mejor no mires.
Forcejean.
MARTA: - Quiero ver.
NORMA: - ¡Te digo que no! No te sirve de nada y te va a comprometer.
Marta se resigna.
NORMA: - ¿Estás lista? Tenés que tomar dos litros de agua.
MARTA: - ¿No es mucho?
NORMA: - No, es lo reglamentario.
Marta saca una botella, la mira y no se anima a tomar.
NORMA: - Tomá, Marta. Aprovechá.
MARTA: - ¿No me hace mal?
NORMA: - Ahora no. Y cuanto antes empieces, mejor.
Marta toma un trago.
NORMA: - Dale, nena.
MARTA: - Me da miedo (Toma otro) Esto me lo hacen a propósito.
NORMA: - Marta, no seas perseguida. Sufrís de "M.P.O.".
MARTA: - ¿Qué cuerno...?
NORMA: - "Maníac Persecútori Obséyon". Tomá y callate.
MARTA: - ¿Dice ahí que me calle? No me callo un pomo.
NORMA: - Hacé caso, Marta, no jodas más. No te hagás la rebelde.
MARTA: - ¿Qué más dice?
Norma lee la planilla y la mira.
MARTA: - ¿Qué?
NORMA: - Vos tomá.
MARTA: - ¿Es mucho?
NORMA: - Bastante. Dos litros.
MARTA: - No, lo que tengo que hacer.
Norma no le contesta. Marta se desespera.
MARTA: - ¿Por qué a mí?
NORMA: - Terminala. Es así. Hacé de cuenta que estás en terapia intensiva, no tenés más remedio que bancártelo.
MARTA: - Quiero ir al baño.
NORMA: - Todavía no. Retené.
Norma saca una soga y se la muestra. Marta mira aterrorizada, da un paso atrás.
MARTA: - No, vas a volver a cometer un error. Yo te perdoné, Norma, somos amigas.
NORMA: - Por eso mismo.
MARTA: - Pero yo soy joven. (Corrigiéndose) Bueno, también soy joven. Estoy gorda, solamente.
NORMA: - De eso se trata.
MARTA: - ¡¡¡No podés ahorcarme porque estoy gorda!!!!
NORMA: - ¿De qué hablás? Agarrá la soga y saltá.
Le revolea la soga. Marta se alivia, pero inmediatamente desespera.
MARTA: - ¿Ahora tengo que saltar? ¡Tengo la vejiga llena!
NORMA: - Estás en proceso, Marta, tenés que desintoxicarte. Tenés mucha porquería adentro.
MARTA: - Pero yo no puedo saltar así.
NORMA: - ¿A que el paisano te dio chorizo seco? Estás llena de Trichinella spiralis.
MARTA: - Voy al baño.
NORMA: - No, no vayas. No se puede.
Marta se avalanza sobre la puerta que da al baño turco. Toca el picaporte y grita.
MARTA: - ¡Me pateó! ¡Me pateó el picaporte!
NORMA: - Te dije que no podías ir. ¿No ves que está la traba?
MARTA: - ¿Qué pasa? ¿Están arreglando el tanque?
NORMA: - Es posible. Vamos, aprovechá la oportunidad que te dan.
MARTA: - ¿O pintando?
NORMA: - No sé ni quiero saber. No es mi problema. (Empujándola) Dale, saltá.
MARTA: - ¿Y vos no hacés nada?
NORMA: - Tengo que controlar. (Persuasiva). Saltá, Marta. Es lo mejor para vos.
Marta despliega la soga y salta, con la cara contraída por el dolor.
NORMA: - Resistí, Marta. Resistí.
Marta se mea encima.
MARTA: - No pude. No pude.
NORMA: - (Impávida) Es tu única oportunidad de recuperarte, Marta. La que sigue tenés que lograrla.
MARTA: - Pero a mí no me interesa...
NORMA: - Sos desastrosa. Ni un objetivo tenés en la vida. ¡Ponete una meta!
MARTA: - Bueno, pero... (Mira la luz encendida, agarra una toalla y se tapa la ropa meada) ¿Qué es?
NORMA: - Lo siento, Marta. Tenés que entrar en el flotario.
MARTA: - ¿¿¿Qué???
NORMA: - No pasa nada, son cinco minutos.
MARTA: - No. (Se queda inmóvil, aterrorizada). No.
Norma trata de moverla de su posición, pero Marta está paralizada. Norma desiste y vuelve a la carga. No la mueve.
NORMA: - Marta, Martita... hacelo por mí. (La abraza). Dale, movete...
MARTA: - No puedo, Norma. Es superior a mis fuerzas.
NORMA: - Es necesario, madre, metete... es un ratito, nada más.
MARTA: - ¿Y si acepto?
NORMA: - (Feliz) ¿Vas a entrar?
MARTA: - No. Pero quiero saber.
NORMA: - Lo tenés que hacer igual.
MARTA: - ¿Por?
NORMA: - Bueno... por los puntos.
MARTA: - ¿Qué puntos?
NORMA: - (Minimizándolo) Ya sabés, Marta. No te hagás la tarada.
MARTA: - ¿Estás juntando puntos a costa mía?
NORMA: - Bueno, no, no es tan así.
MARTA: - ¿Cuántos ganás por meterme en el flotario? (La empuja y la sigue, amenazante) ¿No te fue suficiente el dos por uno? ¡Sos insaciable!
Ladran los perros. Norma se desespera por ir a ver pero tiene a Marta en el camino.
MARTA: - ¿Querés ver al pendex? (No se mueve) Pasá, pasá...
NORMA: - Correte, Marta.
MARTA: - Si hay lugar. Pasá tranquila, ¿qué te puedo hacer? (Ladran más cerca. La goza) Uy, que cerquita que está... ¡Es rubio natural! Se le ve el color de los ojos. Tan lindo que es... la carne dura, el culito parado, todos los dientes. ¿Querés verlo? Vení... ¿no querés? Es hermoso... ¡parece un ángel!
Marta la arrastra hasta la ventana y le pega la cara contra el vidrio. Norma no puede ver, aunque hace esfuerzos. Marta le da besos, se apoya brutalmente sobre ella.
MARTA: - ¿No es divino el pendejito? Qué linda pareja harían, ¿no? ¿Cuántos puntos te adjudicaría tirarte al nene? Y vos acá... no lo podés tocar... te morís de ganas, pero no podés. (Los ladridos se alejan) ¡Uy, se le ve el boxer cuando corre! (Lo sigue con la mirada) Se va... se fue. ¡Qué pena! Te lo perdiste.
Marta suelta a Norma, que se desmorona y cae de rodillas al piso. Se apaga la luz roja. Marta se sienta.
NORMA: - Esta me la pagás. Te lo juro.
MARTA: - (Encogiéndose de hombros) Uh, eso lo escuché más veces...
NORMA: - (Agarrándose las tetas) Me las corriste de lugar. Envidiosa.
Marta no le presta atención. Pausa.
MARTA: - ¿Escuchás algo? ¿Qué pasará?
NORMA: - ¡Qué manía por averiguar, tenés!
MARTA: - ¿Y ahora? ¿Qué se hace?
NORMA: - No me preguntes como si yo supiera todo, Marta. Esperá.
MARTA: - Ojalá sea la última. Nunca es la última...
NORMA: - (Se tira a hacer abdominales) ¡Qué poco nervio que tenés!
MARTA: - ¿Eh?
NORMA: - Nada, nada. Con vos no se puede hablar. (Pausa) ¿Eran azules, no? Los ojitos.
Marta se ríe, gozándola, y no le contesta. Lentamente cede su tentación de risa, y se calma. Norma está furiosa pero se controla. Marta se cambia la ropa.
MARTA: - ¿Vos te jubilaste?
NORMA: - (Cargadísima) Che, ¿qué te dije de la edad?
MARTA: - Hay gente que se jubila temprano. La que vivía casa por medio, por ejemplo.
NORMA: - Sería por incapacidad. Vení, sosteneme los pies. Estaría enferma.
MARTA: - Se agarró Sindrome de Down. "S.D.D."
NORMA: - ¡Ja! Eso es imposible.
MARTA: - Te juro, tuvo un accidente y quedó mogólica.
NORMA: - Marta, tenés que leer más, a veces decís cada cosa que...
MARTA: - Vos no leés. Repetís, nada más. Parecés el loro de Chichilo.
NORMA: - ¿Otra vez? ¿Qué pasa con Chichilo?
MARTA: - Eso, ¿qué pasa? No trabajás más con él y no te jubilaste.
NORMA: - Para hacer la facturación no tengo que estar en el hospital. Fue por las várices, no es bueno estar de pie.
MARTA: - ¿Tantas várices tenés? No doy más.
NORMA: - Uf. ¿Te muestro?
MARTA: - No, que me impresionan. Pero...
NORMA: - (Se yergue y se sostienen la mirada) ¿Qué?
MARTA: - No, nada... pensaba. Cómo es, ¿no?
NORMA: - ¿Qué cosa?
MARTA: - Y... eso.
NORMA: - ¿Pero qué?
MARTA: - El amor. Eso.
NORMA: - ¿Qué tienen que ver las várices con el amor?
MARTA: - (Misteriosa) Ah...
NORMA: - Vos no estás bien.
MARTA: - ¿Me tomo otra pastilla?
NORMA: - Por mí...
Desarman. Marta se toma un par de pastillas.
NORMA: - (Por la salida de baño) ¿Te vas a quedar así todo el día?
MARTA: - Sí, si no voy a salir.
NORMA: - Vestite, por lo menos. Te vas a deprimir.
MARTA: - No. No sé qué es deprimirse.
NORMA: - Para mí, tenés que ver un analista. Vos te guardás mucho las cosas.
MARTA: - ¿Yo? Es la primera vez que me lo dicen.
NORMA: - Desde hoy que me estás queriendo decir algo.
MARTA: - Ah... por eso.
NORMA: - Marta... te conozco. ¿Es sobre el paisano? Te juro que no era contagioso.
MARTA: - No.
NORMA: - Entonces.. ¿qué es?
MARTA: - No, es que... (Se toma otras dos pastillas)
NORMA: - ¿¿¿Qué????
MARTA: - ¿Vos me ocultás algo?
NORMA: - (Dudando) Bueno... ¿algo como qué?
MARTA: - Algo de tu trabajo.
NORMA: - (Buscando cómo salirse) Ya te dije que no trabajé en obstetricia.
MARTA: - Ya sé. Si no, hubieses zafado.
NORMA: - ¿Eh?
MARTA: - Ya sabés, lo del chico.
NORMA: - (Algo incómoda, empieza a golpear progresivamente una bolsa de boxeo) Eso fue un accidente.
MARTA: - ¿Lo abandonaste?
NORMA: - Sí.
MARTA: - ¡Cómo pudiste, por Dios!
NORMA: - Me costó, ¿pero qué iba a hacer?
MARTA: - Y, qué sé yo... pedir ayuda.
NORMA: - Pedí ayuda. Años estuve en terapia.
MARTA: - Me imagino... no es para menos.
NORMA: - Me obligó.
MARTA: - ¿Quién te obligó? ¡Qué coraje!
NORMA: - El médico.
MARTA: - ¡Con una criatura!
NORMA: - Eh, che...tampoco para tanto. (Deja de escuchar a Marta) Yo muchas veces pensé...
MARTA: - No hay caso, los hombres no tienen instinto maternal. ¿Pero cuándo fue?
NORMA: - ...si nunca lo hubiera visto trabajando, a lo mejor...
MARTA: - ¿Ya está empleado? (Saca cuentas)
NORMA: - ..si ese día hubiese faltado, tal vez ahora estaría con él.
MARTA: - Estás a tiempo, recuperalo.
NORMA: - Ese pendejo me volvía loca.
MARTA: - Che, un hijo es un hijo. (Toma más pastillas, llora)
NORMA: - Era espantoso.
MARTA: - Todos los recién nacidos son feos.
NORMA: - Salí y vomité.
MARTA: - Bueno, ¡qué exagerada!
NORMA: - El olor a muerto es algo terrible. Después lo sentía en sus manos, en la boca cuando me besaba. Yo sabía, pero verlo trabajar... meter... sacar... No, no pude seguir más con él. (Grita y le pega con todo a la bolsa) ¡Yo no quería entrar en la morgue! (Desorbitada) ¡Dame el casco de realidad virtual!
MARTA: - (La mira aterrorizada, le alcanza un casco, se toma dos pastillas más) La morgue... ¿Lo habrán matado?
NORMA: - (Se pone el casco y recita un libreto de relajación, con los dedos pulgar y mayor juntos. No se escuchan entre sí) Llevame, casco, llevame lejos.
MARTA: - Yo siempre dije que ese Chichilo era un hijo de puta...
NORMA: - Estoy paseando por la orilla del mar.
MARTA: - ...y nunca falta un roto para un descosido.
NORMA: - La espuma lame lentamente las plantas de mis pies.
MARTA: - Todos son iguales, te usan...
NORMA: - Las gaviotas despliegan su vuelo magnífico sobre mi cabeza.
MARTA: - ...y te cagan, te cagan.
NORMA: - La brisa es cálida, no siento frío ni calor.
MARTA: - (Empieza a bostezar, de a poco) Y el turro, ni una palabra me dijo.
NORMA: - Me recuesto en la arena tibia.
MARTA: - Mirá que se lo pregunté, y me lo negó.
NORMA: - (Modificando la forma de decir porque empieza a escuchar a Marta) Me hundo suavemente en ella.
MARTA: - Al final, a mí también me cagó.
NORMA: - (Se saca el casco) ¿El pendejo? ¿El forense?
MARTA: - Chichilo y la puta que te parió... (Se adormece)
NORMA: - ¿Qué dijiste? ¡Marta! ¿Qué tiene que ver Chichilo?
Marta murmura incoherencias, intoxicada.
NORMA: - (La sopapea) ¿Quién te cagó, Marta? (Marta no contesta, Norma le toma el pulso) Un poco más. (Vuelve a cachetearla, Marta reacciona)
MARTA: - (Balbucea) ¿Por qué no me dijiste?
NORMA: - ¿Qué?
MARTA: - (Masculla sin sentido) Del bebé... por qué ...
NORMA: - No te entiendo nada... ¡por qué no me habrás enseñado a leer los labios!
MARTA: - (Balbucea) Vos no me contabas nada... y yo me acosté con Chichilo para enterarme...
NORMA: - (Asqueada) ¡Marta! ¡Con ese viejo fulero! Te pagó.
MARTA: - Vos te acostaste gratis.
NORMA: - ¿Estás loca?
MARTA: - (Claramente) Y no es viejo. (Con intención) Tiene tu edad.
NORMA: - (Pegándole unos cachetazos) ¿Cómo? ¿Qué decís? ¿Qué te pasa a vos? (Ayudada por los sopapos Marta se duerme profundamente. Norma se asusta) Marta... ¡Marta! (Ve el frasco vacío y lo sacude) ¡Se tomó todo! Se está descompensando, dice incoherencias... ¡La perdemos, la perdemos! (Le hace masaje cardíaco y respiración boca a boca) ¡No me dejes... te necesito! (Marta le pone una mano en la nuca y aprieta el beso. Norma forcejea, asustada. Se separan y se miran).
MARTA: - (Recuperada) ¿Vos estás enamorada de mí?
NORMA: - Creo que no.
MARTA: - Bueno, entonces dejame dormir...
Norma la sostiene abrazada. Marta se queda con los ojos abiertos y la mirada fija en el vacío. Una luz muy potente, como de reflector ilumina progresivamente la escena.
MARTA: - Está el ángel... se arrodilló... me mira fijo... ¡me está apuntando!
NORMA: - Martita, nena... te pasaste de rosca. ¡Tenés que tener cuidado!
MARTA: - ¿Ves la luz? Es el túnel, Norma... el túnel...
NORMA: - Pero no, qué decís. Es la que usan afuera.
MARTA: - ¿Y la otra? ¿La roja?
NORMA: - Estamos en receso, no te preocupes. Descansá, linda, descansá que yo te cuido. Yo te cuido.
Marta permanece con la mirada fija y la boca semiabierta.
NORMA: - (Dirigiéndose a la luz roja) Yo no estoy enamorada de ella, ¿no? (Se escucha por altoparlante "Va pensiero". Cierra los ojos, disfrutando) Ah... menos mal... Ya me parecía raro un día sin música. (Tararea) ¿Ésta cuál era? Marta, Marta... justo ahora te dormís... ¡justo cuando pasan nuestra canción!
La luz del reflector se intensifica al máximo y quema la imagen de ambas. Apagón.
(*) Esta obra fue concebida para ser puesta en escena en el interior de un gimnasio de aparatos. Sin embargo, acepta ser trabajada también en un escenario teatral.

domingo 16 de septiembre de 2007

EL ORGASMO DE MARIA


EL ORGASMO DE MARÍA


Andrés Caro Berta
http://www.andrescaroberta.com/

Registrado en AGADU
Para solicitar autorización del autor:
andres@andrescaroberta.com
autorizaciones@agadu.org


(Basado en el cuento del mismo nombre incluido en el libro
“Adrenalina Montevideanis (nada será igual)”, del mismo autor
editado en 1999, en Montevideo por Abrelabios Ediciones)


(“La pieza del hotel era oscura. Las paredes de un color ocre indefinido por los años y por el uso; la lámpara de la mesita transmitía muy poca luz; la única ventana que había no aportaba luminosidad porque afuera gobernaba la oscuridad…. Todo contribuía a que la habitación se mostrara deprimente. A eso se le sumaba una cama de hospital, muy vieja, el olor del aceite que dejaron las frituras diarias en uno de los rincones, el ruido intenso de las fábricas cercanas y los autos. La pieza 25 del Gran Palace Hotel, vieja gloria hotelera convertida en un inmenso elefante blanco, era realmente depresiva.
Allí, María entraba en una etapa preorgásmica provocada por ella misma. Esta vez contra uno de los rincones, sentada en el piso, con los ojos cerrados, los cabellos negros pintados de rubio tapando la cara, angustiada y escapando hacia adentro, evitando el afuera. María se retorcía gozando con sus dedos que le deparaban caricias que recordaban a otras manos, pero que eran sus manos.
El gemido fue corto. No fue nada romántico. Hubo un espasmo, dos, tres seguidos de un momento de silencio. Su jadeo quedó como un solitario sonido en la habitación. Un jadeo cansado por el esfuerzo no querido y a la vez deseado. Sus manos quedaron cubriendo su zona genital unos instantes, la cabeza gacha, los ojos cerrados, los pelos formando un escudo sobre su rostro. María resopló, dijo algo y golpeándose cariñosamente las nalgas, apoyó sus manos en las baldosas gastadas por muchas pisadas, se levantó y volvió a la realidad. Sobre la mesa de luz, dos cajas, una de cigarrillos y otra de fósforos esperaban. Su cuerpo aún temblaba, le pedía recostarse un rato. Prendió un cigarro y quedó acostada mirando el techo. Extendió su mano y encendió la radio. Una canción romántica inundó el cuarto: ‘Serás siempre mía, será siempre mía, toda la vida, siempre mía, aunque otro te tenga entre sus brazos, serás siempre mía, toda la vida, siempre mía…’ Apagó la radio, angustiada”) (Texto del cuento)

(María en un rincón se masturba. Cuando termina dice):
-Maldito… ¿Por qué me dejaste sola? Con un hijo tuyo en las entrañas… Yo sé… Tú no tenés la culpa de dejarme. Fui yo… Maldito… ¡Y te quería! ¡Claro que te quería! En el baile fuiste mi luz, esa noche. ¿Por qué me elegiste? ¿Por qué hiciste que me enamorara con solo verte? ¿Por qué no me animé a seguirte?... La culpa es mía… Tarada… Soy una tarada… (Se va levantando. Mira la habitación. Prende la luz al lado de la cama) ¿Por dónde empiezo? Siempre me pasa lo mismo… Como si tuviera toda una casa para arreglar… (Sigue con el tono melancólico. Queda mirando al público. Va hasta la mesa de luz donde hay una virgen María) ¿Cómo era aquella canción? (Tararea) “Un día apareciste en mi vida / bebiste de mi río y te fuiste / y me queda todavía el sabor de tu amor. / Nunca más / nadie pudo / entrar en mi corazón. / Regresa, te lo pido. / Regresa a tu nido. / Yo te espero, todavía, / yo te espero, mi vida. / Nada, nada, nada tiene valor desde que te fuiste / perdí el deseo de vivir… Regresa, te lo pido. / Regresa a tu nido / Yo te espero, todavía / Yo te espero, mi vida” (Queda en silencio) ¿Qué hora es? ¿Dónde lo dejé? (busca el reloj) ¡Las 9! ¡Qué tarde! Tengo que comer algo… Pero no tengo ganas… ¡Qué fastidio hacerse comida para una sola! La comida es para muchos… Para hacer para los demás y compartirla… No tiene gracia eso de cocinar todos los días y para una sola… Y la cocina que siempre está ocupada… (Imitando burlonamente) “Pum, pum, pum… ¿Quién es? El encargado. Señora, hay olor a frito en su pieza. Le recuerdo que no puede cocinar allí adentro. No me obligue a decirle a la dueña”… Cornudo… Claro, defiende su empleo… ¿Y cómo quiere que haga? Si me roban todo lo que dejo en la heladera… Y aquí se pudre…Lo tengo que hacer rápido… Se me va lo que no gano en comer porquerías… Capaz que mañana la Tota lleva algo, no, no puedo abusar… Seré cualquier cosa, pero abusadora… ¿Qué me hago? Mejor compro fiambre mañana, antes del trabajo y ya está… Total, si engordo… ¿quién se va a dar cuenta?... (Sentada en la cama) Vida de mierda… Extraño… ¿Qué estará haciendo Felipe con la abuela? ¿Y si voy a verlo? No, mejor no… Después se pone mal cuando me vengo… Mamá me lo dijo… “No vengas tan seguido que tu hijo después que te vas se pone insoportable”… Para peor la foto que le saqué salió mal… ¡Qué bajón!... Bueno, bueno… Arriba ese ánimo… (Va hasta la cómoda) El sábado… ¿Qué me pongo? (Irónicamente) ¡Tengo tanta cosa para ponerme!... (Se prueba varias prendas) ¿Irá el Carlitos? (Prende la radio y baila una cumbia como si estuviera con su pareja) “¡No apretés, che!”. Je… (Ve un agujero en la última prenda que se prueba) ¡Polilla de mierda! (Saca hilo y aguja, va hacia la cama y apaga la radio) No, no debo ilusionarme… No debo ilusionarme… Me dijo de salir, pero mirá el día que es y todavía no me llamó… Capaz que el maldito del encargado no me pasó la llamada… Me tiene bronca… Pero seguro que no me llamó… No me llamó… No me llaman nunca… Es acostarse… Un polvo y nada más… Eso es lo que soy… Un agujero para un polvo… Ni dos ni tres. Uno… ¡En lo que me convertí…! (Va hacia la cómoda) Era lindísima cuando recién vine a Montevideo… (Sale de frente del espejo) Aquel viaje sí que estuvo bueno… Los edificios altos… Me mareaba… Nunca había visto edificios tan grandes… Pensar que adentro vive tanta gente, son como ciudades en chiquito… El ruido del tránsito… Me lastimaba los oídos… ¿Y cuando pasó el ómnibus por la rambla?… Nunca había visto tanta agua junta… ¡Qué susto que me llevé!… Creí que nos estábamos inundando, lo juro… Ja… ¡Qué tarada! Una pajuerana… Hasta me vine con la valijita… Un regalo… Suerte que nadie me asaltó… Me bajé en la terminal y en vez de irme directo a Carrasco, me quedé dando vueltas por las vidrieras de ahí… Había de todo un poco, montones de revistas, muchas revistas… Las actrices de la televisión estaban en las tapas… Romances… Casamientos… Y además, lleno de diarios… ¡Qué cantidad de diarios! ¡¿Y la gente lee todo eso?! Y ropa… ¡Qué hermosa! Fue lindo llegar… Fue como cumplir un sueño… Salir de la mitad del campo, siempre en la estancia, para la casa de unos amigos de los patrones, en Carrasco… Recomendada… Iba con la carta en la cartera… La Rosa me decía allá que una vez vino a servir en una fiesta y estaban todos los que veía en la tele… “¡¿De verdad?!”… Y mientras miraba las tapas de las revistas en la terminal, en el quiosco, soñaba con que esos estuvieran allí, y yo con mi uniforme nuevito, bien peinada, sirviéndolos… En las novelas que pasan en la tele, los señores se fijan en las empleadas… Y se enamoran de ellas… Hasta se separan de la bruja de la esposa… ¡Qué guaranga! ¡Nena, crecé! Eso es en las novelas… La gente en la terminal me empujaba… Siempre apurada… Y malhumorada… ¡Y las mujeres fumando! ¡Y solas, chiquilinas, fumando y tomando cerveza! ¡Qué desvergüenza! Bueno, si en casa me vieran fumando… “¿Qué? ¿Ahora te da por fumar? No tenés vergüenza… Te convertiste en una puta… Eso es lo que sos… Y dejando abandonado a tu hijo…” Es que… ¿Y cómo mato el tiempo? No me entienden… Fumo, sí, ¿y qué? Me jodo yo… ¡Ah, qué fastidio! ¡Ni la tele tengo! ¿La habrá arreglado? Me parece que no sabe nada ese tipo… Una pinta… (Se sienta frente al público como dialogando con otra persona, mientras se arregla las uñas) Si va Carlitos al baile, capaz me lleva al hotel aquel que fuimos esa vez… Estaba lindo… La primera vez que usaba sábanas que no tenía que lavar yo…Y un espejo allá arriba… Y películas chanchas… Esa parte no me gustó… Además, el Carlitos parecía más interesado en verlas que en mí… “Che, boludo”, le dije… “¿Y yo?” Pero después estuvo todo bien… Y hasta me gustaron… ¡Hacían cada cosa…! Todavía hoy hay cosas que no entiendo… (Va hacia la cama y se recuesta) Pero no me puedo sacar la imagen de cuando llegué a Carrasco, me perdí… Está lleno de calles extrañas… Caminé horas hasta que una mujer me dijo dónde era… ¡Qué casa! Toqué timbre y a través de una reja pude ver cómo venían dos perros asesinos a saludarme… Éramos tres chicas… Susana, la Tita y yo… Teníamos que hacer todo… Descansábamos los domingos… Bueno, no siempre, a veces… Eran de amarretes… Mucho para afuera… Cuando venían visitas aparentaban todo lo que podían, y nos mandaban a comprar cosas carísimas al súper, pero antes y después… Traían las bolsas grandes de arroz y esa era la comida de todos los días… Terminé odiando el arroz. Arroz con tomate, arroz con carne picada, arroz con leche, arroz… La mujer no era mala. Era alcohólica, recuerdo que las manos le temblaban de la necesidad de emborracharse… ¡La plata que gastaban en bebidas! Y no cualquier bebida… El tipo estaba en el gobierno. Y era mano larga… “Deje, patrón” le decía mientras le sacaba las manos de mis tetas o mi culo… Pero de ahí no iba… Un día vino misterioso a mi cuarto… Bueno, el cuarto de las domésticas… Las otras dos miraron para otro lado, luego de saludarlo en voz baja. Él me dijo que lo acompañara, que tenía algo que decirme… Yo no entendía nada… Me llevó a la cocina y me pidió que la conversación quedara entre nosotros… Entonces me dijo que yo era muy buena, que iba a entender… Que su hijo estaba entrando en la adolescencia y él había pensado que yo… Mis ojos cada vez se hacían más grandes… No entendía nada… Nunca había tenido relaciones con nadie… Y el patrón me pedía… “Mire, patrón”, le dije… “Yo, la verdad, nunca…” pero él no me escuchaba… Seguía insistiendo… Que yo era intachable, que prefería que lo hiciera conmigo y no con cualquier loca, que quien sabe las porquerías que se podía contagiar, en cambio conmigo… Que además no iba a ser gratis. Él quería tener una atención conmigo… Que no lo tomara a mal, pero me quería ayudar… Que si aceptaba, le dijera qué quería de regalo… Además, si dejaba que el hijo lo repitiera, me prometía todos los meses un dinero, además del sueldo… Eso fue un sábado, me acuerdo, mientras la mujer se estaba maquillando para salir… Y yo también, en mi cuarto… Iba a ir a un baile con las muchachas… Después me dijo que yo estaba… divina… Que él nunca se había propasado conmigo, pero más de una vez sintió muchas ganas… ¡Un asco! ¡Lo que puede el dinero!... Yo me asusté mucho… Temía perder el empleo pero no quería hacer cosas que después me lastimaran… Le pedí tiempo, sintiéndome cobarde…No podía hablarlo con nadie… Fui al baile, pero mi cabeza no estaba ahí… Bailé toda la noche tratando de distraerme… Tomé mucha cerveza, más de uno quiso algo conmigo, pero yo seguí bailando sin darles corte… Al final les arruiné la noche a las chiquilinas porque como a las cuatro les pedí irnos porque me sentía mal… No sabía qué hacer… Cuando llegué a la casa, vomité… No quería que llegara el día siguiente… A la noche, el domingo, se me acercó de nuevo el patrón… “Y, ¿lo pensaste?” y yo le dije que sí, porque estaba asustada… “Bien”, me contestó y me acarició la mejilla. “Escuchá bien… Vamos a hacer esto”, lo recuerdo palabra por palabra. “Nosotros mañana nos vamos a ir a trabajar. Entonces te vas a nuestro dormitorio, te das un buen baño, te desnudás y te acostás en nuestra cama. Eso sí, después que terminen arreglala bien que no quiero que mi mujer proteste. No sé muy bien si ella sabe – juro que me dijo eso el muy basura – No sé muy bien si ella sabe… Y esperalo así a mi hijo. Él está al tanto. ¿Sabés cómo tiene de parada la que te dije?” “Sí, patrón”, le contesté y me fui llorisqueando a la habitación. Me encerré en el baño y lloré como una hora. Fue horrible, me sentía una puta. Al día siguiente el patrón me puso unos billetes en el corpiño, me pidió que hiciera un buen trabajo y se fue con su mujer a la oficina. Me acuerdo que el patrón y el hijo, antes, mientras desayunaban me miraban con cara rara. Yo entraba y salía del comedor, trayendo las cosas pero casi no me animaba a levantar la cabeza… Tenía miedo que se dieran cuenta de mi cara de pánico… Después que se fueron fui al dormitorio de ellos, hice lo que me pedía y lo esperé desnuda. Antes revisé los placares de la patrona. Me probé unos anillos que tenía en un cajón… ¡Qué divinos! Y los perfumes… Marcas extrañas… Me puse por todo el cuerpo… Sentí ruidos y corrí a la cama dejando todo lo más ordenado posible para que no se dieran cuenta y me tapé con las sábanas. Cuando vino ese pendejo me dio lástima. Parecía un pollo mojado. Se sacó la ropa sin hablarme y se metió en la cama, junto a mí. Yo me quedé quieta porque no sabía qué hacer. ¡Pobrecita! Estaba asustada… En la cama de los patrones, como una puta, sabiendo menos que el que iba a debutar conmigo… Entonces, lo recuerdo como si fuera hoy, me miró el chiquilín, bueno, tremendo rancho, y destapando las sábanas me mostró eso que tenía entre las piernas y me dijo: “Chupámela, como lo hacen en internet”. Y como me resistía, empezó a insultarme. Se ve que eso lo calentaba porque cada vez la tenía más parada. Yo me quería ir, me dio mucha vergüenza. Pero él insistía, entonces se subió encima de mí y sin avisarme nada me la metió. Dios mío, sentí un dolor impresionante. Estaba complemente seca. Él se asustó un poco, pero siguió entrando y saliendo. Y de pronto empezó a gritar. Y se bajó de la cama mientras me miraba espantado. “¿Qué pasa?”, le pregunté. Y me señaló mis piernas. Estaban llenas de sangre, y las sábanas también. “¡La cama de los patrones!”, pensé espantada “¡¿Qué hice?!” Él salió corriendo al baño y sentía que se lavaba una y mil veces… esa parte…, y yo no sabía qué hacer. Pensé en llamar a la urgencia para que lo vieran pero, ¿qué les decía? ¡Además esa sangre… era mía! Ah, dios mío… Sentía un dolor espantoso… Llorando me levanté y traté de sacar las sábanas pero ya el colchón estaba manchado de rojo. “¡Me van a echar – gritaba - me van a echar!”, mientras el mocoso de mierda me insultaba: “¡¿Qué me hiciste?! ¡Puta de mierda! ¡Estás podrida! ¡Yo le dije a papá que esto no iba a funcionar! ¡Esperá a que venga! ¡Esperá a que venga! ¡Vas a ver!”… A mí me seguía saliendo sangre y no entendía nada… ¿Qué me había hecho?, pensaba… ¿Me lastimó algo? En esa época no sabía nada… Bueno, ahora tampoco… Como pude, junté todo, lo metí en el lavadero y con un cepillo traté de lavar la cama, pero el tarado ya había hablado a la oficina del patrón, y él y la mujer estaban en camino… ¡Dios mío!, corrí a mi cuarto y me puse a llorar con las muchachas, pero éstas se apartaron. Me dieron una toalla de esas que se ponen en la menstruación, claro, ahora ya lo sé pero en ese momento… Lo único que me dijo una de ellas fue que lo que pasaba es que yo era virgen y me había roto el himen… Recuerdo la palabra… Himen… “¿Qué es eso?” le pregunté, y ella se rió. “Nada, tonta, una telita que tenías que ya no tenés más”. A los pocos minutos ya estaban en la casa los dos y viendo el desastre, la patrona me dio varias cachetadas, me dijo que me iba a meter presa por abusar de su hijo y él me agarró de acá, del brazo y me llevó a un rincón y con una cara de furia que nunca se la había conocido, me dijo que me fuera ya, y que si hacía algún reclamo en el Ministerio de Trabajo, o donde fuera, me iba a meter presa porque tenía los mejores abogados… El chiquilín lloraba desconsoladamente, yo también, la madre también, el padre estaba furioso… Así que junté todo lo que tenía, lo metí dentro de un bolso y a la hora estaba afuera de la casa, sentada en la vereda sin saber qué hacer… Dios mío… ¡Qué tarada que era yo en aquella época! De la mitad del campo… Si me agarra ahora… ¿Qué haría si me pasa eso, ahora? No sé… Capaz que lo cago a patadas… O le cobro bien… ¡O les hago un agujero…! No sé… ¡Hasta ese momento fui la Virgen María! (Silencio. Comienza a reírse, turbada por lo que dijo, mirando a la virgen, pidiendo perdón. Pero le causa tanta gracia que no puede parar de reír, y comienza a mezclar risa y llanto, hasta que llora, llora, llora. Queda en silencio con la cara tapada. Levanta la cabeza mira a la platea. Sale del asiento frente al público. Va hacia la cama y queda acostada en silencio) ¡Qué sucia que estás! (Limpia la estatuilla de la virgen) Estoy harta de esta vida… ¿Pero qué hago? ¿Irme para allá con mamá y Felipe? Es mejor que Felipe se acostumbre a vivir sin mí… Con la abuela está mejor… Además con mamá no me llevo… Y no sé si los patrones, después del escándalo, supongo que se habrán enterado de lo que le pasó al nene de sus amigos, entonces supongo que no me quieren ni ver… No, no… Ahí ya no tengo lugar… ¿Y de qué voy a trabajar? Aquí al menos… Son unos explotadores pero algo es algo… El año que viene capaz que me meto a estudiar cualquier cosa… ¡Me encantaría eso de secretaria! (Juega con la escoba) “Sí, señor, como no señor, en cinco minutos le preparo lo que me pidió, señor, ah, muchas gracias, señor, las rosas son hermosas. ¿Hoy de noche? Nada. ¿Y su señora? Ah, se fue para afuera… Déjemelo pensar… ¿En su auto? Bueno, está bien, acepto… Sí, no tengo compromiso…” (Queda meditando un instante y vuelve a la realidad) ¡Ah, estas muñecas! Prender y apagar esa máquina de mierda, y abrir las cajas y poner los envases adentro… Y prender y apagar… Y abrir las cajas y poner los envases adentro… Todos los días lo mismo… Pero es trabajo… Otras están peor… ¿A dónde voy a ir si ni terminé la escuela? Ese supervisor que me carga todo el tiempo, pero yo ni ahí… La tengo cocida para ti, m’hijito… No me agarran más, a no ser que yo quiera… Pero allí no hay nadie como la gente… O están casados, cruz diablo, o son unos pendejitos y feos, todavía… El chofer no está mal… Nada mal… Pero los choferes tienen mala fama… Bueno, un favorcito se le podría hacer… Pero no me da ni corte… Además, con ese gorro de plástico que tengo que usar… Y el trapo ese tapándome la boca… Parezco una extraterrestre… Un día voy a irme vestida con esa solera que me había regalado la patrona Laura y te mato… Aprontate… ¿Será casado?... No, mejor trato de encontrar al Carlitos el sábado en el baile… Aunque, otro… Mojó y se fue… Son todos iguales… Menos, papá… Un santo… Veintiocho años de casados… Y mi vieja que es insoportable… La aguantó hasta que el corazón le dijo basta… Papá… (Silencio) Una noche me hice la dormida y vi cómo él se montaba encima de ella… Me asusté mucho… Yo era muy chica… Y ella le dio una cachetada y le dijo que nunca más lo hiciera… Yo salté y grité y él me dio una paliza y mamá me dijo: “¡Dormí!”… ¡Y al día siguiente estaban como si nada! Se querían… (Se sienta en la cama y comienza a pintarse las uñas de los pies) Éste sábado… Mirá si está Carlitos… Me acuerdo cuando salimos del baile con Carlitos… no sé quién estaba más nervioso… Él o yo… (Se ríe) “¿Vamos a un telo?”, me dijo y su cara era de novela esperando que le diera una cachetada. (Hace la mímica) “Bueno”, le dije y él no supo qué hacer… “¿Vamos o no vamos?” insistí, riéndome para adentro… Los hombres son gallitos pero los apretás y ay, ay… Tomamos un taxi y le dijo bajito al chofer a dónde quería ir… Y cuando llegamos, subimos una escalerita de un garaje que cerraron por fuera. Y abrí una puerta y me encontré con el tal dormitorio… Luces bajitas, música romántica, espejos, una cama redonda… “¿Cómo harán para tenderla?” pensé… Ya había pasado un tiempo de lo de Carrasco… pero estaba el susto… Carlitos fue amable… Roberto se robó mi corazón… y el hijo del patrón mi virgo… Pero Carlitos fue… la diversión, la alegría… Nunca me reí tanto como en esa noche… Me hizo sentir una reina… Una reina… Me hizo olvidar lo que había pasado la primera vez en Carrasco… Pero no apareció más… Nunca más… Me decía “Mi amor, cómo te quiero, ¿te querés casar conmigo?, quiero darte todos los hijos que quieras” y todo eso… Y yo me sentía en el cielo… Una reina… Cuando nos despertamos al mediodía del domingo, me mimoseó mucho, mucho y cuando nos íbamos me pidió que lo esperara en la plaza del Entrevero… “Esperame a las seis, ¿tamos?” y yo como una tarada me quedé allí esperándolo… Y no apareció nunca… Yo no sé qué tengo… Me los consigo todos iguales… Aquel otro, Antonio, que la mujer lo había echado… Lo bien que hizo… Después que logró acostarse, adiós que te vaya bien… ¿Pedro? Ja, Pedro… Que “Sos el amor de mi vida, ¿dónde estabas?, no te vayas más de mi vida” Y yo, creyendo… La clavó y chau… Ah, ¿y el de lentes? ¿Cómo se llamaba? Bueno, no importa… Se refregaba en el baile como si tuviera miedo de caerse, si se soltaba… Baboso… Tenía un aliento en la boca, ah, qué asco… Yo también, tengo un estómago… Lo que pasa es que tocan los sentimientos, y el pobre infeliz tenía una vida terrible y me ablandan y les doy todo, hasta la bombacha… Hablando de bombacha… Tengo que lavar la ropa… No, hoy no… Mañana… No, el domingo, así me entretengo y lavo la que use en el baile… No sé cómo sacarle el olor a transpiración… Si hubiera seguido con Roberto la cosa sería distinta… Estoy segura que él no me permitiría que lavara la ropa… Habría otra Maria para hacerlo… Tenía todo para darme… Fui yo la que no me animé… Y se fue… Por culpa mía se fue… Me acuerdo del pelo cortito que usaba… Y el bigotito finito… Y esos músculos… Hacía pesas… Estaba entrenado… No fui la única… Las chiquilinas quedaron con la boca abierta… Estaba en una barra mirando la pista distraídamente… Me acuerdo que lo vi cuando estaba entrando… Divino… Para comérselo… Tenía unos pantalones ajustados, negros y camisa negra, de manga corta, desprendida hasta la mitad del pecho con esos pelitos saliéndole… Un bombón… En el brazo izquierdo se había hecho grabar un tatuaje con un corazón y adentro unas letras enormes que decían “I Love mamá” ¿Sabría inglés? Nunca lo pude averiguar… Ah, sí, me olvidaba… ¡Unas botas vaqueras!… Guau… Los ojitos chiquitos, la trompita… ¡Y una cola! ¿Por qué será que a las mujeres nos gustan tanto las colas de los hombres? A mí me entró todo el complejo… ¡Qué se va a fijar en mí! Pero no fue así… Cuando pasamos por al lado de él, me comió con la mirada… La sentí en la nuca… Me di vuelta y le sonreí tímidamente… No pasó nada… Es que él estaba como en una vidriera, mostrándose a todos pero sin que nadie pudiera tocarlo. Como a la hora, alguien me tocó el hombro. Me di vuelta, ¿y quién era? Roberto… Con una voz entre cortada me dijo: “¿Querés bailar?”. ¿Y qué iba a hacer? ¿Hacerme la interesante? Le dije que sí, y nos fuimos a la pista y nos bailamos todo… ¡Fuimos la envidia de todos! Ah… Cuando ya no dábamos más, me invitó a tomar algo… Mis pies no daban más encerrados en esos zapatos baratos que eran de plástico… Subimos varias escaleras y llegamos a una terraza donde había una barra… Pidió cerveza para los dos y nos pusimos a hablar en una mesita… Roberto… Él siempre fue el preferido de la madre, me lo dijo varias veces… Un niño grande… Con una sonrisa divina, tenía un diente de oro acá, y los ojos chiquitos… Y me contó toda su vida… Y me dijo que ahora estaba por irse a otro país porque había sufrido un desengaño amoroso y no conseguía empleo… De mí no me preguntaba nada… Cuando terminó el baile nos fuimos caminando y él me dio un beso. Tierno. Y yo toqué el cielo. Esos brazos gigantes me rodearon, protegiéndome… Me dijo de ir a la casa que le prestaba un amigo y yo ya a esa altura iba a donde él quisiera. Era un apartamentito chiquito. No bien llegamos me sacó toda la ropa, me pidió que yo también se la quitara. Y me llevó a la cama y me enloqueció. “¡Adiós, traumas de Carrasco!” me dije. Era una máquina. Era tierno y violento. Yo le tocaba los músculos de los brazos y no podía creer lo duro que los tenía. Y cuando me animé a tocarle eso otro… ¡Qué duro, también! Ahora conozco otras y me doy cuenta que no era muy grande, pero ese día… Era incansable… Me dijo que tomaba unas pastillas para mantenerse en forma y hacía muchas horas de gimnasio… No me dijo bien en qué trabajaba antes de quedar sin empleo… Un tierno, lo que se dice un tierno… Cuando paramos, se acostó a mi lado y me empezó a decir cosas maravillosas… Que nunca había estado con nadie como yo, que mi cuerpo, que mi cara, que mis ojos… Ahí me di cuenta que no habíamos usado preservativo y yo estaba en fecha… Se lo dije… Me miró con cara rara y pensé: “Sonamos” pero no. Me tomó el vientre con esas manos enormes que tenía, bueno, debe seguir teniéndolas, y me lo acariciaba, después lo besó… Me dijo que siempre quiso ser padre y que quería un hijo mío… Y yo deliré… “¿Qué? ¿Esto me pasa a mí?” Y otra vez se calentó y otra vez… Yo no daba más… Ya era como el mediodía del domingo y todavía no habíamos dormido y él seguía… Yo caí redonda y me dormí y de pronto siento que alguien me golpea el hombro… Era él… Había ido a buscar un ramo de flores… “¿Qué hora es?” le pregunté. “Las 7 de la tarde”… “¡Dios mío, los patrones!”, grité y salté de la cama… Pero él me hizo sentar de nuevo y me dijo: “María, quiero que te vengas conmigo”. “¿Adónde?” le dije. Y él me dijo: “A Italia”. “¿A Italia?” “Sí”, me dijo él. Y yo le dije que no sabía… Que no tenía pasaporte… Y él me dijo que no había problema, que él lo conseguía enseguida… Y yo me asusté… Entonces, me dijo que bueno, que él tenía que irse… Que quería llevarme con él… Que también iban a ir otras muchachas… “¿Otras muchachas?”, le pregunté. Me dijo que eran unas primas, nada que ver con él, que yo era su único amor… Que él me pagaba el pasaje, todo… Que podría trabajar de doméstica en alguna casa de gente amiga y que después, cuando juntáramos el dinero nos veníamos de nuevo y nos casábamos… A mí me entró el chucho… Sentía un dolor en el pecho pero le dije que no. Yo no sé italiano… Entonces me levantó la mano para pegarme, sé que lo hizo de desesperación, y yo lo atajé a tiempo y me acuerdo que le dije:”No me pegues. Puedo estar embarazada”, y era verdad, sin saberlo. De ahí salió Felipe… Pero me dio una cachetada y me dijo: “Estúpida. Vestite. Nos vamos. Lo que hicimos fue una pérdida de tiempo. Vos a mí no me querés”. Y nos fuimos. Él estaba muy enojado. Pero en la calle me pidió perdón, me dijo que no quería perderme, que era el amor de su vida, pero a mí me dio miedo… Y me llevó hasta la casa donde trabajaba en tremenda camioneta que tenía… Y nunca más lo vi… Roberto… ¡Qué arrepentida que estoy! Las muchachas me decían que era un fiolo, que traficaba con mujeres en Milán, que me había salvado… Pero yo todavía no les creo… No, no puede ser. Roberto no puede ser un traficante de blancas… No… Ellas de envidia… Fui yo la que lo perdí… Todavía acaricio la mejilla donde me pegó… Fui yo la culpable… Se hartó de mí… (Permanece en silencio. Comienza a sacarse la ropa lentamente aún sumergida en sus pensamientos, queda con un viso, y se acuesta) ¿Mañana a qué hora entro? Esta semana fue de tarde… Ah, sí, empiezo el turno de la mañana… ¡Qué tarada! Nunca me acuerdo… Sí, entro a las cinco… ¡Ah, dios mío, qué tarde que es! (Ajusta el despertador, apaga la luz de la mesita y se tapa con la sábana. Se pone boca arriba, en silencio. La pieza queda en penumbras. Lo que sigue lo dice en tono bajo) Roberto, volvé… ¡Por favor, dame la sorpresa…! Que suene el timbre y seas tú… (En silencio baja sus manos hasta llegar entre piernas, por debajo de las sábanas. Comienza a acariciarse, gimiendo, se va excitando lentamente, todo muy contenido) ¡Volvé, mi amor, no me dejes sola, te estoy… esperando! (Tiene un pequeño orgasmo. Queda quieta un instante, su cuerpo se afloja. Se mantiene boca arriba, un instante con las manos entre piernas y lentamente, llorisqueando, se da vuelta, apaga la luz y se queda de costado, con la espalda hacia el público. Se apaga la luz del cuarto. Silencio Suena el despertador. María lo apaga, se despereza, prende la luz) Bueno, hora de ir a trabajar… (Sigue remoloneando) ¡Vamos, vamos! (Se levanta lentamente, se queda sentada en la cama de espaldas al público. Se pone la sábana de arriba por encima de los hombros y va hasta el espejo. Queda mirando su imagen. Poco a poco sube la sábana y la deja apoyada sobre su cabeza a modo de manto. Lentamente, mirándose todo el tiempo en el espejo, cubierta con el manto, junta sus manos y queda en posición de rezo. Mantiene esa pose mientras se escucha el siguiente parlamento.a s
(Voz en off anuncia al público, con tono calmo) El hombre que la enamoró aquella noche nunca más apareció. Felipe creció junto a su abuela hasta que María lo trajo para tenerlo con ella. María dejó la fábrica, fue doméstica en tres casas y después logró entrar en una empresa, para hacer el mantenimiento. María finalmente conoció a un hombre mayor, muy bueno, que la quiso mucho aunque ella siguió amando al otro, esperando su regreso. Se casó con ese hombre veinte años mayor que ella, José, de oficio carpintero, y con él tuvo un segundo hijo llamado Jesús. El resto de la historia es conocida por todos ustedes)
(Apagón total)
Fin

jueves 13 de septiembre de 2007

Obras de teatro para todos

Este es un espacio creado para que todos puedan exponer sus obras al mundo, sin restricciones. Al final de cada obra deberán dejar un sitio de contacto para que los interesados se vinculen y soliciten los derechos de autor. Este sitio no puede hacerse responsable del uso inadecuado de la información aquí expresada ni de los contenidos. Es simplememente una ventana abierta a la mirada de actores, directores, dramaturgos, lectores interesados, en fin todos aquellos que tengan curiosidad o interés en coseguir una obra de teatro para ser representada. Confiamos en el empleo apropiado de estos recursos pues quienes aquí expondremos nuestras obras lo haremos con la finalidad de que sean conocidas y "vividas", lo que para todo autor significa:
"SALGAN A ESCENA"
Gracias por la visita y espero sea de utilidad a la comunidad teatral internacional.
Como solemos decir "MERDE!!!"

sábado 26 de mayo de 2007

GARDEL ES MARROQUÍ

Autor: Andrés Caro Berta
andres@andrescaroberta.com
www.andrescaroberta.com
Registrado en AGADU

ESCENA 1

RESTORÁN

Juan, Pedro y dos amigos

(Juan y Pedro están sentados en una mesa. En otra se hallan dos amigos)

Juan - Che, Pedro… Esa mirada tuya no me gusta nada… Te agradezco la invitación a comer pero… me tengo que ir y vos no decís nada de pagar…

Pedro –Tranquilo, Juan, tranquilo…

Juan - ¡No me digas que otra vez…! ¡¿No tenés para pagar?!

Pedro – No.

Juan - ¿Y vos pensabas que lo iba a hacer yo?

Pedro – Yo que sé… No sé… No me compliques. Juan.

Juan - ¡¿Que no te complique?!

Pedro - ¿Alguna vez te dejé varado? No, Juan, tranquilo, disfrutamos de la cena, charlamos como hacía tiempo no lo hacíamos y ahora, bueno, veremos cómo salimos de esta… (mira para todos lados)

Juan - ¡Sos un inconsciente! ¡Nunca más acepto una invitación tuya! ¿Y qué hacemos?

Pedro – Tranquilo, tranquilo. Dejame pensar. A un problema, una solución. No te podés quejar de tu hermanito… Estuvo buena la comida, ¿no?

Juan – Parece mentira… Siempre caigo en historias tuyas que después me complican a mí… Mejor nos vamos disimuladamente. (Va a levantarse)

Pedro – Pero… ¿Estás loco? ¿Vos creés que no nos van a ver? No podemos resultar sospechosos… Esto es un juego de estrategia… Ellos contra nosotros… Y siempre los fuertes son los que ganan.

Juan – Pedro, a ver si me entendés… Nos van a matar, nos van a meter presos; consumimos y no tenemos para pagar…

Pedro -Esperá... La ansiedad es lo peor… Algo se me va a ocurrir... (Sigue mirando para todos lados)
Juan - ¿Qué mirás? Mirame a mí.

Pedro – Juan, no seas pesado. Estoy buscando la presa.

Juan – La…

Pedro – Claro, quien nos pague la cena.

Juan - Mirá cómo nos mira el mozo...

Pedro -Tranquilo... Mientras estemos dentro del restorán, no nos va a pasar nada. Ya se me va a ocurrir algo. Lo que pasa es que te estás mostrando muy ansioso…

Juan – Ja…”ansioso” Los tallarines, ¿sabés dónde los tengo?

Pedro –Calmate, hermanito, hemos salido de otras peores... No estropeemos un hermoso encuentro… ¿Cuánto hace que no hacíamos esto?

Juan – Yo pensé que vos tenías algo… Porque si me invitás… No hay caso, siempre hacés lo mismo…

Pedro – Dejá que voy a encontrar la solución… ¿No resuelvo siempre de los problemas? ¿Pedimos un postre?

Juan – Parece que lo hicieras a propósito… Estás loco… Y yo también por seguirte la corriente…

Pedro - (Observa para todos lados) Mirá, mirá... Ya está…

Juan -¿Qué?

Pedro -Esos que se sentaron ahí...

Juan -¿Qué?

Pedro -Nada, parece que son amigos y discuten algo muy divertidos... Huelo que son ellos los que nos van a pagar la comida.

Juan – Si vos lo decís…

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Amigo 1 - Yo sé lo que te digo… Lo tuyo es un delirio… Gardel es argentino, a lo sumo, francés...

Amigo 2 - ¿Todavía seguís insistiendo con eso? Gardel es oriental.

Amigo 1 - Me tenés cansado con eso de que es uruguayo, dale, aflojá.

Amigo 2 – Uruguayo, nacido en Tacuarembó. A mucha honra.

Amigo 1-¡Todos ustedes están locos!

Amigo 2 -¿Loco yo? ¿Loca ella? ¡Loco vos! Si está en todos los libros…

Amigo 1 -¿Los libros de qué?

Amigo 2 -Los libros de historia, los de tango...

Amigo 1 -¡Vamos! Te pido que razones un poco… Que La Cumparsita es uruguaya, que el dulce de leche es uruguayo, que el mate es uruguayo, que el tango es uruguayo, que Gardel...

Amigo 2 -Ustedes los argentinos, de envidia...

Amigo 1 -¿Envidia de qué? Si les matamos el hambre a todos los que cruzan el charco...

Amigo 2 -Puede ser... Como a Gardel...

Amigo 1 -¡Por favor!

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Pedro - ¿Oíste...?

Juan –Sí, pero ¿qué tiene que ver con nosotros?

Pedro – Mucho… No te imaginás lo que se me acaba de ocurrir…

Juan – Ay, dios mío.

Pedro - ¿Vos qué decís?

Juan -¿De qué?

Pedro -De Gardel...

Juan -Y... Nada… Que cada día canta mejor...

Pedro -No, tarado... Si es argentino o uruguayo...

Juan -Y yo qué sé, Pedro. Bastantes problemas tengo como para...

Pedro –Dale, Juan, jugátela

Juan -Pero yo no sé nada de eso ni nunca me interesó…

Pedro –Mirá, te doy pistas, algunos dicen que era francés, otros, uruguayo, otros, argentino...

Juan –Sí, ya lo sé…

Pedro -¿Y?

Juan –Y, nada… A mí qué me importa…

Pedro – Juan, a mí tampoco me importa… Pero, ¿no te suena a campanitas?

Juan – ¿Campanitas?

Pedro – Más… Monedas cayendo como en esas máquinas del casino…

Juan – No entiendo… ¿Qué tiene que ver con poder irnos de acá, ahora sin pagar? ¿Y con nuestra falta de dinero? Te lo repito. Vos estás loco. Y yo por escucharte…

Pedro – Vamos, hermano… Ya está, encontré la solución...

Juan -¿De qué?

Pedro – De salir de la pobreza… Mirá qué jugada se me ocurrió...

Juan -¿A dónde vas? (Pedro se acerca a la mesa de los amigos. Juan le sigue)

Pedro -Buenas, señores... Disculpen... Estábamos en aquella mesa y… no pudimos dejar de escuchar la discusión que estaban teniendo sobre el origen de Gardel...

Amigo 1 – Pibe, ¿Y a vos quién te llamó?

Amigo 2 -¿Qué querés? Dinero no tenemos.

Pedro - No, por favor, nos están insultando… ¿Acaso nos ven como si estuviéramos pidiendo limosna? Me ofenden… Lo que pasa es que no pudimos dejar de escucharlos… Y esto del origen de Gardel es un tema… que siempre nos tuvo muy preocupados, porque… ¿Saben? Nosotros conservamos un secreto familiar con respecto a eso… Mi hermano y yo sabemos la verdad...

Amigo 1 -¿La verdad de qué?

Pedro -Del nacimiento de Gardel.

Amigo 2 -¿Ah, sí?

Pedro -Sí.

Amigo 1 -Está bien. ¿Quién tiene razón? ¿Él o yo? ¿Es argentino, uruguayo, o francés?

Pedro –No, señores, no. Están absolutamente equivocados… (Como en secreto) Les dije… Nosotros sabemos la verdad… Gardel es marroquí.

Amigos 1 y 2 - (Estallan en carcajadas) (Entre ambos) ¡¿Cómo?! Vení, sentate, vení... Esa sí que está buena... Nunca la había escuchado… Faltan que digan que es marciano... (Riéndose) No puede ser… Es increíble.

Pedro -¿Puede sentarse mi hermano, también? Me llamo Pedro, él, Juan.

Amigo 1 -Claro, claro... Mozo, sírvales algo, por favor...

Pedro -Este... (Al mozo) Un postre… Con dulce de leche… Ah... Este... Y agregue lo que gastamos, por favor... (los mira) ¿Puede ser?

Amigo 1- Bueno, está bien, está bien… Nosotros pagamos… ¡Ésta no me la pierdo!

Juan- (Hablándole a Pedro al oído) ¡Te voy a matar! ¡Fuiste muy lejos!

Amigo 2 -Vengan, queremos saber cómo llegaron a esa conclusión.

Pedro -Bueno, mi hermano aquí presente...

Juan – Hola, este, me llamo Juan. Él es Pedro y es mi hermano…

Pedro –Sí, él y yo somos franceses…

Juan- (A Pedro) ¿Qué?

Amigo 1- Bueno, al menos dos que no nacieron en Uruguay.

Juan – No, claro… Nosotros… Somos uruguayos… Lo que ocurre es que me expresé mal, nuestra familia materna viene de… Francia…

Juan- ¡¿De dónde?! Ah, sí, de ahí venimos...

Pedro – Es decir, nuestros familiares, con el hambre que había por allá se vinieron a nuestro país y bueno… Después nuestra madre conoció a nuestro padre y… Pero no quiero distraerlos… Lo cierto es que… ¿Cómo decirlo? La bisabuela nuestra era amiga de la madre de Gardel que vivía con su hijo en un barrio de inmigrantes en París… Ella después que viajó junto a su esposo y los hijos a Uruguay, se reencontró con esa mujer… Y nuestra abuela nos contaba que cuando Carlitos se hizo famoso… todos en casa, no podían creer que fuera ese mismo niño que estaba en brazos de la amiga de la madre de ella, allá en Francia.

Amigo 1 – Mirá… Entonces era francés y se acabó…

Pedro – No, no… ¿No les acabo de decir que vivían en un barrio de inmigrantes?

Amigo 2 -¿Inmigrantes, eh? A ver, ¿cómo decís que te llamás?

Pedro – Pedro.

Amigo 2 – Está bien, Pedro… Ya que sabés tanto… Te voy a poner a prueba… A ver… ¿Si era marroquí, cómo se llamaba la madre de éste cantor?

Juan -¿La madre? Este... Bueno...

Amigo 2 -No me hagas reír... Basta, como broma estuvo buena…

Pedro -Se llamaba Berthe, con te hache, Gard El... Berthe Gard El.

Amigo 1 - ¿Ah, sí? ¿Y cómo nadie sabe nada de eso?

Pedro -Bueno, era un secreto de familia... Y saben cómo son los secretos familiares. A nosotros nos prohibieron siempre contarlo. Pero estamos hartos… Me parece, Juan, que metimos la pata porque caímos con dos personas que no nos creen… Es horrible arrastrar tanto tiempo algo sin poder divulgarlo… ¡Hace un daño! Y cuando nos animamos… Pero aunque no nos crean… Esa es la verdadera e increíble historia del zorzal criollo… ¿No es cierto?

Juan -Sí, (tratando de inventar en el momento) la madre era una lavandera marroquí, amante de un coronel de la Legión Extranjera... (Pedro lo mira asombrado. Él se envalentona) Sí, fue la madre la que no dejó a nuestra bisabuela contar la verdad…

Amigo 2 -Por favor, no puedo más... Es un delirio…

Juan -Sí, tiene razón… Pero no es un delirio, parece…

Pedro -Y es verdad...

Amigo 2 -Esperá... ¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo podemos confiar en lo que dicen? Porque el chiste ya está…

Amigo 1- Son dos chantas… ¿No les ves las pintas?

Pedro- No, señor… No se lo permito… Somos dos personas trabajadoras… Pero además, de verdad hemos mantenido este secreto familiar, aunque realmente nos parece injusto que no se sepa la verdad.

Juan – Ni nuestras mujeres saben esto.

Amigo 2- Y nos eligieron a nosotros… Dejate de joder… ¿Qué nos vieron? ¿Caras de giles?

Juan – Bueno… Es que…

Amigo 2 - Esperen un poco… Se me ocurrió algo… Esto es imperdible… Un momento… ¿Ustedes pueden sostener esta mentira… digo, esta historia ante otra gente?

Juan – Bueno, en realidad…

Pedro – Ante quien sea…

Juan - ¿Nos va a mandar presos?

Amigo 2 – ¿Presos? Ja…

Pedro – Sí, estamos dispuestos a sostener esto ante cualquiera… Sí, aunque vayamos en contra de nuestra familia… Sí, se acabó…

Amigo - Bueno, entonces voy a llamar a un amigo... (pulsa en el celular) ¿Antonio? ¿Cómo andás? ¿La familia? ¿El trabajo? Che, muy bueno tu programa, eh… Ya sé, ya sé, a veces es un poco escandaloso, claro, pero el rating…. Y por supuesto. Lo bien que hacés… Mirá, te llamo por lo siguiente… Estoy seguro que te va a servir… No sabés lo que me acabo de enterar... ¿Estás sentado? Viste toda la historia con Carlitos… ¿Cómo quién? Carlitos Gardel… Claro… Que es uruguayo, que es argentino, que es francés… Bueno… Te tengo la primicia… No lo vas a poder creer… ¿Estás sentado? ¿Estás pronto? Me vas a deber una después de esto. Aquí va. Tengo para contarte que… Gardel es marroquí... No te rías... Me lo dijeron dos personas que parece saber mucho del tema... Sí, y… No sé… Confiar, confiar… Pero, ¿qué te importa? Tirás la bomba y ta… ¿Te interesa? Que vas a tener audiencia… vas a tener… ¿Cuándo te parece? De acuerdo... Les digo… Sí, son dos… Dos hermanos… Sí, (a Juan y Pedro) ¿cómo se llaman?

Juan- Juan

Pedro- Y Pedro.

Amigo 2- No, el apellido…

Juan y Pedro- (A la vez) Gómez.

Amigo 2- Juan y Pedro Gómez. Bien, bien… ¿Cómo? Bien, bien… ¿Al canal? Bien, claro, a Producción… ¿El viernes? ¿A qué hora? Bueno, te mando un abrazo. Les digo. (Corta)

Juan -¿Qué... pasa...?

Amigo 2 –Miren, la cosa es así… Mi amigo trabaja en un canal de televisión, tiene un programa que se llama “Impactos” y…

Juan- (Atragantándose) ¡¿”Impactos…”?!

Pedro- ¿Usted lo conoce?

Juan- ¡Guau!

Amigo 2- Sí, es amigo mío y dice que si quieren, los invita a su programa...

Pedro - ¿A nosotros...?

Juan - Este... No, gracias...

Amigo 1- Yo sabía, los pibes arrugan…

Amigo 2 – Miren que paga...

Pedro – (Se miran) Bueno, si es así… ¿Cuando nos dijo que tenemos que ir...?

Amigo 2 – La semana que viene. El viernes. Pero antes llamen a la Producción (escribe en un papel el teléfono y se los da) Ahí combinan con ellos…

Pedro -De acuerdo...

Amigo 2- Ese día, vayan un poco más temprano y preguntan por él…

Juan- (Nervioso) Claro, bien, bien… Vamos y preguntamos por él…

Pedro- Gracias, muchas gracias.

Amigo 1- Bueno, ya hicimos la buena acción del día… ¿Nos vamos? El viernes no me lo pierdo.

Amigo 2- De acuerdo, chau, muchachos, suerte, eh… Mozo, pagamos adelante… (Se van. Juan y Pedro quedan solos)

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Juan -¡¿Pero estás loco?! ¿Y ahora cómo zafamos?

Pedro -No lo sé... Pero si llegamos hasta aquí, no podemos ir para atrás…

Juan -¡Gardel marroquí! Se te podía haber ocurrido alguna otra mentira...

Pedro -Es que si no los impactábamos...

Juan -Sí, al menos nos pagaron todo. Pero… ¿Y si se enteran que todo es una mentira?

Pedro- Inventaremos, hermanito, inventaremos como hicimos siempre… Y cuando sepan la verdad, habremos cobrado unos pesos que no nos vendrán mal.

Juan -Y yo qué sé... Nos van a meter presos…

Pedro- ¿Por eso?… ¡Por favor! Dale que tenemos que estudiar y armar una historia coherente.

Juan - ¡Quién lo dice!

Pedro – (Yendo hacia el mostrador) Diga, don, ¿nos permite el teléfono? Es urgente…




ESCENA 2

ESTUDIO DE TELEVISIÓN

Conductor, Juan, Pedro, asistente, historiador Arrazcuez, Domingo Carreras (voz), Tito Rivas (voz), Orismán Fernández, Avelino Mendieta, Aníbal Salgán, informativista, movilera Rosana, entrevistados 1, 2, 3, 4 y 5. (Los entrevistados pueden aparecer en una pantalla, o escucharse sus voces)

Conductor – (Hablando en el medio del escenario, hacia el público como si delante de él estuvieran las cámaras) ¡Buenas tardes, señoras y señores, estamos iniciando una nueva emisión de “Impactos”…! Vamos a la presentación…

Juan- (Están en un rincón, esperando. Se los nota muy nerviosos y fascinados por encontrarse en un estudio de televisión) Ja, si en el barrio nos vieran maquillados…

Pedro- La primera vez en mi vida…

Juan- ¿Te acordás de todo?

Pedro- Por supuesto… ¿Vos?

Juan- Sí, sí… Si los nervios no me fallan…

Pedro- Juan, si nos va bien, vamos a venir muchas veces…

Juan – Y seremos famosos… Fama, mujeres… Hasta que se descubra todo…

Pedro – Pero, ¿quién nos quita lo bailado?


Conductor- (A un asistente, en un alto del programa) ¿Ya llamaron a los invitados? ¡¿Dónde están?! (Los busca con la mirada) ¡Ah, ustedes, vengan, vengan! (Llegan los dos) Siéntense, por favor… Por aquí… ¡Rápido, rápido que salimos al aire! Silencio… Cuidado… (Al público) ¡Aquí estamos, en el comienzo del programa que les aseguro va a ser espectacular…! Ustedes ya están enterados porque durante la semana hemos ido anunciando la noticia, pero todo el país en este momento está convulsionado haciéndose la misma pregunta que ustedes y yo. El barrendero, el Presidente, el oficinista, la ama de casa; todos, todos quieren conocer la verdad… (Música) Basta de suspenso... Descubrimos a dos personas, dos hermanos, que afirman que... ¡Gardel es marroquí! Aquí están, mucho gusto... (Los presenta. Cartel anuncia: “Aplausos” Asistente pide a la platea que aplauda)

Pedro –Hola, soy Pedro.

Juan - Buenas. Y yo soy, este, Juan…

Conductor – Pedro y Juan Gómez son dos esforzados trabajadores que han guardado un secreto familiar por años, hasta que dada una circunstancia fortuita, ¿podemos acaso creer en la casualidad, después de esto?, les decía decidieron confesar algo que tenían como el tesoro más importante de sus vidas… Bienvenidos…

Juan- Gracias… (temblando) Es un honor…

Pedro- No se imagina primero el honor que es estar junto a usted… Segundo, el alivio que sentimos, mi hermano y yo, de poder contar a los demás algo que puede cambiar el rumbo de la Historia Universal. ¡Mire lo que le digo, eh!

Conductor- Develemos la incógnita… Estos señores (música) que están acá dicen saber que Gardel (suspenso) es marroquí. (Aplausos del público del teatro, motivados por el cartel que dice “Aplauso”) Disculpen la sinceridad pero… cuando la producción me contó, no dejé de sonreírme…

Pedro – Comprendemos, comprendemos….

Juan- Es que cometimos el error de ocultarlo por demasiado tiempo…

Conductor- A partir de esta noticia impactante… Por algo nuestro programa se llama (música) “Impactos”… estuvimos recabando la opinión de especialistas y tangueros que se dividen entre los que no creen en lo que ustedes plantean, y curiosamente, otros que coinciden con lo que tanto Juan como Pedro, piensan es verdad…

Pedro- No, no, está equivocado... Nosotros no pensamos... Bueno, sí pensamos, pero quiero decir, esto no es un invento nuestro... Mire, le voy a contar la historia… Nuestra bisabuela por parte de madre fue una señora que viajó mucho por el mundo... Ella vivía en París. Cerca del barrio de los inmigrantes… donde habían muchos marroquíes.

Juan- Sí, en el barrio de inmigrantes conoció a una señora muy particular… Era… callada, iba con un velo que le tapaba parte de la cara y cargaba siempre con un niño… Era la lavandera de mi abuela…

Conductor- ¡Dios mío, ese niño… ¡¿Gardel?!

Juan- ¿Cómo adivinó?

Pedro- Sí, es como usted dice… Nuestra bisabuela se hizo muy amiga de la madre de Gardel... Esta señora tuvo una historia increíble, que es como para escribir una novela… Esta mujer sacrificada y dedicada a la crianza de su hijo… era marroquí.

Conductor- ¿Marroquí?

Pedro- ¿Y yo qué dije?

Conductor- Marroquí… Disculpe, son los nervios, siga por favor.

Pedro- Había sido esclava de un Emir cuando niña…

Juan- Y tenía las marcas de las cadenas, en los tobillos… Y las de los azotes en la espalda…

Conductor- No me imaginé que fuera tan terrible su vida…

Pedro- ¡Sí supiera! Esta mujer cuando era una adolescente fue comprada por un coronel de la Legión Extranjera, llamado Escaiol, de origen francés… ¿Me sigue?

Conductor- Pero… Escaiol… Escayola…

Pedro – Espere, espere, no se adelante…

Conductor – Disculpe, disculpe…

Pedro- Bien… Pero él no era francés...

Conductor – Escaiol…

Pedro - No, Escaiol, sí… Hablo del cantante… De nuestro héroe… No, Gardel nació en un cuartel del desierto de Marruecos cuando la mujer tenía unos dieciséis años. Ella a esa altura era la lavandera del grupo militar y fue la querida del Coronel, pero Escaiol cuando ella quedó embarazada, nunca aceptó que era padre de ese niño. Él quiso que se lo sacara, pero ella…

Conductor - ¡Qué madre!

Juan- Sí, impresionante… Una leona… Al no aceptar la paternidad, ella le puso su propio apellido…Cuando Escaiol murió, Berthe tuvo que ejercer el meretricio para sostenerse económicamente porque lavar ropa no le daba para mucho. Una vez que los marroquíes invadieron el cuartel, la mujer escapó con su hijo en brazos y con los ahorros que había logrado juntar, se embarcó primero hacia Francia…

Pedro – Donde conoció a nuestra bisabuela…

Juan – Y después se vino para América del Sur, y entró al Uruguay. Para evitar ser reconocida huyó hacia la frontera con Brasil y comenzó a trabajar en una estancia de Tacuarembó cuyo dueño se llamaba Coronel Escayola.

Conductor- Escaiol, Escayola, los dos Coroneles… Yo ya no creo en las casualidades… ¡Es increíble!

Pedro- El destino…

Juan- Me emociona contarlo… Que se sepa la verdad…

Pedro- Continúo… Fue allí que le puso Carlos. Él se llamaba Charles Gard El. Cuando el niño creció le ofrecieron un trabajo en Buenos Aires y bueno... Después la historia ustedes la conocen...

Conductor -¡¿Escucharon?! Realmente asombroso... Nuestros teléfonos no paran de sonar... Esto es impactante... Gracias por la noticia... Acá tenemos varios mensajes... “Le habla Francisco, de la Comercial. Algo había escuchado decir pero siempre le resté importancia. ¿Me pueden repetir la pregunta?”; Ana de Sayago, “Gardel es de Tacuarembó y al que diga lo contrario lo mato. ¿Qué hacemos entonces, con todos los monumentos que levantamos?”, bueno, la polémica se instaló... Gardel, queridos amigos, ¿dónde nació? Antes se suponía que podía ser argentino, uruguayo o francés... Pero... Marroquí... “Mi nombre es Antoine, sí, doy fe de lo que dicen esos señores.... En Marruecos existió la Legión Extranjera, por tanto no es imposible que nuestro cantor haya nacido allí”, Juan dice: “Se me cayó otro ídolo. Nunca pude imaginar una cosa así. Hubiera preferido morir en la ignorancia”... Bueno, y siguen llegando mensajes... Me acaban de anunciar por interno que un equipo del canal parte la semana que viene, dado el interés del público, a Marruecos para buscar a los familiares de Gardel y saber si alguno de ellos también canta tangos. Esperen, ¿qué es esto? (el asistente le entrega un papel) Es un correo electrónico de la Embajada de Marruecos… ¡De la Embajada de Marruecos! ¡Nos están viendo allí! Saludos a todos. Dice: “Deseamos expresar nuestro desagrado por un agravio a nuestro pueblo, por parte de los señores periodistas…” No, amigos de la embajada, nosotros nunca pretendimos… No, calma, no queremos un conflicto diplomático… Esperen, me acercan otro correo de los representantes marroquíes: “Por favor, eliminar anterior correo. Ser escrito por sirvienta tonta… Nuestra Embajada de Marruecos informa que Ministerio Turismo nuestro ha abierto ruta para llegar a Oasis donde posiblemente haya nacido ese señor Gard- El”… Bueno, nos dejan más tranquilos… Seguimos en (música) “Impactos” Está junto a nosotros el historiador del tango, don Hipólito Arrascuez… Mucho gusto, don Hipólito… ¿Qué piensa usted de esta noticia?

Hipólito- Bueno, a fines de la década del 20, cuando don Carlos estaba en su apogeo, en una noche de beberaje con sus amigos en el Hotel Alvear de Buenos Aires, Gardel detuvo su mirada en una pobre muchacha que llevaba cigarrillos en una bandejita colgada de su cuello y mirando al que tenía al lado, murmuró: “Se parece a la de la Legión Extranjera”. Ese comentario que pasó desapercibido y que fue recogido por el diario La Nación de Buenos Aires luego que el zorzal muriera, hoy toma otra dimensión a raíz de la noticia del nacimiento en suelo marroquí.

Conductor – Increíble cómo comienzan a conocerse otros detalles, algunos descartados en su momento, otros, ocultos… Sin embargo no opina lo mismo don Domingo Carreras a quien tenemos en línea: Mucho gusto don Domingo, ¿usted me decía fuera de micrófono?

Domingo -Que me parece inaudito que dos mocosos como esos que tiene usted a su lado, lancen tamaña mentira contra una figura que merece el respeto de todos, y que un medio prestigioso como el suyo se haga eco; mire, acabemos, escuche bien lo que le voy a decir: ¡Carlos Gardel es hijo ilustre de Tacuarembó, Uruguay y quien diga lo contrario, se las va a tener que ver conmigo!

Conductor - Pero, ¿qué argumentos usa para afirmar eso?

Domingo -Yo uso los argumentos de mi peso como investigador… Escuche bien… La puerta de la casa de Carlitos en Tacuarembó, todavía registra el momento en que, siendo un niño, su madre lo retó y él en un ataque violento cerró con tal fuerza dicha puerta que saltaron todos los vidrios, menos un trozo que quedó sin caerse, y que se conserva en dicho museo para la Historia… Parece un dato menor pero fue contado por Atanasio Mendíaz, el peón del Coronel Escayola, quien dio el sentido a esa anécdota… Quien rompió los vidrios fue ¡Carlos Gardel…! Pero, además es una patraña que digan que la madre se llamaba Berthe Gard El, recordando los apellidos árabes… Gardel viene de…

Conductor -Muchas gracias, don Domingo, le entendí claramente… Aquí tenemos la comunicación con un tanguero de ley como lo es el cantor Tito Rivas.

Tito Rivas -Grashias por invitarme, grashias… Sho eshtoy autorizado para informarles que Carlito Gardel es argentino, de Argentina. Nashió en el barrio de Avellaneda y…

Conductor -Gracias, (dirigiéndose a Juan y Pedro) ¿qué opinan ustedes que han iniciado este revuelo?

Pedro -A mí no me sorprende… Había esperado con ansia este momento desde que nuestra madre nos lo contó por primera vez… Más le digo, hasta hace poco se conservaba en casa una de las prendas que Berthe había lavado para mi abuela, allá en París…

Conductor – Maravilloso… Está con nosotros, Orismán Fernández, especialista en la discografía de Carlos Gardel… Mucho gusto, Orismán…

Orismán Fernández -El gusto es mío…

Conductor -Usted es quizás la persona que más sabe de los discos de Gardel…

Orismán –Es verdad… Dados mis estudios realizados a partir de la…

Conductor- Tenemos poco tiempo, Orismán.

Orismán- Bueno, quiero decirle que en esta época de la electrónica pueden escucharse cosas que antes, con los aparatos que teníamos eran imposibles de oírse… Así, he rastreado mensajes ocultos en los tangos de Gardel…

Conductor -¡¿Mensajes ocultos?! ¡Nuestro rating va a volar!

Orismán – Me alegro que estos valientes muchachos hayan descubierto el verdadero origen de Gardel, porque yo hace años que vengo proclamando que hay mensajes ocultos y por poco termino encerrado por loco…

Conductor -¿Entonces, usted cree que Gardel era marroquí?

Orismán -No lo sé, no lo sé… Pero tengo un oído muy fino para reconocer lo que él nos dice en sus canciones…

Conductor -No me deje con la intriga, ¿por ejemplo?

Orismán –Mire, vea esto: en “Amargura” si usted lo escucha al revés, hay mensajes religiosos en árabe…

Conductor- Men… sajes… ¿en árabe en tangos de Gardel?

Orismán- Así como lo oye. Se siente una voz lejana que habla de Alá, Alá, mientras en la letra escuchada normalmente se dice: “Un viento de locura atravesó mi mente”

Conductor- ¡El viento de la arena en el desierto!

Orismán- ¡Exacto! ¡Usted me entendió! ¡Pero hay más!

Conductor- ¡¿Mäs?!

Orismán- Sí. Si uno desgrana las letras de los tangos de Gardel- Le Pera, que fueron escritos conjuntamente, a la luz de los nuevos datos de su vida, encontramos claves importantes…

Conductor- ¡¿Por ejemplo?!

Orismán- Bueno… En “Volver”

Conductor- ¡No me diga que en “Volver”…

Orismán- Escuche esto: Cuando dice “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno” habla de las luces del cuartel de la legión extranjera, en medio de la oscuridad del desierto…

Conductor- ¡No lo puedo creer!

Orismán- (Entusiasmado) “Son las mismas que alumbraron con su pálido reflejo, hondas horas de dolor”, por las terribles circunstancias por las que debió pasar su madre dentro de ese lugar… “Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor”, ¿qué quiere decir? Es volver al lugar en que nació, aceptar su origen, volver a…

Conductor – Gracias, Orisman… Señores… Hemos logrado que esté en este programa que está batiendo records de audiencia, el historiador Avelino Mendieta , junto a Aníbal Salgán, conocido detractor de la versión oficial que circuló siempre... Los saludo a los dos…

Historiador 1- Muchas gracias, señor por invitarme. Mis años me impiden salir todo lo que quisiera de casa pero desde que empecé en la escuela, mis estudios en…

Conductor- Mendieta, tenemos poco tiempo, sabe que el tiempo en televisión es tirano… ¿Puede concretar?

Historiador 1- Mire, mi amigo, a mí me sorprende mucho todo esto que se está diciendo… Sin ofender a nadie, creo que nadie puede discutir, pongamos por ejemplo a la Iglesia…

Historiador 2 -¿Y eso qué tiene que ver?

Historiador 1 -¿Me permite, Salgán? Yo a usted no lo interrumpí.

Historiador 2 –Pero ya está diciendo estupideces. Además, ¿cuándo me va a interrumpir si todavía no hablé?

Conductor -Siga por favor, Mendieta.

Historiador 1 -Bien… La Iglesia entiende que Jesús…

Historiador 2 -¿Y qué tiene que ver con Gardel?

Conductor -Sí, francamente. Mendieta…

Historiador 1 -Bueno, ustedes no me entienden… uno quiere ponerse filosófico pero es como darle chancho a las flores… ¿O era al revés?... Mire. Vayamos a los granos, digo, al grano… Suficientes documentos certifican que Gardel era francés…

Historiador 2 -Ja, falsificados…

Historiador 1 -¡Por favor, ¿le pide que se calle?! ¡Se pasa interrumpiéndome y no me deja articular palabra!

Conductor -Por favor, Salgán…

Historiador 1 -Gardel es francés… Ni argentino, ni uruguayo, ni ahora… marroquí… Los argentinos quieren hacernos creer que nació en Avellaneda… No, señor, Gardel nació en Toulouse el 10 u 11 de diciembre de 1890. Y ese historiador de segunda que tengo enfrente ya se puede ir para su casa…

Historiador 2 -¿Puedo hablar?

Historiador 1 – No.

Conductor -Adelante.

Historiador 2 -Mire, yo soy de esos a los que les gusta mirar la letra chiquita…

Historiador 1 -Y… Porque siempre necesita ver conspiraciones por todos lados… ¡Mediocre!

Historiador 2 -Un poco más de respeto, Mendieta, que a usted no lo interrumpí.

Historiador 1 – Mire si ahora en cambio de Jesús tenemos que hacerle votos a Alá…

Historiador 2 – No delire, Mendieta… Vea, Gardel no se sabe dónde nació… Cada uno lleva agua para su molino… A los argentinos les sirve que haya nacido allí, a los uruguayos, que apareciera en Tacuarembó y a los que están en contra de todos ellos, mandarlo a nacer a Francia…

Historiador 1 -No es cierto… Mire… Está el testamento autorizado por la madre y su apoderado…

Historiador 2 -Falso… Ellos querían cobrar la fortuna.

Historiador 1 - ¡Allí dice que Charles Romuald Gardés nació en Toulouse, Francia, el 10 u 11 de diciembre de 1890! ¡Usted es un mal nacido!

Historiador 2 -Mentira… ¡Esa era la persona que sustituyeron para cobrar la herencia… Además Berthe se lo dijo a “La canción Moderna”, el 24 de junio de 1936!

Historiador 1 -¿Y eso qué tiene que ver?

Historiador 2 -Que la mujer estaba en medio de un lío judicial buscando quedarse con la herencia del cantor… a través de un testamento que nunca pudo encontrarse… a un año de la muerte de su hijo. ¿No se acuerda cómo salieron corriendo en barco para Europa, cuando hacían horas de muerto Gardel, para traer a la madre e iniciar el trámite de la herencia?

Historiador 1 -¡Eso es herejía! ¡Usted va a ir al infierno! ¡Es un sacrilegio!

Historiador 2 -El propio Gardel siempre firmaba como uruguayo, nacido en Tacuarembó el 11 de diciembre de 1887…

Historiador 1- Esa es otra patraña instrumentada contra Gardel. Mire, señor conductor, le voy a hablar a usted porque no quiero dirigirle más la palabra a esa persona que tengo a mi frente y no quiero nombrar… La verdad es esta, Gardel temía ser enrolado en la Primera Guerra Mundial por Francia, entonces, el caudillo conservador Alberto Barceló, por intermedio del jefe de policía de la Provincia de Buenos Aires, Cristino Benavides le entregó una cédula de identidad a nombre de Carlos Gardel que era su seudónimo artístico, donde figuraba que había nacido en Avellaneda el 11 de diciembre de 1890. Pero posiblemente Gardel perdió la cédula y temiendo ser declarado desertor, una vez terminada la guerra, consiguió que el Cónsul uruguayo en Buenos Aires, Bernardo Minas, le diera una F de Nacimiento 10052 donde decía que había nacido en Tacuarembó, Uruguay, el 11 de diciembre de 1887, a nombre de Carlos Gardel. (Dirigiéndose al historiador 2) ¡¿Qué tal?!

Historiador 2- ¡Usted es un atrevido! (Se agarran a trompadas y los sacan del estudio)

Conductor -Interrumpimos esta conversación tan amable porque tenemos una información de Sala de Prensa, adelante, compañeros…

Informativista -Gracias, acaba de llegar a nuestra mesa de redacción un comunicado del Movimiento de Liberación Nacional Marroquí donde se señala que se exige a los medios, la difusión de este texto. En el mismo se expresa que “la Francia Imperialista está haciendo creer a la gente que el cantante de tangos Charles Gard El nació en ese país europeo, cuando ello es totalmente falso. Reivindicamos el derecho del pueblo marroquí para defender con todas sus fuerzas la incontrovertible verdad de que Gard El nació en Marruecos. En estos últimos días, se ha descubierto el verdadero origen de tan importante cultor de la música popular, desentrañando el incalificable atropello que ha sufrido por todos estos años la cultura marroquí. Exigimos por tanto que cesen las acciones de mentir a la opinión pública con supuestos nacimientos en Francia, Argentina o Uruguay porque de lo contrario, sufrirán el fuego sobre sus cabezas…” Firma el Movimiento de Liberación Nacional Marroquí. Adelante, compañeros, ampliaremos.

Conductor -Impactante, realmente… ¿Ustedes esperaban esta repercusión?

Juan -Bueno, la verdad que…

Pedro -Era lógico… La verdad tarda pero llega. ¿O era la justicia? Es lo mismo.

Conductor –Me dicen desde el Control que un editor de Estados Unidos está interesado en que escriban el libro con sus memorias, ¿ustedes estarían dispuestos? Ofrece… Dios mío… ¡Qué cifra!

Juan - Este, y, no sé…

Pedro -¿Nuestras memorias? No sería un libro interesante, pero bueno, si él quiere…

Conductor – Al finalizar el programa les alcanzo el contrato que se hace por intermedio de nuestra empresa televisiva… Ustedes saben… Los derechos de todo lo que ocurre en nuestro canal, es de la empresa… ¿Tienen algún problema? (Antes que contesten se dirige al público) Señoras y señores… ¿Ustedes qué opinan? ¿Gardel es argentino, francés, uruguayo o… marroquí?

Pedro -Dejeme decirle algo antes… Nunca se supo cómo murió Gardel… Mi madre comentaba en secreto que los disparos se debieron a un complot porque meses antes, Gardel había escapado de los estudios de Hollywood hasta un lugar secreto de Los Ángeles donde se entrevistó con el representante de la comunidad marroquí y pidió los papeles de ciudadanía para convertirse a la religión musulmana…

Conductor -¡¿Gardel?!

Juan- ¿En serio?

Pedro -Sí, señor, así como lo oye… Esto desde que había visto “El Sheik” con Rodolfo Valentino… Si usted observa la mirada de Gardel, de costado hacia la cámara descubrirá que copió dicha expresión del actor que murió trágicamente…

Juan- ¡Qué lo parió!

Pedro- Incluso se cuenta que había aprendido a cantar “Cuesta abajo” en el idioma originario…

Conductor – Y bueno, los avisadores que no quisieron acompañarnos, lo lamento… Perdón… Nos llaman del móvil, adelante Rossana

Rossana -Estamos acá en la plaza del Entrevero. Consultamos a varias personas, y miren lo que nos dijeron.

Entrevistado 1 -¿Gardel marroquí? Y mirá, puede ser, viste… ¿Qué es marroquí?

Entrevistado 2 - ¡Claro, ahora entiendo! De ahí viene el que llamen marroquinería al trabajo con cuero, claro, entiendo…

Entrevistado 3 -No, de ninguna manera… Gardel nació en Tacuarembó… Lo dice el intendente, y yo lo voté a él.

Entrevistado 4 -Sí, estoy de acuerdo… Yo soy crítico de cine y siempre me llamó la atención la escena de “Casablanca” que se desarrolla en esa ciudad marroquí, donde Bogart pide que toque al pianista, otra: “Tócate otra, Sam”. Si se mira con atención, allí hay una alusión a Gardel. El pianista es negro y a Gardel le decían “El negro del abasto”. Godard en Les Cahiers de Cinema nunca habló de las películas de Gardel, por lo que de alguna manera legitimaba la discriminación que sufrió en Francia por ser de origen marroquí.

Entrevistado 5 -Gardel es argentino, ¿viste?, el pibe lo decía a todos y ya está. ¿Qué? ¿Ahora me van a decir que Maradona es cubano o filipino?

Rosana - Adelante, estudios…

Conductor – Gracias, Rosana… Cerca del final de este impactante programa, por favor, los promotores de esta revolución mundial dirán unas palabras.

(Se apagan las luces generales y queda un foco iluminando a los dos hermanos. Atrás de ellos, en círculo todos los que estuvieron en el estudio de televisión. A medida que Pedro va avanzando en el discurso, las luces van iluminando todo en un tono de fiesta)

Juan -Bueno, yo…

Pedro -Amigos y amigas… Mi hermano y yo hemos decidido salir al mundo a contar la verdad, perdona mamá, abuela y bisabuela por romper el silencio. Es que a raíz de encontrarnos en un restorán y escuchar la conversación de dos señores que discutían la nacionalidad de Gardel, que nos entró la necesidad…

Juan – Sí, en realidad nos había entrado antes la necesidad pero bueno…

Pedro – Amigos… Gardel es marroquí. Los niños deben saber que no existe nada mejor que conocer la verdad. Muchas veces nos encontramos ante la duda, y cuando esta nos ataca, ¿qué hacemos?, recordamos el origen de Carlitos. Humilde, entre las palmeras, con su madre lavando ropa mientras cuidaba que no fuera picado por ningún alacrán. La Legión Extranjera de la que aborreció siempre, por eso nunca la nombró, era una prisión en medio del desierto hasta que su madre huyó al Uruguay. El resto es historia conocida. Lloremos todos de alegría, porque por fin la verdad ha sido dicha. No importa que Francia no sea su origen. No importa que Uruguay no haya sido su cuna. No importa que tampoco Argentina. Los tres países fueron importantes en su vida. Pero todos debemos reconocer que se abre un nuevo y definitivo capítulo en esta historia. A partir de ahora… ¡Gardel es marroquí!

(Todos aplauden. Aparece el cartel de “Aplausos” para el público)

Escena 3

El mismo estudio

Pedro, Juan, conductor, Avelino Mendieta

Pedro -Y para el final les tengo una noticia sensacional.

Conductor -¡¿Cuál?!

Gente en el estudio -¿Cómo? ¿Qué? ¡Qué lo diga!

Pedro -Tengo los suficientes testimonios, he consultado a muchos investigadores, la Nasa ha rastreado terrenos inexpugnables, el Departamento de Estado norteamericano ha intervenido para silenciar la verdad, los gobiernos de Argentina y Uruguay se han movido en secreto y han encontrado los datos concretos…

Conductor -¡¿Qué?!

Pedro - Señoras y señores… ¡Gardel está vivo!

Conductor y gente en el estudio -¡¿Qué?! ¡No puede ser!

Pedro -Sí, así como lo escuchan… Mi hermano les va a dar los datos que certifican lo que digo.

Juan -Gracias… Bien… Presten atención. Gardel aparentemente murió en el avión que se accidentó el 24 de junio de 1935 en Medellín. Vayamos un poco antes. El 28 de marzo de 1935… Venga don, venga… Siga mis datos y corríjame si estoy equivocado… (Viene Avelino Mendieta)

Conductor- Un momento, un momento… Déjenme consultar al señor director… Señor director, estamos pasados de hora, ¿usted nos permite extendernos unos minutos más? (Escucha. Todos están sumamente atentos) Ah, claro, sí, sí… Lógico, bien… Ah, los avisadores… Sí, pero mire que… Sí, claro… Ah, que esto lo tenemos que resolver entre usted y yo… Claro, claro… ¿Una tanda? Bien, vamos a una tanda y luego develamos el misterio de si seguimos unos minutos más con el programa o lo dejamos para la semana que viene… Ustedes, los amigos televidentes, tienen la palabra… Pueden llamar al teléfono… No señor director, no es un chantaje, está bien, voy a hablar con usted, pero que la audiencia se exprese… No, no lo tome a mal… Bien, voy para ahí… Una tanda, por favor…

(Tanda) (Todos en el estudio se quedan mirando para un costado, donde estaría el Control. Se sienten gritos, golpes. Después, todo silencio. Baja el conductor arreglándose la ropa)

Conductor - ¡Señoras y señores… estoy en condiciones de informarles que… seguimos con el programa! (Explosión de alegría en el estudio) Adelante, amigos Juan y Pedro Gómez… Les quiero comentar a aquellos que han estado llamando por teléfono en estos minutos lo que ha sucedido en este último tramo del programa “Impactos”… ¿Llamó mucha gente?

Asistente- Bueno, (leyendo planilla) llamó Elvira de la Unión, un hombre que no quiso dejar su nombre…

Conductor – (Sacándolo de escena) ¡Nuestra centralita telefónica se saturó de llamadas! ¡Gracias, gracias, gracias! ¿Están grabando verdad? ¡Este programa quedará en la historia de la televisión! Les decía… Cuando pensábamos que todo estaba culminando con esa noticia impactante del descubrimiento certificado del nacimiento de Carlos Gardel en Marruecos… Un nacimiento apoyado hasta por el Ministerio de Turismo de ese país, y reivindicado por el Movimiento Nacional de Liberación marroquí, y avalado por figuras ilustres del tango que dieron su testimonio en este programa… que por algo se llama (suspenso) “Impactos”, nunca mejor puesto ese nombre, los hermanos Juan y Pedro Gómez nos develan otra sensacional noticia… ¡Gardel sigue entre nosotros! Adelante Juan y Pedro…

Juan – Gracias, estaba invitando a que me acompañe el incorruptible historiador de Gardel, don Avelino Mendieta (Aplausos) Él corroborará o no mis datos hasta la muerte de Gardel. Lamentablemente, él no nos podrá aportar luego sus conocimientos para lo que sigue…

Conductor – Rápido, rápido…

Juan – El 28 de marzo de 1935, ¿qué pasó Avelino? ¿No es que Gardel partió de Nueva York a bordo del vapor “Coamo”?

Avelino – Sí, señor. Integraban la comitiva el libretista Alfredo Le Pera, los tres guitarristas, Guillermo Desiderio Barbieri, Ángel Domingo Riverol, y José María Aguilar y su profesor de inglés y secretario Joseph Plaja.

Juan – Se olvidaba, profesor, de José Corpas Moreno, al que no se le conoce claramente su función…

Avelino – Tiene razón…

Gente en el estudio - ¡Cómo sabe este Juan!

Juan – Sigo… El 1º de abril llegan a Puerto Rico y actúan en el teatro Paramount, y cuando se van, se les une el masajista Alfonso Azaff, de ese país.

Gente en el estudio y conductor – (Todos miran a Avelino)

Avelino – Sí, señor.

Gente en el estudio y conductor – (Mirando a Juan) ¡Ahhhhhhhhhhhh!

Juan- El 25 de abril, en el barco “Lara” llegan a La Guayra, de donde van a Caracas en tren. Debutan en el teatro “Principal”, luego van a Maracay y allí, hay un dato importante, el presidente de Venezuela Juan Vicente Gómez le pide “Pobre gallo bataraz”. Y el presidente, a cambio, sabiéndolo aficionado a la riña de gallos, le regala a Gardel 10.000 bolívares por su actuación.

Conductor - ¡¿Es verdad?!

Avelino – Sí, señor…

Conductor y gente en el estudio – (A partir de ahora, cada noticia confirmada por Avelino merece aplausos, gritos, expresiones de alegría)

Juan – Luego siguen por Valencia, Maracaibo y Cabimas. El 23 de mayo llegan en la nave Medea, a Curaçao y en avión, a la isla de Aruba.

Avelino – Correcto.

Juan – El 4 de junio, arriban en el vapor “Presidente Gómez” a Barranquilla, en Colombia y van a Cartagena pero a pesar de ser sensacional su éxito, ¿qué hace Gardel?

Avelino – Rechaza más ofertas porque no soporta el calor tropical.

Juan – Correcto. Allí se les unen dos empresarios. El chileno Celedonio Palacios y el venezolano Henry Swart. Y el 10 de junio actúa en Medellín…En el aeródromo, ¿qué ocurre, don Avelino?

Avelino – Recibe una recepción de miles y miles de colombianos que invaden la pista, corriendo el peligro de un accidente. Y es conducido en una caravana de autos al hotel Granada.

Juan - ¡Correcto! Algo sabe, Avelino, ¿eh? Para hacerla corta, actúa en los teatros Real y Olimpia y se despide con una actuación en un programa radial de “La voz de la Víctor”, en la fonoplatea donde se produce la rotura de la baranda de la escalera por la avalancha de público que pudo terminar en tragedia… Y este dato es clave… En el restorán Francés, una joven vidente le dice que va a tener el accidente… Hecho que ya le habían advertido en Nueva York… El 24 de junio llega al aeródromo Techo partiendo a las 12.30 en el trimotor Ford F- 31 de la Compañía Saco, conducido por el piloto Stanley Harvey, un excelente avión de la época. Iban diez personas. En el aeródromo Enrique Olaya Herrera, de Medellín, se abastecen con 250 galones de gasolina. Toman algún refreso y Gardel, cerveza…

Avelino – Es lo que dicen…

Juan – A las 15 horas suben al avión (A esa altura, los nervios en el estudio por el desenlace de la historia son insoportables) y cambian de piloto… Ahora es Ernesto Samper Mendoza, copropietario de Saco. Suben dos personas más. Willy Foeste y Grant Flynn.

Avelino – El primero, acompañante y este último, jefe de tráfico de Saco.

Juan – El avión comienza el carreteo para levantar vuelo. A veinte metros, fuera de la pista está el avión Manizales pronto para partir. Y, fuera de toda lógica, el avión que llevaba a Gardel, gira hacia el Manizales y… choca contra él provocándose la tragedia. (Todos en el estudio, al borde de la crisis de nervios, ante la noticia explotan. Algunos lloran, otros se abrazan) Muchas gracias, Avelino… (Todos aplauden) Presten atención ahora a lo que sigue… Pedro, adelante…

Pedro – (Todos lo aplauden a rabiar) ¿Qué pasó en la pista? ¿Acaso una ráfaga de viento volcó al F- 31 para la derecha?…

Todos - ¡Noooooooooooooooooooo!


Pedro - ¿Acaso se le detuvo el motor izquierdo?

Todos - ¡Noooooooooooooooooooo!

Pedro - ¿Se frenó imprevistamente la rueda derecha?

Todos - ¡Menos!

Pedro – El experto Gordon Willams, máximo especialista en la materia, descartó la teoría del viento

Todos - ¡Claro! ¡Era obvio!

Pedro - ¡Tres de los sobrevivientes, Josep Plaja que vivió hasta los ’80 en Cataluña, José María Aguilar que murió en un accidente de tránsito… y Grant Flynn, quien recibió menos lesiones y desapareció misteriosamente, dieron datos esclarecedores!

Todos – ¡Cuáles, cuáles!

Pedro – Plaja insistió siempre con esta frase: “Las causas del accidente hay que buscarlas en lo que pasó la noche anterior”

Todos – ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡¡¡¡Y qué pasó!!!!

Pedro –Una partida de póker se habría extendido de más y habría retrasado el vuelo para el día siguiente… Pero hay más datos. Aguilar dijo que se llevaría el secreto a la tumba. Pero una vez le dijo a Isabel del Valle que Gardel le reprochaba a Le Pera las condiciones en lo había hecho actuar. Dijo Gardel: “Si por vos fuera, con tal de ganarte un mango, sos capaz de hacerme cantar en una letrina”

Todos – (Espantados) Ajjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj

Pedro – Gardel gritaba en el avión. Le Pera, que había puesto todo el dinero de la gira en su propia cuenta… sacó el revólver… (suspenso) y unos dicen que disparó contra Gardel que según Aguilar habría caído sobre Samper sin exhalar un grito…

Todos - ¡Ay, qué espantoso!

Pedro- Y la otra versión es que… Le Pera le disparó al piloto que perdió el control del avión…

Todos – (Lloran. Se abrazan)

Pedro – Pero para confundir más lo sucedido, la autopsia de Samper dio que éste murió carbonizado… con una bala en la nuca…

Todos – No, no… Basta, no podemos más…

Pedro - ¡¿Quién lo mato?!

Todos - ¡Quién, por favor!

Pedro – No se sabe… Y en la autopsia se dedujo que podía ser el cadáver incinerado, el de Gardel, pero…

Todos - ¡Perooooooooooooo!

Pedro – Gardel no subió a ese avión…

Todos - ¡¿Noooooooooooooooo?!

Pedro – Gardel, cuando fue a buscar la cerveza, después entró en el baño, y en la confusión arrancó el avión. Cuando se dieron cuenta que no estaba, quisieron dar la vuelta para buscarlo… y chocaron contra el otro avión…

Todos – (Aliviados) ¡Ahhhhhhhhhhhhh!

Conductor – (Desesperado) ¡¿Entonces?!

Pedro – Gardel, perdió la memoria. Una anciana lo recogió y se lo llevó para su casa. Allí, luego de varios años recuperó la lucidez y se enteró de la noticia, pero ya era tarde. Supo también todo lo que pasó después, y decidió convertirse en una leyenda…

Todos - ¡Qué noble! ¡Qué gesto!

Pedro – Gardel viajó a Marruecos en busca de su hogar. Pero al tiempo, la guerra mundial lo rodeó. Se alistó en el ejército francés para darles ánimo a los soldados con su canto. Cantó a las compañías que combatían a las tropas nazis. Mantenía el espíritu de sus compañeros. Se disfrazaba de Gardel y lo imitaba… Bueno, se imitaba a sí mismo… Muchos argentinos que estaban en las filas aliadas y se burlaban y decían que era parecido… Pero como el Mago, ninguno… Conoció a muchas damas a quienes calmó en su soledad. Una de ellas, millonaria, una vez terminada la guerra le compró una casa y le pedía todas las mañanas que la despertara con su canto. Pero Gardel, harto, deseoso de las carreras y el Abasto se escapó y de polizón llegó a Buenos Aires. Allí intentó contar su historia pero nadie le creyó. Entonces, decidió aceptar la realidad. Finalmente, Gardel está entre nosotros…

Todos – (Miran desesperadamente alrededor) ¡¿Dónde, dónde?!

Pedro – No. No puedo decirlo. Cuando hablé con él, juré llevarme a la tumba esa información.

Todos – (Desesperados) ¡Mátenlo! ¡Qué lo diga! ¡Te vamo a reventar!

Pedro - ¡Calma, calma! (No sabe qué hacer)

Juan - ¡Calma, señores, está bien, yo lo voy a decir.

Todos – (Se calman y escuchan)

Juan – Señoras y señores. Tengan paciencia. El señor conductor me dará la razón. No estamos autorizados por el propio Gardel a contar dónde se encuentra. Pero prometemos intentar convencerlo para que aparezca en el programa…

Todos – ¡Sí, sí, que lo convenzan!

Conductor - ¡Sí, por favor, sería sensacional! ¡Ya me lo imagino! Se llamaría “El retorno de Gardel”

Avelino – (Entra furioso) ¡Todo esto es una patraña! ¡¿Se imaginan la edad que tendría si estuviera vivo?!

Todos – (Silencio total. Miran a Juan y Pedro)

Pedro – (Avanza, se para en el centro del estudio, y con gesto canchero le dice a Avelino) Pero don Avelino Mendieta… Me extraña… Usted lo sabe… Gardel puede hacer cualquier cosa… Puede aparecer en cualquier lado… Porque (misterio)… Dígame la verdad… ¿Quién es Gardel? (Suspenso) Gardel es el Mago. El Mago Gardel.

Todos – (Silencio total. Se miran y terminan aplaudiendo a rabiar. En medio de ese escándalo suena el teléfono. Silencio expectante)

Conductor - ¿Hola? ¿Quién habla?

Voz en el teléfono – Aquí, Carlos Gardel… Los estaba viendo desde Marruecos por internet… Les mando un abrazo a todos… Espérenme… Volveré… Siempre volveré…

(Todos aplauden. Juan y Pedro quedan estáticos mirando al público sin saber qué hacer, con caras de pánico. Se apagan las luces en medio de los gritos y aplausos)

Fin

viernes 25 de mayo de 2007

ESPERANDO VISITAS

Se encienden las luces y se ve el interior de una casa, el living-comedor, en el centro hay una mesa muy bien servida, como para una cena para cuatro personas. Las cuatro sillas alrededor de la mesa. Hacia un costado del escenario, junto a una ventana hay un sillón de dos cuerpos, dos sillones chicos y una mesa ratona. En otro rincón, opuesto a los sillones, se encuentra un televisor que permanecerá iluminado con luz puntual durante toda la obra. Entra ella a escena trayendo algo que faltaba para la mesa

ELLA
No te entiendo, hablá más fuerte. (cambiando el tono) “ habla ahora o calla para siempre” (esto lo dice mirando al público)

EL
( entra acomodándose la camisa) te decía que el helado es mejor que lo saquemos....

Mientras él dice esto, ella va saliendo de escena, como atareada para que esté todo listo.

EL
...del freezer porque no se va a poder servir (mirando al público) “ como no servimos nosotros”.

ELLA
(entrando) prefiero esperar un poco.

EL
Bueno, como quieras.

ELLA
Está todo listo, ¿nos sentamos un rato?

Se sientan juntos en el sillón grande.

EL
Estás muy linda.

ELLA
Gracias.

EL
¡pero cómo me vas a agradecer!


ELLA
Soy muy educada

EL
Ridícula, querrás decir

ELLA
Ridículo vos, ¡qué me venís a decir que estoy linda!, hace mucho tiempo que te parecés más a un pescado frío que a un hombre.

EL
Claro, porque vos sos un volcán, como dirían los muchachos del barrio, un bofe con aros, ni moverte sabés.

Ella se levanta, se saca los aros, los deja sobre la mesa ratona y se dirige a acomodar algo en la mesa servida.

ELLA
Creo que el servilletero no está bien en este lugar (lo saca y lo pone en otro sitio de la mesa).

EL
Sí, tenés razón, queda mejor ahí.

Ella vuelve a sentarse pero lo hace en un sillón pequeño.

ELLA
Escuché que estacionaba un coche.

EL
(Se levanta y mira por la ventana) Sí, pero son visitas que van a otra casa.

ELLA
(sigue sentada y se mira las manos) Llevo los puños apretados desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo mi mano abierta.

EL
(sirviéndose algo para tomar y picando algo de la mesa) Qué bien te salió el paté de hígado, está riquísimo. (Se dirige nuevamente hacia la ventana) Otro coche que va a la casa de los vecinos.

ELLA
Ah!

EL
(se sienta en un sillón pequeño con los brazos caídos) Un arañazo de odio y piedad me tuerce la cara. (hace el gesto de ser golpeado en la cara)

ELLA
Los vecinos reciben visitas caprichosamente.

EL
¿qué quiere decir caprichosamente?

ELLA
Que viene cualquiera y a cualquier hora con mucha familiaridad.

EL
Es una familia expansiva.

ELLA
(riéndose)Expansión es una palabra infame que contradice el rumbo de las personas (su voz es melancólica, se vuelve a mirar las manos, se levanta y vuelve a acomodar los vasos en el mismo lugar).

EL
¿no tendríamos que sacar el helado del freezer? (pregunta mirando por la ventana)

ELLA
¿ya llegaron?

EL
(mirando al público) no sé si dije que me estoy secando por dentro.

ELLA
Bueno, si querés saco el helado del freezer (lo dice sin moverse).

EL
(se levanta entusiasmado y va hacia la ventana) acaba de llegar un coche como el de nuestros invitados, pero la pareja que bajó tiene por lo menos veinte años menos que nuestra visita.

ELLA
O sea, veinte años menos que nosotros.

EL
Así es mi querida.

ELLA
Un cuerpo, el mío, el de antes, el de ahora, otro cuerpo (lo dice haciendo primero movimientos seductores y termina en una postura rígida).

EL
(se sienta en un sillón cruzando las piernas y canta) “la juventud se fue...”. (dice tristemente) tu mano era mi sostén.

ELLA
Debían ser amigos de los hijos.

EL
¿Quiénes?

ELLA
La pareja que fue a la casa de al lado.

EL
Ah.

ELLA
Está todo en orden ¿no?, digo, la mesa está bien puesta ¿no?

EL
Sí, vos sos muy buena anfitriona.

ELLA
Tu cuerpo es para mí de madera y era tan bello!

El se levanta y se vuelve a servir algo de la mesa.

ELLA
Esperá a que lleguen los invitados.

EL
Sí tenés razón (se va hacia la ventana y mira hacia fuera) Es una noche muy bella, podríamos salir a dar una vuelta ¿no?

ELLA
Esperamos visitas.

EL
Sí, claro. Llevo ya mucho tiempo transformándome en un desierto (se sienta en un sillón chico).

ELLA
Quizás después de cenar podemos salir con las visitas a dar un paseo.

EL
Sí, pero mejor no, porque seguro se quedan hasta tarde.

ELLA
Dentro de unos minutos saco el helado del freezer.

EL
(va hacia la ventana) sí, deben estar por llegar.

ELLA
Tengo marcas (se mira las manos con tristeza).

EL
¿Sabés qué pienso? Que los vecinos deben invitar gente joven y adultos, todos mezclados ( se sienta con aire de canchero).

ELLA
Las marcas son los límites por donde se escapa la vida (dicho con resignación).

EL
¿la carne está cortada?

ELLA
Sí ¿por qué, ya llegaron?

EL
No, pregunto nada más.

ELLA
Hice cuatro ensaladas distintas, creo que es más que suficiente, ¿no?

EL
La tristeza nos fue amasando el rostro.

ELLA
También hice la ensalada que a vos te gusta.

EL
No sé por qué te acordás de lo que a mí me gusta sólo cuando vienen visitas, será para aparentar.

ELLA
No seas necio.

EL
¿yo necio o vos hipócrita?

ELLA
Quizás las dos cosas ¿no?

El se levanta y va hacia la ventana, mira con impaciencia.

ELLA
Parecés un pájaro enjaulado que se desespera por volar. ¿Esperás visitas o una señal para poder salir?

EL
Callate, por favor, ¿quién sos vos para hablar de mi desesperación?, vos hace mucho tiempo que no sabés qué hacer con la tuya.

ELLA
Mi desesperación es por otras causas.

EL
Ah sí, seguro que mejores que las mías,¡ pero no digas estupideces!, en el fondo somos dos que desesperamos.

ELLA
(se mira las manos) Mis marcas se llenaron de humedad, se ablandaron, son una llanura abierta donde nada se detiene ( abre las piernas y se toca).

EL
(mirando nuevamente por la ventana) no te dije, siguen llegando los invitados de los vecinos, parece una fiesta importante.

ELLA
A vos te hubiese gustado ser un invitado ¿no?

EL
Es mejor que esperar visitas.

ELLA
¿saco el helado del frezer?

EL
Esperá unos minutos más. (se acerca a ella) Quiero besarte.

ELLA
Ni se te ocurra.

EL
¿Por qué no?, que sea como antes, como al principio.

ELLA
Nada es como antes (con tristeza). La humedad se mete debajo de mis dientes y los afloja (se toca la cara).

EL
Me pareció escuchar la puerta de un coche (corre hacia la ventana, mira y vuelve decepcionado). Una grieta se abrió entre nosotros.

Ella se mira las manos.



EL
¿escuchaste la bocina? (se levanta y sale de escena)

ELLA
(se acomoda el pelo y el vestido, vuelve a acomodar los platos ya acomodados) No te escucho hablá más fuerte (saliendo de escena)

EL
(se escucha su voz) Creo que es mejor sacar el helado del freezer.

Queda la escena vacía, se van apagando las luces, queda un instante la luz puntual del televisor.



APAGON


FIN


Contacto: Ana Maugeri anamaugeri@ciudad.com.ar
Todos los derechos reservados DNDA Nº 145708

HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE

HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE
MENCIÓN ESPECIAL “UNIVERSIDAD DE MEDELLÍN” 1985
JORGE VALENCIA VILLEGAS
Bogotá 1983
Primera edición: diciembre de 1985
Universidad de Medellín. Editorial Lealon Medellín
Segunda Edición revisada 1990 Editorial TAO.
Tercera Edición 2007 BATAKLAN
© Jorge Valencia Villegas
© BATAKLAN
Diseño y diagramación
Paola Valencia
BATAKLAN Ediciones
Impreso y hecho en Colombia
CONTENIDO
Prologo por Luis Alberto García Jiménez
Historias de hacha y machete (Reseña)
El autor (Breve reseña)
La Carpeta (Puesta en escena 2006)
Sinopsis (De la actual puesta en escena)
El Elenco
El Director (Breve reseña)
Historias de hacha y machete
Personajes
I
Bloque I – Cuadro I
Bloque I – Cuadro II
Bloque I – Cuadro III
II
Bloque I – Cuadro I
Bloque I – Cuadro II
Bloque I – Cuadro III
III
Bloque I – Cuadro I
Bloque I – Cuadro II
Bloque I – Cuadro III
A MANERA DE PROLOGO
Por Luis Alberto García Jiménez
Soy amigo de Jorge y, por lo tanto, se podría pensar que esa amistad sería incómoda para escribir algo, que a manera de prólogo, hablara objetivamente de “Historias de Hacha y Machete”. Se podría pensar que esa carencia de objetividad me pudiera llevar hasta el peligro de caer en el ditirambo. Sin embargo, la otra cara de la moneda establece que nadie podría tener mejores conocedores de uno y de sus acciones que los propios amigos. Además, hay un hecho más que debo poner presente para que nuestros lectores se enteren debidamente de la autoridad moral que tengo para escribir sobre Jorge y su obra: soy el director de la última puesta en escena de “Historias de Hacha y Machete”
Cuando leí la obra, hace ya casi un lustro, me propuse dar cuerpo a un deseo que se iba conformando en la misma medida que avanzaba en la lectura: montar la obra. ¿Qué era lo que de ella me atraía? Leyendo el texto descubrí algo; algo que en mi trasegar de dramaturgo del teatro histórico colombiano, no había tenido en cuenta. Estudié la historia del país a través de sus héroes: Bolívar, Santander, Nariño, Caldas, Torres, López Pumarejo, Gaitán, etc. Me atraía la figura del héroe porque entendía que una sociedad como la nuestra necesitaba paradigmas que le marcaran el camino, que le produjeran orgullo, que le proporcionaran valores suficientes a cada ciudadano para que así pudiera participar con solvencia en la consolidación de un país más consecuente con sus necesidades.
Y lo que descubrí en “Historias de Hacha y Machete” es que la historia la hacen los pueblos, no solamente los héroes. Estos, a la postre, no se manifiestan sino cuando las necesidades de los pueblos los requieren. Lo histórico, pues, pienso ahora, no se produce gracias a los héroes sino gracias a los pueblos que los forjan a la misma medida de sus necesidades. A la larga, si uno reflexiona debidamente, los héroes son capaces de traicionar a los pueblos; pero los pueblos, no; los pueblos no traicionan, simplemente cumplen su destino.
En el movimiento de la colonización antioqueña por las regiones que después se llamarán el “eje cafetero”, el héroe es el arriero que abre caminos, el campesino que necesita dar de comer a su familia y funda pueblos, el posadero que abre fondas que proporcionan descansos que a su vez crean pausas de respiro, de solidaridad y de bambuco; el barequero que pacientemente va dejando en el fondo de la batea las pepitas de oro necesarias para fundar ciudades tan bellas como Santa Fe de Antioquia; la mujer aguerrida que trepa montañas con sus pequeños a cuesta, sirviendo de férreo soporte a los hombres los que sin ese auxilio les hubiera sido imposible llevar a cabo semejante gesta. Y todos ellos, hombres y mujeres, se constituyen en la dinámica, en el empuje, en la terquedad, en el caudal de un movimiento colonizador que por do quiera que fuera, iba dejando una estela de pueblos, de sementeras, de caminos, de paisaje, de verraquera y coraje.
Y todo eso está orgullosamente plasmado en “Historias de Hacha y Machete” de Jorge Valencia Villegas; empaquetado en un bello lenguaje que encierra poesía y sentimiento.
Dejo, pues consignada en esta página, mi admiración por el autor y su obra, la que tuve el privilegio de poner en escena con BATAKLAN y su grupo de estupendos actores.
L.A.G.J.
HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE
(Reseña)
LA OBRA
En 1983, en el mes de septiembre, “Historias de hacha y machete” se estrena en Bogotá en la sala Gabriel García Marques, hoy Centro Jorge Eliécer Gaitán, por el grupo de teatro del Taller de Artes y Oficios, la puesta en escena es de su autor y actúan entre otros Ariel Acosta, Alejandro Beer, Carlos Flores, Carlos Orlando Bohórquez, Consuelo Figueroa, Jaime Enrique Bohórquez y Luz Marina Piñeros. También hicieron parte del grupo de investigación inicial Marina Lamus Obregón y Nubia Pulido. Después de una corta temporada en la capital el grupo se desplaza a la región del “Viejo Caldas” y realiza una gira por veredas y pequeñas localidades de los municipios de Anserma, Risaralda, Arauca, Manizales, etc., gira que se prolonga por tres meses y que culmina con la filmación documental del ejercicio por el Cuarto Canal de Londres.
El proyecto que se inicia con la dinámica de la creación colectiva dirigido por Valencia, siguió los postulados de Ariane Mnouchkine y Eddy Armando Rodríguez y fue cristalizado dramáticamente y como texto definitivo por su director, quien hizo las adaptaciones para espacios abiertos y cerrados.
En 1985 con el texto anterior a esta edición revisada por el autor, participa en el Primer Concurso de Obras Dramáticas de la Universidad de Medellín, donde obtiene Mención Especial, siendo jurados Carlos José Reyes, Gilberto Martínez y Jaime Botero. Del acta del jurado citamos el siguiente aparte: “Historias de hacha y machete” trata el tema de la colonización antioqueña a mediados del siglo XIX, hasta el del cultivo del café y la lucha por la tierra, culminando con los dramáticos hechos del 9 de abril de 1948. Campesinos, mineros, exploradores, comerciantes y aparceros, van contando la historia por medio de un discurso épico, en el cual los acontecimientos se, entrecruzan y construyen por medio de breves escenas que incluyen conversaciones en tiendas y campamentos campesinos, competencias de coplas, retahílas de culebreros y otras técnicas de dialogo que se expresan por medio de un lenguaje que toma elementos populares y locales, aunque trascendiendo la simple estampa pintoresca y folclórica, para permitir que se desarrolle una estructura abierta, capaz de dar cuenta de importantes momentos de la realidad nacional durante 100 años de historia, a partir de personajes simples y cotidianos. Sin duda, la obra posee elementos diversos de indudable valor que permiten la producción de un vivo espectáculo teatral”
La obra fue publicada la primera vez por editorial Lealon de Medellín, en diciembre de 1985, junto con: “El cumpleaños de Alicia” y “Más allá de la ejecución” de Henry Díaz, dicha publicación fue financiada por la Universidad de Medellín bajo el titulo de “Teatro No 48” sobre esta edición Fernando Gonzáles Cajiao, historiador, critico y hombre de teatro escribe un comentario en Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 7, Volumen XXIII, 1986, titulado: No sólo de café vive Colombia y del que recogemos el siguiente fragmento “… y hay que concluir diciendo que este volumen, en conjunto, es un libro apreciable. El teatro colombiano ha adquirido ya, en ocasiones como la presente, una madurez, un vigor, una autenticidad y un estilo todavía injustamente desconocidos e inapreciados. Este tipo de ediciones, que ya a pesar de todo comienzan a no ser tan raras, deberían estimularse en todas las regiones del país; podríamos descubrir así, maravillados, quizás para alivio de nuestro orgullo nacional tan maltrecho, que Colombia no es solamente café, esmeraldas y droga.”
En 2006 el reconocido director y dramaturgo colombiano Luis Alberto García Jiménez la lleva a escena con el grupo de la Corporación Arte Escénico – BATAKLAN Teatro, grupo que la conserva en repertorio y que en este momento financia esta publicación revisada por el autor.
EL AUTOR
Jorge Valencia Villegas nace en Manizales en 1948. Realiza estudios de Teatro en la FUCU, continuando en Francia a donde viaja en 1971 ingresando a la Universidad de París VIII. Se ha desempeñado como Actor, Director y Dramaturgo en el “Lobo” de Manizales, “La FUCU”, “La MAMA” de Bogotá y París, “La Mandrágora” y “El Taller de Artes y Oficios”.
En 1976 dirigió el Departamento de Teatro de la Escuela de Bellas Artes de Ocaña, siendo esta dependencia de Colcultura.
En 1969 escribe y pone en escena con el grupo de Teatro experimental de la FUCU, “El quinto sueño de Celedonio” y en 1970 esboza “Mecánica 60” juego de objetos y muñecos, en el que bosqueja diez años de oposición juvenil al statu quo, obra inédita escrita en París en 1971 y no llevada a escena.
Coautor de “Chaupi Punchapi Tutayaca”, creación colectiva del teatro La Mama de Bogotá, obra con la que se participo en el Festival Internacional de Teatro de Nancy, Francia, abril de 1971.
En 1979 traduce y pone escena para la Mandrágora “Esperando a Godot” de Samuel Beckett estrenando en el Teatro la Mama de Bogotá
Su guión “Colonización y café” fue seleccionado por la Televisión Inglesa (Cuarto Canal de Londres) como parte del programa “Commodities” dirigido por Jhonatan Curling, proyecto en el que Valencia también realizo la dirección de Actores y que se filmo con cámara de Jorge Silva y producción de la antropóloga Venezolana Ruby de Valencia en zona rural del municipio de Anserma y se difundió por la televisión Europea en 1984
En 1985 obtiene Mención Especial en el Primer concurso de obras Dramáticas Universidad de Medellín
Sus últimas actividades incluyen el diseño y presentación al ICFES de la Carrera de Teatro con énfasis en Técnicas del Espectáculo para la Escuela de Artes y Letras de Bogotá 2002.
Diseño y dirección del proyecto “América es un Crisol” para Bataklan en el programa Escuela Ciudad Escuela, de la Secretaría de Educación 2004. Diseño y Dirección del proyecto “La Creación Colectiva, una herramienta pedagógica” para el programa Escuela Ciudad Escuela 2006
LA CARPETA
Textos incluidos en la carpeta de presentación del año 2006 para la puesta en escena de Luis Alberto García Jiménez con la Corporación Arte Escénico BATAKLAN Teatro, en su proyecto pedagógico.
LA OBRA
HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE es una obra de teatro escrita por Jorge Valencia Villegas y dirigida por el maestro Luís Alberto García Jiménez uno de los pilares del nuevo teatro colombiano, autor entre otras obras de “I TOOK PANAMA”, “TOMA TU LANZA SINTANA”, “EL SUEÑO DE GETTYSBURG”, etc. La obra obtuvo Mención Especial en el Primer concurso de obras dramáticas Universidad de Medellín 1985 y fue publicada por la editorial Lealon en diciembre del mismo año con el titulo Teatro Nº 48
En ella Valencia Villegas nos recrea momentos de la república que nos acercan al proceso de la colonización antioqueña, hito de nuestra historia social y económica, cubriendo cien años, desde principios de 1800 hasta principios de 1900. “Campesinos, arrieros, aparceros, comerciantes, gentes del pueblo, van contando la historia por medio de un discurso épico, en el cual los acontecimientos se entrecruzan y construyen en breves escenas…”
Esta puesta en escena de Bataklan se incorpora al proyecto 2010, 200 años de independencia, proyecto con el que queremos acercar a los chicos a algunos de los hechos más relevantes de nuestra historia y que venimos desarrollando desde el año pasado con “Las nueve estaciones o los derechos del hombre” escrita y dirigida por Luís Alberto García Jiménez, teniendo como antecedente la puesta en escena de “I took Panama” en el 2003 obra con la que se participo en el Festival de Teatro de Manizales de ese año.
En esta representación los chicos, se encontrarán con el universo de los campesinos antioqueños gestores de esta epopeya, hombres y mujeres comunes y corrientes que verán reflejados en sus padres y abuelos.
El acompañamiento musical es otro de los atractivos que ofrece esta puesta en escena, en la que el hecho histórico estará desarrollado en conversaciones de fondas, tiendas y campamentos campesinos, competencias de copleros, retahílas de jugadores, culebreros, adivinadoras y otras técnicas de diálogo que se expresan por medio de un lenguaje que toma elementos populares y locales, yendo mas allá de la imagen pintoresca y folklórica.
Estos elementos seguramente le plantearan al chico inquietudes y posibilidades creativas para aportar en el proceso de aprendizaje de las ciencias sociales dentro y fuera de su colegio
SINOPSIS de esta versión
“HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE”
Autor: Jorge Valencia Villegas
Director: Luís Alberto García Jiménez
Genero: Drama
Duración: 1 hora 15 minutos
Foro: entre 15 y 30 minutos
Presenta: Bataklan Teatro
Primer Cuadro: El inicio. En un ambiente de feria de pueblo encontramos culebreros, ruleteros, gitanas y hombres del común en pleno jolgorio, en torno a él se desarropa toda la trama.
Nuestra historia comienza en los primeros años de 1800, mientras un campesino narra sus peripecias en estos primeros días del siglo XIX, años de la lucha por la independencia de España, vemos el desplazamiento campesino, motivado por razones en su mayoría económicas.
Segundo Cuadro: El amor. Nos muestra el encuentro y constitución de nuevas familias como la base social de este proceso, que abriga la conjugación étnica de Africanos, Asiáticos, Europeos y Americanos.
Tercer Cuadro: Las dificultades. El establecimiento y la posesión de las nuevas tierras no carece de vicisitudes, la colonización que en un primer momento fue fomentada por el gobierno provincial va a encontrar escollos con los supuestos propietarios de grandes extensiones de tierra que con cédulas reales y papeles notariados querían frustrar las esperanzas de los nuevos aparceros, llegando a la violencia y el atropello.
Cuarto Cuadro: El asentamiento. Vencidas las dificultades de permanencia empieza el proceso de la dominación de las nuevas tierras y con él la memoria y las añoranzas, una remembranza de lo que fueron los días de travesía, de encuentro y domesticación de la tierra, de las primeras producciones.
Quinto Cuadro: Las vicisitudes. La llegada y posesión de tierras no deja de tener dificultades, en este cuadro ejemplificamos una de tantas
Sexto Cuadro: La fonda. Con la consolidación del asentamiento llega el desarrollo y con él, un comercio incipiente alrededor de las fondas y las tiendas.
Séptimo Cuadro: El progreso. Con los días malos vienen los buenos. Rememoramos las numerosas guerras que afectaron al país hasta la guerra de “Los mil días” y la separación de Panamá hasta las nuevas políticas comerciales y el “desarrollo”
Octavo Cuadro: De nuevo en la feria. Descubrimos que todo ha sido una remembranza de un pueblo, de su trasegar y sus numerosas dificultades que le llevaron a gestar una epopeya única en la historia nacional
Noveno Cuadro: Los comediantes. El teatro dentro del teatro. En la feria nos encontramos con actores quienes nos representan situaciones alusivas al presente escénico, en ellas vemos cómo se empiezan a manifestar las fluctuaciones del mercado y cómo afecta al campesinado
Décimo Cuadro: Matamaleza. Los comediantes muy jocosamente, por medio de títeres y en un homenaje al titiritero Manuelucho, nos recrean uno de los males del progreso, la violencia y la ambición.
Cuadro Once: ¡Que viva la fiesta! Cerramos la puesta en escena con un nuevo encuentro con el culebrero, el ruletero, las adivinadoras, los saltimbanquis, el lanza fuego, los serenateros, etc. Y con ellos nos despedimos.
El Elenco:
Nayibe Barón Acuña
Francia Cárdenas
Yolanda Guzmán
Alfredo Aguilar
Guido Molina
Santiago Munevar
Jorge Valencia
Leandro Vargas
Henry Yepes
Música:
Jimmy Robles
Interpretes:
Aquizamín García, Jimmy Robles
Voces:
Santiago Munevar, Henry Yepes
Letra:
Luís Alberto García Jiménez
El Director
LUÍS ALBERTO GARCÍA JIMÉNEZ
DRAMATURGO Y DIRECTOR BATAKLAN TEATRO
Breve Reseña
Actor, Director, Dramaturgo, nacido en Tunja en 1937
Comenzó su carrera teatral en la Universidad Nacional en el grupo de Teatro “EL BÚHO” de la Universidad Nacional dirigido por Fausto Cabrera y Santiago García, mientras realizaba estudios de Filosofía y Letras
Cursó estudios de Arte Dramático en la Escuela Nacional de Teatro del Teatro Colón de Bogotá dirigida por Víctor Mallarino
Ganó beca para adelantar sus estudios en París y México.
Director del Grupo de Teatro de la Universidad de América, durante un lustro.
Director alterno, dramaturgo y actor del TPB. Teatro Popular de Bogotá durante una década, allí dirigió más de una veintena de montajes
Director y Libretista para Televisión.
Director del T.I.B. (Teatro Independiente de Bogotá)
Entre sus obras se cuentan: “Los Caballeros del Dorado” “Catalina Bardo” “Adiós para Siempre” “La Viuda del Celador” “Vivir en Paz” “La Gaitana” “La Opera de los Tres Gramos” “¡Gaitán!” “El sueño de Gettysburg” “Toma tu lanza Sintana” “Violencia” “El gorro de cascabeles” “Tras las huellas de la historia “etc.
Es también autor de “I TOOK PANAMA” obra estrenada en 1975 por el TPB con dirección de Jorge Ali Triana; dicha obra ha sido publicada varias veces y es considerada una de las diez obras más importantes del Teatro Colombiano.
Actualmente es Director y Dramaturgo en Bataklan Teatro, grupo con el que ha puesto en escena su obra “Las nueve estaciones o los derechos del hombre” y ha participado en el 2005 en el proyecto ESCUELA CIUDAD ESCUELA de la Secretaría de Educación, proyecto que benefició a 25 colegios del Distrito Capital (Alrededor de 10.000 educandos)
Para el segundo semestre de 2006 montó con Bataklan “Historias de hacha y machete” de Jorge Valencia Villegas para el proyecto “2010, 200 años de independencia”
HISTORIAS DE HACHA Y MACHETE
PERSONAJES
A fines de 1983 la obra es Puesta en Escena por el “Taller de Artes y Oficios” y para ello los personajes fueron representados por un elenco de nueve actores, como aparece en el siguiente cuadro:
II
B I-C.I
II
BI–CII
III
B.I-C.III
IV
B.II-C.I
V
BII-CII
B.II - C.II
VI
B.II-C.III
VII
B.III-C.I
VIII
B.III-C.II
IX
B.III-C.III
Padre
Voz
Colono III
Salomón
Salomón
Salomón


Eduardo
Barequero II

Agregado

Hijo III
Carlos
Carlos


Hijo
Jonás
Colono IV

Hijo II

Ruletero
Jaramillo

Pedro

Alfonso I - II
Alejo

Alejo
Alejo


Caminante

Colono I


Aparcero II
Daniel

Oscar
Trapichero I

Colono II
Hijo I
Hijo I


Matamaleza
Campesino
Trapichero II

Colono V


Aparcero I
Culebrero
Cafetero

Mariela
Mujer
Joven. Mujer
Hija
Hija
Mujer II
Gitana II

Alicia
Madre -Caminante

Madre
Madre
Madre
Mujer I
Gitana I

D. Emilia
Grupo
Voces
Troveros




Corrillo
Coro. Voces
La parquedad en la arquitectura escénica (División del espacio escénico en continentes imaginarios) y la dinámica de la puesta en escena, propuesta por el texto, permitió que la pieza fuese representada en ámbitos muy diversos, desde salas perfectamente habilitadas, hasta espacios no convencionales como galpones, patios, calles y solares de fincas y veredas cumpliendo con las expectativas inherentes al proyecto inicial.
Historias de hacha y machete
I
BLOQUE I – CUADRO I
DIDASCALIA
La escena se desarrolla diez años después de la guerra de independencia, esbozando las raíces del proceso de lo que se llamo posteriormente: “COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA”
IMAGEN INICIAL: En escena un campesino: el padre, toca la quena, tiene recostado en sus piernas el cadáver de una jovencita. Luego entran los actores con mascaras que representan las cuatro razas que se entremezclan en el país.
PADRE:
Corría 1800, tenía yo como veinte años cuando salimos hacia los aluviones de Santa Fe. (Pausa) Yo no soy minero, nunca lo fui, me vine fue a sembrar junto a las minas. Eso siempre fue un buen negocio. (Pausa) Al principio todo estuvo bien, muy bien, nos quedaba tiempo hasta para mazamorrear. Luego las cosas cambiaron; como si nos hubiese caído una maldición, el aluvión dejo de producir, bueno, eso no era tan raro, cuando el aluvión se agotaba, los mineros levantaban vuelo, yo esperaba la recolección y luego los alcanzaba en uno nuevo, pero esta vez la cosecha se retrasó y cuando salí a buscarlos... Nada. Como si se los hubiese engullido la tierra. (Pausa) Encontré a otros barequeros, eso sí, pero ya tenían sus abastecedores.
BAREQUERO II:
Oiga hombre Jaime, los mazamorreros que usted busca, hace tiempo que se fueron para abajo del Arma.
PADRE:
Eso dijeron, yo creo que fue la selva que se los trago. (Pausa) Volví al rancho... a seguir sembrando, mi hijo no quiso regresar conmigo
HIJO:
Papá, yo definitivamente me voy a dedicar al barequeo, eso de cultivar la tierra es muy ingrato.
PADRE:
Cogió una panela, y salió y se fue. (Pausa) Ya antes se había ido Pedro, fue cuando Don Paco Mejía me propuso que comprara unas mulas. “¡No Don Paco! ¿Arriero yo? ¡Ni de fundas! Usted cree, que me voy a poner a andareguear por ahí, de lodazal en lodazal, para que me dé un reumatismo bien verraco. Eso si es que no me desbarranco por esos abismos que hay en estas montañas ¡No, hombre, gracias! Cada uno a lo suyo” (Pausa) A los tres días, Pedro me dijo que se iba.
PEDRO:
Oiga viejo, yo como que me voy con don Paco así sea de sangrero, a mí me gusta la arriería y pienso que en el lapso de tres o cuatro años, ahorrando, puedo tener mis propias mulas.
PADRE:
Luego se fue a la cocina y le dijo a Carmela...
PEDRO:
No llore mamá, si a mi no me va a embuchar la tierra, no sea bobita, yo tengo que volver cada veinte o treinta días con la recua y las mercancías. (Pausa) No se preocupe viejita, en quince o veinte días, por aquí estoy y escuche, le voy a traer una cosa bien bonita; no llore, yo le prometo que voy a venir continuamente.
PADRE:
Ella quería una mantilla y eso le trajo. Al principio fue muy cumplido ese muchacho y cada veinte, treinta días, aquí llegaba con sus mulas, así fue al principio... luego... luego vino cada seis meses. (Pausa) Pero ya hace casi dos años que no viene. Seguro el trabajo no lo suelta. (Pausa) Yo creo que fue eso lo que se llevo a Carmelita. Y esa fiebre, que mal tan tenaz, se llevo a más de cinco. Ella que nunca se levanto después de las cuatro, en esos días, no era capaz de mantenerse en pie, ni las agüitas se tomaba. Primero se puso amarilla, después, después fue ese maldito escalofrío...
VOCES:
Don Jaime, Doña Carmela definitiva- mente se le muere. ¡Pobre Mariela!
PADRE:
Eso fue lo que dijeron las mujeres. Después hasta la tierra se acabó, vino el invierno y se fue resbalando con el agua. Que cosas tan extrañas las que pasan. La cuestión es que todavía me queda la Mariela (Pausa) Y hay que levantar esta muchacha. (La joven cae al suelo, el público descubre que esta muerta)
Durante el monologo del padre se construyen tres imágenes: barequeros, trapicheros y caminantes.
BAREQUERO I:
Tal vez mañana si, porque hoy... solo arena y piedra. Mañana tal vez se suelte el filón más grande que jamás se vio por estos rumbos y se venga buscando a este negro barequero y guapo para el trabajo, que después de mazamorrear cinco o seis meses, se iría tapado en oro para Santa Fe de Antioquia.
BAREQUERO II:
Despiértese hombre, mañana en la batea solo habrá frustraciones; igual que hoy, arena y piedra. Lo único que se nos va a venir es el mandinga. De seguir las cosas como van, tendremos que dedicarnos a la vaquería o de pronto, a la agricultura o la arriería.
TRAPICHERO I:
Ahí van más. (Los Caminantes inician su paso)
TRAPICHERO II:
No entiendo como se pueden ir a aventurar así ¡Qué pendejada! Tal vez será que no tienen nada en absoluto.
TRAPICHERO I:
Si, a lo mejor no tienen nada, porque uno con la tierra y una bestia, nada mas necesita; se trabaja toda la semana y el domingo, se monta uno en su mula, la Rosalba en el anca, los hijos agarrados de la cola y nos vamos para la vereda. Primero voy a misa y luego, si hay que vender algo, pues lo vendo en la fonda, y si comprar, ahí mismo compro y después... después un par de tragos mientras los muchachos juegan en la manga y por la tarde, de nuevo para el rancho. Ya lleva uno unos totumos de guarapo entre pecho y espalda, entonces el viaje se hace menos duro y menos largo.
TRAPICHERO II:
Este mes ya han pasado cincuenta familias por lo menos, hasta los hijos de José María Jaramillo se están yendo, al pobre viejo ya no le queda tierra para repartir. ¡Dieciséis hijos! ¡Ave María Purísima, sin pecado concebida! ¡Dios me ampare y me favorezca!
TRAPICHERO I:
Y lo peor es que la mujer sigue pariendo. Ese viejo es un diablo.
BAREQUERO I:
Tal vez mañana si, porque hoy ya no. Hoy ya se vino la oscuridad encima.
II
BLOQUE I – CUADRO II
DIDASCALIA
Cuadro referente a la situación de migración que vivió el proceso de colonización a partir de 1830
IMAGEN: Mujeres y hombre en preparativos y actitud de desplazamiento.
MUJER:
Estaba chiquita cuando me mandaron a la mina, mi madre decía, que yo empecé a trabajar recién destetada, y siempre me puso como ejemplo (Pausa) Desde los cuatro años en la mina, día y noche en la mina. Hasta que un día mi padre le dijo a mi mama:
VOZ HOMBRE:
Negrita, nos largamos de aquí, aliste los muchachos, empaque los corotos y disponga los jotos, ya el amo no tiene ni conque alimentarnos... Hace más de seis meses que no viene, parece que la situación se le complico a todo el mundo. Ahora somos Paisas. Somos libres, hagamos lo que podamos con esta libertad.
MADRE:
(Lía los bártulos, prepara los trastes y fardos)
MUJER:
Y así fue, nos fuimos a barequear y en el camino encontramos negros como yo, y blancos, mestizos y ochavones. Ahí íbamos, persiguiendo el oro, de quebrada en quebrada persiguiendo el oro, “el vil metal” como decía mi viejo. En eso vivimos mucho tiempo, no fue fácil la lucha, pero nos mantuvo vivos. (Pausa) Desde recién destetada en la mina. Tal vez por eso los taitas me quisieron tanto. Hasta que un buen día me fui, con Jonás, un blanco, barequero como yo, al que le he dado cinco hijos. (Pausa) Solo se me han muerto dos… pero duelen.
JONÁS:
Por andar de lodazal en lodazal, de charca en charca, eso los afiebro, y las fiebres matan.
MUJER:
Es la razón por la que queremos cambiar nuestra suerte.
JONÁS:
Me enamore de mi negra desde el primer día que la vi, venia con toda su familia en busca del futuro, yo quede alelado, tan pulcra, tan seria, todo en ella era belleza.
MUJER:
Yo también quede encantada por Jonás, me miro con dulzura, y me dije entonces: Ese es mi hombre, tan fuerte, tan rubio, tan gentil. Nos fugamos una mañana y fuimos a parar en Marinilla. Y pues... de allá, acá. Es que se ha venido mucha gente y detrás de nosotros vienen más, dicen que van a sembrar pueblos, nosotros no, nosotros solo venimos a derribar monte y a cultivar la tierra. Pero si encontramos un filón, ahí nos quedamos. Algunos llevan unas monedas, nosotros no, nosotros solo las hachas, los azadones y el machete... Y la batea por si nos atropella la suerte, pero allí donde nos digan que es tierra de colonización, hasta ahí llegamos. Nosotros por ahora no tenemos nada, los mismos jarretes ya ni se sienten de tanto andar, pero nos quedan dos manos como piedras para labrar la tierra y ganas, muchas ganas de trabajar.
JONÁS:
Vamos negrita. Deje de cavilar que se le meten los fantasmas en la cabeza. No dejemos que se nos venga la noche encima, los chinchín ya nos deben estar esperando.
VOCES:
- ¡Abajo! Cuidado con el árbol.
- Una barra para mover la piedra.
- Háganle con el güinche que ese mueve montañas.
- Traten que ruede hacia allá, hacia la pendiente.
- Tómese un guarapo. No sea esquivo papito.
- Negrita esta noche me le paso a su estera.
- ¿Sí? No señor ¿Qué es lo que esta creyendo?
- Péguele duro con el canto haber si se mueve esa hijueputa.
- Hágale por el otro lado con el hacha.
(Susurro) Negrita, nos vemos a las seis en la quebrada.
III
BLOQUE I - CUADRO III
DIDASCALIA
La lucha por la tenencia de la tierra tuvo sus ribetes más dramáticos en la heredad de los Aranzazu, tierras que pasaran luego a los González, y que abarcaba entre el río Arma y el Chinchiná, caso contrario a lo que sucedió años antes con las tierras de los Villegas al norte del río Arma, las que fueron parceladas con anuencia de su dueño.
IMAGEN: Colonos atareados en la labranza de la tierra. Mientras van entrando, el latifundista y su capataz.
CAPATAZ:
Buenas y santas tengan los señores.
D. ALFONSO:
Buenas...
CAPATAZ:
Y las señoritas.
LATIFUNDISTA:
Los veo muy atareados ¿Cómo les va en su brega?
D. ALFONSO:
Pues ahí. Será bien señor. Gracias.
LATIFUNDISTA:
Eso veo.
D. ALFONSO:
¿Qué vientos los traen por estas sendas?
LATIFUNDISTA:
Mi señor, estamos por acá dándole una mirada a estas tierras.
D. ALFONSO:
¿Y qué se les ofrece? ¿El señor es vecino de estos rumbos?
LATIFUNDISTA:
Sí, de por acá y de algunos otros lados.
D. ALFONSO:
Nosotros vinimos de Rionegro hace rato. Nos acomodamos por acá a ver si hacemos futuro. Y hemos estado trabajando fuerte. Con tenacidad y berraquera.
CAPATAZ:
Tal como usted decía don Argemiro, vienen de Rionegro.
LATIFUNDISTA:
Es que esta Provincia es muy grande. (Una mujer les da algo de beber) Gracias niña.
CAPATAZ:
Muy amable reina.
LATIFUNDISTA:
Supongo que saben que andan por el Cauca
D. ALFONSO:
¿El caballero es muy recorrido?
LATIFUNDISTA:
No. Solo conozco lo que es mío. Sé reconocer lo que me pertenece y nunca me meto en tierras ajenas.
CAPATAZ: (Después de un corto silencio)
¿Y ustedes se piensan quedar por acá?
D. ALFONSO:
Sí. Definitivamente.
LATIFUNDISTA:
¿Y quien les dijo que en estas tierras se podían asentar?
D. ALFONSO:
Pues... Nadie nos dijo que no podíamos.
CAPATAZ:
¿Qué fácil, no?
D. ALFONSO:
Hombre, ni tan fácil. Vea, hace cuatro meses esto era un matorral, pura maraña, mire ahora... esta bonita.
CAPATAZ:
(Mirando la joven) Sí, esta bonita.
D. ALFONSO:
Y como era tierra sin dueño...
CAPATAZ:
Eso parece. ¿No es verdad?
D. ALFONSO:
Sí señor. Bueno... ya no.
CAPATAZ:
Que casualidad, nosotros pasábamos por aquí y le digo yo, a don Argemiro: “Mire Patrón, mire lo que están haciendo en la tierra suya”.
D. ALFONSO:
¿Cómo así? Barájenmela más despacio.
CAPATAZ:
No es necesario, con lo que oyó, con eso es suficiente. A buen entendedor pocas palabras
D. ALFONSO:
No señor, eso si me lo va tener que comprobar. ¿Dónde están los papeles que me prueban eso?
CAPATAZ:
Patrón.
LATIFUNDISTA:
Eso esta comprobado aquí. Aquí en estos documentos.
D. ALFONSO:
Pues yo no seré muy letrado... pero a mí me dijeron que habían escuchado de muy buena fuente, que esta tierra era baldía y como el Gobierno está incentivando para que uno venga a colonizar por acá, yo vine con mi familia y unos amigos y nos estamos aposentando. La tierra es del que la trabaja, de manera que no me venga con el cuento de que esta tierra es suya.
CAPATAZ:
Escuche mi don, al señor González, al señor González me hace el favor y no le dice mentiroso, tenga mas cuidado, usted sabe que la vida nadie la tiene asegurada y así como llega se va, por un accidente. Uno no se da cuenta que se esta despidiendo. Que se esta despidiendo por ultima vez.
D. ALFONSO:
Oigan señores...
CAPATAZ:
Yo de usted, yo de usted mantendría la boca cerrada, es mucho más saludable. ¿Sabe? Yo empacaría mis fardos y mis cachivaches y me largaría con mi prole.
D. ALFONSO:
Me parece que ustedes llegaron un poco tarde, nosotros ya tenemos trabajada la tierra. Así que de acá, no nos movemos. Ya le ganamos la tierra a la selva.
CAPATAZ:
¿Es qué no entiende hombre? Que negro tan bruto.
LATIFUNDISTA:
Cálmese Pedro, no se acalore. Oiga joven, lo que mi mayoral le quiere decir, es que esta tierra me pertenece legalmente y… que se tienen que ir de por acá, a menos...
D. ALFONSO:
No, mi Don. De aquí no nos va a sacar usted.
LATIFUNDISTA:
A menos, como decía, que lleguemos a un arreglo.
D. ALFONSO:
Ni arreglo, ni trato, ni nada. De acá nos saca, tal vez muertos, y eso lo dudo, porque yo tengo mi machete muy bien puesto.
CAPATAZ:
Don Argemiro, no se van, el caballero dice que se quedan.
LATIFUNDISTA:
Sí Pedro. El Señor se queda.
EL CAPATAZ DISPARA A QUEMARROPA, EL COLONO CAE. GRAN ALBOROTO, CONFUSIÓN, GRITOS, DESORDEN GENERAL. LA VOZ DEL LATIFUNDISTA RESUENA EN LA OSCURIDAD.
LATIFUNDISTA:
Cálmense... Tranquilícense, no armen tanto alboroto que no ha pasado mayor cosa, aún podemos hacer un trato. Escuchen, ustedes me cultivan la tierra y de cada tres frutos que cosechen, me pagan con uno el derecho a aparcería. Ustedes serian mis agregados.
SE LEVANTAN DE NUEVO LOS RUMORES. NUEVA IMAGEN: DOS CAMPOS COLINDANTES: LOS COLONIZADORES EN TORNO A UNA FOGATA VELAN A D. ALFONSO, SE ESCUCHAN REZOS. EN EL OTRO CAMPO UN HOMBRE Y UNA MUJER FRENTE A UN FOGÓN. OCHO PM. DEL MISMO DIA. EL VELORIO. RUMOR DE RESPONSO.
COLONO III:
Entonces nos vamos a denunciar la tierra. Dios es justo y la justicia de los hombres tiene que escuchar a Dios.
COLONO V:
¿Y a donde vamos? ¿a Popayán o a Santa Fé?
COLONO IV:
Si Dios ni mira, ni se acuerda de los patí rajados como nosotros.
COLONO V:
(Aparte) Es mejor hablarle a una tumba., Cuando no quieren oír no oyen.
COLONO II:
Mire José, vaya y lávese esa geta con ceniza; porque a Dios no se menciona con esa boca. Y por favor, no blasfeme más.
COLONO I:
¡Oigan este camandulero de los infiernos! ¡No sea pendejo! Póngase a esperar un milagro sentado y no haga más.
COLONO V:
¿No vio lo que le paso a Alfonso? Y él era más rezandero que usted.
COLONO II:
Lo que pasa es que ese terrateniente es más malo que el hijo de puta del Caín.
COLONO III:
Cállese hombre, cállese por favor que de pronto nos cae un rayo y nos calcina a todos.
COLONO I:
No me haga reír...
COLONO II:
No sea lenguaraz... (Parecen irse a las peinillas)
COLONO I:
¿Quién, yo?
COLONO II:
No piensa ni lo que dice. Por lo menos téngale respeto a Dios.
COLONO I:
No es que uno no respete a Dios, es que Dios no respeta sino a algunos.
COLONO III:
No demuestre tanta ignorancia hombre, cierre esa boca. Pensemos mas bien en como vamos a hacer el viaje mañana.
COLONO V:
De acá yo no me voy, prefiero que me maten.
COLONO II:
Así como mataron a Don Alfonso. Deje de hablar basura y no venga a dárselas de guapo con nosotros, que usted fue el primero en salir corriendo.
MADRE:
Paren esa discusión por favor muchachos. No olviden que estamos de duelo. Miren esa pobre mujer, esta desecha.
COLONO IV:
Pues yo con esto no me quedo, si hay que largarse, primero le echo candela a todo esto, y luego si me voy.
COLONO II:
Hombre eso es gastar pólvora en gallinazo, no ve que esto es un peladero.
COLONO III:
Dejen de hablar bobadas, regresemos a Sonsón y veamos que se puede hacer desde allá.
COLONO V:
¿Qué se va a poder hacer? ¡Nada! La ley no es sino para los de ruana.
COLONO III:
No sea pesimista mi Negro, no escucho que es el mismo gobierno el que esta interesado en que se colonice por acá.
COLONO I:
Oiga Don Federico, esta mañana, “Caremachete”, estaba vivo y usted ya vio lo que paso, ante eso yo propongo que nos plantemos aquí, dos veces no nos cogen desprevenidos.
COLONO IV:
Tenemos que comportarnos con verraquera, como machos que somos. Demostremos que tenemos pantalones.
COLONO V:
Sí señor.
COLONO III:
No me vengan con bravuconadas, lo que paso, fue que Don Alfonso no supo hacer las cosas al derecho.
MADRE:
¿Por qué no se toman el agua de panela y dejan todo esas cavilaciones para mañana?
COLONO IV:
¿No supo hacer las cosas bien? ¿Y por qué no las hizo usted?
COLONO II:
Siempre tan amable Doña Raquel.
MADRE:
El estomago lleno es mucho mejor consejero. ¿No les parece?
COLONO V:
Tal vez. Comamos entonces.
COLONO II:
Si y cantemos unas coplas, con eso alegramos el corazón y despedimos a Don Alfonso.
COLONO III:
Que venga el tiple y que se acerquen los que trovan.
COLONO II:
Sí señor.
LA PAREJA JUNTO AL FOGÓN MANTIENE SU ACTITUD. EN LA FOGATA LOS COLONOS CANTAN ALGUNAS COPLAS.
COPLAS
CORO: Busquemos aquí en el fuego
La idea que nos llevará
A adueñarnos de esta tierra
Así sea yendo a Sonsón
ALGUNO:
Siga usted Doña Raquel
ALGÚN OTRO:
Si Doña Raquel, usted es la que tiene chispa para estos menesteres.
OTRO:
No solo para esos menesteres, conozco otros en los que se desenvuelve como la mejor.
MADRE:
Ahorren galanterías, recuerden que estamos de duelo y que las flores le quedan mejor al difunto
CORO A: Y se fueron a Sonsón
A arreglar lo de la tierra
Con el Señor Sinisterra
Que era un viejito cansón
- Reacción de los colonos
CORO B: Que era un viejito cansón
Me dice la compañera
Por eso fue que en la cara
Les dieron con el portón
- Reacción de los colonos
CORO A: Les dieron con el portón
Usted falta a la verdad
Lo que les dieron fue tierra
A ganar con azadón
- Reacción de los colonos
CORO B: A ganar con azadón
A mi no me haga reír
Al pobre no le dan tierra
Ni cuando se va a morir
- Reacción de los colonos
CORO A: Ni cuando se va a morir
Que mujer exagerada
Con ese cuento de pobres
Se va a quedar enhebrada
- Reacción de los colonos
CORO B: Enhebrado se quedo
El difunto Don Alfonso
Fue que el rico si le dio
Pero el plomo que tragó
- Reacción de los colonos
CORO A: Pero el plomo que trago
Mejor termino mi historia
María es una pesimista
Que no vera la victoria
- Reacción de los colonos
SE APAGA LA FOGATA. EN LA PENUMBRA Y FRENTE AL FOGÓN LA PAREJA MUEVE TRASTOS.
CORO: La gente se enriqueció
Pero el aparcero no
Y muchos están pagando
La deuda que nos quedo.
LA ACCIÓN SE CENTRA AHORA EN LA PAREJA. VEINTE AÑOS DESPUÉS.
EL HIJO DE Don ALFONSO Y UNA MUJER
HIJO:
Por aquí lo mataron. Delante de mis ojos lo mataron. Era un hombre guapo, me parece verlo (Pausa) Con razón dicen que veinte años no es nada...
LA MUJER MIRA EL FOGÓN Y HACE CASO OMISO AL HOMBRE.
HIJO:
Nunca pensé que volvería por estos parajes y menos a reclamar esta tierra. (Pausa) Cuando papá nos trajo, le aseguro a mamá que nos iba a sacar de la miseria...
LA MUJER HECHA ALGO EN LA OLLA.
HIJO:
...y cuando lo enterramos, mas que dolor creo que sentí odio, odio contra él, contra ellos, contra todos. Contra mi padre, contra su asesino, contra el abuelo. Contra todos. No soportaba el ver a mi vieja llorar por alguien que solo hambre e ilusiones nos había dado.
MUJER:
Ya no queda sal para mañana.
IV
BLOQUE II - CUADRO I
DIDASCALIA
Durante la brega por la tenencia de la tierra entre 1830 y 1870 se fundan unas veinte poblaciones asentándose a su alrededor cientos de familias campesinas.
IMAGEN: Dos Continentes. En el Continente I, la familia esta en la jornada de cosecha. En el Continente II, un campesino rememora algunos acontecimientos.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Don Gustavo, no olvide remendar ese costal.
D. GUSTAVO:
No señor, apenas termine de cerrar estos otros, ya la cabuya esta trenzada.
D. SALOMÓN
Es que los costales son como la mano de Dios, no se les pierde nada
CONTINENTE II
D. ALEJO:
En esta cosecha no nos fue nada mal, tengo ya diez cargas y aun queda café por madurar. La cosa es trabajar como Dios manda. Ahora solo falta deschuponar en menguante, desmalezar y esperar la traviesa. Y esperar la traviesa. Todo lo aprende uno de su viejo. El hombre nos leía a Virgilio, le gustaba leer a luz de vela o narrarnos aventuras cuando nos sentábamos en la noche frente a la fogata; era un buen hablador, convencía hasta una piedra, persuadió a mi vieja para que se viniera por acá, aunque a veces pienso que lo que la convenció fue la necesidad, la pobreza.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Tengan cuidado, no vayan a aporrear las matas.
HIJA:
Papá, no sea exagerado.
D. SALOMÓN:
No, hija, es que hay que ser muy cuidadoso.
HIJA:
Claro papá, no se preocupe.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Pensar que cuando llegamos por acá, esto era pura selva, puro monte tupido...
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Mire, esas están verdes. ¿Tiene problemas en los ojos? Verde es verde, espero no tener que volver a repetirlo. ¿Entendieron?
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Con razón las mujeres se quejaban tanto, sobre todo cuando me iba con mi taita, a internarnos quince o veinte días en pleno monte espeso, cuando llegábamos, era inaguantable la cantaleta. Hasta que al viejo se le alteraba el genio. Naturalmente él también tenía justificación, estábamos luchando por mejorar.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Alisten el lavadero.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
¡Ave María! Ese hombre era muy bravo, de acá saco a más de uno, venían a reclamar la propiedad de la tierra, claro, después que la veían lista par la siembra.
CONTINENTE I
HIJO I:
Papá, aquí sería bueno sembrar un colino de plátano, no le parece.
D. SALOMÓN:
Muy bien muchacho, deje la seña, hay que estar pendiente de que le dé muy buena sombra al palo. Cada planta tiene sus secretos.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Cuando nos vinimos, no flaqueo ni un momento, siempre estuvo animándonos.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Es que el sol seca el fruto.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Cuantos recuerdos... el día que partimos de Rionegro, era pura la madrugada. La abuela lloraba, no la podíamos traer, estaba muy viejita y el camino era largo y pesado. Como a las tres salimos, la noche estaba clara y los perros ladraban y corrían atravesándose por todas partes, era que estaban muy contentos.
CONTINENTE I
MADRE:
Vaya y pregúntele a Don Gustavo, si quiere un cerrero recién hecho.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Bueno al menos eso creía. (Pausa) Y Don Facundo, Dios los tenga en su Santa Gloria, él fue el que nos trajo por aquí. Él y las ilusiones de mi viejo, el sueño de una vida mejor que Don Facundo nos pinto por acá. La existencia transcurre fácil mientras se sueña en una vida mejor.
CONTINENTE I
HIJA:
Don Gustavo, le manda a preguntar mi mamá ¿Si le provoca un café fuerte?
D. GUSTAVO:
¿Un cerrero? Sí niña. Gracias.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
El hombre conocía la región y de tanto hablar de ella convenció a mi taita para que nos viniéramos. A veces hay que dejar cosas atrás, así es la vida.
CONTINENTE I
MADRE:
Tenga mija, llévele a los muchachos.
HIJA:
Sí Señora.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Por eso la abuela nunca mas le hablo, ni a la salida de la iglesia lo saludaba y cuando nos fuimos a venir, me dijo: “Me hace el favor y cuida a su papá, ese tal Facundo no me gusta nada”. Después no pudo contener las lágrimas.
DON FACUNDO:
Buenas y santas, doña Jesusa… ¿cómo amanece?… Soy Facundo ¿no me reconoce?
CONTINENTE I
HIJA:
Aquí les manda mi mamá.
HIJO II:
Gracias Negrita.
HIJA:
De nada, soy amable por naturaleza.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
“Hijo, no me olvide, haga que su papá vuelva, mándemelo de vez en cuando, para que me dé una mirada, y venga usted también, mire que me quedo sola, con esas tías suyas que son medio atolondradas” Nunca les tuvo confianza, a veces parecía que no las quería mucho, pero no era así, esa era su manera de amarlas.
CONTINENTE I
D. GUSTAVO:
¿Don Alejo si vendrá hoy?
D. SALOMÓN:
Eso me dijo la semana pasada. Y ya sabemos que él viene por acá, no solo a visitarme a mí. El amor mueve montañas, descuaja selvas, pone los hombres a rezar y no creo que don Alejo sea invulnerable, así tenga oficio de solterón.
D. GUSTAVO:
La niña se merece lo mejor. Ya tiene 16 años.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Y así fue. Llevábamos como año y medio por aquí, cuando una noche le dije: “Oiga papá, ¿Por qué no va a donde la abuela? Se da una vuelta por Ríonegro y le echa una mirada a la vieja”.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Les he dicho que no cojan nada verde. Eso no me parece tan difícil de entender. Ustedes son más tercos que una mula, parecen serrados y trancados por dentro.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Y como tres veces alcanzo a ir, a la cuarta ya no volvió mas, el rumor que corrió por ahí, fue, que se lo comió un tigre, lo único que yo sé y estoy seguro, es que se lo trago la montaña. Le paso lo mismo que al viejo Facundo, el hombre se perdió, se fue a traer otros viajeros y no alcanzo a llegar ni hasta Sonsón, y eso que él conocía estas montañas como la palma de su mano, fue el mejor baquiano que hubo por acá. Algunos dicen que tal vez se lo llevo el Montaraz... uno nunca sabe, pero cuando el río suena, piedras lleva.
CONTINENTE I
D. GUSTAVO:
Don Alfredo, ya están listos sus costales. Puede estar seguro que no se le saldrá ni un grano.
D. SALOMÓN:
Gracias Don Gustavo, es usted tan amable como eficiente.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Es que la selva, igual que la mujer es engañosa, lo consiente a uno, lo enamora y lo deja pasar una vez para allá y otra para acá y de repente, cuando uno menos lo piensa, zass... se lo traga.
CONTINENTE I
MADRE:
(A la hija) Cuidado se echa eso encima. Esta como azorada hija.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
Creo que ya es hora de terminar con la soltería, termina uno hablando con la sombra. Y ¿Qué seria de ese muchacho? El que lo acompañaba. Para arriba y para abajo detrás de él, como un espectro; don Facundo lo apodaba “huele pedos”, tenia un humor bastante acido pero al fin y al cabo tenia su chispa el viejo.
CONTINENTE I
MADRE:
(A la hija) ¿Qué le dije? El corazón emboba. Niña parece turulata, pasmada y alelada. ¡Despierte!
CONTINENTE II
D. ALEJO:
¿Cuál era su nombre? Todo se olvida, el tiempo guarda los recuerdos que duelen y hasta los que no duelen, también guardados que nunca los vuelve a encontrar uno, el tiempo se encarga de las pesadumbres y las risas, afortunadamente porque es muy duro recordarlo todo.
CONTINENTE I
MADRE:
(A la hija) Ponga atención por favor. Lo dicho, parece enamorada.
CONTINENTE II
D. ALEJO:
¡Ah! Ramiro Osorio, también era andariego, ese venia con nosotros, venia una familia Botero, los Vélez, los Mejía, los Uribe, Don Alfredo Bernal. Buena gente esa. (Pausa) Mejor me afano, para que no me coja la noche por aquí. Es que es tan bonito mirar el cafetal. Se deja ir uno por los recuerdos.
CONTINENTE I
D. SALOMÓN:
Ténganle listo el guarapo a Don Alejo. No creo que ya demore.
MADRE:
Sí Señor y esta fresquito.
D. SALOMÓN:
Oiga hijo, cuando termine ahí, vaya y ordeñe la vaca, que su mamá no puede en estos días. Si ve Don Gustavo como es la cosa, fue que usted se dejó manipular de los hijos, por eso, esos muchachos suyos no le obedecen. Eso de irse a fundar un pueblo nuevo, teniendo finca, no tiene sentido.
D. GUSTAVO:
Pues yo no sé, lo que pasa es que les dan mucha mas tierra, ahí ve, a nosotros nos tocaron solo siete hectáreas, en cambio a los fundadores...
D: SALOMÓN:
Eso no es tan seguro Don Gustavo, se corren muchos riesgos, acuérdese de don Alfonso Arango, el abuelo de Don Alejo, por aquí no mas lo mataron. Al gobierno le encanta ofrecer lo que no es de ellos.
D. GUSTAVO:
¿Quién lo olvida? Él fue de los primeros que se arriesgaron, pero esos eran otros tiempos. Ahora las cosas son bien distintas.
D. SALOMÓN:
No lo crea Don Gustavo, no lo crea. En Manizales hay una compañía, “La Burila”, y con ellos el dulce no va ser a mordiscos...
HIJA:
¡Ahí viene Alejo!
V
BLOQUE II – CUADRO II
DIDASCALIA
Hacia 1880 ya hay un campesinado más o menos definido y los primeros cafetales empiezan a dar sus frutos.
IMAGEN: La familia esta en el proceso de siembra. La Madre y la Hija ocupadas en lo cotidiano, recuerdan.
MADRE:
Bendito sea mi Dios, que lucha tan dura la nuestra, primero para poder llegar a estas tierras y después para poder cultivarlas. Muchas veces estuve por desfallecer, por perder la fe, es que la soledad es mala consejera, una se acostumbra a la rutina del pueblo y después... (Pausa) ¡Ave María Purísima!
HIJA:
¡Sin pecado concebida!
MADRE:
En medio de la soledad me toco encomendarme a las Animas Benditas y dejar de escuchar esos silencios que me susurraban el regreso a Rionegro. Tuvimos muchas vicisitudes y mucha soledad mientras los hombres desmontaban y amansaban la tierra.
TRANSICIÓN
HIJA:
“¡Viejo! ¡Viejo!... Se me llevan a Alejo”
D. SALMÓN:
“¿Qué pasa hija?”
HIJA:
“Se lo llevan viejito. Se lo llevan”
D. SALOMÓN:
“¿A quien se llevan?”
HIJA:
“Se lo llevaron. (Pausa) A Alejandro, Padre, al Alejo”
MADRE:
“¿Qué sucedió? Cálmese y cuente”.
HIJA:
“Llegaron, le dieron un papel y se lo llevaron”.
D. SALOMÓN:
“¿Quién llego? ¿El Inspector?”
HIJA:
“Si Señor y dos soldados que lo acompañaban”.
D. SALOMÓN:
“Hijo, vaya traiga el fusil de fisto. Esto así no se queda”
TRANSICIÓN
MADRE:
Dios mío. Que calamidad. Nada se pudo hacer. Nos toco sentarnos a rabiar de impotencia y a rogar a Dios para que no lo mataran y les devolvieran la posesión de la tierra. Esa fue la herencia que me dejo mi madre, pobre vieja, siempre creyó que todo se arreglaba rezando, por las noches cuando nos sentábamos en torno al fogón y tomábamos el agua de panela, empezaba a rezar en un ronroneo fatigante y cansino. Afortunadamente la cogía el sueño pronto y entonces no todo eran quejas, rezos y lagrimas, las muchachas terminaban la velada con una narración de brujas o aparecidos. Yo me arrunchaba al lado de Raquel y dormitaba, luego, cuando me llevaban a la estera, me despertaba y veía en medio de las sombras, al “Brujo”, a la “Pata sola”, a la “Madre monte”, al “Cura descabezado” y hasta a Doña Regina, la vecina de allá de Rionegro...
D. SALOMÓN:
(Presente Escénico) Mujer, ¿qué paso con el guarapo?
MADRE:
Ya voy Salomón. No acose.
HIJO III:
Es que esta calentando mucho.
HIJO II:
Sí, pero trabaje, porque si no, nos coge la creciente sembrando.
HIJA:
Ya empezaron. Pelean hasta con la propia sombra.
HIJO I:
Usted a lo suyo, no se meta en cosas de hombres.
HIJA:
Ve, que altanero. ¿Si se da cuenta papá? Esa es la clase de varones que crió usted.
D. SALOMÓN:
Dejen la chacota que ya casi hacemos la jornada.
HIJA:
Machete, quieto en tu funda. ¿Quiere qué le ayude mamá?
HIJO I:
¿Ya termino mamá, para ayudarle?
MADRE:
Por eso casi nunca me miraba al espejo, aunque a veces las ganas eran más fuertes que el miedo, eso le debió haber pasado. Que bonita que era, pero cuando le empezaron a salir esas manchas... “Doña Regina, ¿Por qué no se hecha jugo de limón en esas manchas?” Le dijo un día mi mamá, sin mala intención, claro. Pero desde ese día, esa señora, nunca más volvió a pisar la calle.
VI
BLOQUE II – CUADRO III
DIDASCALIA
En la década de 90 ya se organiza un mercado, aunque incipiente, en torno al café, pero se trunca por los enfrentamientos entre liberales y conservadores, durante lo que se llamo “Guerra de los Mil Días”
IMAGEN: Una fonda en la que se vende y se compra café.
ALEJO:
Buenos días.
D. CARLOS:
Buenos Don Salomón.
D. SALOMÓN:
Buen día don Carlos.
D. CARLOS:
¿Qué los trae por acá?
ALEJO:
El café don Carlos, el café. Venimos a venderle unas cargas y a comprar el mercado.
D. CARLOS:
¡Ah! Más café.
D. SALOMÓN:
Más no.
D. CARLOS:
Que inconveniente hombre, saben que estoy hasta el techo de café. He tenido que comprar mucho. Y con lo verde que lo están trayendo. No. Café no les voy a poder comprar.
ALEJO:
¿Por qué no? Si estas son las primeras cargas que nosotros le traemos en este año. No nos haga una demostración de como usted espanta a los clientes.
D. CARLOS:
No, don Alejo, ni lo piense, ustedes saben muy bien que yo siempre les compro lo que traen y más si es café, recuerde que el ultimo no estaba nada bueno. A mí por lo menos no me gustaba mucho. Saben que no lo pude vender como debía mercarse.
D. SALOMÓN:
No me eche cuentos Carlos, lo único que falta es que nos diga, que el arrume de café que tiene en la bodega es lo que le quedo del año pasado, eso se llama acaparamiento.
D. CARLOS:
No exagere don Salomón, usted me conoce a mí hace muchos años.
D. SALOMÓN:
Por eso, por lo que lo conozco lo digo. Usted tiene por costumbre cacarear.
ALEJO:
Oiga don Carlos, el otro café, las otras cargas, estaban mas o menos robustas, pero estas, estas, están mucho mejor. Mírelo por favor.
D. CARLOS:
Muestren, dejen ver que café traen. ¿Qué es lo que tanto ponderan?
ALEJO:
Observe y vera.
D. CARLOS:
(Clava el chuzo en el costal y lo saca) No. Mire, mire esto.
D. SALOMÓN:
¿Mire qué? No me diga que no está bien beneficiado. Que verriondo, llora más que marrano chiquito.
D. CARLOS:
No, no don Salo, no es eso, es que mire usted con sus propios ojos... mire... ¿Ah? Bueno, si, esta bonito, no les voy a decir que no lo esta. Pero... es que tengo tanto café, si yo les mostrara, tengo la bodega atiborrada. ¿Qué hacemos?
D. SALOMÓN:
Pues dicen que Don Indalecio Ortega también esta comprando. Es hora de irse Alejo, al único que se le debe rogar es a Dios.
D. CARLOS:
¿Y traen mucho?
D. SALOMÓN:
Eso queríamos, pero una cosa piensa el burro y otra el que lo esta enjalmando
D. CARLOS:
¿Qué? ¿Siquiera diez cargas?
ALEJO:
Ocho no más.
D. SALOMÓN:
¿Al fin qué? ¿Nos quiere o no nos quiere?
ALEJO:
¿No dice qué no esta interesado en comprar mucho?
D. CARLOS:
Permiso un momento, ya los acabo de atender. (Dirigiéndose a otros campesinos que hacen su entrada) Sigan con confianza, esta es su casa.
APARCERO I:
¿Cómo le va?
D. CARLOS:
Será bien. Gracias. ¿Y a ustedes?
APARCERO II:
Trabajando Señor, trabajando.
D. CARLOS:
¿Por qué no se toman alguna cosa mientras yo atiendo a los señores?
APARCERO II:
Un aguardiente. ¿Cierto don Luis?
APARCERO I:
Sí, aguardiente.
D. CARLOS:
Muy bien. (Regresa con Don SALOMÓN) ¿De modo qué ya les están dando frutos las otras chapolas que sembraron? La constancia vence lo que la palabrería exhorta.
ALEJO:
Pues dos cargas más cosechó Don Salo y tres yo.
D. CARLOS:
Que bien hombre, me alegro. Permiso, ya regreso. (Lleva el aguardiente a los aparceros) Aquí tienen, que lo disfruten.
APARCEROS:
Gracias, don Carlos.
D. CARLOS:
(Regresa) Son aparceros de Patio Bonito.
D. SALOMÓN:
Tierras bonitas esas.
ALEJO:
Eso le estaba comentando a don Salo. ¿Y de lo nuestro qué?
D. CARLOS:
Oigan, para que no digan que no soy buen amigo, les voy a pagar... a noventa centavos la carga. Eso es todo lo que les puedo dar.
D. SALOMÓN:
¿Cuánto dicen que esta pagando Ortega?
ALEJO:
Con razón progresa usted tanto don Carlos. Suba un poco la oferta... Hombre no muestre la angurria.
D. SALOMÓN:
Sí señor. Porque si no le sube, nos vamos para donde don Indalecio. Es que con esos precios no se puede. Ofrezca algo más.
D. CARLOS:
No. No, no. Si noventa centavos es buen pago. Con el exceso de café que hay. Todo el mundo empezó a sembrar, mejor dicho, les estoy regalando plata. Yo porque los conozco, a usted don Alejo desde que estaba con el chinchín en la mano y a don Salomón de toda la vida, buen amigo fue usted de mi papá. Si fueran unos desconocidos, les diría: ¡No compro café! Y san se acabo.
ALEJO:
No me convence don Carlos, suba aunque solo sea a ciento diez pesitos Sonsoneños.
D. CARLOS:
Oigan, ayer tarde vino Chepe Mejía, con siete cargas y de entrada me fue diciendo: “Cardona, a ochenta y cinco centavos se las vendo” Y para que vean ustedes, no se las quise comprar. ¿Por qué? Porque ese viejo ya tiene mucha plata.
D. SALOMÓN:
Cuento chino. Le hubiera arrancado el café de las manos. ¿O era pura pasilla?
D. CARLOS:
Don Salomón, me contengo por respeto a sus canas. Porque a mi nadie viene a decirme mentiroso en mis propias barbas.
D. SALOMÓN:
Usted sabe hombre que todo el mundo le dice “Patraña fresca”.
D. CARLOS:
Bueno, bueno, noventa y cinco, noventa y cinco centavos.
ALEJO:
Un peso y descargamos las mulas. Compárelo con el que tiene ahí, es que a una legua se ve que este mejor.
D. CARLOS:
Noventa y seis centavos y pare de contar.
D. SALOMÓN:
¿Noventa y siete? Noventa y ocho. No.
ALEJO:
Noventa y nueve, por lo que ya lo trajimos hasta aquí.
D. SALOMÓN:
¿Noventa y nueve, don Alejo?
ALEJO:
Noventa y nueve don Salomón. ¿O esta barato?
D. CARLOS:
¿Qué dice usted don Salo? Es un buen precio.

D. SALOMÓN:
Bueno, noventa y nueve serán entonces. Para que usted se enriquezca más y surta mejor esta miscelánea.
D. CARLOS:
Eso es en beneficio de ustedes.
D. SALOMÓN:
Si, evidentemente, aténgase a que le creemos. No somos tontos Carlos.
D. CARLOS:
Si la comunidad progresa, progresamos todos.
ALEJO:
Si, pero unos progresan más que otros.
D. SALOMÓN:
Eso se nota hasta con los ojos cerrados. Huele a oro.
D. CARLOS:
La suerte don Salomón.
D. SALOMÓN:
Si, váyase con ese manto a misa… bueno no se preocupe y cerremos este trato de una vez.
ALEJO:
Si, sirva unos aguardientes que ya la suerte esta echada.
D. CARLOS:
Tengo del que destilan los Velásquez y esta primera canequita va por cuenta mía.
D. SALOMÓN:
A su salud Señores.
ALEJO:
A la suya don Salo.
D. CARLOS:
Y que mi Dios lo conserve muchos años.
Sr. CURA:
(Entrando) Dios los cría y ellos se juntan.
APARCERO I:
Su reverencia.
APARCERO II:
Señor Cura, que bueno verlo porque necesito mandar rezar una misa de difunto.
Sr. CURA:
Más tarde hablamos de eso. Siéntense que yo todavía no me voy.
D. CARLOS:
Buenas tardes Padre. ¿Cómo esta usted?
Sr. CURA:
Yo muy bien don Carlos. Don Salomón, no le pasan a usted los años.
D. SALOMÓN:
Es que ya ni remordimientos tengo, los pecados lo dejan a uno con el tiempo.
Sr. CURA:
Vida ejemplar la suya. ¿Cómo sigue doña Débora?
ALEJO:
Venga y se sienta Señor Cura. Y nos cuenta como va el negocio de la ponchera.
Sr. CURA:
En un minuto hijo, primero déjenme ir a la trastienda, que tengo que cumplir con un precepto físico, pero eso sí, váyanme sirviendo un trago. En pocillo tintero, por sí las moscas.
D. CARLOS:
¿Quiere el inodoro señor cura? ¿Y para que?
Sr. CURA:
¡Para cagar!
D. CARLOS:
Siga Padre, esta en su casa.
Sr. CURA:
No diga eso que Dios no lo quiere así y se lo agradezco todas las mañanas. (Sale)
ALEJO:
Este Cura es muy buena persona. No pierde el sentido del humor.
D. SALOMÓN:
Si don Alejo, además, es tan montañero como nosotros. Él es de los Mejía de Medellín que se vinieron por...
APARCERO I:
Miren quienes vienen allí.
D. CARLOS:
Llegaron hace ocho días, es por lo de la cosecha. (Dirigiéndose a dos mujeres que están por entrar) ¿Qué hacen ahí? No sean tímidas. Sigan, con confianza, esta es su casa.
MUJER I:
Buenas tardes.
MUJER II:
Por acá, a ver si podemos llevar algunas cosas.
D. CARLOS:
Sin duda, pero primero vengan las relaciono con los caballeros.
APARCERO I:
Esta si es mucha preciosidad. ¿No les parece Señores, que los ángeles se han escapado del cielo?
D. CARLOS:
Supongo que se toman un aguardiente.
MUJER I:
Vamos de afán. Venimos por unas panelas, unas viandas…
APARCERO II:
¿Qué afán para vivir cien años? Siéntense aquí y compartimos al calor de un trago.
MUJER II:
Pero que sea uno solo. Rosalinda, mira que ojos tan bellos tiene este hombre.
ALEJO:
Ya tienen dueño señorita.
MUJER I:
Así es el amor.
MUJER II:
Ajenos y esquivos me gustan más.
Sr. CURA:
(Regresa y encuentra esta nueva situación) ¡Largo! Largo de aquí putas de los infiernos. ¡Mujeres pecadoras! Ya les dije que de la Ceiba para acá ni un paso. Y usted Carlos. ¿Se quiere convertir en alcahuete e irse a consumir al averno? Estos demonios enfaldados, solo traen enfermedades y peleas, a estos montañeros díscolos, culí prontos y calenturientos.
EL PARLAMENTO DEL SACERDOTE JUSTIFICA LA SALIDA DE LA FONDA. TERMINADO ESTE, SE DA UN ROMPIMIENTO TOTAL ENTRANDO EN UNA SECUENCIA DE ACCIONES ALUSIVAS A LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS. LOS VIVAS Y LOS ABAJO LLENAN EL ESPACIO SONORO. CONSERVADORES Y LIBERALES ENARBOLAN BANDERAS Y SE TRENZAN EN UNA ESTÉRIL LUCHA, SIENDO AZUZADOS POR URIBE Y VÁSQUEZ COBO.
VII
BLOQUE III – CUADRO I
DIDASCALIA
Primeros años del siglo XX. El país desangrado por la fratricida guerra, que ha dejado como una de sus consecuencias más nefastas la segregación de la Provincia de Panamá, se encuentra en delicada situación económica.
IMAGEN: Cuadro que igualmente se desarrolla en la fonda, solo con un cambio de atmósfera que evidencie mejores días pasados. El tendero, Don Carlos, ordena un poco, mientras toma aguardiente con D. Alejandro.
D. CARLOS:
Y se separo Panamá.
D. ALEJANDRO:
¿Se separo? Nos la separaron. Don Carlos es que el mundo no se queda quieto. Eso se veía venir. Contra la ley del fuerte nada se puede. Nos toca quejarnos al niño de la pila, la ineptitud del gobierno no se soluciona ni con rezos ni con ruegos
D. CARLOS:
Así es don Alejandro, cuando uno menos lo espera le van moviendo el piso y no hay santo de donde agarrarse.
D. ALEJANDRO:
Pero con Panamá o sin ella nos sostenemos, eso es solo un nombre, a mi nada me frena cuando quiero ir.
D. CARLOS:
Sí. Ahí vamos. Sin cinco, pero ahí vamos, nadando y empujando la piragua
D. ALEJANDRO:
Quien iba a sospechar siquiera, que usted, un hombre tan rico, fuera a terminar en bancarrota.
D. CARLOS:
La verdad es que la guerra nos desestabilizo a muchos.
D. ALEJANDRO:
¿Será qué lo que por agua viene, por agua se va?
D. CARLOS:
Oiga mi Don, hoy no estoy de humor para aguantarle bromas a nadie. Hasta el machete esta que se me sale de la funda. No quiero ni que me rocen la ruana.
D. ALEJANDRO:
No es para tanto don Carlos. No es para tanto.
D. CARLOS:
Es que cada vez que me veo en esta situación y me acuerdo de la causa, o me la hacen recordar, me dan ganas de matar y comer del muerto.
D. ALEJANDRO:
Mejor se calma, nosotros ya no estamos en edad de rabiar.
D. CARLOS:
¿Cómo me voy a tranquilizar? Lo que me hicieron los liberales no lo pienso olvidar nunca.
D. DANIEL:
(Entrando) ¡Don Carlos!
D. CARLOS:
Aquí hablando de desgracias. Venga nos acompaña. Tómese uno.
D. ALEJANDRO:
Es que mi Don no olvida lo de sus mulas.
D. CARLOS:
Hombre no solo fue la recua, fue toda la plata que llevábamos para cambiar por la nueva emisión.
D. DANIEL:
Cosas así nos pasaron a todos. Gracias a su Presidente Sanclemente y su golpista Marroquín.
D. CARLOS:
No me venga con paños de agua tibia. “Mal de muchos consuelo de tontos”. Eso decía mi padre y eso digo yo. La verdad es que punza mucho cuando uno se viene a menos.
D. ALEJANDRO:
De todas maneras usted tiene su plante y ya esta levantando otra vez cabeza.
D. CARLOS:
Afortunadamente así es. Gracias a Dios.
DE AFUERA LLEGA UN RUMOR CRECIENTE, LUEGO UNA VOZ.
VOZ:
¡Compro café! ¡Compro café!
D. DANIEL:
¿Y eso? ¿Qué es ese alboroto, esa cantaleta, ese ruidajo?

D. ALEJANDRO:
No sé, ni idea.
VOZ:
Compro café, compro café. A doce piastras la carga... Llévelo a la bodega, allá le pagan. Compro café, compro café.
D. CARLOS:
¿Qué dicen?
VOZ:
(Entrando) Compro café. Buenos días. Los señores no están interesados...
D. ALEJANDRO:
Don Fabio Duque. ¿Usted de nuevo por aquí?
D. DANIEL:
¿Me sirve otro don Carlos?
D. CARLOS:
¡Don Fabio!
D. FABIO:
Don Carlos. Que sorpresa don Alejandro.
D. ALEJANDRO:
Hacia bastante que usted no, venia, por acá.
D. FABIO:
Así es, muchos años sin vernos.
D. CARLOS:
¿Dónde esta viviendo? ¿En Manizales?
D. FABIO:
Estaba don Carlos. Estaba. Perder Panamá me favoreció inmensamente. El llanto de uno es la risa de otro. Ahora viajo por el mundo pero...
D. ALEJANDRO:
¿Pero qué? No me diga que regresó a quedarse.
D. FABIO:
El buen hijo vuelve a casa.
D. CARLOS:
¿De verdad? La cigüeña vuelve al nido. Esto si hay que celebrarlo.
D. ALEJANDRO:
Siéntese hombre.
D. CARLOS:
Perdón los relaciono... Don Daniel Estrada... Don Fabio Duque.
D. DANIEL:
Muy amable don Carlos.
D. FABIO:
Mucho gusto. Gracias.
D. ALEJANDRO:
¿Qué lo trae por acá? Cuéntenos.
D. FABIO:
No Señores, pues a ponerme al frente de los negocios y como les decía, a establecerme y organizar la compra de café, para que no sigan robando a los campesinos con esos precios que pagan por acá.
D. DANIEL:
¿Otra merca de café?
D. FABIO:
Otra no. Vengo a establecer una verdadera compra de café. ¿Y ustedes qué? ¿Acumulando dinero?
D. CARLOS:
Una compra de café.
D. ALEJANDRO:
Por lo menos trabajando.
D. DANIEL:
Si trabajando, porque la plata... hace tiempo que esta esquiva. Se fue como Panamá.
D. FABIO:
No me digan eso. Realmente esas fronteras solo están en la cabeza de los de los que creen que están arriba. Y la plata... es cuestión de hacerle la cacería, de ponerle la zancadilla, la trampa.
D. CARLOS:
¿Trampa? Trampa la que nos armaron los liberales… ¿Qué? ¿Le parece poco lo que nos hizo Uribe Uribe? Dios lo mande a él y a todos los liberales al infierno.
D. FABIO:
En eso disentimos. Oiga, lo mejor que pudo haberle pasado a este país, fue esa bendita guerra, que después de analizar los hechos no se le puede ni siquiera achacar a los liberales.
D. CARLOS:
¿A usted como que le trajo réditos?
D. FABIO:
Por que negarlo, muchos fuimos los que nos lucramos con la guerra y con lo de Panamá redondee mi suerte. Y como ustedes bien lo saben, los que terminan pagando el pato siempre son los mismos.
D. ALEJANDRO:
¿Quiénes? ¿Los conservadores?
D. FABIO:
Hombre, claro que no. Hablo del pueblo. Sírvanme otro trago y a lo que vine.
D. DANIEL:
¿Por lo del café?
D. FABIO:
Exactamente. Tengo entendido don Carlos que usted vende café.
D. CARLOS:
No señor. Yo compro café. Los que venden son aquí los señores.
D. DANIEL:
¿Y don Fabio a como esta comprando la carga? Con el perdón de don Carlos.
D. FABIO:
No, hombre, usted sabe que una cosa son los negocios y otra muy distinta los amigos. ¿No es cierto don Carlos?
D. CARLOS:
Eso dicen.
D. ALEJANDRO:
¿Por qué no dejan eso para luego? Tomémonos el aguardiente tranquilamente.
D. FABIO:
Ojala tuviera tanto tiempo. La verdad es que todavía me quedan muchas cosas por hacer hoy.
D. DANIEL:
Diga de una vez ese precio.
D. FABIO:
Bueno. Doce piastras. Doce piastras la carga.
D. CARLOS:
¿Doce piastras?
D. FABIO:
Claro. ¿Ustedes a como lo están comprando?
D. CARLOS:
No, pues...
D. DANIEL:
¿Cómo le parece don Alejo?
D. ALEJANDRO:
¿Doce piastras?
D. FABIO:
¿Qué les paso? ¿Esta barato o qué? ¿A como les paga usted?
D. CARLOS:
¿Quién? ¿Yo?
D. FABIO:
Es que el café de por acá es de muy buena calidad.
D. CARLOS:
¿Y ese precio? Doce piastras. Don Fabio. ¿Cómo? ¿Cómo es qué? ¿Qué usted puede comprar café a ese precio?
D. FABIO:
Ese es el precio, amigo mío.
D. CARLOS:
¿Y es bueno para usted?
D. FABIO:
Claro. Si el café es lo que ahora vale la pena comprar.
D. CARLOS:
¿Usted le saca así ganancia?
D. FABIO:
Mi querido amigo, ese es el precio de compra del café. ¿Luego, cuanto es lo que les paga usted?
D. CARLOS:
¿Ah?
D. DANIEL:
Eso sí esta gracioso. Infórmele don Carlos.
D. CARLOS:
Pues a mi solo me dan once setenta por el que yo revendo.
D. FABIO:
Lo están robando.
D. ALEJANDRO:
Eso parece.
D. FABIO:
Yo le sigo comprando todo el que usted tiene, sin moverse siquiera del mostrador. A doce piastras. ¿Que tal? Píenselo. Y ustedes, señores, ¿Qué opinan?
D. DANIEL:
Una buena propuesta.
D. CARLOS:
¿Y se piensa quedar definitivamente por acá?
D. FABIO:
Si señor, ya es hora de ir echando raíces.
D. ALEJANDRO:
¿Comprando café a ese precio?
D. FABIO:
Y a lo mejor más alto. ¿Cómo les parece?
D. DANIEL:
Esto se puso bueno, don Alejo.
D. ALEJANDRO:
¿Cuál es su contra oferta don Carlos?
D. CARLOS:
No. Yo a ese pago no le puedo competir.
D. FABIO:
Oiga don Carlos. Para que quedemos todos satisfechos le pago a seis centavos más, por lo que ya tiene sus clientes y me esta vendiendo una buena cantidad. Igual hice con los Ortegas.
D. CARLOS:
Esa ya es otra forma de hablar. Me acaba de quitar un peso de encima, me habría evitado sinsabores de haberlo dicho desde que entro.
D. DANIEL:
Don Carlos lo tenían pariendo borujos.
D. ALEJANDRO:
Destape otra caneca, para celebrar don Carlos.
D. FABIO:
Bien puedan beberse todo lo que quieran. Invito yo.
CURA: (Entrando)
Ya sacaron a bailar al Diablo. Comenzó el carnaval
D. ALEJANDRO:
Se armo el Jolgorio
D. CARLOS:
Mejor cerremos este cuchitril y vamos a beber a la plaza.
D. DANIEL:
Muy buena sugerencia. Veamos que es lo que trajeron a esta feria.

D. CARLOS:
Yo si decía que vendrían días mejores.
SE DISPONEN PARA UN SARAO POPULAR, GRAN ALGARABÍA. ENTRAN SALTIMBANQUIS Y PERSONAJES DE FERIA. SE SOBREPONEN LOS TEXTOS DEL RULETERO, EL CULEBRERO, Y LAS GITANAS QUE EN ALGÚN MOMENTO SE ESCUCHAN CLARAMENTE. AL FONDO, TIPLES, GUITARRAS Y TROVEROS. Pensemos en un homenaje a las fiestas de Ríosucio.
RULETERO:
Pongan pues mucha atención Señores: Rombo, Estrella, Mariposa y Trompo. Solo el azar me llena los bolsillos si poco tengo y si mucho poseo y quiero ver crecer mis morrocotas, nada mejor que el juego. ¿Que en el rancho la mujer ni me habla, que la vaca ya no da ni leche y que la yegua parida se rodó? Nada endulza mejor los oídos de una negra, que la plata que se obtiene fácil. Y para comprar una cachona o una mula, aquí estoy yo. Vengan y hagan sus apuestas señores, que al que trabaja lo ayuda San Isidro, pero al que juega lo ayuda Dios. Y si alguien por casualidad pierde, no olvide la leyenda de Job, que Dios le dio, pero también le quito y que después de demostrar santa paciencia con creces lo premio. Claro que si usted no es cristiano se puede encomendar al Puto Erizo. Vengan, vengan señores y hagan su juego, acá se enriquecen sin trabajar mucho. Rombo, Estrella, Mariposa y Trompo, con uno juega, con tres se queda y con cinco a su casa lleva. Hagan sus apuestas señores... y que sea lo que Dios quiera. Que no le tiemble el pulso, que el corazón no se acelere, que la respiración no se agite y que el Espíritu Santo guíe su mano. No olviden que el mundo lo poseen los valientes y que aquel que ni siquiera arriesga un huevo, ni un pollo obtiene. Hagan juego Señores. Hagan juego, que a la última morada nada nos llevamos, así como llegamos así nos vamos. Gocemos hoy, que del mañana nada sabemos. Hoy sin cinco pero mañana podemos ver todos nuestros sueños cumplidos. Hagan juego señores, hagan juego...
CULEBRERO:
...Y no olviden que este es el Circulo Sagrado y al que se atreva a cruzarlo se le seca el palo. Oídos alertas distinguida concurrencia, lo que traigo yo, no es un articulo cualquiera, es el ungüento de las siete víboras que recibí de manos de un Chaman Quimbaya, el cual muy sabiamente me escogió a mí, para no irse con sus secretos a la tumba poco antes de encaminarse a vivir al lugar de donde no se regresa. Y este potingue sanalotodo, no es que cure la ciática, el reuma, la urticaria, la comezón, no es que cure la impotencia, la frigidez y la tembladera. No, óiganme Damas, Señoritas y Caballeros, no, eso no es nada para esta prodigiosa crema, no solo cura lo que les mencione anteriormente y todos los demás males habidos y por haber, sino que también los protege del mal de ojo, de la sarna, mas conocida como siete luchas, del sarampión, la viruela y de la picadura de serpiente, como les demostrare en un momento, cuando saque a Josefina, la víbora rabo de ají, que traigo aquí en este canasto. ¡Atrás! ¡Atrás! No arriesguen su vida inútilmente... Y cuanto les va a valer esta maravillosa pomada, no les va a costar veinte, ni quince, ni diez, me pagaran la módica suma de cinco centavos por dos pomas y con ellas se llevaran el elixir de vida del doctor Céspedes... Atrás queridos parroquianos, no pongan en peligro su existencia, ya que Josefina se puede salir de su chistera en el momento menos esperado. Metan más bien las manos al carriel, saquen los centavos y compren el sorprendente, el poderoso, el eficaz, el portentoso, el prodigioso, el asombroso ungüento. ¿Qué es extraño, qué es maravilloso? No es solo eso, es extraordinario, milagroso, pasmoso, gigantesco, admirable, grandioso. Esta humilde cajita contiene, lo que los sabios llaman, Panacea Universal y al elixir le dicen Agua de la Juvencia o de la eterna juventud, como se le enuncia en lenguaje vulgar. No duden más Señores, ya que si no quedan satisfechos yo les garantizo con la devolución de su dinero. La mano al dril y la pomada y el elixir para su casa.
SIMULTÁNEAMENTE UNAS GITANAS CIRCULAN ENTRE EL PÚBLICO.
GITANA I:
Señor, Señora, Señorita, la suerte le adivino, en su mano puedo predecirle el futuro.
GITANA II:
Al amante lo oriento con su amor.
GITANA I:
A la viuda le digo donde encuentra.
GITANA II:
A la casada como lo acorrala.
GITANA I:
Al pobre le muestro, la riqueza, la salud al enfermo y al feo la belleza.
GITANA II:
Una moneda, con solo una moneda su destino se abrirá ante sus ojos.
GITANA I:
La sabiduría Cale puede ser suya, salga de las tinieblas, de la oscuridad profunda y tenebrosa.
GITANA II:
Déjeme ver su mano.
GITANA I:
Esta es la línea de la vida, en ella se ven largos años, prósperos y amables.
GITANA II:
Esta es la del amor y allí dos hombres que luchan por usted.
GITANA I:
Un moreno y un rubio que la hostigan.
GITANA II:
Un trigueño la adora.
GITANA I:
Su mano señorita, es la de amante sabia, en ella se lee que conoce todos los secretos del amor. No hay hombre que pueda resistir a su encanto.
GITANA II:
Y en la suya señor, se lee la espera.
GITANA I:
Pero la morena que se le marcho... no vuelve más.
GITANA II:
Muéstreme su mano el caballero.
GITANA I:
Suave y fuerte como caricia a media noche.
GITANA II:
Suave y amable caballero, mano prodiga.
GITANA I:
Mano de labriego cogedor de café.
GITANA II:
Fuerte como el arado.
GITANA I:
Señor, Señora, Señorita, la suerte le adivino, le agüero de amor y de riqueza, del poder, del saber, yo le leo su destino. Señor, Señora, Señorita, la suerte le adivino...
TODOS LOS PERSONAJES CON SUS PARLAMENTOS AMBIENTAN LA FERIA HASTA QUE DON FABIO IRRUMPE CON SU VOZ.
VOZ:
¡Compro café! ¡Compro café! (Silencio) Compro café, a diez veinte la carga. Compro café.
VIII
BLOQUE III – CUADRO II
DIDASCALIA
El primer cuarto de siglo XX se caracterizo por la internacionalización de los mercados, el remezón de la primera guerra mundial y la depresión económica en los Estados Unidos, con sus consecuentes efectos en la economía nacional.
IMAGEN: Corrillo en torno al Cafetero. Ambiente informal.
CAFETERO:
Por eso nos vimos obligados a organizarnos. ¡Imagínense! Llegaba cualquier aparecido y empezaba a ofrecer dinero a manos llenas, los compradores consolidados del lugar quedaban engatusados y se dedicaban a mercar todo el café que les ofrecían sin preocuparse en absoluto de revisar la calidad, cuando iban a vender... se encontraban con las bodegas hasta el tope de café y con una rebajota considerable en los precios. ¡Ah! Y eso no es nada, el mercado con el exterior estaba más desorganizado que un desfile de gallinas. Para 1920 la SAC. convoco al Primer Congreso Nacional Cafetero, aunque allí realmente nada se pudo concretar, se dio el primer paso para que siete, ocho años después, consolidáramos una organización de tipo mixto, la que hoy conocemos como Federación. El propósito era el de establecerse en el mercado Internacional y convertir la caficultura en una industria moderna. El viejo, mi Padre, fue uno de los que impulso la empresa. Para 1930 tenia una trilladora Pereira y dos más en Armenia. Así se fue llenando de plata, tanta, tanta, que cuando al fin murió, no se podía decir de corrido cuánto tenia; la cuestión era que estaba medio orate, le dio eso que llaman ahora locura senil y lo invadió un sentimiento de culpa más grande que el “Peñón”. Arrepentido y creyendo enmendar todos los males cometidos a los mortales que por desgracia cayeron en sus manos, hizo constatar en su testamento y ante Notario Público, que dejaba sus bienes y pertenencias a todos y cada uno de los hombres perjudicados por su mano en su calidad de... Animas Benditas... Ahí es donde entro yo a terciar, que como hijo natural que era, me toco demandar el testamento y al final convertirme en legitimo tutor y albacea de las Benditas Animas del Purgatorio. ¿Qué hace uno en un caso de esos? Hay que avivarse y encomendarse al Uñas. ¿O no?
APARTÁNDOSE DE LA IMAGEN CENTRAL, QUE SE DISUELVE LENTAMENTE. Los personajes con títeres de cabeza nos recuerdan a Manuelucho.
MATAMALEZA:
Señor Jaramillo... Señor Jaramillo.
JARAMILLO:
Diga. (A los otros) Con permiso.
MATAMALEZA:
Venga un momento por favor.
JARAMILLO:
¿Qué se le ofrece?
MATAMALEZAS:
Es que me han informado que los “cachiporros” andan merodeando sus haciendas.
JARAMILLO:
Perdóneme, pero no tengo el honor de conocer a tan informado copartidario.
MATAMALEZAS:
Permita me presento, Carlos Arturo Zuluaga, más conocido como “Matamalezas”
JARAMILLO:
¿Mata Maleza?
MATAMALEZAS:
Pues así me dicen los amigos... debilidades que uno tiene.
JARAMILLO:
¿Y? ¿En qué le puedo servir señor Zuloaga?
MATAMALEZA:
Yo creo que el que puede servir acá es el suscrito, y por favor, no me llame Zuluaga, dígame Matamaleza simplemente.
JARAMILLO:
Muy bien, si así lo prefiere.
MATAMALEZA:
Matamaleza a secas me hace sentir mayor confianza para hablar de negocios. (Pausa) Vamos al grano, le traigo una oferta…
JARAMILLO:
Antes de proseguir, preferiría, si se trata de café, que pase usted por mis almacenes, para que lo atienda uno de mis muchachos.
MATAMALEZA:
Pues, sí y no. Porque por un lado si tiene que ver con el café, pero por el otro no. Oiga, yo soy comisionista.
JARAMILLO:
¿Comisionista?
MATAMALEZA:
Bueno, así me califican algunos, la verdad es que soy adivinador.
JARAMILLO:
¿Comisionista y adivinador? Estamos en ferias. Si es adivinador, puede ganarse algunos pesos. ¿Qué adivina?
MATAMALEZA:
Yo profetizo el día en que la gentuza lo deja de molestar a uno.
JARAMILLO:
¿Cómo así? ¿Eso qué tiene ver conmigo?
MATAMALEZA:
Mucho si usted quiere. ¿Se entero de la lección que dimos en Cienaga?
JARAMILLO:
Sigo sin entender.
MATAMALEZA:
Las bananeras. (Pausa) No se apure, ya va a entender. Oiga bien: Si le interesa, yo le saco los intrusos de sus tierras, es más, puedo presionar a algún otro para que le venda. Yo le limpio la zona. Se la desyerbo, no le digo que me dicen “El Matamaleza”.
JARAMILLO:
Hombre, eso es muy arriesgado.
MATAMALEZAS:
No lo crea mi don. Además, los riesgos los corro yo. A los invasores y a los ladrones, plomo. Y a los otros, a los otros se les envía una boleta.
JARAMILLO:
¿Una boleta...?
MATAMALEZA:
Sí. Una nota aconsejándoles que se vayan, porque se les viene encima una muy mala racha. Nosotros sabemos que un maizal maduro prende fácil o que un hombre puede caer de su caballo y partirse la nuca, son accidentes ¿Cierto?
JARAMILLO:
Eso debo pensarlo.
MATAMALEZA:
Ojala no cavile demasiado. O por lo menos no lo piense por mucho tiempo, porque se le puede adelantar alguno más... más resuelto, y eso puede no ser conveniente para usted. ¿No le parece?
IX
BLOQUE III – CUADRO III
DIDASCALIA
En la década del cuarenta, el inconformismo popular se hace manifiesto y las reacciones violentas de las bases de la pirámide social que han sido reprimidas hasta el momento se desbordan con el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán.
IMAGEN: Zona rural campesina. Cabaña de bahareque. Luz de velas.
ALICIA:
¡Me lo mataron! ¡Me lo mataron!
D. EMILIA:
Contrólese Alicia. Usted ya esta muy vieja para esos aspavientos.
ALICIA:
¿Cómo quiere que me controle Doña Emilia? Si lo más indudable es su asesinato.
D. EDUARDO:
Tranquilícese, que eso no es seguro. Mañana trataremos de hablar con Don Erasmo Valencia y él nos aclarara esta situación.
ALICIA:
Si no es la primera vez que pasa.
D. EDUARDO:
Malditos godos asesinos. Pero tranquila Alicia que Valencia nos ayuda. Y va a volar mierda al zarzo.
D. EMILIA:
Eduardo por favor, no le eche leña al fuego.
OSCAR: (entrando precipitadamente)
Don Eduardo... Don Eduardo...
D. EDUARDO:
¿Qué paso Oscar? ¿Qué paso?
ALICIA:
¿Me lo asesinaron?
OSCAR:
Eso no se sabe. Hasta donde yo los vi, no.
D. EDUARDO:
Cuente, cuente.
OSCAR:
Pues...
D. EMILIA:
Déjelo resollar Eduardo. Oscar, tómese esta agua de panela con limón, usted sabe que es una bebida bendita.
OSCAR:
Gracias Doña Emilia. (Bebe) Bueno, la cosa fue que se tiraron para abajo del cafetal y salieron a la finca de don Elías Bustamante, él estaba secando el café y ahí mismo lo fueron agarrando también. Y en la cara de doña Elena al muchacho mayor le dieron un culatazo en la cabeza.
ALICIA:
¿A Gonzalo?
D. EDUARDO:
Si don Elías es conservador.
OSCAR:
Eso es lo raro. Don Bernardo Villegas, que les vio de cerca asegura que son liberales y él es hombre de fiar.
D. EDUARDO:
Pero si Lucrecia vio al ronco Ospina con ellos y usted sabe que él es más godo que el Rey de Inglaterra.
ALICIA:
¿Qué opina doña Emilia?
D. EMILIA:
Poco me importa a mí ya eso. Lo evidente es que se los llevaron.
D. EDUARDO:
No Mujer. Eso no es así.
D. EMILIA:
Sí Eduardo. Un día son los Godos los que vienen y nos arrancan de la tierra, y al otro son los Liberales.
ALICIA:
Sí Señora. Siga relatando Oscar.
OSCAR:
No. Después se internaron en el monte y ya no pude continuar porque se venia la noche encima y la verdad, me dio culillo, si me hubiesen descubierto, me matan.
D. EDUARDO:
Mañana les seguimos la pista y les aseguro que esos hijos de puta son godos. ¿No es así Oscar?
OSCAR:
Yo ya no sé don Eduardo. Don Bernardo afirma que son liberales y él es un hombre en el que se puede confiar, usted lo sabe.
D. EMILIA:
Oiga Eduardo, esos están amangualados. Lo mismo da rojo que azul. Tan asesino es el fusil del uno como el del otro.
D. EDUARDO:
De cualquiera esperaría yo una traición, menos de usted Emilia. ¡Treinta años de casados Emilia! ¿Acaso no valen nada para usted?
ALICIA:
Bueno no vayan a pelear por eso. La verdad es que doña Emilia tiene toda la razón don Eduardo. Sin embargo, lo que nos interesa es mi marido. Poco importa si fueron los Conservadores o los Liberales.
D. EMILIA:
Ya no se pelea por los partidos. Sabrá mi Dios que es lo que quieren estos hombres ahora.
OSCAR:
Dicen que es por la tenencia de la tierra. Hay quien afirma que lo que quieren es echarnos para la ciudad y ponernos a trabajar en fabricas y en esas empresas que tienen allá en las grandes urbes y hacer con la tierra lo que hacen en las llanuras del Magdalena, el campo lo perdimos.
VOZ DE JORGE ELIÉCER GAITÁN: (FRAGMENTO DE LA “ORACIÓN POR LA PAZ”)
-- Manifestación del Silencio. Bogotá, 7 de febrero de 1948 --
“Señor Presidente: Serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad publica. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad. Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable...”
TRANSICIÓN
D. EDUARDO:
Sirva los frijoles Emilia.
D. EMILIA:
Aun no están, estamos friendo el chicharrón. Tienen tiempo para jugar otra partida.
OSCAR:
No, doña Emilia, si juego otra mano pierdo hasta la camisa. Su marido es una fiera jugando tute
ALICIA:
Voy a traerles un tinto así no se les hará tan larga la espera.
OSCAR:
Muy buena idea doña Alicia, gracias.
ALICIA:
Ya vengo. (Sale del foco de atención)
OSCAR:
Afortunadamente ya se esta recuperando.
D. EMILIA:
Sí, gracias a Dios. Voy a ver si necesita ayuda. Ahora venimos (Sale igual que Alicia)
D. EDUARDO:
Que mujer tan guapa. Son seis hijos, sin marido y sin tierra.
OSCAR:
Eso cada día es más frecuente la violencia crece como si fuera maleza.
D. EDUARDO:
Y como si fuésemos yerba mala, nos matan. Ya oyó, diecisiete en Manizales, solo estaban escuchando a Gaitán: “La Oración por la Paz” que irónico. Dicen que Álzate tuvo que ver en eso, pero como sucede siempre en este país la verdad nunca se sabrá.
OSCAR:
Eso no es solo aquí, eso sucede en todo el mundo, los ricos hacen y los pobres pagan
VOZ DE JORGE ELIÉCER GAITÁN: (FRAGMENTO DE LA “ORACIÓN POR LOS HUMILDES”)
- Manizales, febrero 15 de 1948 --
“Compañeros de lucha: sólo ha muerto algo de vosotros, porque del fondo de vuestras tumbas sale para nosotros un mandato sagrado que juramos cumplir a cabalidad. Seremos superiores a la fuerza cruel que habla su lenguaje de terror a través del iluminado acero letal. El dolor no nos detiene sino que nos empuja. Y algo profundo nos dice que al destino debemos gratitud por habernos puesto a prueba, por habernos ofrecido la sabia lección y la noble alegría de vencer obstáculos, de domeñar dolores. De mirar en lo imposible nada más que lo atrayentemente difícil. ¡Vuestras sombras son ahora la mejor luz en nuestra marcha!”
D. EDUARDO:
Lo peor es que termina uno acostumbrándose.
OSCAR:
Dios nos ampare y nos favorezca.
D. EDUARDO:
¿Qué paso con la matanza en Patio Bonito? Nadie dijo esta boca es mía. Todos nos quedamos callados.
OSCAR:
Pero no es por que uno se acostumbre don Eduardo, no, es por miedo. Así de fácil. ¡Miedo!
D. EDUARDO:
No lo sé Oscar, aunque tal vez tenga usted razón. A un miedo no hay pantalones que le aguanten.
OSCAR:
Si don Eduardo, se nos mete el miedo por los ojos y por los oídos y lo más tenaz es cuando ese miedo se convierte en horror y lo siente uno desde las pelotas hasta la barriga, se derrumba el valor y hasta la vergüenza se pierde. (Pausa) Sobre todo cuando se ven los restos, usted sabe como los descuartizan, no puede uno ni reconocerlos.
D. EDUARDO:
Y eso que por estos rumbos dicen que no hay violencia, que lo más duro se vive por allá por el Tolima, por los Llanos, por otras tierras. Cuentan que por esos lados los asaltos son despiadados, que no dejan títere con cabeza, yo creo que ni Dios mismo sabe a donde vamos a ir a parar.
CAMPESINO: (entrando precipitadamente)
¡Atentaron contra Gaitán! ¡Atentaron contra Gaitán!
D. EDUARDO:
¿Cómo? ¡Emilia venga!
CAMPESINO:
Parece que lo mataron en Bogotá.
ENTRAN LAS DOS MUJERES
D. EMILIA:
¿A quien mataron?
CAMPESINO:
Al “Caudillo”. A Gaitán.
LA IMAGEN SE ROMPE. ESCENAS DE VIOLENCIA Y CAOS QUE EVOCAN LO QUE SE CONOCE COMO EL “BOGOTAZO”
VOZ DEL ARZOBISPO PERDOMO: (Días después del nueve de abril de 1948)
“En esta hora de inmensa tribulación para nuestra amada patria, y con el corazón profundamente acongojado ante los extremos de perversidad y de locura a donde vemos que ha sido llevado nuestro pueblo por obra de extrañas influencias, destructoras no solo de todo orden moral y religioso sino además de todo ideal patriótico, y de todo sentimiento humanitario, no podemos menos que reprobar con la mayor energía y deplorar con el más vivo dolor los horrendos atentados y delitos que se han cometido, primero, contra la persona de un ilustre ciudadano y destacado hombre publico, el doctor Jorge Eliécer Gaitán, y luego contra la autoridad legítimamente constituida, contra el orden publico, contra la vida y propiedades de los ciudadanos, contra la sociedad entera, y contra todo lo que constituye nuestra cristiana civilización y cultura”
ALGUNO:
¿Y el café? No lo podemos abandonar así.
ALGÚN OTRO:
Ya no se trata del café, ahora lo que hay que defender es al partido. A la causa.
CORO:
Yo los vi un día, estaban desencajados sus rostros
VOCES:
- Sus manos se confundían en una prolongación filosa que ya no era machete.
- Sus ojos solo tenían un norte, el de la sangre.
- Sus bocas un solo grito: ¡Muerte a la especie!
- Sus oídos una sola música y su olfato una sola fragancia.
Pausa
- Yo también los vi un día, estaban sentados en cómodas poltronas.
- Sus rostros limpios y serenos.
- Sus manos cruzadas una con otra, inspiraban confianza.
- Sus ojos tranquilos y seguros.
- Sus bocas eruditas y amables.
- Sus oídos finos y educados.
- Y sus bodegas abundantes y prodigas.
- Y sus mujeres no fueron violadas.
- Sus hijos no fueron degollados.
- Y nadie los señalo como asesinos.
Pausa
- Yo también los vi un día, tenían las manos rojas.
- Como café en cereza.
- Como sangre de campesino.
CORO:
Tenían las manos rojas. Hay quien afirma que aun las tienen, y que de norte a sur, la sangre colombiana, corre alimentando mortajas rojas y mortajas azules. Tenían en sus ojos una sola meta y en sus bocas un solo grito: “Muerte al estúpido creyente y riqueza y poder al manipulador de la violencia”.
Pausa
CORO:
Yo también los vi un día, eran los líderes y abanderados de los dogmas antiguos y modernos. Tenían las manos marcadas, marcadas con la sangre del hombre.
OSCURIDAD

NOVIEMBRE ES LA PROMESA

Autora: ROXANA ARAMBURÚ
Contacto: lobiaramburu@yahoo.com.ar

ESCENA 1
Interior de un departamento pequeño. Al costado, una cama. La mesa está preparada. De espaldas a Lucio, Mara habla mientras se ocupa de algo de la cena: adereza la ensalada, descorcha una botella, lava alguna vajilla. Lucio, con las manos en los bolsillos, revuelve monedas. No la escucha.

MARA: - ... entonces ellos salen a una especie de terraza, muy grande, con un balcón hacia el parque que era gigantesco, mirá, hasta tenían una glorieta, ¿o una retreta se llama? bueno, esos lugares donde se pone una banda de músicos, al aire libre; hay una parte en que aparece la hija mayor con el borrego que le gustaba que después se hace nazi, qué digo la glorieta, ¡un lago tenían! no era un fondito cualunque, no... Bueno, te decía: venían del comedor, habían estado los chicos dando las buenas noches, todo el batallón, y la otra, por supuesto, los acompañaba. Ahí hay miradas, incomodidad, bueno... se van todos, los pendejos y ella. El viejo estaba todo el día con el pito en la boca y los trataba como soldados. Entonces la pareja, después de cenar, sale a tomar el fresco de la noche, ella tiene un vestido de fiesta tipo strapless, divino, largo, un poco brilloso, tiene una cinturita así de chiquita y es tetona, el vestido es bien escotado y sin breteles, pero ¿viste? de ésos que tienen unos corpiños armadísimos que parece que las tetas van en una bandeja. A Lucio ¿Me pareció, o estabas silbando? Vuelve al relato Creo que ella lleva un foulard, ¿sabés qué es un foulard? es una especie de chalina, de pañuelo largo de seda, muy fino... super elegante. Preciosa, un cutis de porcelana, una cabellera cortita pero bien… como se usaba en esa época, ¡más vale!; ella era aristocrática, creo que tenía un título de nobleza; sí, era baronesa. Y él, era capitán. Siempre distante, con cara de culo, pero qué lindo… Espectacular, nunca vi un tipo tan pintón, salvo Cary Grant. Pero Cary era como latino, más negrito, más vernáculo. ¿Entonces ella qué hace? A Lucio ¿Podés dejar de hacer ruido con las monedas? Me ponés nerviosa. Vuelve al relato ¡Se le adelanta! Es perfecta la resolución. Cuando ve que el capitán ya le va a decir, que no hay vuelta atrás, percibe la respiración de él antes de empezar a hablar, ¿te das cuenta? La inhalación... y se le adelanta... Los dos saben que no es así, pero como él es un caballero, se la deja pasar. Nunca vi un modo más elegante de zafar, le hace “espejito me rebota y a vos a te explota”... Listo, ¿comemos?
Lucio se sienta a la mesa y aparta el plato.
MARA: - ¿No vas a comer?
LUCIO: - No… no ando bien.
MARA: -¿Qué te pasa?
LUCIO: - No sé, estoy mal con todo, estoy pinchado. Hoy me hubiese vuelto a mi casa a dormir, en lugar de venir a verte.
MARA: - Pero no nos vemos nunca…
LUCIO: - Por eso, eso es lo grave. Siento que no tengo ganas de encarar nada, y vos estás tan pila…
MARA: - ¿Porque te conté la película, lo decís?
LUCIO: - No... por nosotros.
MARA: - ¿Yo, pila?
LUCIO: - Y, sí.
MARA: - Bueno, es relativo. Terminé hace poco una relación de diez años, tampoco es que estoy bailando en una pata.
LUCIO: - No me gusta estar así, no sé… me parece que vos te merecés algo mejor.
MARA: - …
LUCIO: - ¿Qué hacés esa cara?
MARA: - Nada.
Pausa
LUCIO: - ¿En qué pensás?
MARA: - En la comida. Quién se va a comer todo esto.
LUCIO: - ¿Me estás cargando?
MARA: - No, de verdad te lo digo. No cocino nunca. Me siento una estúpida.
LUCIO: - No es importante la cena.
MARA: - Eh, vos decidís si yo merezco algo mejor, si es o no importante la comida…
LUCIO: - Bueno, no me parece trascendente. Estamos hablando de otro asunto.
MARA: - ¿Y qué es lo importante? ¿Que me vas a dejar?
LUCIO: - Creo que sí.
MARA: - ¿Pero qué es lo que creés? ¿Que me dejás o que es importante?
LUCIO: - No me enrosques las palabras, sabés que yo no ando con tanta vuelta.
MARA: - Mirá, lo importante está conformado por pequeñeces. Es como pensar en una línea, ¿te das cuenta? Es una serie infinita de puntos. Una serie de cosas pequeñas que vas a dejar de hacer conmigo: comer es una.
LUCIO: - Le estira la mano a través de la mesa, sonriendo Sabés que nunca anduve bien con la geometría.
MARA: - ¿Es un chiste? Ja ja. Pausa ¿Por qué me decís que yo estoy pila? Me parece una justificación gratuita.
LUCIO: - Bueno, no sé, estoy en un momento en que siento que todo me supera. Todo es mucho.
MARA: - ¿Sabés qué fue mucho? El embale con que te metiste conmigo. ¡Eso fue mucho!
LUCIO: - Mara, escuchame… Nada de lo que hice fue sin sentirlo.
MARA: - No, me doy cuenta. El tema es que vos te engañás con lo que sentís. ¡Y tuviste muchas ganas de estar bien, por decreto!
LUCIO: - Che, pará, yo vine a decirte las cosas de frente…
MARA: - Hay una parte, donde María les cose ropa; los chicos iban vestidos horrible, - una de las nenas se llamaba “Briyita”- y ella saca una cortinas de cretona, ¿viste esas cortinas pesadas, floreadas? Y les hace pantaloncitos, una jumper, camisas… ¿Era en esa o en otra película que pasaba?
Pausa. Mara esconde la cara entre las manos.
LUCIO: - No quiero hacerte mal.
MARA: - Recuperada Seguro. Nadie tiene la culpa. Servime vino.
LUCIO: - Mirando la etiqueta ¿Compraste éste otra vez?
MARA: - Sí, ¿no era que te gustaba el malbec?
LUCIO: - Me encanta.
MARA: - Y bueno… lo compré para vos. No quiero ni acordarme.
LUCIO: - Ofrece cigarrillos ¿Querés?
MARA: - No, tengo de los míos. No tengo ganas de hablar de los cigarrillos, ni del vino… ni de la película. ¿Para qué? Son eslabones inútiles, destinados a morir ni bien se caen de la boca. No hablemos más.
LUCIO: - Está bien.
MARA: - No sé a quién voy a llamar. A Bea la llamé la última vez que me dejaste.
LUCIO: - Pero esta vez va a ser distinto. Pensá en eso.
MARA: - Ah, podría ser mi compañera nueva… ¿Eh? ¿Por qué decís eso?
LUCIO: - No lo sé. Tengo un pálpito.
MARA: - …
LUCIO: - ¿Te puedo llamar, más adelante?
MARA: - ¿Para?
LUCIO: - No sé, por ahí tengo necesidad de verte, de hablar con vos… pero no te aseguro que tenga ganas.
MARA: - Si querés hablar conmigo hacelo ahora y decime qué te pasa.
LUCIO: - Ya te dije… estoy desanimado. No estoy con otra.
MARA: - ¡Eh! Yo no te pregunté nada. ¿Por qué te atajás?
LUCIO: - Porque es la típica, dejar a alguien porque hay otra persona.
MARA: - ¿La típica de quién? Yo no hago eso. No necesité dejarte para estar con otro.
LUCIO: - ¿Cómo?
MARA: - Eso. Que estuve con alguien.
LUCIO: - ¿Cuándo?
MARA: - ¿Sabés que no creo lo que decís? Cuando nos conocimos, fue lo primero que dijiste, que no podés estar solo. Sos como el capitán, agarrás con una mano y dejás con la otra.
LUCIO: - ¿Con quién? ¿Cuándo?
MARA: - ¿Qué importa? Viniste a dejarme, así que calculo que esto es un detalle. Y los detalles a vos no te importan.
LUCIO: - No, no es detalle. Ahora necesito saber.
MARA: - Si querés te cuento todo así te vas más tranquilo.
LUCIO: - ¿No ves que soy un estúpido? ¡Tanta confianza que te tenía!
Mara se sirve ensalada y empieza a comer como si nada hubiera pasado.
MARA: - ¿No querés un poco de esta ensalada?
LUCIO: - No, te dije que no quiero comer. Y menos ahora.
MARA: - ¿Por? Ahora ya podés comer, se pasó lo peor. Está rica, hasta batí mayonesa. Qué pena. Rogando Comé un poco… por favor… me siento patética. Nunca cocino.
LUCIO: - ¿Con quién me engañaste?
MARA: - Con Juan de los Palotes.
LUCIO: - Mara, no juegues con mis sentimientos.
MARA: - Lucio… esto es un juego. Desde el vamos es un juego. ¿Viniste a avisarme que perdí? Decime qué reglas desconocidas se violaron o andate al mazo.
LUCIO: - Dejame de joder con las metáforas.
MARA: - ¿Para qué querés que te diga? ¿Para confirmar que no es ni por asomo el que pensás?
LUCIO: - Sincerate. Siempre hace bien.
MARA: - Vos tenés que sincerarte. Yo ya te dije lo que para vos es más grave.
LUCIO: - ¿Qué querés que te diga? Estoy mal. No siento ganas de trabajar, ni de leer, ni de dormir, ni de levantarme, ni de caminar, ni de verte.
MARA: - Algo te ocupa la cabeza. Una mujer.
LUCIO: - Te dije que no.
MARA: - Te digo que sí, una mujer… tuya. Tu ex mujer.
LUCIO: - Estás loca.
MARA: - Ja. ¿Sabés que no sé ni cómo se llama? Qué llamativo, ¿no? Nunca me hablaste de ella.
LUCIO: - ¿Qué pretendías que te contara?
MARA: - ¡¡¡¡Nada!!!! Que la mencionaras hubiera sido suficiente. María Augusta Kutchera se debe llamar. ¡Es María Von Trapp!
LUCIO: - ¿Qué pavada estás diciendo? Se llama… ¡eh, esto no tiene sentido!
MARA: - Claro que no tiene. Andate, y listo.
LUCIO: - No podemos quedar así, estuvimos juntos un montón de meses.
MARA: - Sí, recién ahora me doy cuenta. Que te tendría que haber hecho fuerza, para que no te metieras de prepo en mi vida.
LUCIO: - Esto es muy desagradable, Mara. No quiero decir nada más, todo lo que digo te suena a verso.
MARA: - ¿Con quién usaste el forro que faltaba?
LUCIO: - ¿Qué?
MARA: - Hace quince días. Estábamos en tu casa, y yo te pregunté por el que faltaba.
LUCIO: - No te escuché.
MARA: - Sí, me escuchaste, pero no sabías qué contestar y te hiciste el sordo.
LUCIO: - Te digo que no te escuché.
MARA: - Y lo peor, es que no quise volver a preguntarte. No quise. Tendrías que haber sido más cuidadoso. Eso no se hace. Si hay tres, no son tantos… se cuentan: ¡uno, dos, tres!
LUCIO: - Tampoco soy bueno para la aritmética.
MARA: - Sos muy inoportuno para hacer chistes.
LUCIO: -¿Qué me decís a mí? Acabás de contarme que te acostaste con otro.
MARA: - Eso no era un chiste. Era verdad. Y dos veces.
LUCIO: - ¿Dos? ¿Era bueno? ¿Mejor que yo?
MARA: - No. Malísimo.
LUCIO: - ¿Y entonces?
MARA: - No lo entenderías. Hay algo que se llama angustia, pero vos no la conocés. La angustia de ir entendiendo de qué van las cosas, hay que sofocarla.
LUCIO: - Dejá de hablar por mí, haceme el favor, ¿qué sabés si conozco o no la angustia?
MARA: - ¡Es que me desespera que no verbalices!
LUCIO: -¿Qué ibas entendiendo? ¿Lo que ni yo sabía?
MARA: - Lo sospechaba. Pero me agarraron unas ganas de creer…
LUCIO: - Me voy.
MARA: - Mejor. Dejame sola así reviento llorando.
LUCIO: - No, no. Prometeme que no vas a llorar.
MARA: - ¿Por qué no voy a llorar? ¿Tampoco es importante, según vos? Voy a hacer lo que se me cante. Arrepentida No te vayas, Lucio... no te vayas hoy.
LUCIO: - No me lo hagas difícil.
MARA: - Yo no te hago nada.
LUCIO: - Dejame despedirme. Se acerca, la abraza Sos un pedazo de mujer. Tenés mil cosas a favor. Pausa ¿No querés ver mi auto nuevo?
MARA: - Zafándose del abrazo Después me decís de la comida, ¿qué mierda me importa tu auto? Si no te reconozco por la calle, mejor para mí.
LUCIO: - ¿Ves? ¿Ves?
La besa, le agarra un ataque de calentura repentina, le saca la blusa, etc.
MARA: - Pero… viniste a dejarme… no me hagas esto.
Se besan desesperadamente un rato, de golpe Lucio se detiene.
LUCIO: - Tenés razón. Esto está mal.
MARA: - ¿Ahora me querés subir los calzones?
LUCIO: - Es que no se me va a parar.
MARA: - Agarrándolo ¿Y esto que tenés acá, qué es? Vamos, ahora vamos.

ESCENA 2
Están sentados en la cama.
LUCIO: - ¿Tenés un pañuelo por ahí?
MARA: - Sacá del primer cajón, y después pasámelo.
Se suenan la nariz, llorosos.
LUCIO: - ¿Ayer te fue bien en la prueba?
MARA: - Sí, fue una pavada. Por suerte, ya terminé todo. ¿Y vos? ¿Entrenaste?
LUCIO: - Un rato, no más. Espero organizarme mejor, más adelante.
MARA: - Claro. Se vuelve a sonar la nariz. Ahora vas a tener más tiempo libre.
Lucio la abraza.
LUCIO: - Viene la mejor época de la ciudad.
MARA: - Sí, para salir a tomar una cervecita afuera, más calor… Como la baronesa y el capitán, acodados en la terraza.
LUCIO: - Con el perfume de los tilos.
MARA: - Ya se caen las flores del ceibo y del jacarandá.
LUCIO: - Alfombras de flores.
MARA: - Y mientras van cayendo te digo: “…Es inútil. Es inútil, capitán Von Trapp…”
LUCIO: - ¿El qué?
MARA: - Nada, nada. No me hagas caso. Que noviembre es la promesa. Enero, la decepción.
LUCIO: - ¿Escuchás? Está lloviendo.
MARA: - Canta “My favorite things”, de La Novicia Rebelde
Raindrops on roses and whiskers on kittens,
bright copper kettles and warm woolen mittens,
brown paper packages tied up with strings,
these are a few of my favorite things.
Es la canción de la tormenta… ¿la ubicás?
LUCIO: - No. Lo único que me acuerdo de esa película es la parte que el tipo canta… con una guitarra, que parece demasiado chica para su tamaño.
MARA: - Canta “Edelweiss”. Hermoso. Tararea Edelweiss, Edelweiss…
LUCIO: - No sé… pero el tipo está cantando y se quiebra. Es un gesto mínimo, pero se quiebra.
MARA: - Claro… pensá que el capitán era un duro. Por favor, tocame la espalda.
Lucio le acaricia la espalda.
MARA: - Es el único lugar al que no llego sola… lo necesito…
Lucio le hace masajes con mucho afecto y quiebra en un gesto mínimo, que Mara no ve.
LUCIO: - Sobreponiéndose Pusieron un barcito nuevo frente a la plaza.
MARA: - Lo vi. Pensé en ir con vos, una de estas noches.
LUCIO: - Yo ya fui.
MARA: - Ah, buenísimo. Yo no pienso pisarlo. Aunque tal vez sea mejor exorcizarlo, entrar de una vez y al carajo la melancolía.
LUCIO: - ¿Querés un poco de vino?
MARA: - Sí, ya que estás traé tarta, también.
Lucio vuelve con la fuente, comiendo
MARA: - ¿Te gusta?
LUCIO: - Mmmmm…. riquísima.
MARA: - Comiendo Qué lindo verte comer.
LUCIO: - ¿Tiene aceitunas? Silencio Te quedaste pensando en algo.
MARA: - Sí, en la ropa de verano. Mi ropa. Nunca la viste.
LUCIO: - No.
MARA: - ¿Querés ver? Dejame que te muestre.
LUCIO: - Mara.
MARA: - Alguna, aunque sea… No tengo un strapless como el de la baronesa, pero…
LUCIO: - ¡No!
MARA: - Está bien. Para cuando la use, tal vez ya te haya olvidado, ¿no?
LUCIO: - No quisiste ver mi auto…
Pausa
MARA: - Cuando te vayas, llevate comida. No la quiero encontrar mañana y pensar en esta noche.
LUCIO: - ¿No me vas a contar quién fue?
MARA: - Vos tampoco me vas a decir.
LUCIO: - …
MARA: - ¿Con quién fuiste al bar?
LUCIO: - Mara, no faltaba ninguno. En la caja, digo.
MARA: - Cuenta con los dedos Uno, dos… ¿tres?
LUCIO: - Delirás.
MARA: - Sí, sí. Esto es un delirio. Pasame más vino.
LUCIO: - No tomes más. Te va a hacer mal.
MARA: - ¿Estás loco? ¡Vos me hacés mal! Mirá que me voy a preocupar por el vino… Todo lo contrario, el vino es saludable, te destapa las arterias.
LUCIO: - ¿Te dejo la botella acá?
MARA: - Por supuesto. Lo más cerca posible. Canta Edelweiss, edelweiss…
LUCIO: - Mara… mañana tengo que trabajar.
MARA: - Ni menciones las cosas cotidianas. No puedo pensar siquiera en cepillarme los dientes.
LUCIO: - Me voy.
MARA: - Andate de verdad, ni te despidas.
LUCIO: - ¿Venís a cerrar?
MARA: - Ni loca. Tirá la llave por el buzón.
LUCIO: - Prometeme que te vas a poner bien.
MARA: - Ufa, ¡cuántas garantías!
LUCIO: - ¿Te puedo pedir un favor?
MARA: - …
LUCIO: - ¿Me llamarías mañana?
MARA: - ¿Mañana?
LUCIO: - Sí, mañana.
MARA: - Pero, ¿tan pronto? Tendríamos que aprovechar esta crisis, tomarnos un tiempo… Ilusionada ¿De verdad, me lo decís?
LUCIO: - Temprano.
MARA: - Yo creí que esta segunda parte no invalidaba la primera.
LUCIO: - No, no. Es así. Pero se me rompió el despertador.
MARA: - ¿Sabés una cosa? ¡Pedile al mono relojero que te despierte!
LUCIO: - Está bien, no dije nada, está bien. Disculpame.
Lucio se dirige a la puerta.
MARA: - Lucio. ¡Lucio!
Lucio se detiene.
MARA: - ¿A qué hora?
LUCIO: - A las siete.
Lucio se va. Se escuchan sus pasos, alejándose.
MARA: - “Es inútil, capitán Von Trapp. Es inútil”.
Apagón.

EL VIENTO SOPLA TODAVÍA - VIRGINIA BOLTÉN

Autora: Roxana Aramburú
Contacto: lobiaramburu@yahoo.com.ar

Interior de una habitación humilde: una ventana a la calle, pocos muebles, una biblioteca importante. La luz es tenue pero destaca el retrato de una mujer con el pelo cortado al ras. Una anciana duerme en una mecedora y ronca ligeramente. Una joven –Luisa- entra precipitadamente, con una bolsa en la mano. Cierra la puerta, se acerca con cautela a la ventana y espía a través de la cortina. Al dar unos pasos hacia atrás para alejarse, tira algo y despierta a la anciana. Ambas se asustan de la presencia de la otra.


ANCIANA: - ¿Quién sos vos?
LUISA: - La nieta de Lorenza.
ANCIANA: - ¿Quién?
LUISA: - (Mirando de reojo hacia la ventana) Lorenza... de acá a la vuelta.
ANCIANA: - Vos no sos Lorenza.
LUISA: - No, soy la nieta.
ANCIANA: - (Desconfiada) La nieta. ¿Y qué hacés acá? ¿Cuándo entraste?
LUISA: - Eh... (Reparando en la bolsa que lleva en la mano) Mi abuela me pidió que le trajera un poco de fruta.
ANCIANA: - ¿Fruta? ¿Por qué?
LUISA: - Dijo que usted estaba enferma.
ANCIANA: - ¡Enferma! Enferma estará ella.
LUISA: - ¿Dónde dejo la bolsa?
ANCIANA: - ¿Qué?
LUISA: - La fruta.
ANCIANA: - Bueno... ahí, en la mesa.
LUISA: - Mejor la llevo a la cocina.
ANCIANA: - (La sigue con la mirada) Bueno... si querés.
Luisa entra a la cocina y permanece un rato en silencio absoluto. La anciana está expectante.
ANCIANA: - ¿Necesitás algo?
LUISA: - No, nada, nada (Se asoma apenas por el vano de la puerta). Me quedé mirando la alacena. Qué linda.
ANCIANA: - ¿Cómo te llamás?
LUISA: - Luisa.
ANCIANA: - (Complacida) Como la virgen roja.
LUISA: - ¿Me deja hacer una llamada?
ANCIANA: - No tengo teléfono. Vení, acercate. ¿Por qué te pusieron ese nombre?
LUISA: - A mi mamá le gustaba. A mí no, es antiguo. Me dicen Lu.
ANCIANA: - ¿Lu?
LUISA: - Un sobrenombre. ¿No se acuerda de mí, de cuando era chica?
ANCIANA: - Me parece, pero... (Niega con la cabeza)
LUISA: - ¿No quiere tomar algo caliente? (Cierra la cortina de la ventana, casi de modo imperceptible) Hace frío acá adentro.
ANCIANA: - Yo no siento. ¿Estamos en invierno?
LUISA: - En primavera.
ANCIANA: - ¡Primavera! ¡Printemps, Frühling, becha, udaberri! (Luisa sigue atenta) ¿Esperás a alguien?
LUISA: - No, no. (Se aleja de la ventana, disimula) ¿Dónde aprendió esos nombres?
ANCIANA: - De mis compañeros. De los Grupos de Afinidad.
LUISA: - ¿Qué es eso?
ANCIANA: - Siempre hay algo que aprender. ¿Vino Salvatore?
LUISA: - (Sobresaltada) ¿Quién? ¿En un auto?
ANCIANA: - (Repara en su confusión temporal) No, no... No me hagas caso.
LUISA: - Porque un auto... andaba por acá.
ANCIANA: - Quedate tranquila. Me olvido.
LUISA:- (Ansiosa por irse a la cocina) Le hago un té.
ANCIANA: - ¿Puede ser mate cocido? Hay agua en un termo. La yerba, en el estante de arriba. Si tuviera las piernas bien... y las manos... y la columna...
LUISA: - (En off) Ya va a estar mejor.
ANCIANA: - (En voz alta) ¿Qué? No te escucho.
LUISA: - (La chista) Que ya va a estar mejor.
ANCIANA: - Qué decís, nena... (Se repone) No, no me quejo. Cuando era como vos me trepaba a los árboles, a los paredones, corría... Es la vida. Ahora hay que quedarse un poco quieta, nada más. No cambió tanto, ¿no? Qué honor... (Se ríe) ¡La "Buena Luisa" me prepara mate cocido!
Luisa le acerca una taza.
ANCIANA: - Gracias. Sos solidaria, ¿eh? Está muy bien.
LUISA: - ¿Que le pasó en las manos?
ANCIANA: - ¿Adónde?
LUISA: - Las uñas.
ANCIANA: - Ah, eso. Ya ni me acordaba. Del frigorífico. El frío te hace caer las uñas. Y a mi edad ya no tienen fuerza para crecer. Vos parecés chiquita. ¿Cuántos años tenés?
LUISA: - Veintiuno. Soy del 62.
ANCIANA: - (Con melancolía) Como mi nieta.
LUISA:- (Sorprendida) ¿Tiene una nieta? No sabía.
ANCIANA: - Bueno, como si lo fuera. (Toma. Luisa permanece de pie, pero protegida por la mecedora). Andate, si querés. No hagas cumplidos.
LUISA: - No, no tengo apuro.
Pausa prolongada.
ANCIANA: - ¿Querés algo?
LUISA: - …
ANCIANA: - Nosotros no damos propinas. Una propina es caridad.
LUISA: - No, no quiero plata.
ANCIANA: - ¿Y?
LUISA: - (Buscando una excusa) Quería hablar un rato... conocerla, que me cuente cosas de antes.
ANCIANA: - (La observa) Ajá.
LUISA: - Bueno, es que mi abuela no se acuerda bien, así que yo le quería preguntar...
ANCIANA: - Adelante. Con confianza.
LUISA: - (Sin salida, ve el retrato y lo señala) ¿Es usted?
ANCIANA: - (Se ríe) No... Una tía.
LUISA: - ¡Qué corto usaba el pelo! ¿No?
ANCIANA: - Era más higiénico... y más barato.
Luisa está distraída, mira disimuladamente hacia la puerta, atenta a los ruidos.
LUISA: - ¿Quiere que cierre con llave?
ANCIANA: - No, no es necesario. Hace años que dejo la puerta abierta. ¿Pasa algo?
LUISA: - No. ¿Qué me contaba, de su tía?
ANCIANA: - (Intrigada) Sí... te decía que... ¿sabés que fue la primera mujer que habló en una manifestación?
LUISA: - Ah... (Incómoda) Algo me acuerdo... pero mi abuela me dijo que había sido usted.
ANCIANA: - Qué va. No, no fui yo. Fue ella, Virginia. Virginia Boltén.
LUISA: - Entonces, se confundió.
ANCIANA: - ¿Tan perdida está Lorenza? Virginia ya murió. ¡Si eso fue en 1890! ¿Y ahora en qué año estamos?
LUISA: - 1983.
ANCIANA: - ¿Cómo 1983? ¿Ya terminó el mundial?
LUISA: - (Sombría) ¿El ´78? Sí.
ANCIANA: - (Recordando algo) Cierto, cierto... (Probándola) ¿Saliste a festejar?
LUISA: - No. (Nerviosa) Usted tendría que tener un teléfono acá.
ANCIANA: - ¿Por qué?
LUISA: - ¿No tiene miedo? Que le pase algo, no sé.
ANCIANA: - ¿Qué más me podría pasar? El último que tuve, estaba pinchado. Un día lo arranqué.
Luisa se incomoda, no sabe si irse o quedarse. El ruido de un auto la sobresalta.
ANCIANA: - Es el carnicero. Siempre maneja así.
LUISA: - (Desorbitada) ¿Qué carnicero? ¿Viene para acá?
ANCIANA: - ¿Acá? (Se ríe) ¡No! ¿Lo conocés?
LUISA: - No sé... el auto me parece, ese ruido.
ANCIANA: - Lo hace a propósito. Vení, ponete al lado mío (Luisa se sienta cerca de ella. El ruido del auto que acelera pasa a primer plano. Luisa intenta levantarse y la anciana la retiene). No, no te muevas. Vas a estar bien. Confiá en mí (La toma de la mano. El auto se aleja).
LUISA: - (Se acerca a la ventana y mira, aliviada) Se fue.
ANCIANA: - Acá no entra más, ¿sabés? Desde aquella vez... (Palpa un arma que lleva bajo de la ropa). Pensaba que ésta era de juguete. Y después empezó a decirle a todos que en esta casa vive una vieja loca.
LUISA: - (Asustada, se ríe. Distrayéndola y distrayéndose) Cuénteme, cuénteme más.
ANCIANA: - ¿Del carnicero?
LUISA: - ¡No, no! Otra cosa. No quiero hablar de eso.
ANCIANA: - (La observa) Tu abuela la conoció.
LUISA: - ¿A quién?
ANCIANA: - A Virginia.
LUISA: - No, no puede ser.
ANCIANA: - (En voz muy alta) ¿Cómo no la va a conocer?
LUISA: - No grite, no grite. Pero... ¿en qué año nació su tía? Mire que...
ANCIANA: - Las cosas que preguntás vos. ¿Quién sabe?
LUISA: - ...mi abuela tiene cerca de noventa, pero además es de Montevideo.
ANCIANA: - Allá estuvo Virginia cuando la deportaron. ¡Y ya estamos en 1983!
LUISA: - ¿Qué? ¿Era uruguaya, también?
ANCIANA: - No. Se lo inventaron... por la Ley de Residencia. Así la podían sacar del país. ¿Hay más mate cocido?
LUISA: - Sí, le hago, le hago (Va a la cocina).
ANCIANA: - Nació en San Luis. Sí... mi abuelo cayó de mensual en una estancia. Ahí se enamoró de la hija del dueño, y se casaron.
LUISA: - (Desde la cocina) ¿Con la hija del estanciero?
ANCIANA: - Cuatro hijos tuvieron. Pero se llevaban mal, el matrimonio no funcionó. Virginia diría: “Ni Dios, ni patrón ni marido” (Se ríe).
LUISA: - (Se asoma) Eso le gritaba mi abuela a mi abuelo cuando se peleaban. Yo pensaba que lo había inventado ella.
ANCIANA: - (Bosteza) Hace mucho que no viene Lorenza.
LUISA: - (Vuelve a la cocina) No quiere salir. Le cuesta caminar.
ANCANA: - Tantos años juntas, en Rosario... Virginia nos enseñó a escribir en el patio del conventillo. Cuatro tuvieron... (Se adormece).
LUISA: - ¿Se conocen desde chicas?
La anciana no contesta.
LUISA: - ¿De dónde? Nunca me habló de eso.
Pausa. Se asoma con miedo. Se acerca a la anciana dormida. No se anima a tocarla. De pronto la anciana larga un ronquido.
LUISA: - ¡Ay, la puta, qué susto! (La sacude levemente). ¡Virginia! Ay... no, ¿cómo se llamaba?
ANCIANA: - (La mira extrañada) ¿Qué pasa?
LUISA: - Se quedó dormida.
ANCIANA: - No, estaba despierta. ¿Sabés hace cuánto que no duermo? Ojalá durmiera un poco. ¿Qué hablábamos?
LUISA: - (Resignada) Me decía de Virginia y de mi abuela.
ANCIANA: - ¿Vino Virginia?
LUISA: - No... Me hablaba de ella. De su tía.
ANCIANA: - Ah. Sí. Bueno, eso.
LUISA: - ¿Qué?
ANCIANA: - Cuatro hijos tuvieron. Una era ella. En San Luis.
LUISA: - Sí. ¿Y?
ANCIANA: - ¿Y el mate cocido?
LUISA: - Ah, me olvidé. Yo voy para allá, pero hable despacio, la escucho (Entra a la cocina).
ANCIANA: - Ponele leche, si hay.
LUISA: - Bueno. ¿Qué me decía?
ANCIANA: - Que le pongas leche.
LUISA: - No. De Virginia. De mi abuela. Que se conocían.
ANCIANA: - ¿Qué Virginia? Ah, cierto... Trabajaba en la refinería de azúcar, en Rosario.
LUISA: - (Se asoma) ¡Mi abuela también!
ANCIANA: - Y en una fábrica de zapatos. (Feliz, confidente) Ahí conocí a Salvatore.
LUISA: - (Vuelve de la cocina con la taza) ¿Por qué habló en la manifestación?
ANCIANA: - ¡Yo no! Nunca serví para oradora.
LUISA: - No, su tía.
ANCIANA: - ¿Y cómo no iba hablar? Ella siempre estuvo ahí.
LUISA: - No entiendo.
ANCIANA: - En el ojo de la tormenta, nena. Con la bandera negra y roja. (Lee en el aire) "Los trabajadores de Rosario cumplimos las disposiciones del Comité Obrero Internacional de París”. ¿De qué te sorprendés?
LUISA: - En esa época, no sé. Era una mujer de avanzada.
ANCIANA: - (Presta atención, escuchando) Hay una corrida.
LUISA: - (Queda inmóvil) ¿Qué pasa? ¿El auto?
ANCIANA: - ¡Es el boicot al tranvía! ¡Correte, correte de la ventana!
LUISA: - No, no... Debe ser una columna que se acerca. Escuche...
ANCIANA: - Tomá, cuando lleguen los caballos tirá de éstas (Le pasa una bolsa con bolitas que tiene bajo la mecedora) Tirales, tirales, ¡pero que no te vean! y andate por la tapia de atrás. Yo me quedo, yo resisto acá.
LUISA: - ¡No, yo no quiero intervenir! Pero qué digo... si no hay más tranvías... ¿Me está escuchando?
ANCIANA: - ¡Apurate, ponete de este lado, del otro te ven!
LUISA: - (Tratando de controlar la situación) ¡No van reprimir, no van a reprimir! Tranquilícese, todo va a salir bien.
ANCIANA: - (En voz muy baja, llama) ¡Salvatore! ¡Escondete, Salvatore...! (A Luisa, como volviendo de un sueño) ¿Cómo que no van a reprimir? Eso es raro.
LUISA: - Porque es la caída de la dictadura.
ANCIANA: - (Desconfiada) ¿De Uriburu? ¿Y tiran agua caliente?
LUISA: - No, panfletos. Tocan cornetas.
ANCIANA: - Yo calentaría agua.
LUISA: - Hay elecciones. ¿Se acuerda? Ese ruido es gente que va para la concentración.
ANCIANA: - ¿Y vos qué hacés acá? Todos están afuera. ¿No vas a ir?
LUISA: - No sé. No sé todavía.
ANCIANA: - ¿En qué año estamos, al final? 83... Andá a saber.
LUISA: - ¿Qué?
ANCIANA: - Eh, qué va a pasar.
LUISA: - Ahora estamos en la primavera. La primavera alfonsinista.
ANCIANA: - ¿Y eso?
LUISA: - Alfonsín.
ANCIANA: - ¿Y ése quién es?
LUISA: - Es el candidato de la UCR. Dicen que va a ganar.
ANCIANA: - Ah... un ahijado de Yrigoyen... ¿No va a ganar el peronismo? ¿Cómo puede ser? No leo el diario, últimamente. ¿La Protesta sale, todavía?
LUISA: - No, me parece que no. ¿Se siente bien?
ANCIANA: - Es que me pongo nerviosa cuando hay huelga. El mes pasado nos dieron duro. Salvatore estaba herido, le pegaron con un palo en las costillas.
LUISA: - ¿Se acuerda lo que le dije? Estamos en el año 83.
ANCIANA: - Sí, sí. Ya me acordé. Vos no te preocupes.
Luisa no se decide todavía a salir. Mira la biblioteca.
ANCIANA: - Sabés que te miro... y me parece conocerte.
LUISA: - Cuando era chica.
ANCIANA: - (Pensativa) No, no. De antes, no. (Pausa) Necesito que hagas algo por mí. ¿Ves eso que se asoma?
LUISA: - (Señala en la biblioteca) ¿Esto?
ANCIANA: - Sí, esos periódicos chiquitos. Agarralos. Fijate, ¿dice "La Voz de la Mujer"?
LUISA: - Sí.
ANCIANA: - Ese diario lo fundó Virginia. Escribían solamente mujeres.
LUISA: - ¿En serio?
ANCIANA: - Claro. ¡Cómo te gusta Virginia! Te llama la atención...
LUISA: - Bueno, la verdad... me atemoriza.
ANCIANA: - ¡Si la hubieses conocido! Hay una chica... me los pidió, los quiere leer. ¿Se los podés alcanzar?
LUISA: - (Dudando) Bueno. Pero yo todavía no me voy.
ANCIANA: - Cuando vos quieras. Esa chica... mirá lo que hace: a la noche pasa y le arranca las calcomanías al auto del carnicero.
LUISA: - (Sorprendida) ¿Y usted cómo sabe eso?
ANCIANA: - Por que la vi. Yo también espío por la ventana. A ver, pasámelos... (Busca una parte y se la pasa) Leé esto. (Luisa se queda inmóvil) ¿Luisa?
LUISA: - Ah, deme. (Lee con dificultad) “...Ya lo sabéis, pues, vosotros los que habláis de libertad y en el hogar queréis ser unos zares, y queréis conservar derecho de vida y muerte sobre cuanto os rodea..."
ANCIANA: - (Le pide el periódico) Dame, dame a mí... (Se calza los anteojos y lee) "...ya lo sabéis vosotros los que os creéis muy por encima de nuestra condición, ya no os tendremos más miedo, ya no os admiraremos, ciega y tímidamente a vuestras órdenes, ya pronto os despreciaremos y si a ello nos obligáis os diremos cuatro verdades de a puño. Ojo, pues, macaneadores, ojo cangrejos. Si vosotros queréis ser libres, con mucha más razón nosotras; doblemente esclavas de la sociedad y del hombre, ya se acabó aquello de ‘Anarquía y Libertad, las mujeres a fregar’. ¡Salud!...” (Se ríe) ¿Y? ¿Qué te parece?
LUISA: - ¿Eso lo escribió ella?
ANCIANA: - Ah, qué sé yo... no se sabe. Usaban seudónimo.
LUISA: - Es impresionante. ¿De qué año es?
ANCIANA: - Y... 1896, 97. Uh... ¡se armaba cada una!
LUISA: - Era una aplanadora.
ANCIANA: - Hoy ya nadie se acuerda de Virginia. (De pronto la mira con recelo) ¿Y vos por qué me preguntás todo esto? ¿Quién te manda?
LUISA: - Nadie.
ANCIANA: - (Manotea el bastón) ¿Segura?
LUISA: - Pero sí, ¿no se acuerda de mí? Soy la nieta de Lorenza.
ANCIANA: - (No se acuerda pero disimula) Sí. Lorenza. Pero hacés muchas preguntas.
LUISA: - Estuve leyendo, últimamente... nunca me interesé. Recién ahora, con todo esto... no quise, antes. Pero me pasaron cosas, que... (Cambia el tema) Así que... Virginia Boltén.
ANCIANA: - Había muchas como ella. Planchadoras, cigarreras, fosforeras, modistas. ¿Nunca escuchaste hablar de Juana?
LUISA: - No.
ANCIANA: - ¡Quince años tenía! ¿Y las otras? Las que no sabemos ni el nombre. ¡Si habrán tirado agua caliente por los balcones en la huelga de inquilinos! Así evitaron el desalojo. Agua y escobazos. (Cada vez más bajo) Agua y escobazos. Agua y escobazos.
Pausa prolongada.
LUISA: - Yo no soy valiente. Nunca fui.
ANCIANA: - Yo... no lo sé. Tiene que ser así. Codo con codo, las mujeres y los hombres libres. Es una forma de vida. Cada uno de nosotros debe ser un ejemplo vivo (Toma).
LUISA: - ¿No está frío? Si quiere se lo caliento, a lo mejor con la leche...
ANCIANA: - No, estaba muy bien. Voy a llevar la taza. (Intenta salir de la mecedora) Yo puedo.
LUISA: - Espere, espere, déjeme a mí.
ANCIANA: - (Cede y Luisa va a la cocina con la taza). Gracias, Luisa. La "Buena Luisa"... (Recita) "...Yo no quiero ser defendida, y acepto la responsabilidad de todos mis actos. Lo que yo reclamo de vosotros es el campo de Sartory donde mis hermanos han caído ya. Puesto que todo corazón que late por la libertad, sólo tiene derecho a un poco de plomo, dadme mi parte. Si no sois unos cobardes, matadme!..."
LUISA: - (Se asoma, sorprendida) Eso... se lo escuché una vez a... ¿Lo escribió su tía?
ANCIANA: - No.
LUISA: - Tuve una compañera que se lo sabía de memoria. Lo hizo en un acto de la escuela.
ANCIANA: - (Ensimismada) “Puesto que todo corazón que late por la libertad, sólo tiene derecho a un poco de plomo”... (Reacciona) ¿Qué dijiste? ¿Quién lo sabía?
LUISA: - Una amiga. Adela. (Silencio. Ambas miran en direcciones opuestas) ¿Y qué pasó después?
ANCIANA: - ¿Después de qué?
LUISA: - De aquella manifestación donde habló. Virginia, digo.
ANCIANA: - Ah. Hubo uno del gobierno, que le fue a contar a Roca.
LUISA: - ¿Y?
ANCIANA: - Estuvo presa (Luisa se pone progresivamente incómoda) Muchas veces. Había que ver en qué condiciones se trabajaba. Como para no pelear.
LUISA: - Bueno. Creo que ya me puedo ir.
ANCIANA: - Ahora también. Sí... siempre hay más cosas para conquistar. Y la policía... lo mejor que te podía pasar era que no te agarrara (Luisa intenta decir algo, pero se corta). En el ´19, cuando fue lo de Vassena, ahí empezaron esos grupos... ¿cómo le llaman ahora? Los para... para...
LUISA: - Parapoliciales. Paramilitares. (Se pone de pie) Me voy.
ANCIANA: - Eso. Guardia Blanca, se llamaban. Miserables. Eran civiles, del pueblo, ¿eh?, como nosotros. Iban a buscar a la gente a las casas. Quemaban sus muebles, sus libros, los arrastraban de los pelos a las comisarías... Torturaban y mataban. Nunca me voy a olvidar de la nena de Boris...
LUISA: - (Le grita, fuera de sí) ¡Termínela! ¡Termínela de una vez!
Se da cuenta de la situación y se derrumba. La anciana está tranquila, la espera.
LUISA: - No sé qué decir. (De golpe, tomando fuerza) Yo estuve presa. Un tiempo. Fue corto, en realidad. Mi papá conocía a un tipo que... (con ironía) ¿tendría que agradecerle? Ahí me encontré con Adela (La anciana la mira con dolor, permanece unos instantes abatida, sin reaccionar). Era mi amiga. Pero yo estoy acá. (Pausa) Cuando tenía once, doce años hubo un tiroteo en el cuartel, cerca de mi casa. Era verano, de madrugada. Yo me levanté de la cama y bajé la persiana. Creía que podía parar las balas cerrando la ventana...
ANCIANA: - (Repentinamente, reacciona y quiere cambiar de tema) Y Adela... (Se corrige) Virginia. En esa época... no me acuerdo bien. ¿Estaría ya deportada, en Montevideo?
LUISA: - (Sin escucharla) Casi no la reconocí.
ANCIANA: - (La interrumpe) No. Fue antes. Organizaba la huelga de tranways, con Juana y con María Collazo. "Fraternidad Universal" decía la bandera. La cosimos entre las tres: Virginia, Lorenza y yo.
LUISA: - (Extrañada) ¿Lorenza, dijo?
ANCIANA: - Sí, Lorenza. Era una de las que más trabajaba para la Idea.
LUISA: - ¿Qué? ¿Está segura? Mire que usted confunde los nombres... un poco.
ANCIANA: - ¡Mirá que me voy a confundir, justamente con Lorenza! Soy vieja, pero me acuerdo. Después, bueno, pasó lo que pasó. Pero ella nunca abandonó sus ideales. Yo lo sé.
LUISA: - ¿Qué fue lo que pasó?
ANCIANA: - (Suspirando) La vida es rara, nunca se sabe cómo vamos a reaccionar. A algunos les da más fuerzas, a otros se las quita... en fin. Yo tuve mi caída cuando fue lo de...
LUISA: - Pero, ¿qué le pasó a mi abuela?
ANCIANA: - No lo soportó. Fue un golpe muy duro. Imaginate... ella tan joven, de repente...
LUISA: - Pero ¿qué?
ANCIANA: - Y Virginia también, pero con ella fue diferente.
LUISA: - Dígame, por favor. Ella nunca me contó nada.
ANCIANA: - Y... tenés que hablar con Lorenza. Después conoció a tu abuelo... y eligió la tranquilidad. A desgano, pero ahí fue.
Vuelven a escuchar el ruido de la manifestación, voces por altoparlantes.
ANCIANA: - ¿Escuchás? Está hablando Virginia... ¡Salvatore, vamos! ¡No! Es Adela... ¡es Adela! ¡Adela! (Intenta levantarse de la mecedora)
LUISA: - (La retiene y la sacude fuertemente) No, ¿cómo Adela? No... no son ellas. No están ahí. ¡Abuela... abuela! ¡Abuela, no! ¿Entiende?
La anciana la mira como si la viera por primera vez.
LUISA: - Siéntese, tranquilícese.
Luisa ayuda a la anciana a sentarse otra vez en la mecedora. La arropa con una manta.
ANCIANA: - Pensé que había vuelto...
LUISA: - (Confundida) No entiendo, ¿por qué habla de Adela?
ANCIANA: - Adela.... mi nena... la nieta de Salvatore. No, no me digas nada. Yo tampoco soy valiente. Prefiero que no me cuenten cómo estaba.
LUISA: - (Musita) No... No lo sabía.
ANCIANA: - Venía a esconderse. Yo no estaba en casa. Nunca más cerré la puerta.
LUISA: - Discúlpeme... No tendría que haber entrado, no sé bien qué estoy haciendo acá.
ANCIANA: - Sí que sabés.
LUISA: - Bueno, fue de casualidad. Tuve miedo, en la calle.
ANCIANA: - No. Viniste a hablar de una mujer. De muchas mujeres. Y de vos también.
Luisa presta atención al ruido de la manifestación, mira por la ventana.
LUISA: - Otra columna... ¡Qué grande es!
ANCIANA: - ¿Qué hacés acá adentro, conmigo? ¡Andá!
LUISA: - No me animo, no sé que hacer.
ANCIANA: - ¡Andate con ellos! Tomá. Llevala con vos. (Saca de un bolsillo algo pequeño que pertenecía a Adela y se lo entrega) ¡Dale, andá, andá! No llores. Vas a volver, ¿no?
Luisa asiente con la cabeza y va hacia la puerta.
LUISA: - Lo... de las calcomanías...
ANCIANA: - (La detiene con un gesto para que se calle). No te olvides los diarios de Virginia. Te van a gustar.
LUISA: - (Los toma) No pude acordarme cómo se llamaba usted.
ANCIANA: - (Sonríe) ¿Mi nombre? Puedo llamarme como quiera: Esperanza, Alegría, Libertad... El verdadero no importa. Lo que importa, es que el viento sopla todavía.La luz se funde sobre el retrato de Virginia Boltén.

EDIPO. LA OTRA VERSION

Autor: Andrés Caro Berta
andres@andrescaroberta.com
andres@andrescaroberta.com

Registrada en AGADU

Personajes:
Edipo
Yocasta
Creonte
Enviado
Guardia
Tiresias

ESCENA ÚNICA
DORMITORIO
(Una cama grande en medio del escenario. Otros objetos de acuerdo al director)
Yocasta y Edipo están sobre la cama, vestidos.

Edipo- ¿Ya salieron las niñas?
Yocasta- Edipo, ya no son niñas… Son mujeres…
Edipo- (Riéndose) Para mí lo siguen siendo…
Yocasta- Amor mío, qué tierno eres… ¿Y qué me dices de nuestros varones?
Edipo- Son terribles… Se quieren y se agreden por cualquier cosa desde pequeños… Y ahora que son soldados…
Yocasta- Es verdad… Me preocupa… ¿Qué será de sus vidas? Los padres que queremos a nuestros hijos, siempre nos preocupamos por el futuro de ellos…
Edipo- Amada mía… Ven… (La abraza) Nunca pensé que el destino me fuera a dar una mujer tan hermosa y cariñosa como tú…
Yocasta- El destino… El que nos gobierna…
Edipo- Si no fuera por la muerte de Layo… Me preocupa saber cómo murió…
Yocasta- Shhh… Ya lo has dicho tantas veces… Calma, mi viejo niño asustado… Calma… Estoy para cobijarte en mi pecho…
Edipo- Y también para darme toda tu pasión (La besa seductoramente) Si mi madre nos viera ahora… No entiendo porqué nunca ha venido a visitarnos…
Yocasta- Mélope es como todas las madres… Celosa de quien le roba a su hijo…
Edipo- Pero, ¿mi padre?
Yocasta- Está muy viejo para hacer viajes largos… No te tortures, Edipo, si quieres mandaremos una delegación para traerlos…
Edipo- No quiero presionarlos…
Yocasta- Bésame…
Edipo- No puedes pedirme nada mejor (la besa apasionadamente) Mi amor, nunca sentí esto por ninguna mujer…
Yocasta- Y yo por ningún hombre… Sabes cómo son nuestras leyes con las viudas… Cuando entraste al palacio, cuando mi hermano Creonte tomó mi mano y me entregó a ti ante la muerte de mi esposo y tu triunfo sobre la Esfinge, temí lo peor… Te vi tan… joven… Me asusté… Creí que me ibas a rechazar… Que ibas a negar el derecho que te asistía de quedarte con el trono y conmigo… Estabas… espléndido… Venías acompañado de vírgenes que abrían tu camino… Soldados te escoltaban… El pueblo… Tebas entera salió a saludarte… Y yo estaba al final de tu camino… Y me dije… Es demasiado joven y hermoso para mí…
Edipo- Sí, es verdad… El miedo a ser rechazado… Eso me sucedió cuando venía camino a la ciudad… Fue todo demasiado rápido… La Esfinge, esa perversa vieja tramposa… No las tenía todas conmigo… Cuando me hizo la pregunta, dudé si era correcta la respuesta… Pero me fastidiaba su poder, su deseo de hacer daño… A medida que me acercaba a la ciudad iba viendo cómo los campos se tornaban secos, las osamentas de los animales adornaban como fantasmas el camino, las mujeres y los hombres me miraban y envidiaban mi buen aspecto… Entonces, frente a ella, ante el silencio de quienes nos rodeaban le grité con furia que la respuesta a su pregunta era el hombre… Sí, el hombre, le dije… Es el animal del que tanto hablas… Es el animal que de mañana camina en cuatro patas, que en la tarde avanza en dos, y que en la noche, apoyándose en un bastón, tiene tres patas… La mujer de poderes sobrenaturales comenzó a contorsionarse cocinándose en su propio veneno, y cuando nadie lo esperaba salió de su escondite, corrió por entre nosotros, con los pelos revueltos y las ropas mugrientas, echó el fuego que la protegía en el pasto el que ardió con lenguas más altas que el más alto de los hombres y se fue hasta el precipicio que separa nuestra tierra del río. Y allí, sin detenerse, se tiró al vacío. Corrimos a ver qué sucedía, si era otra de sus trampas pero, no, su cuerpo se fue despedazando por entre las rocas que la iban golpeando y cuando llegó al agua, el río se tiñó de rojo… Curiosamente, contrario a lo que podríamos suponer, todos quedamos en silencio. Nadie hablaba, Yocasta… Nadie… Nuestros ojos estaban detenidos en aquella masa informe que flotaba, esperando el siguiente golpe… Pero no, sólo escuchamos el silencio… Entonces, explotamos de alegría… Y sentí que era el héroe…
Yocasta – Lo eres, Edipo, todo el pueblo te quiere…
Edipo – Aún no me lo creo… Algo que me resultó tan sencillo y me ha dado lo que nunca esperé encontrar… Ser el rey, gobernar con amor, la mujer más hermosa y adorable, cuatro hijos maravillosos… Cuando me contaron a lo que me había hecho acreedor, les dije que era mentira… No, yo no lo merezco… Si tan sólo… Pero insistieron… Hasta se ofendieron porque les rechazaba lo que era ley… Entonces, sorprendido, como aún lo estoy, acepté… Todos me abrazaban… Lloraban… Agradecían a los dioses… Y yo miraba sin poder creer lo que me pasaba… Al regreso, ya un poco más calmo y sabiendo quién me esperaba en el palacio, les preguntaba a los representantes del gobierno que me acompañaban, cómo eras… Te imaginaba una vieja sin dientes, con los senos caídos, pero cuando el carruaje llegó a donde estabas y te observé…
Yocasta- Es el destino el que nos junta… No temas, mi niño, estoy para protegerte, para amarte como nadie te amó, para darte toda mi leche para que mames de ella como un hijo más, y sigas siendo feliz a mi lado hasta el final de nuestros días…
Edipo- Hemos criado cuatro hermosos hijos que ya son grandes… A veces tiemblo sin saber por qué, cuando juegas a que soy tu quinto hijo…
Yocasta- ¡Cuántos años! ¡Me parece tan lejano el día que cuentas! Eras un hermoso adolescente…
Edipo- ¡Estoy excitado! ¡Quiero poseerte!
Yocasta- Mi niño… No podemos estar todo el día haciendo el amor…
Edipo- Es que tu cuerpo me enloquece…
Yocasta- Bueno, hazlo… (Él comienza a besarla)
Edipo- Otros desfallecen rápidamente en cuanto a la pasión, sin embargo nosotros, y después de criar a estas dos mujeres y estos dos varones, y después de tantos años de convivir juntos, seguimos amándonos como el primer día…
Yocasta- Estás hablando demasiado… Vamos, pasa a la acción…
Edipo- Me provocas…
Yocasta- Te provoco, te enloquezco, te deseo, deseo que me poseas, ah, Edipo, mi niño…
Edipo- Sabes que no me gusta que me llames así… Y lo vienes haciendo desde que iniciamos esta conversación…
Yocasta- Disculpa, no es nada agresivo hacia ti, es que eres tan adorable, y me miras con tanto amor… que me siento como una madre agradecida…
Edipo- Yocasta, es como si … yo te llamara “mamá”
Yocasta- Hazlo. Tantos hombres llaman “mamá” a sus esposas, y no les pasa nada…
Edipo- Es cierto, pero algo me lo impide…
Yocasta- Entonces, ámame, penétrame, lacera mi carne con eso tan duro que tienes y que encaja perfectamente en mí, y no te preocupes tanto por todo…
Edipo- Cuidado, siento que alguien se acerca a nuestro dormitorio…
Yocasta- Vamos, mi amor, no viene nadie y si así fuera, golpearían… Estoy excitada…
Edipo- Es verdad, y yo también… Ahora… (La penetra) Ah…
Yocasta- ¡Edipo! Ah…
Edipo- Disfruta, mujer, amada mía… Así…
(Golpean las manos, fuera de escena)
Edipo- ¡Lo sabía! ¡Quién será el inoportuno! ¡Lo tiraré a las fieras! (Salta de la cama furioso, arreglándose la ropa, tratando de ocultar su deseo. Ella queda retozando entre las sábanas) ¡¿Quién es?!
Creonte- Soy yo, Edipo, Creonte, tu cuñado…
Edipo- Inoportuno, como siempre. (Lo hace pasar. Le sonríe) Pasa…
Creonte- Mmm… Huelo el perfume de mi hermana… La verdad es que son la envidia de los demás, tanto tiempo juntos y aún…
Edipo- ¿Qué quieres, Creonte? Debe ser muy importante porque de lo contrario…
Creonte- (Llega a la cama) Buen día, hermana… (Ella lo saluda despreocupada, con una mano en el aire)
Yocasta- Ay, hermano, ¿no tenías otro momento para venir?
Creonte- Imposible… Saben que soy muy respetuoso de la intimidad de ustedes, pero esto es importante…
Edipo- Siéntate, Creonte, donde puedas…
Creonte- Bien… (Muestra unos rollos) Aquí están los datos que me pediste, Edipo - Asusta ver en la situación que ha caído nuevamente esta ciudad… Sólo es comparable a aquella en la cual fuiste nombrado rey y desposaste a mi hermana…
Edipo- Me entra un escalofrío… Cuenta qué más has averiguado.
Creonte- Como sabes, otra vez se están muriendo los animales, las hembras están secas, no quedan preñadas, hasta las plantas no dan frutos, es todo tan terrible… Pero lo de hoy es peor que lo de ayer, y lo de mañana superará lo de hoy… Dentro de poco, en Tebas comenzará una gran hambruna y corre el peligro de desaparecer como ciudad…
Edipo- Ahora está muerta la Esfinge… No entiendo… ¿Aun no se sabe cuál es la causa esta vez? ¿Y qué se puede hacer? ¿Averiguaron finalmente por qué ocurre todo esto?
Creonte- Algo he descubierto, aunque insuficiente… Pero los datos nuevos me preocuparon tanto que he venido a contárselos primero a ustedes… Quizás, Edipo, no te guste escucharlos…
Edipo- ¿Qué pasa, cuñado? Sabes que puedes confiar en mí, que en esto estaremos juntos como lo hemos estado siempre en el gobierno de esta ciudad…
Creonte- Dicen que esta tragedia se abate porque… hay un asesino entre nosotros, un asesino de reyes…
Edipo- No entiendo…
Creonte- Los oráculos cuentan que el que mató a Layo… está en la ciudad…
Edipo- ¿Acá? ¿Dices en Tebas? ¿Luego de tanto tiempo viene a refugiarse en nuestra ciudad? ¿Estuvo siempre? No entiendo… Suena tonto…
Creonte- Así es.
Edipo- ¿Y por qué no lo atrapan?
Creonte- Muy simple, porque no sabemos quién es… Pasaron muchos años… Layo iba acompañado por su séquito pero todos fueron muertos… Siempre hemos supuesto que por la fiereza de la acción tiene que haber sido una banda de ladrones… Ahora el oráculo dice que quien lo asesinó, está acá. El jefe de esa banda… El que clavó su espada en el cuerpo de nuestro rey… Y eso es pecado, Edipo…
Edipo- Pero… Bueno, si con eso calmamos la fiera de los dioses y todo vuelve a ser como antes, entonces… Debemos actuar rápidamente… No dejar que se escape… Yo me pondré al frente de todos para atraparlo con mis propias manos…
Creonte- Es terrible, Edipo… Ya no sabemos qué hacer con los vientres secos de las hembras y nuestras mujeres… Es una cuestión de supervivencia… Nada de lo que hacen los que saben, sirve…
Edipo- Es que sigo sin entender… ¿Quién es ese que trae la desgracia a nuestro pueblo? ¿Por qué siempre los dioses se comunican de forma tan confusa con nosotros?
Yocasta- Los dioses siempre tienen razón…
Edipo- Es posible, pero que den el nombre y ya está… Ya estoy harto de tener que escuchar a quienes se creen que son los que median entre los dioses y nosotros, simples mortales…
Creonte- (Se ríe) Tienes cada ocurrencia…
Edipo- No, Creonte, piénsalo… Claro que tengo razón, los oráculos son tan… confusos… Esas mujeres enajenadas…
Yocasta- ¡Cállate, mi Edipo!… Un día los dioses se van a enojar contigo…
Edipo- ¿Ves, Creonte? Tu hermana me trata como si yo fuera su hijo…
Creonte- Tengo que volver a gobernar… ¿Qué me aconsejas que haga?
Edipo- Que busques al que mató a Layo… A veces pienso que tendría que agradecerle porque por su infausta acción, logré la felicidad juntándome con esta mujer, teniendo hijos maravillosos y gobernando a la población de Tebas que me trata como su ciudadano preferido… Y teniéndote a ti, cuñado, como mi fiel compañero… Y todo, aún no siendo de aquí… Siendo un extranjero que…
Creonte- Bien, me voy… Adiós, Yocasta… ¿Qué pasos doy, Edipo?
Edipo- Llama a todos los que puedan darte pistas… Tenemos que atraparlo a ese maldito que se mantiene oculto… No descuides ningún dato… Lo atraparemos, Creonte, como que me llamo Edipo… Debemos ir hasta el final porque la muerte de Layo no puede quedar impune… Si para calmar a los dioses, debemos encontrar a quien lo mató cometiendo la estupidez de permanecer entre nosotros… A ese individuo no le importa nada… Es despreciable… Atrápalo, Creonte, debemos matarle de la peor forma… Está provocándonos con su acción… No merece vivir… Yo le daré la tranquilidad, nuevamente, a mi pueblo…
Creonte- Veré qué puedo hacer… (Sale de escena)
Yocasta- Adiós, Creonte… (Cuando éste se va) Ven acá, esposo mío…
Edipo- (Queda pensativo por un instante) ¿Qué quieres? ¿Terminar lo que habíamos iniciado?
Yocasta- Es una posibilidad… Ven acuéstate a mi lado… Ámame… ¿quieres que me ponga en alguna de las posiciones que te gustan más?
Edipo- ¡Ah, cómo conoces mis debilidades, mujer cruel…! Yo…
(En silencio ella se empieza a desvestir lentamente mirándolo fijamente a los ojos mientras recorre su cuerpo, quedando sus senos prácticamente al aire...)
(Se oscurece parcialmente el escenario, mientras ambos juegan, murmurando entre sí. Se ven sus siluetas. De pronto, alguien golpea. Se ilumina nuevamente el escenario)
Yocasta- Ahora soy yo quien se enoja…
Edipo- ¡¿Qué pasa?!
Creonte- (Entra con cara demudada) Disculpen, nuevamente. Algo imprevisto. Edipo, ha llegado el enviado a Delfos y trae nuevas noticias… Creo que sería importante que las escucharas…
Edipo- Tu cara… Claro, hazlo pasar, que entre…
Yocasta- Algo me dice que no son buenas para nosotros.
Edipo - (Se levanta acomodando sus ropas) ¿Dónde está el enviado?
Enviado- (Entra muy nervioso) Señores… Rey Edipo, Reina…
Edipo- Corta, corta con los saludos… Dime lo que te han dicho…
Enviado- El oráculo se expresó nuevamente, señor. La peste es porque el asesino de Layo está vivo y entre nosotros…
Edipo- Eso ya lo sabemos… (Irritado) ¡Vamos, vamos!
Yocasta- Cálmate, cariño, no te encolerices…
Creonte- Dile lo que me dijiste cuando llegaste…
Enviado- (Nervioso) Afirma que…
Creonte- Dilo sin cuidado, no te va a pasar nada…
Edipo- ¡¿Cuándo yo he sido violento con uno de mis subordinados?! ¡Pero si no me lo dices…!
Enviado- (Asustado) Es que… la pitonisa dijo que el que provocó esta peste que asola la ciudad, está entre nosotros.
Edipo- ¡¿Y?! ¡Repites las palabras una y otra vez para decir lo mismo! ¡¿Te burlas de mí?!
Creonte- Lo diré yo de una buena vez… Y así, asumo toda la responsabilidad por los dichos. Edipo, sabes que te amamos, que te has hecho el gobernante más respetado de Tebas… La novedad es que hay una mancha que está lastimando a nuestro pueblo…
Edipo- Sí, ya sé… (recitando fastidiado) Que el asesino de Layo está entre nosotros y no sabemos quien es y por eso se está muriendo todo lo que nace… ¿Lo dije bien? Me lo sé de memoria… Pero supongo que no van a molestarnos a mi esposa y a mí para manifestar siempre lo mismo ¿No es así? Bien, ¿qué es lo nuevo que no se animan a contar? ¿Qué quieres decir, Creonte? Tu mirada… Tu mirada… ¡La conozco! ¡¿Qué es lo que quieres decir?!
Creonte- Que el dios se ha expresado y eres tú, Edipo, el que trajo la peste a Tebas.
Yocasta- Ah, dios mío…
Edipo- (Impactado) ¡¿Cómo te atreves?! ¡¿Yo?!
Creonte- Edipo…
Edipo- ¡¿Yo?! ¡Guardias! ¡Has enloquecido, Creonte! ¡Sabía que estabas conjurando contra mí! ¡Lo sabía! ¡Tu hermana no me lo creía! ¡Me estás acusando ante mi pueblo de homicida! ¡Estás fomentando una rebelión contra mí! ¡¿Para qué?! ¡¿Para quedarte con el Poder?! ¡Yocasta! ¡El dice…!
Yocasta- Creonte, has pasado los límites de la tolerancia… ¡¿Cómo puedes…?! ¡Te desconozco!
Creonte- No, Yocasta… Sólo expreso lo que el enviado temía decir… Jamás hubiera deseado…
Edipo- ¡Mientes! ¡Tienes envidia de tanta felicidad! ¡Muerte! ¡Muerte es lo que mereces! ¡Tu enojo por vernos bien te ha jugado una mala pasada, Creonte! ¡Tú nunca te has casado! ¡Eres un oscuro funcionario! ¡Recuerda, Creonte lo que te voy a decir! ¡Cuatro hijos! ¡Cuatro! ¡Pero además, la felicidad para los tebanos como nunca la conocieron!
Creonte- No te pongas necio, Edipo, escucha…
Edipo- ¡¿Escuchar?! ¡¿Estupideces?! ¡Guardias!
Creonte- No los llames, Edipo, los he instruido para no responder a tus órdenes…
Edipo- ¿Te has rebelado contra mí? ¿Tú?
Creonte- No, Edipo, no… Solo trato de actuar con sabiduría…
Yocasta- ¡Hermano inmundo! ¡Nunca debiste caer tan bajo atacando esta hermosa familia que construimos de la nada! ¡Layo murió y yo quedé destruida! ¡Y apareció este joven que nadie conocía! ¡Nadie! ¡Y en medio de la felicidad vienes a poner la piedra de la infamia entre nosotros, para que todos nos rechacen!
Creonte- ¡Déjame hablar, hermana!
Yocasta- ¡No me nombres así! ¡Reniego de ser hermana tuya! ¡Los dioses hablan por boca de los hombres! ¡Con todas estas cosas estoy por creer que no existen los dioses, Creonte! ¡Parece que somos nosotros los que les hacemos decir lo que queremos!
Creonte- Por favor, Yocasta, que no te escuchen…
Yocasta- Edipo ha sido la salvación de todos, incluso la tuya… Estás destruyendo la esencia de todo…
Creonte – Para mí es doloroso… Quiero a Edipo como a un hermano…
Edipo- ¡Si no vienen los guardias, te mataré con mis manos! ¡Mentiroso! ¡Siempre buscaste destruirme!
Creonte- No seas necio, Edipo… Has sido un gobernante ejemplar, pero los hechos marcan una maldición por la que la ciudad está siendo destruida… Debemos encontrar al responsable de la muerte de Layo, y los dioses…
Edipo- ¡Los dioses! ¡Dónde están los dioses cuando los necesitamos! ¡Sólo opinan a través de mujeres embriagadas que vomitan tonterías impunemente! ¡A ver! ¡Que se presente ahora ese dios tan seguro de que yo soy el asesino! ¡Vamos! ¡Lo desafío! ¡Vamos, ven, vamos! (Silencio) ¡¿Ves, Creonte?, coincido con tu hermana! Estoy casi por creer que no existen… O que todo esto ha sido un invento tuyo para quedarte con Tebas…
Creonte- No blasfemes…
Edipo- He sido yo el que ha matado a la Esfinge… Ningún dios, por más todo poderoso que sea, logró eliminarla… ¡Hablan y hablan! ¡Pero somos los humanos quienes nos movemos como títeres por lo que creemos que dicen! ¡¿Tú los has escuchado hablar?! ¡Dime, contesta!
Creonte- No, Edipo, no…
Edipo- ¿Entonces debemos creer a una mujer enajenada que se hace pasar por la enviada y se presenta a los crédulos como la voz de los que están allá arriba? ¡Vamos, Creonte, reflexiona! ¡Quiero creer que estás ciego!
Creonte- No lo estoy… Hablando de ciegos, Edipo… He convocado a alguien que puede ver más allá de sus ojos…
Edipo- ¿Qué has traído a quién?
Creonte- He traído a Tiresias…
Edipo- ¿Ese viejo loco que se burla de nosotros diciendo que perdió la vista porque osó mirar desnuda a una diosa? ¡¿Qué tramas, Creonte?! ¡Dilo! ¡¿Quieres este trono?! ¡Te lo doy! ¡La felicidad de mi familia es más importante que todo lo demás!
Creonte- Sabes que no quiero nada; estos años he sido quien ha administrado todo lo que has ordenado… He sido mesurado en todos mis actos… No puedes acusarme de nada…
Edipo- Pero ahora has mostrado realmente quién eres… Ahora traes un ciego que dice ser un adivino para que ratifique tus dichos… Lo tenías todo orquestado… Tráelo, tráelo…
Yocasta- Calma, Edipo, mi amor, calma…
Edipo- No puedo… Lo mataría con mis manos…
Tiresias- (Entra apoyado en un bastón) Aquí estoy, Edipo…
Edipo- Tiresias…
Tiresias- Me han llamado…
Edipo- Eres tan basura como Creonte… ¿Qué vas a decir? ¡Vamos!
Tiresias- Eres un buen hombre en la paz, Edipo, pero cuando te descontrolas, entras en ira y abandonas tu cordura…
Edipo- Ahora quieres acusarme de incapacidad para gobernar…
Tiresias- No, Edipo, escucha por favor… A veces oímos sin escuchar…
Edipo- (Saca la espada)
Tiresias- Guarda la espada, Edipo…
Edipo- ¡Cómo sabes que te saqué la espada! ¡Haces que eres ciego pero ves realmente!
Tiresias- No seas tonto, Edipo, oigo más que tú porque no puedo ver… El sonido del metal me alertó… ¡Mátame si quieres! ¡Pero si lo haces, es porque no soportas la verdad!
Yocasta- ¡¿A qué has venido, Tiresias?!
Tiresias- Desgraciada… Sabes más de lo que dices…
Edipo- Eso no te lo permito… Puedes insultarme a mí, pero a mi mujer…
Tiresias- Edipo, nunca hablé… sabiendo… Nunca dije palabra porque podía perjudicarnos a todos… Guardé silencio, lastimándome por dentro, pero es tiempo de confesar lo inconfesable… Nos estamos muriendo todos… Las plantas no dan fruto, los animales…
Edipo- ¿Otra vez el mismo discurso? Me lo sé de memoria… ¡¿Qué?! ¿Lo aprendieron antes de entrar? Ahora me amenazas con decir… ¿qué cosas? Ese maldito de Creonte te ha llamado para que juntos logren lo que no pudo la Esfinge… Y además, atacas gratuitamente a mi mujer…
Tiresias- Edipo, estás ciego… Ella no es lo que tú crees…
Edipo- Basta, no te permito.
Tiresias- Escucha mi secreto. Serás la primera persona a quien se lo contaré. Nadie lo sabe… Es demasiado cruel para estar diciéndolo… Pero ya es tiempo…
Edipo- Sigue…
Tiresias- Yocasta… Ella es quien te ha parido…
Edipo- ¡Ahora sí te mato! (Lo contienen)
Tiresias- Escucha esto, Edipo, sólo te pido eso… Luego haz lo que quieras conmigo…
Yocasta- No lo escuches, Edipo…
Creonte- Por favor, Edipo, este hombre es un anciano sabio, siempre confiamos en él…
Edipo- Hicimos mal… Nos mintió todo el tiempo… Ahora está diciendo mentiras…
Tiresias- ¿Sabes por qué llevas ese nombre?
Edipo- Es una burla que he aceptado con los años… Desde niño, mis compañeros me llamaban “pies hinchados”… No es difícil adivinar porqué… (Muestra los tobillos hinchados)
Tiresias- ¿Sabes por qué?
Yocasta- No escuches, Edipo…
Edipo- Te concedo un instante… Después haré que mueras de la peor forma…
Tiresias- Tú eres el hijo de Layo, Edipo…
Edipo- ¡¿Qué dices?!
Tiresias- Siempre lo supe pero preferí hacerme el tonto por mi cariño hacia ti…
Edipo- ¿Debo agradecerte?
Tiresias- No seas irónico… El Destino te ha jugado una mala pasada, Edipo… Aquel anciano que mataste en Fócida… Ese hombre era Layo…
Edipo- No es cierto… (Lo mira incrédulo)
Tiresias- Su cuerpo nunca apareció y por eso no se habló más de ese desgraciado hecho… Pero varios lo sabíamos aunque preferimos hacer de cuenta que no…
Edipo- ¡Tiresias, es sucio lo que señalas! Al que maté…
Creonte- (Temblando) ¿Es cierto, Tiresias?
Tiresias- Pero hay más, Edipo, el oráculo se cumplió sin que tú lo supieras…
Edipo- ¡¿Qué tramas?!
Tiresias- Nada tramo… Solo quiero completar mi confesión… Decirte que ella es tu madre…
Edipo- ¿Yocasta?
Creonte- No puedo escuchar que confirmes con tus palabras lo que el oráculo ha dicho.
Tiresias- (Reflexionando) Eres un pobre títere de los acontecimientos…
Creonte- Que los dioses nos amparen…
Edipo- (Conteniéndose) Juro venganza…
Tiresias- Me has concedido un tiempo para expresarme…
Edipo- (Tenso) Habla porque será la última vez que lo hagas…
Tiresias- Tu padre, Layo, tenía una vida extraña… ¿Puedes concederme la posibilidad que sepas quién era él?
Edipo- A esta altura…
Tiresias- Tu padre era hijo de Lábdaco que murió cuando él tenía un año de edad. Le habían puesto Layo, que como sabes significa “el que tiene ganado”. Fue por eso que asumió Lico hasta que tu padre tuvo la edad suficiente para gobernar, pero entre medio fue violado. Al poco tiempo de estar en el Poder, unos ambiciosos lo derrocaron y debió escapar hasta el reino de Pélope, el de la ciudad de Pisa, el que creó los juegos olímpicos, donde fue recibido amablemente en su casa, de acuerdo a nuestras leyes de exilio… Le dio todo a él, pero Layo cometió el error de enamorarse de Crísipo, hijo del gobernante y de la ninfa Axíoque… Se enamoró perdidamente de él y en su locura lo raptó… Y cuando se descubrió todo, tuvo que devolverlo y huir regresando a Tebas, recuperando el Poder, mientras dejaba abandonado al pobre muchacho que, humillado fue muerto por sus hermanastros Atreo y Tiestes, incitados por la madre de estos, Hipodamía que después se suicidó… Y ese rey prometió venganza… Convocó a los dioses y les gritó que si existían, escucharan su demanda: Primero que todos los descendientes de Layo se mataran unos a otros, y segundo, ésta otra: “Layo, que jamás tengas un hijo, y si lo tuvieres, que sea tu asesino”.
Yocasta- Ay, por todos los dioses, ¿qué dice este hombre? ¡Hazlo callar, Edipo!
Edipo- (Perturbado) ¿Qué?… ¿Qué tiene que ver conmigo?…
Tiresias- Calma, ya llego a explicarlo… Cuando Layo volvió a ocupar el reino de Tebas, se casó con Yocasta y consultó al Oráculo de Apolo preguntándole si podría tener hijos. El dios le respondió: “Un hijo te daré, pero está decretado que él te quitará la vida, porque así lo ha ordenado Zeus, motivado por las terribles maldiciones de Pélope, quien pidió para ti tales castigos”. Así, Layo se cuidó de que su esposa no quedara embarazada, evitando encuentros íntimos… Ella siempre lo provocaba pero no lograba acostarse con su marido hasta que una noche, lo embriagó y así fue concebido un niño…
Yocasta- Eres miserable, Tiresias… Es cierto lo que cuentas pero en nada tiene que ver con la vida que vivo con Edipo…
Edipo- Tiresias, haces angustiarse a mi mujer con historias pasadas, con las que buscas ensuciarme… Pero, sigue, sigue… Mi espada tiembla buscando cortar tu cuello…
Tiresias- Ya he visto demasiado, Edipo, sin tener ojos… Quizás me hagas un favor… Pero déjame continuar… Tú no tienes nada que ver en todo esto… Y lo tienes todo… Son los dioses…
Edipo- ¡Ah, por favor…!
Tiresias- Cuando nació el niño, el horror se instaló en Layo quien confió toda la verdad de lo anunciado por el oráculo, a su mujer. Así, los dos, temerosos, decidieron no retar a los de arriba y llamaron a un guardia para que lo llevara al monte Citerón… Fueron ambos quienes horadaron los tobillos del recién nacido para colocarlo como se pone a las fieras, en un palo, y allá fue el hombre…
Yocasta- ¡Basta, Tiresias! El niño… fue comido por las fieras… Eso me señaló el encargado de dejarlo a su suerte…
Edipo- (A Yocasta) ¿Tú hiciste eso?
Yocasta- Sí, mi amor… Pero quédate tranquilo que los pecados del pasado no te tocarán…
Tiresias- No es cierto, Yocasta… Los hijos son los que lavan los pecados de los padres… Aquí tengo a aquel guardia… Ya es un anciano… ¿Quieres escucharlo?
Edipo- Que entre…
Guardia- (Entra temeroso) Amados reyes… Yo no quería… Pero me han obligado…
Edipo- Lo sabía… Creonte y tú, Tiresias están organizados para destruirnos…
Creonte- Cree lo que quieras, Edipo, pero escucha a este hombre… Hermana, ¿tú reconoces su rostro?
Yocasta- Sí, es el fiel esclavo nuestro de aquellos años…
Guardia- Permanecí demasiados años con este secreto. Ya al final de mis días, es oportuno que lo divulgue. Juro, Edipo, que me desgarra el contártelo. Siempre te admiré y sentí que en parte soy quien te salvó la vida… Te entregué a un pastor, y éste a Polibo, rey de Corinto, cuya mujer, Mérope estaba seca y buscaba descendencia…
Edipo- ¡Mentira! ¡Horrorosa mentira! ¡Han tramado todo esto para lograr sus propósitos! ¡No toquen a mis padres! ¡Me han dado todo sin pedir nada! ¡Ellos son ancianos y merecen el respeto!
Tiresias- ¡Cállate, Edipo, escucha! ¿A quién asesinaste en el cruce de caminos de Fócida, cuando ibas a Delfos? A tu padre, Edipo… Yo mismo, Tiresias, conocedor de todo lo ocurrido por ser adivino, le recomendé que hiciera ofrendas a Hera, diosa protectora del matrimonio, y es ahí, cuando se dirigía al templo de Apolo para cumplir con lo pedido por quien tienes enfrente, que aparece y lo matas.
Edipo- No es cierto… Yo venía a preguntar a Apolo sobre el futuro… cuando un hombre prepotente se cruzó y lastimó mis pies con las ruedas del carruaje… Lo desafié y lo… Y a todos los que lo acompañaban… Eso es todo… (Temblando) No puede ser que ese hombre fuera…
Yocasta- ¡Mátalos!
Creonte- ¡Hermana!
Yocasta- ¡Mátalos antes que sigan hablando! El futuro nos protegerá si lo haces ahora…
Tiresias- No cometas una tontería, Edipo…
Creonte- ¡Soy tu tío! ¡Es pecado levantar sangre de los familiares! ¡Es eso lo que te está pasando con tu padre, Edipo! ¡El pecado que no te perdonan los dioses es que hayas matado a un familiar! ¡Es más horroroso eso que te hayas acostado con tu madre!
Edipo- ¡He llegado al límite! ¡Ella es mi esposa! ¡Con ella he vivido feliz todos estos años! ¡Hemos tenido cuatro hermosos hijos! ¡El pueblo me ama! ¡Y si entró la peste en Tebas, es porque ustedes la provocaron! (Al guardia) Muere, no mereces vivir contando mentiras… (Le clava la espada) ¡Dices que pasaste toda tu existencia callado para al final de la misma venir a mi morada a ensuciarnos a mi mujer y a mí, generando la desconfianza… ¡Si es verdad, ¿por qué no me lo dijiste nunca y esperaste este momento para hacerlo?! ¡Muere! ¡¿Quieres descansar en paz?! ¡Hazlo! ¡Yo te ayudo! (Va hacia el enviado) ¡Y tú también, si los dioses quieren que no lo haga, impedirán que mi espada entre en tu carne! (Le clava el arma) ¿Ves? O los dioses no existen o están de acuerdo conmigo… (Se acerca a Tiresias) Tú, maldito ciego… Intrigante… Adivino mentiroso… Se te ha tenido compasión y tú la has confundido con admiración… Has envenenado a toda la ciudad contando mentiras… ¡Muere!
Tiresias- Cometes un error, Edipo, pero el Destino está marcado. Mátame, nunca podrás lavar la sangre que sale de mi cuerpo…
Edipo- Hasta muriendo no te callas, Tiresias… ¡¿Hablarás después de muerto?! ¡Probemos! ¡Toma! (lo mata). Y por último, Creonte…
Creonte- No lo hagas otra vez con tu familia, Edipo… Soy tu tío y… no merezco morir…
Edipo- ¡Que mueran todos ustedes, salvajes mentirosos que se aprovechan de cualquier cosa para trepar! ¡Tú eres el principal de esta conjura! ¡Esperaste por años este momento!
Creonte- No, Edipo, te juro que no…
Edipo- Hermano de ella y buscas derrocarla… Buscas destruir nuestra familia por la sed de Poder… Por años urdiste esta telaraña de mentiras para tener argumentos suficientes para hacer creer que eres el bueno… No, Creonte… Te amé… Creí en ti… Pero me has desilusionado. (Lo mata)
Yocasta- ¡Que los dioses nos protejan!
Edipo- ¡No quiero escuchar más hablar de los dioses! ¡Los dioses nos deben respeto! ¡Si nosotros no les damos alimento, ellos no existen! ¡Y si no están conformes con nosotros, cambiamos de dioses y ya está!
Yocasta- No blasfemes, Edipo…
Edipo- (Agotado) ¡Se acabó la peste! ¡Yo lo decreto! ¡Que la sangre derramada sirva para que purifique al pueblo de Tebas!
Yocasta- Tengo tanto miedo… ¡Saca estos cuerpos de mi vista! ¡Sácalos de este dormitorio! ¡Manchan nuestra relación con su sangre! (Edipo carga de a uno, con ellos y los saca de escena. Regresa cansado) Ven, mi amor, recuéstate, descansa…
Edipo- (Cae rendido en la cama) Yocasta… Cuantos misterios…
Yocasta- Edipo, no temas acostarte conmigo… Otros hombres sueñan que hacen el amor con sus madres, y no les pasa nada…
Edipo- Sólo dime… ¿Eres mi madre?
Yocasta- Duerme, mi pequeño…
Edipo- ¡No me trates como un niño! ¡Dime la verdad! (Se enfurece y la toma del cuello con una mano)
Yocasta- Me lastimas… Ay… Sí… Lo supe cuando entraste al palacio, acompañado por mi hermano… Sí, Edipo… Me muero de vergüenza ante ti, pero no puedo seguir mintiéndote…
Edipo- Pero… ¿por qué no me dijiste y…?
Yocasta- Porque estabas tan hermoso… Tan alegre… Saludabas a todos, eras el héroe que todos necesitaban… Tu padre había sido un déspota…
Edipo- ¿Contigo?
Yocasta- Con todos… Conmigo… Me castigaba…
Edipo- Maldito…
Yocasta- Tenía relaciones con jóvenes que aún no habían visto crecer la barba en sus rostros…
Edipo- ¡Lo mataría de nuevo!
Yocasta- No, mi niño, no… Y te acercaste a mí… Y vi tus ojos y no pude creer lo que pasaba… Me negaba a mí misma la verdad…
Edipo- (Furioso) ¡¿Cómo debo llamarte?! ¿Esposa? ¿Amante? ¿Mamá?
Yocasta- Por favor, no me grites (tapándose los oídos, llorando)
Edipo- ¡Estoy furioso! ¡Furioso y desesperado! ¡Cuatro hijos con mi madre!
Yocasta- No me martirices, Edipo…
Edipo- ¡Cómo les digo a nuestros hijos! ¡Al pueblo! Mírame a los ojos…
Yocasta- No puedo, no puedo, siento vergüenza…
Edipo- No te lo perdono… Siempre lo supiste… ¡Te acostaste con tu hijo, Yocasta! ¡Gozaste con tu hijo! ¡De tu vientre han salido nietos tuyos, que son nuestros hijos!
Yocasta- ¡Basta, Edipo! ¡Piedad!
Edipo- ¿Piedad? ¿Y a mí quién me consuela? ¡He matado a mi padre! ¡He matado a mi tío Creonte, acusándolo de lo que no era!
Yocasta- ¡Mátame a mí, por favor!
Edipo- ¡Lo haría con gusto pero te amo demasiado! ¡¿Qué digo?!
Yocasta- Olvidemos todo, Edipo… Seamos felices…
Edipo- ¡¿Qué dices?! ¡Eres mi madre! ¡Deseo a mi madre! ¡Me muero de pasión por quien me tuvo en su vientre!
Yocasta- Yo te amo… Eres lo único que quiero…
Edipo- Pero me entregaste para ser muerto por las fieras… Junto con mi padre tramaron mi desaparición… Me horadaron los tobillos… Y dices que me amas…
Yocasta- Teníamos miedo, Edipo. Miedo. ¡¿Sabes lo que es eso?! ¡Los dioses habían jurado venganza! Tenía que salvar a Layo. Yo misma sería condenada…
Edipo- Y para eso, el sacrificio de mí, tu hijo…
Yocasta- Edipo, entiende, por favor, no te pongas necio… ¡Los dioses habían…!
Edipo- ¡Basta con los dioses! ¡Soy un ser humano! ¡Estoy pagando por cosas que no hice! ¡Tócame, tócame, ¿ves que existo?!
Yocasta- Por favor, Edipo, me das miedo… Has matado a mi hermano…
Edipo- Por todos los dioses, no sé lo que hice… ¡¿Qué hice?! ¡Están muertos! ¡Otra vez me he manchado de sangre!
Yocasta- Edipo, cálmate, por favor, cálmate…
Edipo- ¿Por qué ser feliz es tan costoso? ¿A quién hice daño? Si es cierto lo que todos dicen, soy el único inocente… Huí del lado de Polibo y Mérope porque un muchacho envidioso de mí, en la cantina, borracho me contó la historia de que iba a matar a mi padre y me iba a acostar con mi madre… Y me entró el horror de cometer tal acto y preferí escapar del Destino… Porque los amo, porque me dieron lo que tú y Layo jamás me brindaron… Amor, cariño, protección… ¡Me amaron, Yocasta! ¡Fueron los padres más comprensivos, Dios mío! ¡Los extraño! ¡Quiero estar al lado de ellos!
Yocasta- Mi niño…
Edipo- ¡No me toques, no me toques!
Yocasta- ¡No me rechaces!
Edipo- ¡¿Cómo debo llamarte?! ¡¿Quién eres en verdad?! ¡¿Quién?!
Yocasta- Estás como loco, Edipo… Olvídate de todo, vayamos a un lugar donde nadie nos conozca… Dejemos a nuestros hijos, ya están grandes…
Edipo- ¡¿Otra vez abandonando a tus hijos?! ¡Ese el amor materno que tienes!
Yocasta- Estoy desesperada… No sé qué hacer… Siento vergüenza…
Edipo- Mi amor… (La abraza) ¡Que el fuego nos abrace!
Yocasta- Mi niño… Mi hombre… Mi amante… Mi esposo… Te amo, Edipo, te amo como no amé a nadie en esta vida…
Edipo- Soy un miserable… ¡¿Qué estoy haciendo?! (La besa apasionadamente. La suelta y camina por la habitación) ¡¿Qué estoy haciendo, qué estoy haciendo?!
Yocasta- Ven, mi amor, ven, por favor, bríndame consuelo… No sé quién soy pero me muero de pasión por ti…
Edipo- Me siento sucio, he estado acostado con mi madre, he matado a mi padre, y ambos querían verme muerto para salvarse ellos de la ira de los dioses… ¡¿Quién soy?!
Yocasta- Edipo, ámame por favor, hiervo de pasión… Sé que es horrible, pero no resisto que te alejes… No me rechaces, por favor…
Edipo- (Camina como una fiera enjaulada por la habitación. Se detiene, la mira y la abraza apasionadamente y llora como un niño)
Yocasta- Mi niño, mi dulce niño…
Edipo- Te amo, que me condenen, te amo…
Yocasta- Penétrame, por favor, Edipo, penétrame… ¡Ay, desgraciada, ¿qué digo?!
Edipo- (La penetra) ¡¿Qué hago?! ¡Pero no puedo contenerme!
Yocasta- Ay, Edipo, nunca has llegado tan profundo… (llora intensamente) Mi niño…
Edipo- Mamá, mamá, eres mi madre y yo estoy… Ah, no puedo más…
Yocasta- Sí, vente, vente…
Edipo- Seré maldecido para siempre… Que los dioses tengan piedad de mí… Ahhhh… (Gime de placer y llora)
Yocasta- Mi amor, mi amor (tiene un orgasmo. Sigue llorando) ¡No soy digna!
Edipo- (Sale de ella y se arrumba en un rincón) ¡¿Qué hice, por favor, qué hice?!
Yocasta- (Acostada, toma una espada y se la clava en el pecho) Ahhhhhh….
Edipo- (Saltando) ¡Por favor, qué estás haciendo! ¡No, Yocasta, no, no, te necesito para seguir viviendo! ¡No, eres lo más importante de mi vida! (Yocasta yace sin vida) ¡No me abandones, pierdo a la vez una madre y una esposa! ¡¿Qué mal he hecho para recibir estos castigos?! ¡Yocasta, por favor, despierta! ¡Que alguien me ayude! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Yocasta, mi amor, no me dejes! ¡No sé qué hacer sin ti! ¡Es todo culpa mía! ¡Tendría que haber muerto en el monte Citerón! (toma un cuchillo y se lo clava en los ojos) Ahhhhhhhhhhhhhhhhh…. ¡No veo…! ¡Necesito no ver más los horrores que me rodean…! ¡Soy tan cobarde que no me puedo matar!… ¡Pero debo lastimarme para no ver más lo que he cometido sin saber! ¡La culpa me acompañará toda la vida…! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

Fin

LEOPOLDA Y LA VENUS DE LAS PIELES

LEOPOLDO Y LA VENUS DE LAS PIELES

De Andrés Caro Berta
andres@andrescaroberta.com
http://www.andrescaroberta.com/

Derechos de autor registrados en AGADU

Adaptación teatral de la novela de Sacher- Masoch
“La Venus de las pieles”

(He procurado ser fiel a las palabras originales de dicho libro,
adaptadas al juego escénico)

PERSONAJES

LEOPOLDO
WANDA
CRIADA
PINTOR
AMANTE

(LA ACCIÓN TRANSCURRE A FINES DEL SIGLO XIX)

ESCENA 1
Leopoldo, Wanda

(La mujer está sentada en un sillón, frente a Leopodo. Es una belleza de mármol. Fría. Está cubierta por un tapado de piel dentro del cual se acurruca como una gata. Él también está sentado)

Wanda- Leopoldo, ¿te gusta tanto que esté escondida en un tapado de piel?

Leopoldo- Estás hermosa. Tienes esa hermosura tan cruel de todas las mujeres.

W- (Haciéndose la enojada) ¿Qué dices, Leopoldo? Tú llamas crueldad a la esencia de la sensualidad, del amor. Nuestra propia esencia femenina es entregarnos a lo que amamos y amar todo lo que nos agrada. Y si nos llamas cruel por nuestro coqueteo con los hombres… Nosotras somos fieles mientras amamos, pero no nos pidas fidelidad sin amor y entrega sin placer... Ustedes nunca están satisfechos... Rondan como moscas alrededor nuestro, pero creen que algo supremo es aburrido, y se tornan aburridos... Todo para ustedes pasa por la cabeza... y mientras nosotras... nos morimos de frío... (Se mueve dentro del tapado)

L- Wanda, no puedes negar que el hombre y la mujer son enemigos entre sí. Apenas el instante del amor los reúne y hace de ellos un solo ser habitado por un solo pensamiento, una sola sensibilidad, una sola voluntad. Pero enseguida, eso los separa mucho más que antes... En el amor está la conquista del otro. Quien no logra someter a su ley al otro, pronto sentirá sobre su nuca un pie dispuesto a aplastarlo.

W- ¡Y ese pie debe ser el de la mujer! (se burla) Lo sabes mejor que yo.

L- Es verdad.

W- Eso quiere decir que eres, ahora, mi esclavo y que puedo pisotearte sin piedad.

L- ¡Wanda!

W- ¡Sí, confieso que soy cruel, pero mira el efecto de esa palabra en ti! ¡Te excita! ¿No tengo derecho a serlo? El hombre es quien desea; la mujer es el objeto deseado. La naturaleza le ha dado al hombre la mujer, gracias a la pasión, y si la mujer no sabe dominarlo, hacerlo su sirviente, su esclavo, su juguete, y por fin traicionarlo... es una tonta... Terminará siendo todo eso...

L- Me enoja...

W- ¿Te enoja? Pobrecito... (Lo mira maliciosamente mientras juega con sus dedos sobre la piel) Cuando la mujer se muestra más sumisa, el hombre rápidamente recobra su sangre fría y se convierte en dominador; pero cuando ella es cruel, y le es infiel y lo maltrata, cuando más locamente juega con él, el hombre se torna más amante y dependiente de ella... Siempre ha sido así, desde el comienzo de los tiempos...

L- No puedo negarlo... No hay nada que nos atraiga más a los hombres que la mujer hermosa, déspota, sensual y cruel que, sin consideración, cambia de amante según su humor...

W- Y se envuelve en pieles.

L-¿Por qué dices eso?

W- Leopoldo… Los dos lo sabemos… (Se levanta y camina mostrándose)

L-¿Sabe que estás más hermosa que antes?

W- ¿Por qué?

L- Esa piel sobre ese cuerpo de nieve... Un amigo que tú no conoces me dijo una vez que las mujeres deben ser castigadas… Es que ya lo dijo Goethe, aquello del clavo o el martillo. Así son las relaciones entre los hombres y las mujeres. Todo el poder de la mujer radica en la pasión que experimenta el hombre por ella, y de la que ella va a sacar partido si éste no se pone en guardia. Sólo hay dos papeles, el del esclavo y el del tirano. Si te abandonas, ustedes nos dominarán y sentiremos el látigo sobre nuestra piel. ¿Recuerdas cómo nos conocimos?

W- Ha pasado mucho tiempo… Cuenta, me gusta recordarlo…

L- Yo estaba en aquella terma en los Cárpatos… (Wanda desaparece de escena) En la casita perdida en el bosque. Recuerdo que allí estaba la dueña de casa, que era una viejita que vivía con su perro y una hermosa viuda hermosa, tendría unos veinticuatro años. Vivía en el primer piso mientras yo en la planta baja. Tenía siempre las persianas cerradas. Yo descansaba en una glorieta donde escribía, pintaba y cantaba. Desde allí veía su balcón lleno de plantas trepadoras. Esa mujer era una belleza pero yo estaba enamorado sin esperanza, de otra, de piedra. En uno de los caminos de la casa había una estatua de Venus. La diosa del amor, la mujer más hermosa que vi en mi vida. Ella me correspondía apenas con una sonrisa tranquila, de mármol. Muchas noches quedaba arrodillado con la cara contra su rostro helado, adorándola, mientras la luna la iluminaba. Un día, entre los arbustos apareció una figura femenina blanca. Era como si la diosa hubiera tomado cuerpo y me estuviera siguiendo. Se apoderó de mí un terror indescriptible; sentí que mi corazón podía estallar en cualquier momento. Eché a correr tan rápido como pude. En mi cuarto busqué una reproducción de la Venus del espejo, de Tiziano. Me maravillaba ver a esa mujer que se oculta baja una piel oscura, mientras en su rostro de mármol se veía la severidad y la dureza. Escribí: “Amar, ser amado, ¡qué felicidad! Sin embargo, qué estúpido parece junto a la felicidad llena de tormentos que se experimenta al adorar a una mujer que hace del hombre su juguete, transformándolo en esclavo de una criatura titánica que lo pisotea sin piedad. Como Sansón que siendo héroe se abandonó en las manos de Dalila que ya lo había traicionado. Los filisteos se apoderaron de él, le sacaron los ojos, esos ojos que hasta el último minuto, llenos de amor siguieron fijos en la hermosa traidora” ¿Qué debo hacer para recibir ese castigo?, pensé En eso en el balcón veo un vestido blanco. ¿Es Venus o la viuda? Es la viuda. Me mira. Se ríe. ¿De mí? Huyo y voy a refugiarme en mi amada. La estatua de Venus, brillante y majestuosa está allí, frente mío. Pero de pronto, con espanto, descubro que de sus hombros de mármol cae una gran piel oscura hasta sus pies. Entro en pánico y quiero huir pero ella me intercede el paso. ¿Es Venus, la hermosa mujer de piedra, o la diosa del amor en persona? ¡No puede ser! ¡Su sangre es caliente y su corazón late! ¡Ha recobrado la vida para mí! Sus labios están rojos y sus mejillas se colorean. Dos rayos diabólicos salen de sus ojos y de pronto comienza a reír. Su risa es tan extraña, tan indescriptible que me corta el aliento. Escapo. Pero a los pocos pasos debo detenerme a respirar. Me persigue su risa irónica. Me pierdo. Me detengo finalmente y me digo a mí mismo que soy un estúpido. Eso me tranquiliza y me repito muchas veces, realmente feliz, “estúpido”. A la mañana, estoy sentado en mi glorieta leyendo en La Odisea la historia de una encantadora hechicera que transformaba a sus adoradores en bestias salvajes cuando siento un susurro entre las ramas. El vestido de una mujer... ¡Es ella! ¡Venus, pero sin pieles! ¡No, esta vez es la viuda! ¡Y sin embargo es Venus! ¡Dios mío, qué mujer! De pie, con un ligero vestido blanco me mira. Es tan graciosa y tan poética... Su belleza está más en la picardía más que en la hermosura... Tiene una boca carnosa, su piel es tan delicada que hasta las venas azules se ven por entre la tela que cubre sus brazos y su pecho. Su cabellera se enrula en opulentos bucles que juegan sobre su nuca con gracia diabólica. Y su mirada se posa sobre mí como un rayo. Ella nota mi perturbación. Yo no logro reaccionar para saludarla, lo que la hace sonreír maliciosamente.
Cuando puedo me levanto, la saludo y ella se acerca y se echa a reír a carcajadas como un niño. Yo tartamudeo. Así nos presentamos. (La viuda se sienta seductoramente a su lado) La diosa pregunta mi nombre y me dice el suyo; Venus. Es realmente una diosa. (A ella) Wanda, ¿cómo se te ocurrió semejante idea?

W- Con la reproducción que encontré en un libro tuyo que habías dejado ahí.

L- Ah, es cierto...

W- Y eso tan extraño que habías escrito...

L- ¿Por qué tan extraño?

W- Siempre quise conocer un hombre romántico de verdad, y tú eres uno de los más locos.

(Se transforma el escenario en la glorieta)

L- Es cierto, señora... Me siento... como un adolescente ante usted...

W- Anoche tuvo miedo de mí...

L- Es verdad...

W- Usted ve en el amor y sobre todo en la mujer algo hostil, algo contra lo que usted se defiende inútilmente, y cuyo poder lo agobia con dulces tormentos y sabias crueldades. Para mí la sensualidad calma de los griegos es un ideal que quiero para mi vida. No creo en el amor que predica el cristianismo y los modernos caballeros del espíritu. No. Soy peor que una hereje... Soy una pagana... En la naturaleza no existe más que ese amor de los tiempos heroicos de los griegos... “cuando los dioses y las diosas amaban...” En esos tiempos, “el deseo seguía a la mirada, el placer seguía al deseo”. Todo el resto es puro formulismo, afectación, mentira. El cristianismo, cuyo cruel emblema es la Cruz, tiene para mí algo aterrador. Introdujo por primera vez, un elemento extraño y hostil en el seno de la naturaleza y de sus inocentes instintos. El combate del espíritu contra el mundo sensible es el evangelio de los modernos. No quiero tomar parte.

L- Usted merece estar en el Olimpo, mi señora pero hay cosas que hoy no soportaríamos... Por ejemplo compartir con otros nuestra mujer... Preferimos una virgen delgada y pálida que sólo nos pertenece a nosotros, a una Venus antigua que ame hoy a uno y mañana a otro. Y cuando nos ocurre a nosotros que triunfe la naturaleza y nos abandonamos ardientes y apasionados a una mujer hermosa, su serena alegría de vivir nos parece demoníaca y cruel y vemos en nuestra felicidad un pecado que debemos expiar.

W- Así que usted también está a favor de la mujer moderna, de esas pobres hembras histéricas que persiguen como sonámbulas un ideal masculino soñado y no saben apreciar lo mejor de los hombres; que entre dolores y lágrimas faltan todos los días a sus deberes de cristianas, que engañando y engañadas, sin cesar buscan, eligen y rechazan; que nunca son felices y nunca hacen feliz al hombre; que se quejan de su destino en lugar de confesar tranquilamente que quieren amar y vivir como vivieron aquellas griegas. La naturaleza no conoce la estabilidad en las relaciones entre el hombre y la mujer.

L- Señora...

W- Deje terminar. Es el egoísmo del hombre que quiere enterrar a la mujer como un tesoro. Han fracasado todas las tentativas que han querido introducir – por medio de ceremonias, juramentos y contratos – la permanencia es lo más mutable que hay en el seno de la mutabilidad del ser humano, en el amor. ¿Usted puede negar que nuestro mundo cristiano se encuentra en descomposición?

L- Pero…

W- El individuo que se rebela contra las instituciones es inmediatamente expulsado, estigmatizado, lapidado, me dirá usted. Es cierto. Pero acepto el riesgo. Soy pagana por principio, quiero vivir mi vida. Renuncio al respeto hipócrita. Prefiero ser feliz. Los que inventaron el matrimonio cristiano hicieron bien en inventar la inmortalidad. No pienso, ni siquiera por un instante, en vivir eternamente. Y cuando me toque morir, ¿de qué me servirá saber si cantaré en el coro de ángeles o si el polvo de mi ser forma un nuevo ser? Hay que vivir esta vida. ¿Pertenecer a un marido que no amo porque alguna vez lo amé? No. Amo al que me gusta y lo hago feliz. ¿Es espantoso? No, es mucho mejor que si, cruelmente me alegrara con los tormentos que provocan mis encantos mientras me alejo virtuosamente del desdichado que se consume por mí. Soy joven, rica y hermosa, y como tal obedezco sólo a la alegría y el placer.

L- (Le toma la mano pero al final la suelta, al tomar conciencia de lo que hace)
Su franqueza me asombra, y no hay que... (Se tranca)

W- ¿Qué?

L- Quiero decir... Disculpe, la he interrumpido... Eh... ¿Cómo llegó a esa idea?

W- Muy simple. Mi padre era un hombre sensato. Desde mi infancia estuve rodeada de esculturas antiguas. Ya a los diez años leía Gil Blas, a los doce, La doncella de Orleáns. Algunos niños tuvieron por amigos a Pulgarcito, Barba Azul, Cenicienta. Yo a Venus, Apolo, Hércules y Laocoonte. Mi marido tenía una naturaleza serena y alegre. Jamás el mal incurable que le atacó después de casarnos afectó nuestra relación. Cuando murió estuve con él. En los meses previos, en su silla de ruedas bromeaba con que yo ya tenía un admirador. Yo me ruborizaba de vergüenza. “No me ocultes nada – me decía- Encuentra uno o más maridos que te hagan feliz. Eres una dulce esposa pero no eres más que una niña: necesitas juguetes”. Mientras él vivió no tuve ningún amante. Pero esto terminó. Él me convirtió en lo que ahora soy, una griega.

L- Una diosa.

W- (Sonríe) ¿Cuál?

L- Venus.

W- (Lo amenaza con el dedo y frunce el seño) Incluso una Venus de las pieles. ¿Sabe lo que tengo? Una piel enorme que podría cubrirlo totalmente. Voy a envolverlo en ella como en una red.

L- (Tartamudeando) ¿Usted... cree que sus... ideas pueden ponerse en práctica... en este siglo? ¿Cree que Venus puede pasear, ante los ojos de todos, mostrando sus encantos desnudos gozosamente?

W- Desnudos no, sino cubiertos por una piel.

L- ¿Y después?

W- ¿Y después?

L- ¿Qué quiere decir? Los seres hermosos, libres, serenos y felices como eran los griegos, sólo pueden existir si disponen de esclavos que realicen por ellos las tareas prosaicas de la vida cotidiana y, sobre todo, que trabajen por ellos.

W- Es cierto. (Muestra una mirada de malicia) Y una diosa como yo necesita un ejército de esclavos. ¡Cuídese de mí!

L- (Con cierto espanto) ¿Por?

W- (Riéndose, no dándole importancia) ¿Quiere ser mi esclavo?

L- En el amor nunca se está al mismo nivel... (Seriamente) A partir del momento en que puedo elegir entre dominar y ser dominado, me parece más estimulante ser el esclavo de una hermosa mujer. Pero, ¿dónde encontraré a la mujer que sepa dominar, tranquila y concientemente, y no mezquina y rezongona?

W- ¡Vaya! ¡No es tan difícil! Yo, por ejemplo (Se ríe y se inclina hacia él) Tengo cierto talento para jugar a la déspota.... Tengo también, la piel indispensable... ¿Anoche tuvo miedo de mí?

L- Sí.

W- ¿Y ahora?

L- ¿Ahora? Ahora realmente comienzo a tener miedo de usted. (Ella queda como una estatua. Leopoldo habla al público) Estuvimos todos los días juntos. Yo... Venus. Nos veíamos a cada rato. Yo la halagaba todo el tiempo. Le pinté un retrato. Estuve en su casa, le leí las Elegías Romanas, conversé con ella. Ella parecía satisfecha, parecía como si estuviera pendiente de mis labios, me parecía que su pecho se agitaba... Estaba tan feliz que me atreví a besarle la mano. Ella me dejó hacer. Me senté a sus pies y le leí un poema que había escrito para ella:

LA VENUS DE LAS PIELES
Pon el pie sobre tu esclavo,
Mujer fabulosa, dulce y diabólica,
El cuerpo de mármol extendido
Entre los mirtos y los ágaves.
Y seguía... De noche, obedeciendo una orden de ella, le entregué el poema y me quedé sin una copia. Hoy solo recuerdo esa primera estrofa. No sé si estaba enamorado de Venus. No sé si, luego de nuestro primer encuentro, sentí ese ardor fulminante de la pasión. Pero sí sentí la mágica trampa que su extraordinaria belleza me tendía. No era amor lo que crecía en mí, era una sumisión física que iba afirmándose. Sufría cada día más y ella disfrutaba.
(Vuelve a ella)

W- Usted me interesa. La mayoría de los hombres son tan comunes, carecen de impulso, de poesía. En usted hay cierta profundidad y cierto entusiasmo, y ante todo un aspecto formal que me hace bien. Podría enamorarme de usted.

L- (Tartamudeando) ¿Podría amarme?

W- ¿Por qué no? (Apoya su cuerpo en un brazo de él, mostrándose cansada. Él va bajando por el cuerpo de ella y queda arrodillado contra su ropa) ¡Leopoldo, no haga eso! (Él apoya sus labios en un pie y lo besa) ¡Cada vez usted se vuelve más impertinente! (Lo patea y se aleja. Él se queda con su zapato. Se va.

ESCENA 2

Leopoldo y Wanda

(Mismo lugar con clima de una mañana con pájaros, sol. Ella aparece. Él en el otro extremo)

W- Leopoldo, ¿por qué no viene? (Él va humildemente a donde está ella) ¿Dónde está mi zapato?

L- Este... Lo tengo... Voy a buscarlo...

W- Vaya... Y después tomaremos un té, juntos, mientras conversamos. (Él desaparece y llega con el zapato, se lo entrega ceremoniosamente y como un niño espera en un rincón el castigo. Ella lo mira con el ceño fruncido y una expresión severa y dominante. De pronto se echa a reír) ¿Entonces es cierto que está enamorado de mí?

L- Sí. Y sufro más de lo que imagina.

W- ¿Sufre? (Ríe)

L- ... (Tiene una actitud de indignación, vergüenza, humillación)

W- ¿Por qué? Yo soy buena con usted y le dedico todo mi corazón. (Le extiende la mano con expresión amistosa)

L- ¿Quiere ser mi mujer?

W- (Lo mira asombrada y después burlona) ¿De dónde sacó tanta audacia?

L- ¿Audacia?

W- Sí, audacia de tomar a una mujer, y de tomarme a mí, en particular (Le muestra el zapato) ¿Tan pronto se hizo de una amiga? (Se burla) Bromas a un lado, ¿quiere realmente casarse conmigo?

L- Sí.

W- Leopoldo, ahora le hablo en serio. Creo que usted me quiere y yo también a usted, lo que es mejor aún. Creo que sentimos interés uno por el otro. No hay peligro de que nos aburramos juntos, pero, usted sabe que soy una mujer frívola y por eso tomo el matrimonio como algo muy serio; cuando inicio algo quiero terminarlo... Por eso creo... No, le haría daño...

L- Por favor, sea franca conmigo...

W- No creo, francamente, que pueda amar a un hombre más de... (Inclina graciosamente la cabeza y reflexiona)

L- ¿Un año?

W- ¡Qué ocurrencia! Tal vez, un mes.

L- ¿Aún a mí?

W- Claro, aún a usted. A usted, quizás dos meses.

L- ¡Dos meses! (Escandalizado)

W- Dos meses es mucho tiempo.

L- Yo...

W- Ya ve, usted no puede soportar la verdad. (Se recuesta en un sillón) ¿Qué puedo hacer con usted?

L- Lo que quiera. Lo que quiera.

W- ¡Qué tontería! Primero quiere tomarme por mujer y después se ofrece a mí como un juguete.

L- Wanda, la amo.

W- Volvemos al punto de partida. Me ama y quiere tomarme por mujer, y yo no quiero volver a casarme porque no creo en la duración de mis sentimientos ni de los suyos.

L- Pero si me atrevo a unirme a usted...

W- Eso depende aún de que yo quiera unirme a usted (lo dice tranquilamente) Puedo imaginarme que perteneceré a un hombre para el resto de mi vida, pero es necesario que sea un hombre verdadero, que me domine y me someta, ¿comprende? Y cada hombre, lo sé por experiencia, se convierte en cuanto está enamorado, en un ser débil, fácil de dominar, ridículo, que se abandona en manos de la mujer, se arrodilla ante ella, y yo sólo podría amar a un hombre ante el cual yo me arrodillara. Y, sin embargo, lo quiero tanto que voy a ensayar con usted. (lLeopoldo se arroja a los pies) ¡Dios mío, otra vez arrodillado! (Se burla delicadamente) Comienza bien. Levántese. Bien. Le doy un año para conquistar mi amor, para persuadirme de que estamos hechos el uno para el otro, de que podemos vivir juntos. Lógrelo y yo seré su mujer. Una mujer que cumplirá con su deber estricta y conscientemente. Durante este año viviremos como si fuéramos marido y mujer... (Los dos se perturban) Viviremos juntos todo el día. Compartiremos nuestros hábitos para ver si realmente nos entendemos. Le concedo todos los derechos de un marido, de un amante, de un amigo. ¿Está satisfecho?

L- No queda otro remedio.

W- No está obligado.

L- Entonces, sí quiero.

W- Bien. Así debe hablar un hombre. Me puede besar la mano. (Se la besa. Ésta resbala y Wanda se pierde en la penumbra. Leopoldo se dirige al público)

L- Estuve diez días sin abandonarla una sola hora. Tuve el derecho de mirarla continuamente a los ojos, de acariciarle la mano, adivinar sus palabras, acompañarla a todas partes. Mi amor crecía. Hasta que una tarde estaba al lado de la estatua de Venus... (Cambia la iluminación)

W- Leopoldo... (Lo mira firmemente. Él se perturba, estalla la pasión, la abraza y la besa mientras ella lo aprieta contra el pecho)

L- ¿Está enojada?

W- Nunca me enojo por algo totalmente natural. Solo temo que usted sufra.

L- Sufro espantosamente.

W- Ah, pobrecito... Espero que no sea por mi culpa.

L- No. Sin embargo, mi amor por usted se ha convertido en una locura. El pensar que la puedo perder me atormenta día y noche.

W- Pero usted ni siquiera me posee... (Lo mira seductoramente. Lo separa y pone una mano en los senos de la estatua. Leopoldo desliza sus manos por el talle de Wanda)

L- Ya no puedo vivir sin ti, mi diosa. Aunque sea por esta vez, créeme. No son frases, es la verdad. Si te separas de mí, estoy perdido.

W- Realmente no comprendo por qué te pones así, tonto, si yo también te amo (Lo toma del mentón) Grandísimo tonto.

L- Pero tú solo quieres ser mía en determinadas situaciones, en cambio yo te pertenezco totalmente, sin ninguna condición.

W- Eso no está bien, Leopoldo (se asusta). ¿Aún no me conoces? ¿No quieres, en realidad, conocerme? Soy buena cuando se me trata respetuosa y razonablemente, pero cuando se abandonan demasiado a mi voluntad me convierto en un ser temerario, presuntuoso.

L- (Se arrodilla y le abraza las piernas) ¡No importa! Sé despótica, pero sé mía, mía para siempre.

W- (Seriamente) Esto terminará mal, mi amigo.

L- ¡No! ¿Por qué tiene que tener un fin? (Grita agitado, casi violentamente) ¡Sólo la muerte puede separarnos! ¡Si no puedes ser mía, totalmente mía y para siempre, seré tu esclavo y soportaré todo, pero no me alejes de ti!

W- ¡Caramba, Leopoldo, vuelve en ti! (Se inclina y le besa tiernamente la frente) Soy buena contigo, pero tú no tomas el buen camino para conquistarme y retenerme.

L- Haré todo lo que quieras para no perderte. Todo.

W- ¡Levántate ya!

(Lepoldo obedece)

W- Realmente eres un hombre extraño. ¿Así que quieres poseerme a cualquier precio?

L- Sí, no me importa el precio.

W- Pero, por ejemplo... ¿Qué valor tendría para ti mi posesión (reflexiona un instante mientras sus ojos lo miran de forma inquietante) si yo no te amara, si perteneciera a otro? (Sus ojos lo miran fríamente) Ya ves. Ese pensamiento te provoca horror (Se sonríe amablemente)

L- Es verdad. Me horroriza la idea de que una mujer a la que amo y que ha respondido a mi amor pueda entregarse a otro sin ninguna piedad hacia mí. Pero, ¿puedo elegir? Si amo a esa mujer, si la amo locamente, ¿puedo darle la espalda y morir a causa de mi orgullo? ¿Me debo matar? Puedo amar a dos tipos de mujer. Si no puedo encontrar una mujer noble, considerada, fiel y cariñosa que comparta conmigo el destino... Nada de paños tibios. Prefiero entregarme a una mujer carente de toda virtud, infiel y despiadada. También, en su egoísta grandeza está su ideal. Si no puedo gozar total y plenamente de su amor, quiero la copa de los sufrimientos y sus tormentos; quiero ser maltratado y traicionado por la mujer que amo. ¡Cuánto más cruel sea, más valor tendrá! ¡Eso para mí es una dicha!

W- ¿Sabes lo que estás diciendo?

L- Te quiero con toda mi alma, con todos mis sentidos. O sea que quiero vivir a tu lado, debo aceptar todo lo que te rodee. ¡Elige: haz de mí tu esposo o tu esclavo!

W- Entonces sea. (Frunce sus cejas enérgicamente) Va a ser muy divertido para mí tener enteramente bajo mi poder a un hombre que me interesa y me ama. Has sido un imprudente en dejarme elegir. He elegido, entonces. ¡Quiero que seas mi esclavo, haré de ti un juguete!

L- Sí, hazlo (Maravillado y aterrado) Si el matrimonio sólo puede fundarse en la igualdad y el entendimiento mutuo, las grandes pasiones deben nacer de los sentimientos opuestos. Como somos seres contrastantes, casi enemigos, mi amor es en parte odio, en parte temor. En semejantes relaciones uno no puede ser más que el martillo; el otro, el clavo. ¡Yo quiero ser el clavo! No puedo ser feliz si debo considerar a mi amada, igual. Quiero poder adorar a una mujer y sólo puedo hacerlo si ella se muestra cruel hacia mí.

W- Pero, Leopoldo (se enoja), ¿me crees capaz de maltratar a un hombre que me ama como tú y al que yo amo?

L- ¿Por qué no, si así te amo más? Sólo puede amarse verdaderamente a quien nos domina. A una mujer que nos somete por su belleza, por su temperamento, por su espíritu y su voluntad. Una mujer que se comporta como una déspota.

W- De modo que lo que hace huir a los demás, a ti te atrae...

L- Sí. Es mi rasgo característico.

W- Vaya, vaya... En verdad no hay nada tan extraño ni particular en tus pasiones. ¿Quién no se siente seducido por una hermosa piel? Cada uno sabe, cada uno siente hasta qué punto están ligadas la voluptuosidad y la crueldad.

L- En mí, eso está llevado a sus límites extremos.

W- Eso quiere decir que la razón no tiene poder sobre ti y que eres de naturaleza débil y sensual.

L- ¿Los mártires eran también naturalezas débiles y sensuales?

W- ¿Los mártires?

L- Por el contrario. Los mártires eran seres suprasensuales que hallaban placer en el dolor y que buscaban horribles tormentos, y hasta la muerte, como otros buscan la alegría. Yo soy uno de ellos.

W- Cuídate para no ser, también, un mártir del amor; el mártir de una mujer. Ven, Leopoldo, siéntate, dime... (Él se sienta a los pies de ella) ¿Todas esas rarezas... ya aparecían en ti cuando eras un niño?

L- Claro. En todo momento. Sí, ya en la cuna según me contó después mi madre, me mostraba suprasensual; rechazaba el seno de la robusta nodriza y debían alimentarme con leche de cabra. De joven me mostraba frente a las mujeres con una timidez enigmática, que indicaba un interés inquietante. Las bóvedas de una iglesia y la semioscuridad que había en ellas me angustiaban y se apoderaba de mí una verdadera ansiedad ante el altar resplandeciente y las imágenes sagradas. En cambio, me deslizaba en secreto, como si se tratara de un placer prohibido, en la biblioteca de mi padre para contemplar una Venus de yeso que allí había. Me arrodillaba ante ella y pronunciaba las plegarias que me habían enseñado: El Padre Nuestro, el Ave María y el Credo.
Una noche me levanté para ir a verla. Un rayo de luna iluminaba y bañaba a la diosa. Me arrojé a sus pies y los besé como había visto hacer a mis compañeros cuando besaban los pies del Salvador. Un deseo irreprimible se apoderó de mí. Me enderecé, rodeé con mis brazos el hermoso cuerpo helado y besé sus labios fríos. Un profundo estremecimiento me recorrió. Escapé y en sueños vi a la diosa, de pie, junto a mi cama que levantaba un brazo amenazante. En el liceo, al poco tiempo sabía más de los dioses de Grecia que de la religión de Jesús. Yo sentía que estaba allí y a la edad en que los chicos son rudos y groseros, yo mostraba desagrado por todo lo que era ordinario, común o feo. El amor lo sentía como algo bajo y desagradable. Evitaba el mínimo contacto con el bello sexo; era suprasensual hasta la demencia. Mi madre contrató cuando yo tenía catorce años una encantadora mucama, joven, bonita, de hermosas formas. Una mañana, mientras estudiaba a los griegos, y me entusiasmaba con los antiguos germanos, la muchacha vino a barrer mi cuarto. De pronto se detuvo, se acercó a mí con la escoba en la mano y sus labios frescos y perfumados rozaron los míos. El beso de esa gatita en celo me estremeció, pero levanté el libro como si fuera un escudo para defenderme de la seductora y me fui del cuarto, fuera de mí.

W- (Lanza una carcajada) Realmente eres único. Continúa.

L- Recuerdo otra vez. Una tía lejana, la condesa Sobol fue a visitar a mis padres. Era una hermosa mujer, majestuosa de encantadora sonrisa, a la que yo detestaba porque en la familia tenía fama de mesalina y me mostraba con ella tan mal educado, tan perverso, tan grosero como podía. Un día en que mis padres se habían ido a la ciudad, mi tía decidió aprovecharse y castigarme. Vestida con una chaqueta de piel entró de improviso en mi cuarto seguida por la cocinera, la hija de ésta y la gata a la que había desdeñado. Sin decir palabra, me agarraron entre todas y, a pesar de mi resistencia, me ataron las manos y los pies. Después, con una sonrisa malvada, mi tía comenzó a golpearme con una vara, a tal punto que la sangre comenzó a correr por mis heridas y a pesar de mi coraje, comencé a llorar y a gritar y terminé pidiendo ayuda. Hizo que me desataran. Pero de rodillas debí pedirle perdón y besarle la mano. ¡Estaba como loco! Mi gusto por las mujeres nació bajo la vara de una hermosa criatura voluptuosa que, con su chaqueta de piel, se me apareció como una reina encolerizada; a partir de ese día fue para mí la mujer más encantadora que Dios puso en la tierra. Llegué muy joven a la Universidad en la capital, jurando que la sensualidad sería mi cultura y que no dilapidaría semejante tesoro con un ser vulgar sino que lo reservaría para una mujer ideal, y de ser posible, la mismísima diosa del amor.
Allí me alojé en la casa de mi tía. Mi cuarto parecía el del doctor Fausto; todo desordenado, miles de libros, globos terráqueos cartas marinas, cartas astronómicas, esqueletos de animales, cráneos humanos, bustos de grandes hombres... Aprendí sin ningún método, química, historia, alquimia, astronomía, filosofía, jurisprudencia, qué se yo… Leí a Homero, Virgilio, Schiller, Shakespeare, Cervantes, Voltaire, Moliére, el Corán, Las Memorias de Casanova… La diosa se me aparecía en la habitación, muchas veces con las formas de mi hermosa tía, cubierta de una chaqueta de terciopelo rojo.
Una mañana, luego de ver una aparición de ella, corrí a la habitación de la condesa Sobol que me recibió no sólo amable sino hasta cordialmente y me ofreció, como bienvenida, un beso que perturbó aún más mis sentidos. Tenía unos cuarenta años que llevaba muy bien y vestía una chaqueta bordeada de piel. Esta vez no fue nada cruel y me permitió declararle mi adoración. ¡Qué delicias experimenté en ese tiempo arrodillándome a sus pies besando esas manos que me habían castigado tanto, años atrás! ¡Qué manos maravillosas! Jugaba con ellas, pasándolas por la piel y besándolas. (Wanda mira involuntariamente sus manos y Leopoldo lo ve) Al tiempo me apasioné por una mujer virtuosa que terminó traicionándome. Fui engañado, vendido por una mujer que fingía lo que no era. Por eso detesto esas virtudes. Prefiero una mujer franca que me diga: “Soy una Pompadour, una Lucrecia Borgia”.

W- ¡Tienes una manera muy especial de excitar los nervios y acelerar el pulso de quien escucha! Si todo eso es cierto rodeas el vicio de una aureola. ¡Eres uno de esos hombres que corrompen totalmente a una mujer! Ahora vengo... (Desaparece. Él no sabe qué hacer. Vuelve vestida como la primera vez) ¡Me enloqueciste con tus historias! Ven a hacerme compañía. (Caminan. Se diluye el anterior paisaje y aparece el dormitorio. Ella se recuesta con el tapado puesto) Disculpa pero hace frío.

L- Pícara. Sé bien porqué la dejas...

W- ¿De dónde sacaste esa predilección por las pieles?

L- Creo que desde que nací. Pero además las pieles ejercen un atractivo sensual desde siempre. Por eso los gatos han sido los amigos favoritos de Mahoma, Richelieu, Roussau...

W- Entonces una mujer envuelta en pieles no es más que una gran gata. Pero no me has dicho porqué en ti ejercen tanto poder.

L- Sí, te lo he dicho. Encuentro un extraño atractivo en el dolor, y nada puede provocarlo como una mujer hermosa y tirana que te sea infiel. En consecuencia, no puedo imaginarme una mujer así sin pieles. Pero sigo contándote. A los diez años me sobreexcité cuando pude leer la vida de los mártires. Sufrían los peores tormentos con una especie de alegría; se consumían en los calabozos, eran arrojados a las llamas, atravesados por flechas, sumergidos en agua hirviente, entregados a fieras salvajes o clavados en una cruz. Sufrir y soportar horribles tormentos me pareció desde entonces una verdadera delicia, sobre todo cuando estos eran provocados por una hermosa mujer. Para mí, lo poético y lo demoníaco se concentran en la mujer.

W- ¡Abominable! ¡Deseo que caigas en manos de una mujer semejante! Seguramente metido en la piel de un lobo, acosado por los dientes de los dogos, en la rueda de los tormentos... la poesía perdería algo de su encanto.

L- No lo creas...

W- Estás loco.

L- Es posible. Pero escucha, seguí leyendo con avidez los relatos de las más espantosas crueldades, veía deliciosamente los cuadros con espectáculos similares. Y en cada caso, veía vestidos con pieles o trajes bordeados de armiño a todos los tiranos sanguinarios que alguna vez se sentaron en un trono, a todos los inquisidores que han hecho perseguir, quemar o degollar a los herejes, a todas las mujeres que en la Historia de la Humanidad son voluptuosas, hermosas y violentas...

W- ¿Es por eso que la piel despierta en ti extrañas fantasías? (Wanda se envuelve en el tapado de piel, destacándose su busto) Entonces, ¿Cómo te sientes en este momento? ¿Comienzas a sentir el suplicio? (Lo mira lascivamente. Leopoldo se arroja a los pies de ella y abraza sus piernas)

L- ¡Sí! Has despertado mis fantasías favoritas. Hacía mucho que estaban dormidas.

W- ¿Y cuáles son? (le pasa la mano por la nuca)

L- Ser esclavo de una mujer, de una hermosa mujer a la que ame y adore.

W- Y que en retribución te maltrate (Se ríe)

L- Sí, que me ate y me azote.

W- Y que después de haberte vuelto loco de celos, recostada contra el feliz rival te ofrezca a él para que haga contigo lo que quiera... ¿Esto te gusta algo menos?
L- (La mira asustado) Superas mis sueños.

W- Sí, las mujeres tenemos una imaginación prodigiosa. Ten cuidado, si llegas a encontrar a tu ideal, podría suceder que fueras tratado con más crueldad de la que querrías.

L- ¡Ya encontré mi ideal! (Apoya el rostro en las rodillas de ella)

W- (Suelta el tapado de piel y comienza a reír) Pero, ¿soy yo? (Ríe entre burlona e irritada mientras se va. Leopoldo queda confundido en el piso. De pronto entra de nuevo. Lo toma del mentón amenazante) ¿Debo encarnar tu ideal? (Leopoldo duda. Ella se sienta voluptuosa) ¿Sí o no?

L- (Se arrodilla ante ella y le toma las manos) Te lo repito una vez más; sé mi mujer, una mujer fiel y leal; y si no puedes, conviértete entonces en mi ideal, pero sin reservas ni atenuantes.

W- Tú sabes que te concederé mi compañía dentro de un año si eres el hombre que busco. Pero me parece que me agradecerías si me convirtiera en tu ideal. Veamos... ¿Qué prefieres?

L- Todo lo que he imaginado está en ti.

W- Te engañas.

L- Creo que te asombra tener en tu poder a un hombre, entregado para que lo atormentes.

W- ¡No, no, no! Y sin embargo... (Reflexiona) Ya no me conozco a mí misma... Tengo que confesarte algo. Has corrompido mi imaginación y calentado mi sangre. Empiezo a encontrar placer en todo esto. El entusiasmo con que has hablado de todas esas criaturas egoístas, frívolas y crueles me asombra, penetra en lo más profundo de mi alma y me empuja a transformarme en una mujer parecida a ellas, que a pesar de su perversidad fueron servilmente adoradas durante toda su vida y hasta en la muerte. Me has convertido en una déspota en miniatura, una tirana de entrecasa.

L- Entonces, si esa es tu naturaleza, síguela pero no a medias; si no puedes ser una esposa buena y fiel, sé un demonio. (Toma un pie y lo besa tiernamente. Ella lo retira rápidamente y se levanta enojada)

W- Si me quieres, Leopoldo (con tono cortante e imperioso) no hables más de esas cosas. ¿Me oyes? ¡Nunca más! Al fin podría... (Se sonríe y se sienta)

L- Es en serio... Te adoro hasta tal punto que estoy dispuesto a sufrir lo que sea con tal de poder pasar toda mi vida a tu lado.

W- Leopoldo, te advierto una vez más...

L- Tus advertencias son inútiles. Haz conmigo lo que quieras, ya que no me alejas definitivamente de ti.

W- Lepoldo... Soy joven y frívola. Es peligroso que te entregues a mí de ese modo. Terminarás por convertirte realmente en un juguete. ¿Quién te protege? Puedo abusar de tu locura.

L- Eres demasiado noble.

W- El poder nos vuelve soberbios.

L- Sé soberbia, entonces. ¡Pisotéame!

W- (Cruza sus manos y lo mira mientras sacude la cabeza) No. Creo que no podría hacerlo. Pero voy a intentarlo para darte placer, Leopoldo, porque te amo, te amo como aún no he amado a otro hombre.
(Se apagan las luces)

ESCENA 3

Wanda, Lepoldo

W- ¿Te gustan estos látigos que he comprado?

L- A ver...

W- Mira... Hasta este que se usan para los perros...

L- Pueden servir...

W- El vendedor me vendió este para un bull-dog... O para los rebeldes esclavos rusos... Bien, ahora vengo... Me quedan algunas compras por hacer y prefiero hacerlas sola... (Se torna tierna) Piénsalo, Leopoldo... Aún tienes tiempo... Nunca lo oculté. Estoy fascinada contigo, espiritual y sensualmente... Naturalmente, me siento atraída ante la idea de ver al hombre más serio del mundo totalmente dedicado a mí... En éxtasis a mis pies... Pero, ¿esta excitación será duradera? La mujer ama a un hombre, lo maltrata como un esclavo y termina echándolo a puntapiés.

L- Está bien... Échame a puntapiés si ya estás cansada de mí... Quiero ser tu esclavo.

W- Estoy descubriendo en mí predisposiciones peligrosas... Estás despertándolas y no en tu provecho. Sabes hacer atractivas la búsqueda de placer, la tiranía, la crueldad... ¿Qué dirías si ensayo el juego contigo, como hizo Dionisio el Tirano con el hombre que había inventado para él el suplicio del toro de bronce, encerrándolo en él y haciéndole quemar primero para ver si sus gemidos y gritos imitaban verdaderamente a un toro? ¿No seré un Dionisio mujer?

L- ¡Sí! Te pertenezco para lo mejor y lo peor. Elige.
(Se apagan las luces)

ESCENA 4

Leopoldo, Wanda

L- (Golpea la puerta del cuarto de Wanda. Sale ella) ¡Wanda!

W- Recibiste mi carta

L- Sí, claro... La recuerdo perfectamente. “Mi bienamado. No quiero verte ni hoy ni mañana. Pasado mañana por la noche, y entonces como mi esclavo. Wanda”

W- Bien. (Leopoldo la quiere abrazar. Ella retrocede un paso y lo mira de arriba abajo) ¡Esclavo!

L- ¡Amada! (besa sus pies)

W- ¡Muy bien!

L- ¡Qué hermosa que estás!

W- ¿Te gusto? (Se detiene en un espejo y se contempla con satisfacción)

L- Voy a volverme loco.

W- Alcánzame la aguijada. ¡No! De rodillas. (Toma un látigo y lo hace silbar, mientras se sonríe)

L- Mujer maravillosa...

W- ¡Cállate, esclavo! (Lo mira fríamente y le cruza un latigazo. Al instante se agacha y con compasión le acaricia tiernamente) ¿Te lastimé? (Avergonzada y temerosa)

L- No. Y cuando eso ocurra, los sufrimientos que me des, serán una delicia. ¡Azótame si eso te da placer!

W- (Le da dos latigazos) ¿Tienes bastante por ahora?

L- No.

W- ¿De veras que no?

L- Sigue, para mí es una delicia.

W- Claro, porque sabes que no es en serio y no quiero dañarte. Estos juegos bárbaros me repugnan. Si fuera de verdad la mujer que azota a su esclavo, te hubieras horrorizado.

L- No, Wanda. Te amo más que a mí mismo. Te pertenezco en vida y muerte. De verdad puedes hacer lo que quieras conmigo. Sí, todo lo que tu antojo te inspire.

W- ¡Leopoldo! ¡Cómo vas a decir esas cosas!

L- Pisotéame. (Se le arroja a los pies)

W- Odio todo lo que sea comedia. (Impaciente)

L- Entonces hazlo en serio.

W- (Silencio) Leopoldo, te prevengo por última vez...

L- Si me quieres, sé cruel conmigo...

W- ¿Si te amo? Entonces, sea. (Retrocede y lo contempla con una oscura sonrisa) Entonces, serás mi esclavo y aprende lo que significa caer en manos de una mujer. (Le da un puntapié) ¿Esto te gusta? ¡Levántate! ¡Así no! ¡De rodillas! (Leopoldo obedece. Comienza a azotarle. Los golpes caen sobre la espalda. Wanda se detiene) Leopoldo... Empiezo a sentir placer... Es bastante por hoy... Pero siento una curiosidad diabólica; querría saber hasta dónde llegan tus fuerzas; siento el terrible deseo de verte temblar bajo mi látigo, de verte sufrir; de oír por fin tus gemidos y tus gritos, de continuar hasta que me pidas clemencia, mientras sigo azotándote sin piedad hasta que pierdas el conocimiento. Te lo advierto, has despertado peligrosos elementos de mi naturaleza. ¡Ahora, levántate! (Leopoldo le toma una mano para besarla, pero Wanda le rechaza con un puntapiés) ¡Qué desvergüenza! ¡Fuera de mi vista, esclavo! ¡Vete! (Él se va. Ella queda caminando por la habitación. Está conflictuada) ¡Leopoldo! (Él vuelve. Wanda le tiende la mano) Estoy avergonzada (Lo abraza tiernamente)

L- ¿Cómo?

W-Trata de olvidar lo que acaba de pasar. He hecho realidad tus locas fantasías. Ahora seamos razonables, seamos felices y amémonos y dentro de un año seré tu esposa.

L- ¡Eres mi amada y yo soy tu esclavo!

W- Ni una palabra más sobre la esclavitud, la crueldad y el látigo. De todas esas locuras sólo te concedo la chaqueta de piel. Ven y ayúdame a ponérmela. (Lo besa abandonándose)

L- Por favor (tartamudeando)... Pero vas a enojarte...

W- Haz conmigo lo que quieras, ya que te pertenezco...

L- Entonces pisotéame, te lo ruego porque voy a enloquecer.

W- ¿No te he prohibido...? Eres incorregible.

L- Estoy desesperadamente enamorado. (Se pone de rodillas y hunde su rostro en el vientre cubierto por la piel)

W- Creo (pensativa) que toda tu locura no es más que una sensualidad demoníaca e insatisfecha. Si fueras menos virtuoso serías perfectamente razonable.

L- Entonces hazme razonable. (Pasa sus manos por todo el cuerpo. La besa. Ella lo besa salvajemente, sin inhibiciones. Leopoldo intenta zafar)

W- ¡¿Qué te pasa?!

l- Sufro horriblemente.

W- ¿Sufres? (Se ríe burlonamente. Queda seria. Le toma la cabeza entre las manos y con un movimiento brusco la apoya en el pecho)

L- Wanda...

W- Es verdad. Te provoca placer el sufrimiento. Espera un poco, voy a volverte razonable (estalla en carcajadas)

L- No volveré a preguntarte si quieres ser mía para siempre o por un instante. Voy a gozar de mi felicidad. Ahora eres mía. Y prefiero perderte a que nunca seas mía.

W- Bueno, ahora eres razonable. (Lo besa. Él le saca el tapado y le mira el pecho. Bajan las luces. Tienen una relación sexual)

L- ¿Me arañaste?

W- No. Pero creo que te mordí.

(Se apagan las luces)

ESCENA 5

Wanda, Leopoldo

W- Leopoldo.

L- ¿Sí, querida?

W- ¿Viste lo que dijo mi amiga?

M- Sí.

W- A partir de ahora, cada vez que ella venga no nos molestes, mantente lejos nuestro pero que te pueda ver. Fue gracioso… ¿Cómo era? Ah, sí… Mirándote me dijo: (Con tono de burla) “Wanda, ¿este es el hombre que amas? ¡Caramba, Wanda! No es ni buen mozo ni atrayente... “¿Lo escuchaste, Leopoldo?

L- Sí.

W- Sí, señora.

L- Sí, señora...

W- Y siguió: “Con todos los hombres que hay por acá, Wanda…“ (Lo mira seriamente) Leopoldo... Estoy confundida... Me seduce la idea de otros hombres pero te quiero y eso basta.

L- (Se sorprende) ¡Por Dios, Wanda! No quiero ser un obstáculo para tu felicidad. No te preocupes por mí.

W- (Lo mira con cara de asombro pero se calla. Le toma la mano tiernamente) Mi amiga se quejó de ti.

L- La odio.

W- ¿Por qué las vas a odiar, tonto?

L- Porque es una hipócrita. Sólo hago caso de una mujer virtuosa o de una que me lleva abiertamente a una vida de placeres.

W- Como yo. (Se ríe burlonamente) Pero mira, chiquito. La mujer no puede ser ni tan puramente sensual ni tan libre espiritualmente con el hombre. Su amor siempre es una mezcla de sensualidad y de intereses intelectuales. Su corazón desea atarse a un hombre para siempre, mientas ella misma está sometida al cambio. Por lo tanto, se produce un desacuerdo, la mentira y la superchería invaden su vida y todo su ser, casi siempre contra su voluntad y alteran su naturaleza.

L- Es cierto. Lo trascendental que quiere la mujer para el amor la lleva a la mentira.

W- Pero el mundo lo quiere así. Piensa en mi amiga. Tiene un marido y un amante y ha encontrado un nuevo pretendiente. Les engaña a los tres y sin embargo ellos la veneran y el mundo la respeta.

L- ¡Está bien! Pero que te deje a ti fuera del juego. Te trata como a una vulgar mercadería.

W- ¿Y por qué no? Cada mujer posee el instinto y el deseo de sacar partido de sus encantos. Es muy bueno entregarse sin amor y sin placer. Haciendo esto se conserva el propio control y se obtienen todas las ventajas.

L- Wanda, ¿eres tú quien dice eso?

W- ¿Y por qué no? Acuérdate de lo que ahora te digo. Nunca estés seguro de la mujer que amas, pues la naturaleza de la mujer esconde más peligros de los que tú crees. Las mujeres no son nunca ni tan buenas como las suponen sus adoradores y sus defensores, ni tan malas como las pintan sus detractores. El carácter de la mujer no es falta de carácter. La mejor mujer puede, inopinadamente, elevarse a la altura de grandes y nobles acciones, confundiendo así a quienes la desprecian. Toda mujer, buena o mala, es capaz, en cada instante, de tener los pensamientos, las acciones y los sentimientos más diabólicos o los más celestiales, los más sórdidos o los más puros. La mujer, a pesar de todos los progresos de la civilización, sigue siendo tal como salió de manos de la naturaleza, es como las bestias salvajes, puede mostrarse fiel o infiel, generosa o cruel, según los sentimientos que la dominen. Sólo una cultura seria y profunda puede producir un carácter moral. El hombre, aunque sea egoísta o malvado, obedece a principios, mientras la mujer no obedece más que a sus sentimientos. No olvides nunca esto, y no te sientas jamás seguro de la mujer que amas. (Queda en silencio) Mi amiga tiene razón en un punto.

L- ¿Sí?

W- Ella dice que no eres un hombre. Eres un espíritu romántico, un amante encantador, y que serías en verdad un esclavo inapreciable, pero no puede imaginarte como esposo. ¿Qué te pasa? ¿Tiemblas?

L- Tiemblo de sólo pensar que pueda perderte por una tontería.

W- ¿El pensar de que he pertenecido a otros antes que tú, y que otros me poseerán, después de ti, te quita algo de tu alegría? ¿Gozarías menos de tu placer si yo fuera feliz al mismo tiempo que tú?

L- ¡Wanda!

W- Ya ves. Esa sería una salida. Tú no quieres perderme nunca. Yo te quiero tanto y me satisfaces tanto intelectualmente que querría vivir siempre contigo, sí junto a ti...

L- ¡Qué pensamientos! Me da miedo...

W- ¿Me quieres menos por eso?

L- Al contrario.

W- Creo que para unirse a un hombre para siempre es necesario, antes que nada, no serle fiel. ¿Qué buena esposa ha sido tan adorada como una amante?

L- Es verdad. En la infidelidad de la mujer amada existe un doloroso atractivo, una profunda voluptuosidad.

W- ¿Para ti también?

L- También para mí.

W- (Burlonamente) ¿Y si te doy ese placer?

L- Sufriría atrozmente. Pero no por eso te adoraría menos. Sería necesario, sin embargo, que no me ocultaras nada, que tuvieras la grandeza demoníaca de decirme: “Sólo te amaré a ti, pero haré feliz a quien se me antoje”

W- (Mueve la cabeza) La mentira es contraria a mi naturaleza. Soy sincera. Pero, ¿qué hombre no sucumbe ante el peso de la verdad? Si te dijera: “Esta vida alegre y sensual, este paganismo, tal es mi ideal”, ¿tendrías la fuerza suficiente como para soportarlo?

L- ¡Claro que sí! Quiero soportar todo lo que sea para no perderte. Siento qué poco te pertenezco.

W- Pero, Leopoldo...

L- Y sin embargo es así... Por eso...

W- Por eso te gustaría... (Sonríe con malicia) ¿Adiviné?

L- ... Ser tu esclavo... Pertenecerte, dócil y sin voluntad. Que dispongas libremente de mí y que esto no se convierta nunca en un peso para ti. Mientras bebes la vida a grandes tragos, mientras en medio de un lujo opulento gozas de una felicidad serena y del amor de los dioses, querría servirte, ponerte y quitarte los zapatos.

W- En realidad no estás tan equivocado. Sólo como un esclavo podrías soportar que amase a otros. Y además, la libertad del placer del mundo antiguo es inconcebible sin la esclavitud. ¡Quiero tener esclavos! ¡¿Oyes, Leopoldo?!

L- ¿No soy tu esclavo, acaso?

W- Escúchame bien, entonces. (Agitada) Quiero ser tuya tanto tiempo como te ame.

L- Un mes.

W- Tal vez, dos.

L- ¿Y después?

W- Tú eres mi esclavo.

L- ¿Y tú?

W- ¿Yo? ¿Qué preguntas? Yo soy una diosa y desciendo a veces suavemente, muy suave y secretamente desde el Olimpo hacia ti... ¿Pero qué es todo esto? Son ilusiones que nunca serán realidad...

L- ¿Por qué nunca se cumplirían?

W- Porque la esclavitud no existe entre nosotros.

L- Vayamos entonces a un país donde aún exista. A Oriente, Turquía.

W- ¿Querrías de veras, Leopoldo?

L- Sí. Quiero ser tu esclavo. Quiero que tu poder sobre mí se convierta en ley, que mi vida repose en tu mano, y que nada en este mundo pueda protegerme o salvarme de ti. Ah, que voluptuosidad depender enteramente de tu voluntad, de tu humor, obedecer a un signo de tu dedo... Y después, qué felicidad cuando la diosa se muestre clemente y el esclavo tenga derecho a besar los labios de los que dependen de su vida y su muerte... (Se arrodilla y apoya la cara en las rodillas)

W- ¿Tienes fiebre, Leopoldo? ¿Realmente me amas hasta tal punto? (Lo besa) ¿Realmente lo quieres? (Se lo dice temblando)

L- Te lo juro en este momento. Por Dios y por mi honor seré tu esclavo dónde y cuándo quieras, desde el momento en que lo ordenes.

W- ¿Y si te tomo la palabra?

L- ¡Hazlo!

W- Para mi hay un atractivo inusitado en el hecho de que un hombre que me adora y al que yo amo con toda mi alma me sea enteramente devoto y dependa de mi humor y de mi voluntad.... (Lo mira extrañamente) Será culpa tuya si me convierto en una frívola. Creo que en este momento empiezas a tener miedo de mí, pero yo tengo tu juramento.

L- Y lo mantendré.

W- Ya me encargaré de ello. Por ahora me produce placer. Por ahora basta con que todo esto quede en el dominio de la fantasía. Tú serás mi esclavo y yo trataré de ser la Venus de las pieles.

(Se apagan las luces)

ESCENA 6

Wanda, Leopoldo

W- Mira. Aquí lo tengo.

L- ¿Qué es?

W- Un contrato.

L- ¿Un contrato?

W- Sí. Mira. Léelo.

L- Pero este contrato sólo menciona mis deberes.

W- Naturalmente. Dejas de ser mi amante. Por lo tanto quedo desligada de todos mis deberes hacia y ti y de todos los miramientos que te debía. Debes considerar cada favor mío como una gracia. Tú ya no tienes ningún derecho y no puedes hacer valer ninguno de los que has tenido. Mi poder sobre ti no puede tener límites. Piensa que ahora no vales más que un perro o un objeto. Eres una cosa mía; el juguete que puedo romper si eso me da placer. Tú no eres nada y yo soy todo. ¿Comprendes ahora? (Se ríe y le besa. Él, tiembla)

L- ¿Me autorizas a poner algunas condiciones?

W- ¿Condiciones? (Frunce las cejas) ¡Ah, empiezas a tener miedo o arrepentirte de tu decisión; ya es muy tarde! Tengo tu juramento y tu palabra de honor. Pero habla.

L- En primer lugar, quisiera que los dos puntos siguientes se incluyan en nuestro contrato: Que tú no te separarás jamás completamente de mí, y que no me entregarás a la brutalidad de tus adoradores.

W- Pero, Leopoldo... (Con voz ronca y lágrimas en los ojos) ¿Cómo puedes creer que...? Tú, un hombre que me ama tanto y que se abandona hasta tal punto a mi voluntad... Que yo podría... (Se interrumpe)

L- No, no. (La cubre de besos) No temo que nada que venga de ti pueda deshonrarme. Perdona este instante detestable.

W- (Sonríe deliciosamente. Apoya una mejilla contra una de él) Has olvidado algo (maliciosamente) Lo más importante.

L- ¿Una condición?

W- Sí. Que yo me presente siempre vestida con pieles (Lo dice alegremente) Pero te lo prometo ahora. Siempre usaré alguna, aunque más no sea porque me hace sentir una déspota. Quiero ser muy cruel contigo, ¿comprendes?

L- ¿Debo firmar el contrato?

W- Todavía no. Primero voy a agregar tus condiciones y entonces lo firmarás en el momento y el lugar adecuados.

L- ¿En Constantinopla?

W- No. He estado reflexionando. ¿Qué sentido tiene para mí tener esclavos en un país donde existe la esclavitud? Es aquí donde quiero tener un esclavo para mi sola, en nuestra sociedad cultivada, razonable y filistea. Y un esclavo que me pertenecerá no en nombre de una ley, de un derecho, sino que carecerá de voluntad entre mis manos gracias al poder de mi belleza y de todo mi ser. Esto me parece excitante. Pero partamos, sin embargo, hacia un país donde nadie nos conozca y donde tú puedas, sin problemas, ser mi mucamo ante los ojos del mundo. Italia, tal vez. Roma, Nápoles...

L- Quiero estar enteramente en tus manos, Wanda. Sin condiciones, sin limitaciones de tu poder sobre mí. Quiero estar entregado al azar de tus caprichos.

W- ¡Qué magnífico que estás ahora! Tus ojos semi cerrados, como en éxtasis me encantan y me transportan. Tu mirada debe ser maravillosa cuando, azotado a muerte, estés a punto de sucumbir. Tienes los ojos de un mártir.

(Se apagan las luces)

ESCENA 7

Wanda, Leopoldo

W- ¡Ah, qué hombre!

L- ¿Ese príncipe ruso?

W- ¡Cómo me miraba!

L- ¡Y tú también!

W- ¿Qué quieres? El príncipe es un hombre que podría gustarme y hasta fascinarme. Soy libre, puedo hacer lo que se me antoje.

L- ¿Ya no me amas, entonces? (Se desespera)

W- No amo a nadie más que a ti, pero quiero dejarme hacer la corte por el príncipe.

L- ¡Wanda!

W- ¿No eres mi esclavo? (Tranquilamente) ¿No soy Venus, la cruel Venus de las pieles del Norte? Inmediatamente irás a averiguar su nombre, dónde vive y todo lo concerniente a él. ¿Me entiendes?

L- Pero...

W- Nada de objeciones. ¡Obedece! No te presentes ante mí antes de poder dar respuesta a todas mis preguntas.
(Se apagan las luces)

ESCENA 8

Wanda, Leopoldo

W- ¿Y?

L- Aquí tienes. (Lo hace permanecer de pie ante ella como un criado, mientras sentada lee)

W- Bien hecho. (Él se pone de rodillas)

L- ¿Cómo terminará esto?

W- (Se ríe) Todavía no ha empezado.

L- Tienes menos corazón del que creía.

W- Leopoldo... (Se lo dice muy seria) No he hecho nada todavía. Absolutamente nada y ya me consideras sin corazón. ¿Qué será cuando cumpla todos tus deseos, cuando lleve una vida alegre y libre, rodeada por un círculo de adoradores y cuando, según tu ideal, te maneje a puntapiés y latigazos?

L- Tomas mis fantasías demasiado en serio.

W- ¿Demasiado en serio? A partir del momento en que las pongo en ejecución, no puedo hacerlo en broma. Sabes hasta qué punto detesto todo lo que es juego y fingimiento. Tú lo quisiste. ¿Fue idea mía o tuya? ¿Fui yo quien te arrastró o bien tú quien inflamó mi imaginación? En todo caso, la cosa es seria en este momento.

L- Wanda, (Tiernamente) escúchame con calma. Nos amamos tanto, somos hasta tal punto felices, ¿quieres sacrificar todo nuestro porvenir por un capricho?

W- ¡No es un capricho!

L- ¿Entonces qué es?

W- Ya existía en mí. Tal vez esto no hubiera aflorado nunca. Pero tú lo has despertado, y ahora que se ha convertido en un instinto poderoso, ahora que estoy dominada por él y me produce placer, ahora que ya no puedo y no quiero hacer otra cosa, ahora, ¿tú quieres volverte atrás? Dime, ¿eres un hombre?

L- Querida, queridísima Wanda. (La comienza a besar y acariciar)

W- ¡Déjame! ¡Tú no eres un hombre!

L- ¿Y tú qué eres?

W- Una egoísta, ya lo sabes. No soy como tú, fuerte para imaginar, débil para realizar. Cuando inicio algo lo llevo hasta el fin y con tanta más seguridad, cuanto mayores son los obstáculos que debo vencer. ¡Déjame! (Lo rechaza y se levanta)

L- ¡Wanda! (Se levanta)

W- Ahora me conoces. Te advierto aún una vez más. Todavía estás a tiempo. No te obligo a que seas mi esclavo.

L- Wanda, (con los ojos llenos de lágrimas) no sabes hasta qué punto te amo.

W- (Lo mira con una mueca desdeñosa) ¿Qué sabes de mi naturaleza? ¡Ahora sí vas a conocerme!

L- ¡Wanda!

W- Decídete. ¿Quieres someterte? ¿Sin reservas?

L- ¿Y si digo que no?

W- Entonces... (Fría y sarcástica, cruza los brazos con una sonrisa maligna) Bien...

L- Eres mala. Vas a azotarme.

W- ¡No! Voy a dejar que te vayas. Eres libre. No te retengo.

L- ¡Wanda! ¡Me haces eso, a mí que te amo tanto...!

W- ¡Sí, a usted, señor, a usted que me adora! (desdeñosamente) A usted que es un cobarde, un mentiroso y un perjuro. ¡Salga inmediatamente!

L- ¡Wanda!

W- ¡Animal! (Leopoldo se le echa a los pies y se pone a llorar) ¡Y todavía llora! (Suelta una carcajada) ¡Vete, no quiero verte más!

L- ¡Dios mío! (Fuera de sí) ¡Haré todo lo que ordenes, seré tu esclavo, tu cosa, puedes hacer lo que te plazca conmigo, pero no me rechaces! ¡Estoy perdido, no puedo vivir sin ti! (Le abraza las rodillas y le cubre las manos de besos)

W- Sí, es necesario que seas un esclavo y que sepas lo que es el látigo porque no eres un hombre. (Lo dice tranquilamente) Ahora te conozco. Conozco la naturaleza de perro que adora a quien lo pisotea y tanto más cuanto más lo maltrata. Ya te conozco. En cambio tú ahora vas a empezar a saber quién soy. (Camina por la habitación a grandes pasos. Él permanece de rodillas con la cabeza gacha, llorando) ¡Acércate! (Se sienta. Él obedece y se sienta a su lado. Lo mira con expresión sombría. De pronto se le iluminan los ojos. Sonriente le acerca a su pecho y le seca las lágrimas con besos) Te a